El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 6 de 89

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El buen padre

Capítulo 6

6

En la improvisada celda de la jueza Almudena García, de cincuenta y nueve años, han dejado las mismas botellas de agua y cajas con alimentos que en la del abogado Juan Carlos Solozábal. Y sobre ellas, también una nota sugiriéndole que se administre. Pero, a diferencia del lugar donde permanece encerrado el abogado, este más que un búnker parece el despacho de una fábrica abandonada, con las paredes cubiertas de grafitis y la puerta y las ventanas selladas con muros de ladrillos y cemento. El zumbido de la solitaria bombilla del techo y el silbido de la rejilla de ventilación que hay encima del catre son los únicos sonidos que evitan que se encuentre completamente aislada.

La incertidumbre de no saber por qué se está retenido es peor aún que la falta de libertad, aunque la jueza tiene la vaga sospecha de que la han secuestrado por alguna de las sentencias que ha dictado a lo largo de su carrera. Es lo que pasa cuando lo peor de la sociedad te odia visceralmente: en los últimos años le han avisado al menos en tres ocasiones de que planeaban atentados contra ella en alguna cárcel. Almudena sabe que no siempre ha sido todo lo justa que requería su cargo, que a veces la vida y la experiencia la han llevado a dictar sentencia obedeciendo más al corazón que a la razón. Pero cuando tienes ante ti a alguien que irradia culpabilidad, aunque no pueda demostrarse más allá de la famosa duda razonable, es inevitable ejercer el poder que te ha sido otorgado. Ella sospecha que ha enviado a más de un inocente a la cárcel, pero el sistema no es perfecto y en su fuero interno está convencida de que, aun siendo una desgracia, eso es mucho mejor que dejar a culpables en la calle.

Aunque lo que a ella le quita el sueño no es lo sucedido dentro de los juzgados, sino alrededor de una mesa de juego. La jueza Almudena García tiene un secreto que condiciona su vida desde la primera vez que echó el cambio del café en una máquina tragaperras y que, de conocerse, acabaría con su carrera fulminantemente. En aquel momento no estaba pasando por una buena racha: acababa de separarse de su marido debido a una infidelidad de este, no lograba controlar a su hijo adolescente y en el

juzgado llevaban un retraso de meses, con decenas de acusados a punto de agotar la prisión preventiva. Almudena encontró una escapatoria a tanta presión en la repetitiva y estridente musiquita que salía de la máquina colocada junto a la puerta del bar donde desayunaba a diario. Al principio lo tomaba como un simple desahogo, algo inocente y hasta cierto punto excitante, aunque pronto se convirtió en una obsesión con la que soñaba día y noche y que la llevaba a conducir decenas de kilómetros para encontrar un bar donde nadie la conociera, donde le dieran exactamente igual las miradas condescendientes y los cuchicheos a sus espaldas. Pero aquello solo fue el principio.

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