El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 5 de 89

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El buen padre

Capítulo 5

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La inspectora Indira Ramos y el subinspector Iván Moreno suben en el ascensor de un lujoso edificio de oficinas cerca del estadio Santiago Bernabéu, sede del Real Madrid Club de Fútbol. Durante el ascenso hasta la última planta pueden admirarse varios de los seis kilómetros y medio que mide el paseo de la Castellana, una de las principales arterias que vertebra la capital de norte a sur; hacia el norte se distingue el Palacio de Congresos, con su gran mural de azulejería basado en un diseño original de Joan Miró, el edificio del Ministerio de Defensa, con sus cientos de monótonas ventanas, y la plaza de Cuzco. Hacia el sur el Corte Inglés, el distrito financiero de Azca —centro neurálgico de negocios de Madrid— y los Nuevos Ministerios, un enorme complejo de edificios gubernamentales que ocupan el lugar en el que, hasta 1933, estaba ubicado el Hipódromo de la Castellana.

—Para trabajar aquí hay que haber estudiado mucho o tener muy pocos escrúpulos, una de dos —dice Indira—. ¿Qué sabemos del marido?

—Miguel Ángel Ricardos, empresario de cuarenta y ocho años —

informa el subinspector consultando su libreta—. Toca todos los palos: hoteles, restaurantes, salas de fiesta, concesionarios de coches… Tiene a su nombre un piso en Serrano, un chalé en Zahara de los Atunes y una finca en Jaén. Hace unos años fue investigado por Hacienda y le pusieron una multa de tres millones de euros, pero ya la ha pagado y ahora está limpio.

—Un tío con tanta pasta nunca puede estar limpio. ¿Y la mujer?

—Alicia Sánchez, hija única de un banquero de los de toda la vida.

Menos propiedades que el marido, pero tampoco iba mal servida. Lo más destacable es un chalé en Sotogrande. Igual el marido se lo quiso quedar para él solo.

—Un marido no le rompe los dedos de una mano a su mujer antes de asesinarla.

Al abrirse las puertas del ascensor, una mujer está esperándolos. Si no fuera porque ella misma se presenta amablemente como la secretaria de Miguel Ángel Ricardos, la habrían tomado por una modelo que ha ido allí a hacer algún casting. Mientras la siguen a través de un largo pasillo

enmoquetado y plagado de cuadros con motivos cinegéticos, el subinspector Moreno no puede evitar mirarle el culo hipnotizado. Al volverse hacia su jefa en busca de su complicidad, se encuentra con una mirada de profundo desprecio.

Un par de guardaespaldas que aguardan junto a una puerta de cristal traslúcido se ponen en tensión al ver acercarse a los policías, pero vuelven a relajarse cuando el señor Ricardos, con el pelo engominado y un traje de más de cinco mil euros, les hace pasar a un despacho con una decoración minimalista, pero que rezuma dinero por los cuatro costados.

—Buenos días —saluda estrechándoles la mano—. ¿En qué puedo ayudarles?

«¿Cómo que en qué puedo ayudarles?», piensa la inspectora Ramos.

Alguien que ha denunciado la desaparición de su esposa días atrás debería tener claro que, si recibe la visita de la policía, por fuerza tiene que estar relacionado con ello.

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