El buen padre
Capítulo 17
17
Cuando la inspectora Ramos llega a la sala de reuniones ya está todo su equipo esperándola. Nada más entrar se percata de que el subinspector Moreno ha captado el mensaje: los bolígrafos y papeles que tiene frente a él están desperdigados sobre la mesa y ha vuelto a ponerse los vaqueros agujereados. En esta ocasión, y para sorpresa de la propia inspectora, la irritación que le produce es menor que el alivio de saber que el haberle salvado la vida no lo ha convertido en un gilipollas que se cree con la obligación de protegerla.
—Aunque gilipollas ya era antes…
Todos la miran desconcertados. Indira se da cuenta de que lo ha dicho en voz alta y, disimulando, se sienta a la cabecera de la mesa.
—Tenemos seis días para averiguar si Gonzalo Fonseca mató o no a Andrea Montero.
—Nada indica que sea inocente, jefa —contesta la subinspectora María Ortega mostrando la extensa sentencia del caso—. Esto está lleno de pruebas que lo implican directamente.
—Me parece muy bien, pero si no encontramos algo de lo que tirar, dentro de tres semanas tendremos tres cadáveres más. —La inspectora mira al oficial Jimeno, que antes de que le pregunten ya se ha hecho un lío con los papeles—. Jimeno, céntrate y dinos qué has averiguado de Fonseca y de su mujer.
—Un segundo, jefa —responde él ya con su sonrojo habitual.
La inspectora aprovecha los segundos que les concede el oficial para mirar al subinspector Moreno y preguntarle sin palabras qué narices hace con esos pantalones rotos. Él le devuelve una media sonrisa como diciéndole que, aunque le deba una muy gorda, no va a dejarse comer el terreno.
—Gonzalo Fonseca —dice al fin Jimeno—, cuarenta y dos años cuando sucedieron los hechos hace un año, así que ahora tiene…
—Sabemos sumar, gracias —lo interrumpe Moreno.
—Cuarenta y tres —continúa el oficial como si no le hubiese oído—.
Es hijo único y, hasta el momento de su detención, no tenía antecedentes
penales. Ni siquiera una multa de tráfico.
—¿A qué se dedicaba? —pregunta la subinspectora Ortega.
—Director comercial de una marca de electrodomésticos. Según parece, ganaba una pasta, como tres veces más que yo… aunque eso tampoco es muy difícil.
—¿Y ella?
—Andrea Montero, treinta y siete años al morir. También sin antecedentes y también hija única de una familia bien de Zaragoza. Estudió una ingeniería, trabajaba desde hacía varios años como jefa de obra de una constructora y ganaba casi el doble que él. Vamos, que estaban forrados.
—¿Estaría celoso? —pregunta pensativa la subinspectora María Ortega.
—Seguro que sí —responde la agente Lucía Navarro—. A muchos hombres todavía les escuece que sus mujeres ganen más que ellos.
—Mi novia gana más que yo —dice Jimeno—, y eso que todavía está de pasante en un despacho de abogados.
—¿Tú tienes novia, Jimeno? —pregunta sorprendida Navarro.
—Desde hace seis meses —asiente el oficial orgulloso—. Nos conocimos en un concierto de…
—Enhorabuena —lo interrumpe la inspectora Ramos—, pero ahora dejémonos de gilipolleces y a lo que vamos. Tendremos que pedir refuerzos y dividirnos en tres equipos: María y yo reabriremos el caso de Andrea Montero…
—Eso no le sentará demasiado bien a la fiscalía —dice la subinspectora.
—Me da igual. Moreno y un par de agentes os dedicaréis a investigar al viejo y a buscar a los secuestrados. Necesito saber si tiene algún cómplice.
—No ha mencionado nada de eso.
—De alguna manera tendrá que matarlos justo en la fecha y la hora que ha marcado. Y Navarro, quiero que te cojas a otros dos de los refuerzos, destripes la vida de los secuestrados y averigües si hay algún indicio de que pudieron ser sobornados para ir en contra de Gonzalo Fonseca. Lo de la jueza y el abogado lo tengo claro, pero ¿por qué el viejo culpa a la chica?
—Tiró por tierra la imagen de matrimonio perfecto que quería dar Gonzalo Fonseca al declarar que lo vio agredir a su mujer en el ascensor de un hotel el mismo día en que la asesinaron.
Todos asienten, asimilando sus tareas.
—El problema que tenemos —dice la agente Navarro— es que a Ramón Fonseca solo podremos tenerlo retenido setenta y dos horas. El juez tendrá que mandarle a prisión preventiva y eso nos va a complicar la vida.
—Vosotros no os preocupéis por eso. Este es un caso muy especial y estoy segura de que el juez nos dará un poco más de margen. De momento ya he conseguido que podamos traerlo a nuestra comisaría. El traslado está previsto a última hora de la tarde.
Tras un instante, el oficial Jimeno carraspea.
—Esto… ¿y yo qué hago?
—Coordinarás los tres equipos desde aquí.
—Cuenta con ello, jefa —dice sin poder contener la sonrisa de satisfacción.
—Necesito que estéis disponibles las veinticuatro horas. Recordad que hay una cuenta atrás, así que no os entretengáis con cosas que no nos lleven a ningún lado. Mucha suerte a todos.
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