El buen padre
Capítulo 78
78
El sanatorio militar de Los Molinos —conocido en su día como Sanatorio de Marina— es un conjunto de edificaciones que ocupan más de diez mil metros cuadrados construidos en un recinto de sesenta y cinco hectáreas. El imponente edificio principal, de seis plantas, contaba con cincuenta y cinco habitaciones, quirófanos, cafetería, cocinas, salas de consulta, sala de autopsias, capilla y residencia, primero para médicos y enfermeras, y más tarde para las monjas que atendían a los enfermos terminales. Fue erigido en 1943 con el objetivo de, sirviéndose de la calidad del aire de la sierra de Guadarrama, sanar a los militares españoles aquejados de dolencias respiratorias. Después de medio siglo acogiendo principalmente a tuberculosos, cuando los nuevos tratamientos se impusieron a los costosos retiros en la montaña, pasó a ser una clínica geriátrica para altos cargos de la Marina, hasta que el Ministerio de Defensa dejó de poder sufragar los enormes gastos que generaba y en 2001 ordenó su cierre. Desde entonces, a esa inmensa mole de ladrillos y hormigón solo acuden mendigos que buscan refugio, saqueadores, grafiteros, grupos de chavales para hacer botellón y amantes de lo paranormal. Se dice que entre sus muros han quedado encerradas las almas de los que allí murieron, que no fueron pocos.
El coche en el que van la inspectora Ramos y los subinspectores María Ortega e Iván Moreno aparca frente a un cartel en el que se prohíbe el paso y que amenaza con multas cuantiosas a los merodeadores, aunque eso no parece que fuera suficiente para disuadir a Ramón Fonseca. Los dos furgones del Grupo Especial de Operaciones llegan cuando los policías están bajándose del vehículo.
—Me cago en la leche —dice la subinspectora Ortega estremecida—.
¿Ese viejo habrá sido tan cabrón de encerrar aquí a esa pobre chica?
—Esperemos que sí, porque de lo contrario seguramente ya nunca recuperemos su cuerpo —responde Moreno observando el edificio.
—¿Cómo vamos de tiempo? —pregunta la inspectora.
—Quedan ocho minutos.
—Joder… ¡Tenemos ocho minutos para encontrar a Noelia Sampedro antes de que el temporizador llegue a cero y libere el monóxido de carbono!
—informa la inspectora a los geos, que se incorporan al grupo mirando contrariados el antiguo sanatorio.
—Este sitio es enorme, inspectora —dice el mando de los geos—. No sé ni por dónde empezar a buscar.
—Que seis de sus hombres recorran en parejas los edificios aledaños.
El resto entrará con nosotros en el edificio principal. Recuerde que buscamos una botella de monóxido de carbono conectada a un temporizador. En caso de que lo vean, que den el aviso de inmediato.
Al entrar en el vestíbulo, los policías se dan cuenta de que será prácticamente imposible encontrar a nadie allí dentro, y menos en tan poco tiempo. Ante ellos se despliegan larguísimos pasillos con múltiples estancias y recovecos donde podrían haber encerrado a una persona. Los escombros, los grafitis y las decenas de muebles desvencijados que atestan el lugar no ayudan demasiado a centrar la búsqueda.
—Cuatro minutos, jefa —dice la subinspectora Ortega consultando su reloj.
—¿De cuánto tiempo dispone desde que empiece a salir el gas?
—Depende de lo débil que esté y del tamaño del sitio donde se encuentre encerrada, pero de no más de seis o siete minutos —responde Moreno.
—Hagamos ruido, todo el que podamos. Tenemos que intentar que Noelia nos oiga y nos indique su posición.
Los policías golpean chapas con las porras, rompen muebles y gritan a pleno pulmón llamando a la única que aún queda viva de las tres personas secuestradas por el fallecido Ramón Fonseca.
En el interior de su celda, Noelia oye unos golpes ahogados, pero en vez de recuperar la esperanza de ser rescatada, el ruido hace que se bloquee aún más, temiendo que la presencia que lleva tantos días percibiendo haya decidido mostrarse al fin. No logra pensar con claridad y se tapa los oídos.
—¡Déjame en paz!
