El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 64 de 89

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El buen padre

Capítulo 64

64

Después del inesperado descubrimiento que hicieron debajo del futuro lago del hoyo 16 del campo de golf, la jefa de obra ordenó al conductor de la excavadora que se quedase allí para impedir que alguien bajase a la cueva y fue a informar de lo sucedido a la dirección de la constructora. Dos horas más tarde, Sebastián Oller en persona, su abogado y uno de sus consejeros se habían acercado a verlo con sus propios ojos. Los tres hombres —cuyos trajes, corbatas y zapatos no eran el atuendo más adecuado para una sesión de espeleología— observaban impresionados las pinturas rupestres junto a Andrea Montero y Paco Jiménez.

—¿De cuándo es esto? —preguntó Oller sin poder ocultar su sorpresa.

—No tenemos ni idea, señor —respondió la jefa de obra—, pero por las escenas de caza, el tipo de animales representados y los restos óseos que hemos encontrado… de hace unos cuantos miles de años.

—Allí hay un colmillo de un tigre dientes de sable —intervino Paco.

—¿Cómo dice? —El empresario miró con curiosidad al trabajador, que aún llevaba una gasa ensangrentada sobre la herida de la frente.

—No estamos muy seguros —aclaró Andrea—, pero hemos encontrado un trozo de mandíbula junto con un enorme colmillo y Paco está convencido de que pertenece a uno de esos animales.

—Yo he mirado en Google y pone que esos bichos se extinguieron hace como diez mil años, así que figúrese lo antiguo que es todo esto —

añadió el conductor de la excavadora.

Sebastián Oller estaba convencido de que gracias a ese descubrimiento volvería a salir en el telediario, pero a diferencia de otras ocasiones sería por una buena noticia. Aun así, ni siquiera sonrió. El consejero que le acompañaba, un hombre en la cincuentena con facciones afiladas y pinta de no tener escrúpulos ni en los negocios ni en la vida, se acercó al enorme toro representado en la pared de la cueva y rozó la piedra con la yema de los dedos. Al mirárselos, vio que estaban manchados de rojo.

—Para mí que esto es una estafa. ¿Cómo puede mantenerse fresca la sangre después de miles de años?

—No es sangre —respondió Andrea—, sino hematita. Es la forma mineral del óxido férrico. Supongo que la condensación que provocamos en un espacio tan pequeño está haciendo sudar la piedra.

—Los griegos, creo que fue Plinio el Viejo, lo llamaban «piedra de sangre» —confirmó Paco, muy ufano. Al notar las miradas de sorpresa sobre él, aclaró—: También lo he mirado en Google.

—¿Quién más conoce la existencia de este lugar? —preguntó Sebastián Oller.

—Una docena de hombres estaban cerca cuando la excavadora cayó y saben que hemos encontrado algo, pero solo lo hemos visto Paco, yo, y ahora ustedes tres —respondió Andrea Montero.

—Bien. Pues nadie más debe saberlo, ¿estamos?

—Hay que comunicárselo al Ministerio de Fomento, señor.

El abogado se tensó y se llevó a su jefe a un aparte. El consejero de facciones afiladas los acompañó y los tres estuvieron hablando en voz baja durante cinco minutos. Al final, parecieron llegar a un acuerdo y el constructor retomó la conversación donde la habían dejado.

—De momento, no se le va a comunicar a nadie. Clausuraremos la obra unos días, hasta que decidamos qué hacer.

—Este puede ser uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia, señor, probablemente esté a la altura de las cuevas de Altamira —protestó la jefa de obra—. No podemos dejar al margen al Ministerio. Tienen que enviar a un equipo de arqueólogos para que…

—¿Usted sabe lo que supondría eso? —la interrumpió Sebastián Oller con dureza—. Para empezar, paralizarían la obra por un tiempo indefinido, lo que, aparte de hacerme perder muchos millones de euros, llevaría a doscientos trabajadores al paro. ¿Quiere ser la responsable de eso, Andrea?

—No, pero…

—Entonces, obedezca —volvió a interrumpirla Oller, cortando de raíz cualquier conato de rebelión—. Clausuraremos la obra unos días y estudiaremos la mejor manera de gestionar este asunto. ¿Puedo confiar en su discreción?

La jefa de obra y el conductor de la excavadora intercambiaron una mirada, sin saber bien qué responder. El consejero de facciones afiladas tenía asumido que hablar de sobornos, de chantajes y de todo tipo de cosas imputables ante un tribunal era cosa suya, y carraspeó.

—Esto lo digo a nivel estrictamente personal, que conste, pero estoy seguro de que la empresa sabrá premiar como corresponde su fidelidad.

Paco relajó ligeramente el gesto. Se consideraba un hombre honesto y estaría más tranquilo haciendo lo correcto, pero sabía que ir en contra de sus jefes nunca era una buena idea y unos cuantos miles de euros le vendrían que ni pintados para reformar el baño de su casa, que buena falta le hacía, como su mujer no dejaba de recordarle a diario.

—Los compañeros preguntarán qué está pasando aquí abajo —dijo a modo de mínima resistencia.

—Seguro que sabrá usted improvisar —respondió el consejero.

—Es que son muy preguntones.

—Pues aguce el ingenio.

Paco sabía que los billetes le harían improvisar algo medianamente creíble, pero también que a Andrea no sería tan sencillo comprarla y temía que le estropease el negocio, así que se volvió hacia ella con resignación.

—Dejemos que se ocupen ellos de esto, jefa…

—Dejar que se ocupen ellos significa mirar hacia otro lado mientras se lo llevan todo por delante, Paco —respondió la jefa de obra con rabia.

—Nadie ha dicho que vayamos a llevarnos nada por delante, Andrea

—protestó Sebastián Oller—. Solo pedimos unos días para ver de qué manera podemos afrontar el problema, ¿de acuerdo?

Aunque no estaba de acuerdo en absoluto, a Andrea no le quedó otra que tragar.

—Bien. —El constructor dio por hecho que había ganado—. Ahora lo importante es sacar la excavadora y clausurar el lugar.

—De la excavadora me ocupo yo, jefe —dijo Paco.

—Estupendo. Una vez que eso esté arreglado, hay que poner guardias en el exterior para que nadie baje mientras la obra permanece cerrada.

Y, sin decir una palabra más, Sebastián Oller inició la salida seguido por su abogado y por el consejero de facciones afiladas. Andrea Montero contempló de nuevo las escenas de caza y el enorme toro dibujado en la pared tantos miles de años atrás. Sabía que dejar que lo destruyeran no solo era un delito, sino también un pecado.

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