El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 2 de 89

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El buen padre

Un año después

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La inspectora de Homicidios Indira Ramos examina el vaso de zumo con detenimiento, buscando alguna marca que le haga sospechar que no está tan limpio como debería. La camarera se arma de paciencia ante una escena que se repite todos los domingos desde hace casi medio año.

—¿Qué? ¿Está a su gusto o no está a su gusto?

—El vaso lo has lavado a mano con jabón neutro, ¿verdad?

—Sí, señora… —responde harta—, igual que los cubiertos, el plato y la taza de café. ¿No cree que va siendo hora de que confíe en mí?

En lo relativo a la higiene, Indira no confía ni en la camarera ni en nadie, y eso que cuando su psicólogo le puso como ejercicio obligatorio salir a desayunar una vez a la semana, eligió esa cafetería porque es la más limpia que encontró, a pesar de que está en la otra punta de Madrid. Cuando a una le han diagnosticado un TOC (un trastorno obsesivo-compulsivo que le impide tener un comportamiento medianamente normal), cualquier precaución es poca.

—Gracias, Cristina —responde al fin.

La camarera fuerza una sonrisa y vuelve tras la barra. Indira limpia con una servilleta la tarrina de mantequilla y la abre para extenderla sobre el cruasán a la plancha. Es uno de los pocos caprichos que se permite en toda la semana y quizá no debería, pero ya le sobraban siete kilos antes de empezar con esa rutina. Debe de ser el aire lo que le engorda, porque si no, no se lo explica. Menos mal que, aparte de ese ligero sobrepeso, también tiene unas facciones lo suficientemente bonitas para permitirse ir con la cara lavada porque, como tantas otras cosas, el maquillaje le da alergia. Lo que empieza a preocuparle son las canas. A sus treinta y seis años, todavía son pocas y consigue mantenerlas a raya, aunque por si acaso, más por higiene que por moda, lleva el pelo corto. El problema llegará cuando tenga que teñirse: está convencida de que el tinte le producirá una terrible erupción cutánea.

Apenas se ha llevado el primer trozo de cruasán a la boca cuando suena su móvil. Lo ignora, pero la insistencia de su joven ayudante, Lucía Navarro, finalmente le obliga a contestar.

—¿Tú no sabes que hoy es domingo, Navarro?

—Los asesinos no entienden de festivos, jefa.

Antes de acercarse a hablar con el forense y con los de la Policía Científica, la inspectora Ramos se pasea por delante de los curiosos que se han congregado alrededor del Estanque Grande del Buen Retiro, convencida de que entre ellos está el asesino. En muchos de los libros de criminología que ha devorado a lo largo de su vida aseguran que es cierto que algunos homicidas acostumbran a volver al lugar de los hechos, que no es solo un recurso sin fundamento que utilizan con frecuencia escritores y guionistas.

Hay asesinos que vuelven para comprobar que el cadáver es rescatado tal y como llevan fantaseando desde que lo depositaron en el sitio donde debe ser encontrado. A algunos les da morbo, otros simplemente quieren asegurarse de que no han cometido algún error por el que vayan a cogerlos. Lo malo es que un domingo por la mañana hay allí demasiada gente congregada y la inspectora no logra distinguir nada más incriminatorio que gestos de sorpresa, de repugnancia y de curiosidad.

Todavía está a diez metros de la cinta policial que mantiene a los domingueros alejados del cuerpo y ya siente el profundo rechazo de sus compañeros, miradas reprobatorias que la señalan como una traidora capaz de delatar a otro policía por colocar la prueba que llevaría a un hijo de puta a la cárcel. Siete meses después de aquello, el hijo de puta sigue en la calle y a la inspectora Ramos le cuesta un triunfo encontrar algo de comprensión y respeto.

Pero ¿qué le vamos a hacer? Ella ha sido así desde que nació, le viene de serie una impopular rectitud que siempre le ha causado problemas: cuando en el recreo pegaban a alguien, solo tenían que preguntarle a ella para que señalase a los culpables; cuando en el instituto un profesor se ausentaba durante un examen, solo necesitaba pedirle a Indira que vigilara.

Quizá entonces se empezó a fraguar su vocación, pero nunca se sintió traidora ni chivata por denunciar a quien incumplía las reglas.

«Haber estudiado hasta las cinco de la mañana como hice yo anoche y no tendrías que copiar, gilipollas».

Esa integridad y sus numerosas manías la alejan de ser una policía querida en su comisaría. Cuando pasa junto al agente que custodia la zona, no puede evitar fijarse en que lleva un faldón de la camisa por fuera del pantalón. Intenta morderse la lengua, pero es superior a sus fuerzas.

—Perdona, ¿podrías colocarte bien la camisa, por favor?

El agente la mira con suficiencia y, en lugar de la camisa, opta por colocarse las gafas de sol empujando el puente con su dedo anular.

La inspectora está más que acostumbrada a ese tipo de reacciones y se limita a perdonarle la vida con la mirada y a sacar de su bolso unos guantes de silicona el doble de resistentes que los que le dan en comisaría y una mascarilla FFP3 con válvula de exhalación, por lo que pueda pasar.

