El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 25 de 89

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El buen padre

Capítulo 25

25

La inspectora Indira Ramos se reúne con su equipo, ahora mucho más numeroso: a los subinspectores Iván Moreno y María Ortega, la agente Lucía Navarro y el oficial Óscar Jimeno se les han unido otros cinco policías, tres hombres y dos mujeres. Han pasado ya cuatro días desde que Ramón Fonseca se entregó —o lo que es lo mismo: faltan tres para que se cumpla el plazo marcado para la primera muerte— y en el rostro de cada uno de ellos se nota la tensión. Hoy ni siquiera hay tiempo para que Moreno le toque los cojones a su jefa. Todos desean salvar la vida de los secuestrados y saben que ese caso marcará un antes y un después en sus carreras.

—¿Alguien tiene una buena noticia que darme? —pregunta la inspectora nada más sentarse a la mesa—. ¿Moreno?

—Nada, jefa —responde el subinspector negando con la cabeza—. El viejo sigue sin hablar, y tampoco parece que vayamos a sacarle dónde tiene a los secuestrados… al menos, no por las buenas.

—¿No hay nada con lo que presionarle?

—¿Legalmente?

—No contemplo otra manera.

—Entonces, no. Enviudó al poco de que detuvieran a su hijo y no tiene más familia. Es un hombre sin nada que perder.

—Sigue investigando, no hay nadie tan solo ni tan aislado en el mundo.

—¿Y si empezamos a interrogarle las veinticuatro horas hasta que se derrumbe? —pregunta la subinspectora Ortega con cautela.

—Sabes tan bien como yo que la privación del sueño es una tortura, María —responde la inspectora frunciendo el ceño.

—Lo que está haciendo Fonseca con los tres secuestrados también.

La inspectora Ramos duda. Jamás permitiría que se le hiciera algo así a un detenido, pero lo cierto es que la situación es desesperada y está en juego la vida de tres personas.

—Déjanos intentarlo unos días a ver si le sacamos algo, jefa —insiste el subinspector Moreno.

—Está bien. —Indira se rinde—. Pero no quiero que se le toque un solo pelo, ¿estamos?

Todos asienten, sorprendidos por obtener su permiso. La inspectora mira a la agente Lucía Navarro.

—¿Tú qué tienes?

—Todavía no he podido investigar a fondo la vida de los tres secuestrados —responde Navarro—, pero a priori son gente absolutamente normal. Juan Carlos Solozábal es un abogado de cuarenta años solo condenado por desacato al defender con demasiada vehemencia la inocencia de un cliente; Almudena García es una jueza de casi sesenta muy respetada y con fama de incorruptible, y Noelia Sampedro es una estudiante de Comunicación Audiovisual que saca unas notas cojonudas.

—¿Habéis comprobado si es cierto lo que dijo Ramón Fonseca sobre que les sobornaron para lograr la condena de su hijo?

—Hemos pedido una orden judicial para poder meternos en sus cuentas —interviene el oficial Jimeno—, pero todavía no nos han autorizado. Y no consta que la jueza se comprase ningún piso en Valencia.

—Ahora hablaré con el comisario para que presione al juez, pero si recibieron dinero ilegal, no creo que se lo ingresaran en sus cuentas. —

Indira se dirige al subinspector Moreno—: Búscate la vida para comprobar si es cierto lo que nos dijo el viejo de la donación que hizo a la iglesia.

Él asiente y la inspectora se centra en la subinspectora Ortega.

—¿Qué has averiguado del profesor de cocina?

—Se llamaba Antonio Figueroa —responde Ortega consultando sus papeles—. Murió en un accidente de moto seis días después que Andrea Montero.

—¿Cómo fue?

—Por lo visto se salió de la carretera de El Escorial cuando iba al restaurante que llevaba en Galapagar.

—Esa carretera es jodida —comenta uno de los agentes de apoyo—.

Según un reportaje que se publicó hace unos años, es la más peligrosa de la Comunidad de Madrid.

Indira frunce el ceño, pensativa.

—Necesito una teoría. Vamos, por una vez os dejo decir tonterías.

Todo lo que se os pase por la cabeza sobre la muerte de Andrea Montero.

—Y supongo que no vale que su marido la matase con un cuchillo de cocina, ¿no? —pregunta la agente Navarro.

—Imaginemos por un momento que él de verdad no tuvo nada que ver.

Durante la siguiente media hora, los policías hablan de la posibilidad de un robo, un intento de secuestro y hasta del ataque de una secta satánica, pero nada les lleva a pensar que podría haber pasado algo parecido.

Después de la frustrante reunión, la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega se dirigen a Galapagar. Nada más pasar Molino de la Hoz y comenzar el ascenso del puerto, se dan cuenta de que, si el profesor de cocina de Andrea Montero iba a diario en moto por esa carretera, lo extraño es que no se hubiese matado antes.

—Ya que estamos, te invito a comer.

El restaurante que había regentado el chef Antonio Figueroa es un chalé de piedra a las afueras del pueblo. Lo desangelado que está y la cara de amargura del hermano menor del fallecido hacen comprender que aquel era un proyecto de los dos y que ya no tiene ningún sentido.

—Nos metimos en demasiadas obras y ahora no hay Dios que se deshaga de esto —comenta el chico.

—¿Cómo fue la muerte de Antonio?

—Debió de apretarle y se salió a la altura del antiguo puente del Retamar.

—¿Le gustaba correr?

—Sí que le gustaba, sí —responde el hermano con resignación—.

Mire que le dije veces que tuviera cuidado, y más de noche.

—¿De dónde venía?

—No tengo ni idea. Llamó para decir que se retrasaría porque tenía algo que hacer en Madrid, pero no le pregunté más. Solía hacerlo bastante a menudo.

La inspectora Ramos no dispone de efectivos, y mucho menos de tiempo, para abrir una línea de investigación que seguramente no lleve a ninguna parte. Vuelven a estar en un callejón sin salida, y encima lejísimos de la comisaría.

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