El buen padre
Capítulo 8
8
Noelia Sampedro, de veintidós años y con aspecto de modelo de Victoria’s Secret, golpea regularmente las tuberías con una lata de espárragos. No pierde la esperanza de que alguien en el exterior oiga el ruido y descubra que lleva encerrada en ese lugar desde el sábado por la noche. En su caso, se trata de una especie de duchas comunitarias con las paredes cubiertas de unas baldosas que algún día fueron blancas. Al igual que en la celda de la jueza Almudena García, la puerta de acceso está tapiada con un muro de ladrillos y cemento y del techo cuelga una bombilla que emite una débil luz.
Por el zumbido constante procedente del exterior, parece estar conectada a un pequeño generador. Noelia reza para que no se detenga y se quede completamente a oscuras.
Cuando se pasó el efecto de la droga que le suministraron en el aparcamiento de un lujoso hotel del centro de Madrid, temió que la hubiesen secuestrado para abusar de ella, o incluso para venderla a alguna de las numerosas redes de tráfico de mujeres que aún hoy siguen activas en España. Pero en cuanto vio las cajas de alimentos enlatados y las botellas de agua junto a aquella nota, se dio cuenta de que eso tenía un significado muy distinto al que se había imaginado en un principio, que el secuestro nada tiene que ver con ninguna red de trata de blancas que surte de prostitutas a las decenas de miles de burdeles que hay repartidos por Europa.
Hace un esfuerzo para no seguir dándole vueltas a lo mismo, pero es inevitable preguntarse qué hace allí, y más cuando las horas se eternizan en un lugar donde no hay nada que hacer salvo enloquecer por momentos.
Al despertar después de cada cabezada, la falta de estímulos y la inestable intensidad de la bombilla del techo hacen que Noelia no sepa si han pasado quince minutos o tres horas, pero de manera rutinaria vuelve a golpear las tuberías. En algún momento serán las cuatro de la tarde o de la mañana y tal vez despierte a alguien que quiera averiguar el origen de un ruido tan molesto. Al cabo de un rato se da cuenta de que la cadencia de sus golpes puede hacer pensar a quien los oiga que se trata simplemente de un ruido mecánico sin ningún significado. Ahora lamenta no haber aprendido a
comunicarse en código morse aquella tarde, cuando acababa de cumplir quince años y su primo Javi quiso enseñárselo.
Pero, a cambio, aprendió otras cosas.
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