El forense está agachado junto a una maleta abierta. Indira llega a su lado y no puede evitar apartar la mirada al descubrir que, en su interior y rodeado de discos de pesas como los de los gimnasios, se encuentra el cuerpo de una mujer de mediana edad en una posición imposible, desnudo e hinchado grotescamente. Aunque lleva ya más de diez años en Homicidios, hay cosas a las que no consigue habituarse.

—Inspectora. —El forense saluda con un gesto de cabeza y la rutina dibujada en sus ojos, como si esa misma mañana ya se hubiera enfrentado a tres policías chivatos y a otros tres cadáveres en condiciones similares.

—¿Qué tenemos?

—Mujer de unos cuarenta y cinco años. Por el estado del cadáver diría que lleva muerta alrededor de dos semanas. Murió a causa de un disparo. —

Le retira el pelo y le muestra un agujero redondo con los bordes blancos, una herida sin sangre—. Después la tiraron al fondo del estanque, seguramente esperando que nadie la encontrase hasta que volvieran a vaciarlo, pero debido a los gases la maleta ha subido a la superficie.

—¿Es que la gente ya no ve series para saber que a los cadáveres en el agua hay que abrirlos en canal si no quieres que floten?

El forense se encoge de hombros y sigue con su trabajo. La joven agente Lucía Navarro se acerca, diligente.

—Buenos días, jefa.

—Eso según para quién.

La inspectora la mira de arriba abajo, examinándola. Navarro, acostumbrada a sus excentricidades, aguanta paciente mientras piensa que menos mal que su jefa no tiene rayos X en los ojos para darse cuenta de que el sujetador y las bragas son de conjuntos distintos. Finalmente, la inspectora Ramos le quita una mota de polvo de la chaqueta y ya puede centrarse en el caso.

—¿Qué has averiguado?

—El cadáver fue hallado a primera hora de la mañana por un grupo de corredores. Al ver una maleta en la orilla, la abrieron y se encontraron el percal. No hay rastro de su documentación y tampoco tenía pulseras, cadenas o tatuajes que puedan ayudarnos a identificarla.

—Y supongo que el estado del cadáver dificultará hacerlo a partir de las huellas dactilares. Hay que comprobar las denuncias por desaparición del último mes.

—El oficial Jimeno ya está con ello.

—¿Esto tiene mucha profundidad? —pregunta la inspectora oteando el contorno del estanque.

—Medio metro en la parte que menos cubre y casi dos en la que más.

—O sea, que el asesino quería que encontrásemos a la víctima.

—O vio la oportunidad para deshacerse del cadáver y la aprovechó.

—No… —La inspectora Ramos niega con la cabeza—. Nadie con dos dedos de frente tira un muerto en un estanque tan poco profundo pretendiendo que desaparezca para siempre.

—A lo mejor es idiota.

—Puede que sí… pero para traer esa maleta hasta aquí sin que nadie te vea se necesita algo de planificación. Sabía lo que hacía y sabía que al cabo de dos semanas subiría como una boya.

—¿Entraría por la noche?

—Seguro. Hay que pedir las grabaciones del ayuntamiento y de las tiendas de los alrededores. ¿Cuál es la calle más cercana?

—O’Donnell, Menéndez Pelayo y Alfonso XII quedan más o menos a la misma distancia.

—Probablemente ya hayan borrado los vídeos después de tanto tiempo, pero pasaos por todos los comercios con vigilancia y aseguraos.

—Como es domingo, la mitad estarán cerrados.

—Pues id a los que estén abiertos.

Navarro asiente, procurando no contrariar a su maniática jefa, y se marcha a hablar con los dueños de los comercios. Un estallido seco seguido de un olor nauseabundo que atraviesa su mascarilla hace que la inspectora se vuelva hacia la maleta. La visión no puede ser más repugnante: el cadáver está expulsando por el vientre un chorro de sangre mezclada con un líquido amarillento que el forense trata de contener con las manos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta horrorizada.

—Que los gases ya han encontrado por dónde salir —responde el forense con cara de circunstancias.

—Qué asco, por favor. No voy a poder librarme de este olor en una semana.

—Cómprate gel de café.

El hedor no tarda más que unos pocos segundos en llegar a los curiosos, que empiezan a taparse la nariz y la boca con sus prendas de ropa y a abandonar el lugar entre arcadas y toses, como cuando los miembros de la secta japonesa Verdad Suprema liberaron gas sarín en el metro de Tokio.

La inspectora los observa sin perder detalle, pensando que tal vez el culpable no tenga tantos escrúpulos y quiera aguantar hasta que termine el espectáculo, pero allí no queda nadie.

—Ya sabemos cómo ahuyentar a los curiosos de la escena de un crimen —comenta el forense una vez que ha logrado contener el pestilente géiser con un tapón de gasas.

—Que el juez levante el cadáver de una vez.

La inspectora Ramos abandona el lugar oliéndose la ropa, convencida de que no hay desinfectante en el mundo que pueda quitarle ese olor de encima, y se marcha a casa a ducharse, a cambiarse y a lavarse las manos por tercera vez esa mañana hasta casi desollárselas.

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