El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 20 de 89

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El buen padre

Capítulo 20

20

La jueza Almudena García entró en casa procurando mantener la calma. Se quitó los zapatos, que le estaban destrozando los pies, guardó tranquilamente la compra en la nevera y se sirvió una copa. Hasta que se sentó en el sofá, no abrió el sobre que le había entregado el crupier en el supermercado. En el interior había cinco fotografías en las que se la veía a ella: en dos estaba acompañada por el empresario Sebastián Oller en la terraza de la habitación de hotel, en otras dos se hallaba sentada a la mesa de juego junto con él y varios jugadores más, y en la última estaba comprando quince mil euros en fichas a los organizadores de las partidas de póquer. Sobre una de las imágenes había un pósit pegado: «¿Cree que le conviene a su carrera que se hagan públicas estas fotos?».

—Hijo de puta…

Hacía varios meses que había decidido pedir el traslado a los Juzgados de Violencia sobre la Mujer y se acababa de incorporar, pero no lograba concentrarse en el primer caso que tendría que juzgar: el asesinato de una mujer supuestamente a manos de su pareja. El acusado se llamaba Gonzalo Fonseca. Después del primer día de juicio en el que la fiscalía y el abogado defensor expusieron sus consideraciones iniciales, nada más subirse al coche para volver a casa, recibió la llamada que llevaba cinco días esperando.

—¿Qué le han parecido las fotos?

—¿Qué quiere?

—Cien mil euros en efectivo. Esta noche.

—Eso es una fortuna. No puedo disponer de tanto dinero en tan poco tiempo.

—No me tome por estúpido. Recuerde que llevo viéndola jugar y ganar desde hace mucho tiempo.

—No siempre he ganado, lo sabe mejor que nadie. Me ha ido bien, es cierto, pero también he perdido muchas noches.

—¡¿Quiere tocarme los cojones, o qué?! —estalló el crupier, irritado

—. Si no tengo esta noche mis cien mil euros, mandaré las fotos a todos los periódicos.

—¿Dónde? —preguntó Almudena tras unos segundos de duda.

—Vaya a la estación de metro de Sol y súbase en el primer tren que pase en dirección a Moncloa a partir de las diez de la noche.

La comunicación se cortó y la jueza Almudena García tuvo claro que no podía sucumbir al chantaje. Conocía cómo funcionaba esa gente y sabía que después de los cien mil euros vendrían otros tantos, y se repetiría las veces que fueran necesarias hasta dejarla sin nada. Tenía que denunciarlo, pero no sabía ante quién.

El empresario Sebastián Oller acababa de almorzar en su despacho acompañado por varios de sus consejeros cuando su secretaria le dijo que tenía visita. Al saber quién había ido a verle, hizo salir a toda prisa a los empleados por una puerta lateral y fue a recibirla.

—Qué sorpresa más agradable.

—Siento no poder decir lo mismo, señor Oller.

—¿Qué sucede? —preguntó el empresario, desconcertado.

La jueza Almudena García le contó cómo había llegado a sus manos ese sobre con las fotos y el empresario fue mirándolas una a una con el ceño fruncido.

—¿Tiene usted algo que ver con esto? —preguntó ella escudriñándole.

—Le doy mi palabra de que no —respondió Sebastián Oller con solemnidad.

La jueza le miró a los ojos y decidió creerle.

—Creía que allí dentro estábamos seguros.

—Yo también. Deberíamos decirles a los organizadores que se ocupen ellos de ese crupier… ¿Cuánto le ha pedido?

—Cien mil.

—¿Y va a pagarlos?

—¿Qué haría usted en mi lugar?

—No creo que esté preparada para oír mi respuesta —contestó el empresario con frialdad.

La jueza comprendió muy bien lo que significaba eso y se estremeció.

—En su caso solo tiene dos opciones —continuó Oller—. O lo denuncia ante la policía y reza para que no salga a la luz, o paga. El problema es que a este tipo de gente le puede la codicia y no creo que vaya a detenerse ahí. Si se decide a pagar, sería justo que me hiciera cargo de la mitad, aunque solo por esta primera vez.

—Es usted muy generoso.

—Probablemente yo solo tendría un problema con mi mujer, pero tampoco querría salir en los periódicos por algo así. Cuente con el dinero…

o con cualquier otra cosa que pueda necesitar.

La jueza se marchó de aquel despacho sin dejar de pensar en la oferta velada que le había hecho Sebastián Oller. Durante las horas que siguieron intentó no pensar en ello, pero seguía ahí, martilleándole. A las nueve de la noche abrió su caja fuerte, guardó en una bolsa cien de los ciento veinte mil euros que tenía y se encaminó a la estación de Sol. Se sentó en el andén indicado y dejó pasar cuatro trenes. A las diez y tres minutos, llegó el que tenía que coger. Se levantó y fue hacia la puerta, pero en el último segundo decidió no subirse. En cuanto el vagón de cola desapareció por el túnel en dirección a Moncloa, recibió la llamada de teléfono.

—¡¿Qué coño ha pasado?! —gritó el crupier, iracundo—. ¡¿Por qué no se ha subido al puto tren?!

—Porque no he logrado reunir todo el dinero —respondió ella con tranquilidad—. Le juro que mañana le pagaré.

—Es su última oportunidad. Le recomiendo que no la desaproveche.

La comunicación se cortó. La jueza tomó aire y marcó el número que aparecía en una tarjeta de visita que sacó de su bolso.

—¿Señor Oller? He decidido aceptar su oferta. —Escuchó impasible

—. No, no me refiero al dinero. ¿Se ocupa usted del problema?

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