El buen padre
Capítulo 29
29
Indira está sentada frente a su psicólogo, un hombre maduro de aspecto desaliñado, tanto que durante las primeras sesiones con él a la inspectora le resultaba imposible concentrarse en nada que no fuera su melena despeinada, la irregularidad de su barba o las pelotillas de su jersey. Pero poco a poco ha ido acostumbrándose a su presencia y ese despacho se ha convertido en el único lugar donde logra librarse por un rato de sus manías y obsesiones.
—¿No habíamos quedado en que si te encontrabas en una situación estresante debías poner en marcha tu rutina?
—Aquella pared era un completo caos y no pude contenerme. Estaba llena de marcos y fotografías mal colocadas y torcidas.
—¿Y qué? No era tu pared. Creí que ese tipo de cosas ya las teníamos controladas, Indira. ¿Hay algo que te esté desequilibrando?
—No sabría ni por dónde empezar. —La inspectora resopla—. Hace unos días disparé a un tipo, un narcotraficante colombiano.
—¿Lo mataste? —pregunta el psicólogo con cautela.
—Solo le destrocé la mano cuando iba a disparar contra un compañero, pero el juez me está presionando bastante. Aunque lo peor es lo de esos secuestros.
—¿Estás llevando tú el caso?
—Ramón Fonseca lo pidió expresamente… —responde asintiendo con la cabeza—, y mañana se cumple el plazo que dio para la muerte de uno de los rehenes.
—Vaya… —El psicólogo chasquea la lengua contrariado—. Supongo que eso no ayuda mucho a mantener el control.
—No, no lo hace. Y por si fuera poco… —Indira aparta la mirada, ligeramente avergonzada—. La otra noche tuve un sueño.
—¿Un sueño en plan «Me ha tocado el Euromillones»?
—No, un sueño en plan «Métemela hasta el fondo».
—Joder, eso sí que es nuevo… —El psicólogo se recuesta en su silla, desconcertado—. ¿Con alguien especial?
—Era un hombre cualquiera. No lo conocía de nada.
—¿Cuánto llevas sin tener relaciones sexuales, Indira?
Indira nunca se ha sentido cómoda hablando de sexo, y mucho menos practicándolo. Puede contar con los dedos de una mano los amantes que ha tenido a lo largo de su vida; entregarse a alguien ahora le resulta impensable, pero no siempre fue así. A los diecisiete años perdió la virginidad con su primer novio, al que conoció en el instituto y que en la actualidad goza de bastante popularidad como periodista deportivo.
Disfrutaba con él y hasta cierto punto le quería, pero más que romántico era amor fraternal. La primera vez que se enamoró de verdad fue cuando ya estaba preparándose para ser inspectora de policía.
A pesar de esa extraña rectitud de la que hacía gala desde niña, en su casa sorprendió que, nada más diplomarse en Magisterio, cuando todos creían que se colocaría en un colegio, ella dijera que quería ser policía. Al principio no la tomaron demasiado en serio, pensando que, con lo especial que era —aunque todavía no llegaba, ni mucho menos, a lo que es hoy—, pronto abandonaría la preparación necesaria para superar las duras pruebas de acceso. Pero una mañana de finales de agosto, Indira se presentó ante sus padres con una maleta.
—¿Te vas unos días, hija?
—Más bien dos años, mamá. He aprobado la oposición para inspectora y mañana a las ocho tengo que presentarme en la Academia de Ávila.
Tras una primera y caótica formación por orden alfabético en el aparcamiento de la academia, Indira fue al auditorio, donde la confirmarían como inspectora alumna, y se detuvo a leer la leyenda que había grabada en la pared y que regiría toda su carrera:
EN ESTE LUGAR SE ALUMBRA
LA LUZ QUE HA DE SER MAÑANA
EL ESTILO POLICIAL:
SERVICIO
DIGNIDAD
ENTREGA
LEALTAD
Escuchó las primeras charlas con interés, recibió con orgullo su uniforme y se grabó a fuego las normas que imperaban en aquel lugar con la intención de no quebrantarlas ni en una sola ocasión en los dos años siguientes, pero
eso requería un autocontrol difícil de lograr a esas edades. La primera vez que le quitaron la tarjeta identificativa fue a los tres meses de empezar su preparación. Llevaba semanas estudiando intensamente para los exámenes, pero durante una guardia le pudo el agotamiento y el inspector Aguador, el encargado del régimen interno de la academia, la sorprendió dormida. Fue a recoger su identificación a la Oficina del Alumno con más vergüenza que miedo y le pusieron como sanción la retracción de un punto, lo que hizo que, de ser una alumna de sobresaliente, pasase al notable en varias asignaturas.
—Son unos cabrones —dijo con rabia María Ortega, su compañera de habitación, una chica de Santander con un llamativo pelo cobrizo que se conformaba con salir de allí al cabo de seis meses como policía normal para después intentar una promoción interna que le permitiese ascender en el escalafón.
—Las normas están para cumplirlas —repuso Indira con resignación mientras doblaba su ropa con una meticulosidad enfermiza—. Y yo considero una falta grave quedarse dormida durante una guardia.
—Mira que eres rara, tía —dijo María negando con la cabeza.
Indira ya estaba acostumbrada a que la calificasen así, pero oírlo de boca del inspector Sergio Ginestal en clase de Defensa Personal le repateó el hígado:
—Tú, la rara, al tatami.
