El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 59 de 89

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El buen padre

Parte 4

IV

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59

El estruendo sobresaltó a Andrea Montero mientras estaba comprobando los planos de la segunda fase de la urbanización, que se había complicado más de lo previsto cuando los obreros se toparon con una enorme roca con la que no contaban durante la construcción de una de las villas Premium que rodeaban los greens del campo de golf. Al mirar hacia atrás preguntándose por el origen del ruido, descubrió con sorpresa que la excavadora que trabajaba en lo que en un futuro sería el precioso lago del hoyo 16 había desaparecido como por arte de magia.

—Pero ¿qué coño…?

Instintivamente, Andrea alzó la vista al cielo buscando el ovni que por fuerza tenía que haberse llevado volando la pesada máquina, pero la columna de humo que salía de la tierra removida le hizo comprender que estaba mirando en la dirección equivocada y corrió hacia allí a toda velocidad. Llegó al lugar sin resuello por el esfuerzo y comprobó que el suelo había cedido y la excavadora se había precipitado a unos cinco metros de profundidad.

—¡Paco! —gritó asustada hacia el agujero.

Al no obtener respuesta, la jefa de obra decidió bajar sujetándose en los salientes de la máquina, cuyo motor expulsaba una densa humareda negra. El conductor de la excavadora, Paco Jiménez, se había golpeado la cabeza con el cristal y sangraba por una brecha en la frente. Andrea llegó hasta abajo y abrió con esfuerzo la portezuela, que había quedado deformada por el golpe.

—¿Estás bien, Paco?

—¿Qué cojones ha pasado? —preguntó el trabajador aturdido, taponándose la herida con una mano.

—Se ve que los topógrafos no habían previsto que esto estuviera hueco y el suelo ha cedido. Estás sangrando.

—No es nada.

—Deja que te ayude.

Andrea le ayudó a salir de la cabina justo cuando llegaban corriendo media docena de trabajadores procedentes de distintos tajos que enseguida

se dispusieron a rescatarlos.

—¡Tranquilos, estamos bien! —gritó Andrea, frenando su iniciativa—.

¡Que no baje nadie más, por favor!

Cogió la linterna de la excavadora y alumbró las dos galerías que se internaban en la roca. En la entrada de una de ellas había algo amontonado en el suelo que no logró identificar.

—¿Qué es eso? —preguntó el conductor de la excavadora.

—No tengo ni idea.

—Salgamos de aquí —dijo Paco, prudente—. Esto da muy mal rollo.

—Ve subiendo tú y que te miren esa herida, Paco. Ahora voy.

—Una mierda. Yo no te dejo sola.

—No va a pasarme nada.

—Por si acaso… —Paco les gritó a los trabajadores, que empezaban a ponerse nerviosos en la superficie—: ¡Eh, chavales, cada uno a lo suyo, que nosotros ahora mismo subimos! Vamos, tira —le dijo a Andrea.

Esta se resignó y, tras entregarle la linterna y encender la de su móvil, comenzó el descenso. Cuando ambos llegaron al suelo y comprobaron que era firme, se dirigieron hacia las galerías que se abrían frente a ellos. Al agacharse ante aquel extraño montículo y retirar tierra y piedras con las manos, la jefa de obra encontró, entre varios trozos de huesos ya casi deshechos por el paso del tiempo, lo que parecía la mitad de un fémur humano.

—¡Me cago en la hostia! —exclamó Paco—. ¿Eso es de una persona?

—Tiene toda la pinta, pero la verdad es que yo de huesos entiendo poco.

—¿De quién coño puede ser?

Andrea no respondió. Lo primero que pensó fue que eran restos de la Guerra Civil o de algún espeleólogo que se hubiera despistado muchos años atrás en el intrincado de galerías subterráneas que se abría frente a ella, pero la ausencia de ropa y de objetos alrededor, sumado al estado de los restos, le hizo comprender que se trataba de una cosa muy distinta. Se incorporó y alumbró hacia el interior de la gruta.

