El buen padre
Capítulo 62
62
Gonzalo Fonseca deja caer la caja de sanjacobos congelados que había ido a buscar cuando, al salir de la cámara frigorífica, se encontró con que el rumano Gheorghe y dos de sus sicarios tenían inmovilizado con un cuchillo en la garganta a Fabián, cuyo cadáver ya está desangrándose lentamente sobre el suelo de la cocina de la prisión. Los asesinos del colombiano se acercan a Gonzalo con una macabra sonrisa y la excitación de quien va a volver a matar y disfruta con ello.
—Vamos, acaba con él —le dice el que ha asesinado al colombiano al que ahora empuña el cuchillo.
—Esto no tiene por qué terminar así, chicos —dice Fonseca a la desesperada, mientras retrocede buscando algo con lo que defenderse—.
Podemos llegar a un acuerdo.
—¿Un acuerdo? —pregunta el del cuchillo, saboreando su posición de superioridad—. ¿Qué clase de acuerdo?
—Tengo dinero. Vosotros decid una cifra y os la pagaré. Os lo juro.
—Si tuvieras pasta, habrías saldado tu deuda con Gheorghe.
—Es verdad que ahora no tengo un euro, pero ya habéis visto que hablan de mí en la tele a todas horas. Cuando me suelten iré a un montón de programas y ganaré un huevo de pasta. Es toda vuestra.
Los dos sicarios intercambian una mirada, sopesando la oferta, pero dudan apenas una milésima de segundo.
—¿De qué nos serviría ser ricos si traicionamos a Gheorghe?
—Mátalo de una puta vez o devuélveme el pincho para que lo haga yo
—insiste el que no tiene el cuchillo, impacientándose.
Los dos yonquis, ávidos por derramar más sangre, forcejean por el arma. Gonzalo consigue hacerse con una sartén de acero inoxidable y los sicarios se sorprenden.
—¿Qué haces con eso? ¿Nos vas a freír unos huevos?
Ambos estallan en carcajadas y Gonzalo aprovecha su oportunidad. Al del cuchillo le da un sartenazo en la cara con todas sus fuerzas y nota cómo le rompe un pómulo en mil pedazos. El sicario da una vuelta entera sobre sí mismo, como si estuviera protagonizando una comedia infantil, y cae
fulminado encima del colombiano muerto. El otro reacciona con rapidez y le propina una patada en las costillas que deja a Gonzalo sin respiración.
Fonseca suelta la sartén e hinca una rodilla en el suelo, intentando recuperar el resuello.
—Te voy a matar, hijo de puta —dice el rumano que todavía queda en pie.
Cuando Gonzalo ve que va a coger el cuchillo, que está tirado junto al cuerpo inerte de su compañero, se incorpora a duras penas y se lanza contra él. La pelea es desigual y, tras un breve intercambio de golpes, el sicario se sienta a horcajadas sobre Fonseca. Después de darle una tanda de puñetazos que terminan de someterlo, le pone el cuchillo en el cuello.
—¿Preparado para morir, cabronazo?
—No, por favor. No tienes por qué hacerlo.
—Quiero hacerlo, estúpido.
El sicario se dispone a degollarlo cuando alguien se le acerca por la espalda y le abre la cabeza con la misma sartén que ha tumbado a su compañero. El golpe es tan fuerte que le sale un chorro de sangre por la nariz que empapa la cara de Gonzalo antes de caer hacia un lado, entre convulsiones que presagian una muerte segura. Al limpiarse la sangre de los ojos y mirar hacia arriba, ve al gitano Adonay con la sartén en la mano.
—Ay… mira la que me has liado en un momentito, mierdaseca —le reprocha el gitano—. Yo que venía a pedirte un poco de pan para el bocadillo y me haces matar a un rumano.
—Gracias… —atina a decir Gonzalo.
—¿Qué gracias ni qué pollas? ¡Que me has buscado la ruina!
—¡Al suelo!
Varios funcionarios entran en tromba en la cocina, desarman al gitano y lo reducen con violencia junto a Gonzalo. Los dos amigos quedan boca abajo, uno junto a otro, mientras los esposan.
—Espero que a partir de ahora no me racanees más tabaco, puto payo.
Gonzalo niega con la cabeza, sonriente y agradecido.
Durante el resto del día, tanto Gonzalo como Adonay son interrogados sobre los dos presos que han muerto en la cocina: el colombiano Fabián y el sicario al que el gitano descalabró cuando iba a degollar a su amigo.
Gonzalo evita mencionar los problemas que tiene con Gheorghe, pero salvo ese detalle les cuenta toda la verdad de lo ocurrido. Aunque su intención es
exculpar a Adonay, lo cierto es que el gitano ha matado a un hombre y se enfrentará a un nuevo juicio con el que, casi seguro, aumentará su condena, por mucho que ambos juren que lo ha hecho en defensa propia. El mismo dinero que unos minutos antes les ofreció a los sicarios para intentar salvar la vida, se lo ofrece ahora Gonzalo a su amigo para que contrate al mejor abogado posible.
—¿De dónde vas a sacar tú la guita, infeliz?
—La encontraré, te lo prometo. Tú confía en mí.
Cuando lo devuelven a su celda, después de muchas horas respondiendo preguntas y haciendo papeleo, uno de los funcionarios informa a Gonzalo de la gravísima agresión que ha sufrido su padre en la comisaría donde estaba retenido por el secuestro de tres personas y el asesinato de, por el momento, dos de ellas.
—¿Sigue vivo?
—Eso no puedo decírtelo, pero por lo que he oído en las noticias le han zurrado a base de bien.
—¿Ha sido la policía?
—Lo único que han dicho es que la mafia italiana tiene algo que ver.
Gonzalo Fonseca se sorprende tanto como la inspectora Ramos al no tener ni idea de por qué la mafia le ha hecho algo así a su padre. En cualquier caso, no ha sido un buen día para los Fonseca.
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