El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 41 de 89

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El buen padre

Capítulo 41

41

Marta frunce el ceño al percatarse de que un hombre y una mujer con pinta de polis están haciendo preguntas a los estudiantes y que uno de ellos señala hacia el árbol bajo cuya sombra ella está ordenando sus apuntes de Narrativa Audiovisual. Cuando ve que se acercan, apaga resignada el iPod donde sonaba la última de Münik. Teniendo en cuenta que en los medios de comunicación llevan ya diez días hablando a todas horas de su amiga Noelia, le extrañaba que todavía no hubiesen ido a interrogarla.

—Hola. Eres Marta, ¿no?

—¿Quién lo pregunta? —pregunta a su vez ella quitándose los cascos.

—Somos los agentes Navarro y Molina —responde Lucía mientras ambos enseñan sus placas—. Nos han dicho que eres la mejor amiga de Noelia Sampedro.

—¿Ya la han encontrado?

—Todavía no, pero pronto la encontraremos. Necesitamos hacerte algunas preguntas, Marta.

—¿Qué clase de preguntas?

—Quiénes eran sus amigos, si tenía pareja, a qué se dedicaba… cosas así.

—Se dedicaba a estudiar y a intentar pasárselo lo mejor posible, como todos los que estamos aquí. Aparte de eso, era una chica bastante popular y no, que yo sepa, no tenía pareja fija. Lo siento, pero no puedo decirles mucho más.

—Cuando fue secuestrada, Noelia llevaba encima una gran cantidad de dinero. Pero hemos hablado con su madre y no le consta que tuviera ninguna ocupación más allá de cuidar niños o servir copas los fines de semana. Y tampoco sabía que había dejado el colegio mayor y se había alquilado un piso. ¿Puedes decirnos algo sobre eso?

Marta desvía la mirada con incomodidad y la agente Navarro se da cuenta de que tiene la respuesta a todas sus dudas.

—¿Marta?

—¿Ustedes son como los curas? —pregunta Marta, rindiéndose—.

Quiero decir, ¿tienen algo parecido al secreto de confesión?

—No, no lo tenemos, pero si no quieres contarnos lo que sabes por las buenas, pediremos una orden de detención, te llevaremos a comisaría y allí deberás hablar delante de policías, abogados y un juez. ¿Es eso lo que quieres?

No, lógicamente no es eso lo que quiere, pero se resiste a desvelar un secreto que ha conseguido ocultar durante demasiado tiempo. Navarro nota que flaquea y opta por ser comprensiva con ella.

—Quizá sientas que la traicionas, Marta, pero todo lo que nos digas puede ayudarnos a salvarle la vida y, al fin y al cabo, terminaremos averiguándolo. Ahora lo que importa es que no sea demasiado tarde. Por favor…

—Era escort, ¿vale? —suelta al fin.

—¿Escort? —pregunta la agente, desconcertada.

—Puta de lujo, hablando en plata. Estaba muy cotizada y tenía clientes mayores que le pagaban bastante pasta. Seguramente por eso llevaba dinero encima y pudo alquilarse un piso. Yo no sé nada más, de verdad.

Después de dejar la Ciudad Universitaria, todavía sorprendidos por la revelación de la mejor amiga de Noelia Sampedro, la agente Navarro y el agente de apoyo se dirigen al despacho del abogado Juan Carlos Solozábal.

Hablan con el portero de la finca, pero solo les dice que era un hombre muy discreto que se pasaba la mayor parte del tiempo en los juzgados y que no se metía con nadie. Les manda al bar donde solía desayunar casi todas las mañanas, a ver si allí pueden contarles algo más.

—Llegaba, pedía un zumo de naranja, un café con leche y un cruasán a la plancha y desayunaba leyendo el periódico. Que yo recuerde, nunca vino con nadie. Salvo… —El camarero parece recordar algo.

—¿Salvo? —pregunta la policía, interesada.

—Unos días antes de todo ese follón, apareció por aquí una mujer que lo buscaba. Me acuerdo de ella porque, aparte de tener un ojo morado, era un cañón, ya me entiende.

—¿No sabe cómo se llamaba ni dónde podríamos encontrarla?

—Ni idea. Llegó, cruzaron un par de palabras y se marcharon juntos.

Lo único que sé es que llevaba anillo de casada.

—¿Y tuvo la sensación de que había algo entre ellos?

—Pues hombre… si tuviera que apostar, por la manera de mirarse yo diría que sí, pero lo mismo estoy columpiándome y solo era una cliente del

despacho, ¿eh?

Los policías van a casa del abogado y preguntan a sus vecinos puerta por puerta. Ninguno de ellos tenía demasiado trato con él, aunque una señora les comenta que hace unos días se cruzó con Juan Carlos y una mujer muy guapa en el ascensor, pero esta no abrió la boca ni para saludar.

Antes de regresar a la comisaría, se pasan por los juzgados por si averiguan algo tan provechoso como en las dos visitas anteriores, y tampoco en esta ocasión se marchan con las manos vacías. Después de asistir al funeral de la jueza asesinada, varios de sus compañeros se reúnen en un bar cercano.

Como siempre ocurre en esas ocasiones, aunque antes se llevasen a matar con la difunta, entre vino y vino todo son palabras de cariño y de admiración.

—Es que hablar mal de los muertos no es bonito —dice la que fue su secretaria a los agentes cuando ya todos los demás se han marchado sin contarles nada de utilidad.

—Pero si tuviera que hacerlo, ¿qué podría decirnos de ella? —intenta sonsacarle la agente Navarro.

—No sé… —responde la secretaria, dubitativa—. La verdad es que tampoco se relacionaba demasiado con los compañeros. No asistía a ninguna comida ni a nada.

—¿Sabe qué hacía en su tiempo libre?

—Con su exmarido no se hablaba, y el hijo ya es mayor y va por libre.

Algunos dicen que se entretenía con otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Vicios…

—¿Alcohol, drogas…?

—No, mujer, eso no. Hace un par de años se la veía echando fortunas en las tragaperras, pero dicen que encontró otro pasatiempo. Un bedel de los juzgados me comentó una vez que le daba por las cartas.

—¿Podría ser un poquito más explícita, por favor?

—Póquer. La vio jugar en un torneo en el casino de Torrelodones. No sé si llegó a ganar, pero por lo visto no se le daba mal…

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