El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 85 de 89

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El buen padre

Capítulo 85

85

—¿Qué necesita? —le preguntó la jueza Almudena García al constructor Sebastián Oller cuando este le dijo que ya era hora de que le devolviera el favor que él le había hecho eliminando al crupier que trataba de chantajearla con aquellas fotografías comprometedoras.

—Según tengo entendido —respondió el empresario—, está presidiendo usted el juicio por el asesinato de una mujer a manos de su marido. La víctima se llamaba Andrea Montero.

—¿La conocía?

—Así es. Andrea era la jefa de obra de una urbanización de chalés que estoy construyendo cerca de Toledo.

—El mundo es un pañuelo —respondió la jueza, sorprendida—. Le escucho.

—Verá… —dijo Oller tras comprobar que estaban solos en la terraza del hotel donde aquella noche se jugaba la partida de póquer—. Justo antes de que muriera, tuve algunos problemas con Andrea.

—¿Qué clase de problemas?

—No creo que eso venga a cuento.

—Supongo que lo que me pedirá será muy comprometido para mí, así que seré yo quien decida lo que viene o no a cuento, señor Oller.

El constructor no estaba acostumbrado a que nadie le cuestionase de esa manera y miró a la jueza en silencio, conteniendo la irritación que le producía no poseer el control absoluto de la conversación. Dudó sobre si contarle la verdad, pero teniendo en cuenta que ambos estaban involucrados en el asesinato de un hombre, no tenía nada que perder y finalmente le habló de la cueva que habían encontrado por casualidad cuando cedió el suelo bajo una excavadora, de las pinturas rupestres y de las fotografías que seguramente habría sacado Andrea del lugar la noche antes de morir.

—Me resulta extraño no haber leído ninguna noticia en los periódicos sobre ese hallazgo —ironizó la jueza.

—Espero que nunca lo haga —respondió Oller con frialdad.

—¿No tiene cargo de conciencia por haber destruido esa obra de arte?

—El cargo de conciencia no está hecho para las personas como usted y como yo, querida.

La jueza encajó el golpe. Lo cierto es que ella no era nadie para darle lecciones de moral después de haber consentido el asesinato del crupier Gustavo Burgos.

—Lo que necesito —continuó el empresario— es hacerme con el móvil de Andrea. No quiero que algún día alguien encuentre las fotografías y me lleve una sorpresa desagradable.

—Ese teléfono está apagado y lo he enviado a una empresa especializada para que lo encienda y lo analice.

—Revoque la orden.

—No puedo hacer tal cosa. Si lo hiciera, pondría el foco sobre él.

—Me da igual cómo lo consiga, pero necesito que esas fotografías no vean jamás la luz. Si hace eso por mí, estaremos en paz.

La jueza García frunció el ceño. Era complicado, pero podía pedir que se le entregase el resultado del análisis a ella en persona. La fiscalía no pondría pegas, aunque la defensa seguramente podría decir algo. Por suerte para la magistrada, Juan Carlos Solozábal, el abogado de Gonzalo Fonseca, había presentado su renuncia hacía unos días y el abogado del turno de oficio que le habían asignado al acusado no tenía ni experiencia ni tiempo para meterse en determinados berenjenales. De pronto, a la jueza se le pasó una idea por la cabeza y escrutó a Sebastián Oller.

—¿Lo hizo usted?

—¿El qué?

—¿Mandó matar a Andrea Montero para evitar que hiciese público lo que había encontrado en la cueva y le paralizasen la obra?

—No sé si me conviene responder a esa pregunta.

—Llegados a este punto, lo mejor es poner todas las cartas sobre la mesa.

—¿De verdad le importa?

—No quisiera mandar a un hombre inocente a la cárcel.

Oller se resignó y decidió ser sincero.

—En efecto, di la orden… pero ese hombre es cualquier cosa menos inocente.

Al cabo de unos meses de dictar sentencia en contra de Gonzalo Fonseca, la jueza Almudena García se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo

caminando por la cuerda floja y que cualquier día alguien se enteraría de que dejó de ser honesta cuando consintió la muerte del hombre que trataba de chantajearla. Pensó en su hijo, la única persona que le importaba en la vida, y decidió dejarle lo mejor cubierto posible en el caso más que probable de que se destapase el pastel. Cogió todos sus ahorros —legales e ilegales— y se los entregó a un abogado al que conocía desde hacía años para que comprase un piso en Valencia y lo pusiera a nombre de su hijo.

Unos días después, al ir a coger su coche en el garaje de la notaría con la que solía trabajar, sintió una sombra que se le acercaba por la espalda y enseguida un pinchazo en el cuello. No tuvo tiempo ni de gritar antes de perder el conocimiento.

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