Aparte de por sus extravagancias, que todavía mantenía bajo cierto control, la aspirante a inspectora no era muy popular en la academia, pero gozó de sus quince minutos de gloria cuando aquella mañana tuvo que ir a buscar por segunda vez su tarjeta identificativa —con la consiguiente pérdida de otro punto— por darle una patada en los huevos a su profesor.
La mayoría de los fines de semana, mientras sus compañeros se quedaban en la academia recuperándose de la resaca de la noche abulense, Indira salía a hacer turismo por los alrededores. En una de esas excursiones, cuando admiraba El martirio de San Mauricio y la legión tebana, una magnífica obra del Greco conservada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, coincidió con el inspector Ginestal. A ambos les sorprendió que al otro le gustase el arte. Después de comentar algunos aspectos de la pintura, decidieron enterrar el hacha de guerra y se fueron a comer juntos al Charolés, un restaurante donde sirven uno de los mejores cocidos madrileños del mundo. Una buena charla y una botella de Ribera del Duero
aún mejor hicieron el resto. Los sábados, Indira tenía que estar en la academia antes de las dos de la mañana si no quería enfrentarse a otra sanción y no estaba dispuesta a llegar ni un minuto tarde, así que su primera noche de amor tuvo que interrumpirse cuando solo llevaban una hora en la habitación de un pequeño hotel del centro de Ávila.
—¿Seguro que no quieres que llame para que te den un pase de pernocta? —preguntó él mientras la observaba vestirse apresurada después de haber hecho el amor.
Nada le hubiera gustado más a Indira que pasar toda la noche con el profesor más atractivo de la academia, pero tenía una fuerza de voluntad a prueba de bombas y supo esperar a mejor ocasión.
—Seguro. Esta semana tengo examen de Medicina legal y mañana quiero levantarme temprano para estudiar.
Durante los seis meses siguientes, Indira y el inspector Ginestal se vieron en la misma habitación de hotel y ella, por un momento, creyó que había encontrado al hombre de su vida. Pero tuvo que darle una segunda patada en los huevos cuando se enteró de que no era la única alumna a la que metía en su cama.
Después de él, estuvo saliendo con un compañero canario, con otro catalán y con un oficial de Badajoz, pero no volvió a sentir algo serio hasta que, tras graduarse y hacer los correspondientes ocho meses de prácticas en Algeciras, consiguió plaza en Madrid. Solo llevaba dos años trabajando como inspectora de Homicidios cuando conoció a Alejandro, un abogado de treinta años del que se enamoró al prestar declaración en un juicio por asesinato en el que él defendía al acusado.
Intentó evitar mezclar su vida personal con la profesional, pero como suele ocurrir en esos casos, de no haberse visto en la vida pasaron a encontrarse cada dos días en los lugares más insospechados: en los juzgados, en una comisaría, en un restaurante y en un bar de copas, hasta que coincidieron en la zona vip del WiZink Center durante un partido del Real Madrid de baloncesto y por fin tuvieron que hablar.
—¿Le gusta el baloncesto, inspectora?
—No especialmente, pero mi comisario de vez en cuando sortea unas entradas y aquí se cena gratis.
El abogado soltó una carcajada y le aseguró que conocía otro lugar donde se cenaba mejor y también les saldría gratis por pertenecer a un socio suyo. Indira no pudo resistirse. Alejandro se enamoró de la misma manera
que ella y ambos pasaron los mejores tres años de su vida. Pero cuando estaban pensando en casarse y ella investigaba el asesinato de una enfermera, todo se jodió.
Después de hacer unas preguntas en el hospital donde esta trabajaba, Indira tuvo claro que el culpable era un exnovio y compañero al que la enfermera llevaba semanas intentando evitar. Se presentó en su casa, pero el asesino se escapó por la ventana de un segundo piso y se coló por una alcantarilla. Dudó sobre si seguirlo o pedir refuerzos, y al final cometió el error de hacer lo primero.
Toda su vida había sido una mujer aprensiva, así que cuando se vio rodeada de desperdicios y ratas, entró en pánico. Trató de encontrar la salida, pero después de quince minutos recorriendo el subsuelo madrileño, estaba completamente desorientada. No oyó al asesino acercarse por su espalda, solo sintió un latigazo en las lumbares. Al no encontrar nada a lo que agarrarse, cayó en una fosa séptica con dos metros de mierda acumulada desde hacía años. Cuando la rescataron a punto de morir intoxicada, la inspectora Indira Ramos ya no era la misma. Sus manías se multiplicaron por mil y desarrolló un temor irracional a virus y bacterias. Ya nunca pudo soportar que Alejandro volviera a tocarla.
—Llevo sin sexo… desde que pasó aquello —responde Indira al psicólogo
—. Unos cinco años. ¿Esto del sueño no significará que ya estoy preparada?
—¿Lo estás?
—Casi. Salvo en situaciones de mucho estrés, no pierdo el control.
—Hace un poco de calor aquí, ¿no?
El psicólogo se quita el jersey e Indira descubre que lleva la camisa mal abotonada. Su mirada enseguida se queda clavada, pero tras unos segundos haciendo su rutina de contención, es capaz de sonreírle.
—Eres un cabrón, ¿lo sabías?
—Que estás mucho mejor es indudable —dice el psicólogo devolviéndole la sonrisa mientras se abrocha bien los botones—, pero no conviene que te precipites. Aunque tal vez sea cierto que debas dar un paso adelante.
—¿Cuál?
—¿Qué tal si tienes una cita o quedas a cenar con alguna amiga? Te vendría bien relacionarte con alguien y charlar de la vida en un buen restaurante.
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