—No lo sé… —respondió al fin—. Vamos a ver si hay algo más.

Aunque muy poco convencido, el conductor de la excavadora la siguió. El suelo estaba alfombrado por una capa de tierra, polvo y piedras acumuladas allí durante años que seguramente ocultaban más restos óseos.

Andrea y Paco continuaron internándose en la gruta procurando no pisarlos.

A unos veinte metros vieron otro montículo de huesos que les confirmó que el hallazgo era mucho más importante de lo que imaginaban.

—¿Más personas? —preguntó Paco estremecido.

—Yo creo que son más bien restos de animales —respondió Andrea agachándose a rebuscar—. Fíjate.

De entre la tierra, la jefa de obra sacó lo que parecía un colmillo de unos diez centímetros unido a media mandíbula.

—¡Su puta madre! —exclamó Paco—. Eso de un perro no es.

—No, más bien parece de un oso o incluso de un felino, ¿no?

—Un tigre dientes de sable, fijo —aseguró el hombre convencido—.

Mi hijo tiene su habitación llena de dibujos de bichos de esos.

Andrea volvió a observar el colmillo, empezando a asimilar el alcance de lo que habían descubierto bajo el futuro campo de golf. No era una experta arqueóloga, pero no era extraño que en las obras se topasen con cosas y en cada cena de Navidad alguien contase una historia.

Normalmente, se trataba de calzadas romanas o de alguna edificación de varios miles de años de antigüedad —que muchas veces se llevaban por delante sin ningún miramiento por temor a que les paralizasen la obra—, pero nunca de algo parecido a lo que había allí. O al menos ella no había oído comentar un caso similar en ninguna de aquellas cenas. Al seguir escarbando, distinguió restos pertenecientes a diversas especies de lo que parecían antílopes primitivos, jabalíes, cánidos e incluso dos cuernos que podrían haber sido de un rinoceronte. Al tocar uno, se le deshizo literalmente en las manos.

—¿No deberíamos salir ya? —preguntó Paco, inquieto—. A ver si va a quedar alguno de esos bichos vivos por aquí.

—A mí me da que estos bichos llevan mucho tiempo muertos.

Paco alumbró con la linterna a su alrededor, no demasiado convencido.

Quizá no fuera a toparse con un tigre dientes de sable, pero bien podría haber alguna serpiente reptando por allí. De pronto, palideció.

—Jefa.

—Alúmbrame aquí, Paco.

—Jefa… —insistió el conductor de la excavadora mientras seguía alumbrando al otro extremo de la cueva, demudado.

Andrea levantó la mirada y lo que descubrió la dejó tan boquiabierta como a su compañero: la pared del fondo de la cueva estaba repleta de decenas de pinturas de algunos de los animales cuyos huesos acababan de

encontrar. El artista había aprovechado la irregularidad de la pared rocosa para dotar de profundidad a su obra, de tal modo que un pequeño saliente hacía las veces de hocico de un ciervo, que parecía haber cobrado vida y estaba intentando escapar de la piedra. Justo debajo había un grupo de conejos perseguidos por un lobo de aspecto temible y, a su lado, dos caballos pastaban junto a unos árboles. También había escenas de caza de un realismo asombroso —en las que grupos de hombres perseguían a sus presas armados con lanzas—, y pequeñas manos estampadas alrededor.

Pero lo que más destacaba, en el centro de aquellos dibujos, era la representación de un toro a tamaño real. El vívido color del pelaje hizo desconfiar a Andrea por un momento. Paco, al que nunca se le había ocurrido ir a un museo a admirar algo dibujado antes de que él naciera, observaba embobado aquella obra de arte y pareció leer los pensamientos de su jefa.

—Esto lo han pintado hace poco, ¿no?

Andrea ni siquiera respondió, pero tenía la sensación de estar ante algo que llevaba oculto miles de años.

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