Si no estuviera tan desquiciada después de tantos días de encierro, se daría cuenta de que lo que está pasando es muy real y algo está provocando pequeñas vibraciones en el edificio que hacen que una de las latas apiladas junto a la pared se caiga al suelo y vaya rodando hasta perderse debajo del catre. De repente, los ruidos en el exterior cesan y Noelia aguanta la
respiración, temerosa. Entonces oye un sonido distinto, un leve siseo que procede del conducto de ventilación, donde el temporizador conectado a la botella de monóxido de carbono acaba de llegar a cero.
—Se ha cumplido el tiempo. —La subinspectora Ortega apaga la alarma de su móvil con cara de circunstancias.
—Seis minutos a partir de ahora —dice el subinspector Moreno con gravedad.
—¡Silencio! —La inspectora Ramos aguza el oído—. ¿No oís eso?
—¿El qué?
—Es un zumbido uniforme, como de una especie de motor. Tal vez un… ¿podría ser un generador?
—¡Lo oigo! —grita el mando de los geos, esperanzado—. ¡Viene del piso superior!
Los policías corren escaleras arriba hasta la primera planta, donde se multiplican los pasillos, las pintadas y los escombros. Aunque ligerísimamente, allí el ruido del generador se oye un poco más nítido, pero aún están muy lejos.
Noelia Sampedro empieza a tener sueño, aunque no es del mismo tipo que la ha mantenido en una especie de duermevela durante las últimas semanas; ahora se trata de algo distinto. Intenta mantener los ojos abiertos, pero algo le empuja a cerrarlos, invitándola a descansar, esta vez para siempre. Antes de dejarse llevar mira la última botella de agua de la que ha bebido y sospecha que estaba envenenada. Por fin ha encontrado su premio y sonríe.
Ya no siente miedo, solo ganas de que todo termine de una vez y volver a abrazar a su padre.
A medida que van subiendo escalones, los policías oyen el ruido un poco más alto. Al llegar al último piso, la inspectora Ramos corre por el pasillo sin pararse a pensar en el desorden y la suciedad del lugar.
—¡Eh! —exclama el jefe de los geos, sorprendido por su reacción—.
¡Espere a que inspeccionemos el terreno!
Pero Indira no se detiene y entra en la última habitación. Tras retirar unas mantas con las manos desnudas, encuentra el pequeño generador. A su lado, están el temporizador ya apagado y la botella de monóxido de carbono
conectada a un conducto de ventilación en lo alto de una pared de cemento y ladrillos de reciente construcción.
—¡Aquí! ¡Está detrás de esta pared!
—¡Apártese!
El propio mando de los geos, tras lanzarle una mirad de reproche, se adelanta con una maza y empieza a tirar abajo la pared.
—¡Ya han pasado seis minutos! —avisa la subinspectora Ortega—.
¡Debemos darnos prisa!
Los golpes con la maza hacen temblar toda la estancia. Al séptimo, la pared cede y se viene parcialmente abajo. El fuerte olor a orín, sudor y excrementos procedente del boquete indica que han dado con el lugar donde Noelia Sampedro lleva más de veinte días secuestrada. La chica está tumbada en el catre, inerte. Mientras los policías retiran los ladrillos, el subinspector Moreno se cuela por el hueco abierto y se acerca a ella.
—¿Sigue viva? —pregunta la inspectora Ramos.
—¡Está muy débil, pero todavía tiene pulso!
Moreno la coge en brazos y se la entrega al mando de los geos a través del agujero, que poco a poco va haciéndose más grande.
—¡Oxígeno!
Uno de sus hombres se abre paso con una botella de oxígeno y le pone a la chica la mascarilla. Todos aguardan con los dedos cruzados.
—Vamos, Noelia. Respira.
Al cabo de unos segundos, la chica coge aire y abre los ojos, muy débil y asustada, sin tener claro si sigue estando en esta vida o ya en la siguiente.
—Tranquila, ya estás a salvo. Te pondrás bien.
Con esfuerzo, Noelia se quita la mascarilla y mira hacia el techo.
—El que me ha hecho esto… está en el piso de arriba.
—Este es el último piso, Noelia. Arriba no hay nada.
Noelia Sampedro les mira desconcertada y vuelve a perder el conocimiento. Los policías la bajan en volandas hasta el vestíbulo. La inspectora Indira Ramos, olvidándose por completo de su naturaleza, no le suelta la mano hasta que se la entrega a los sanitarios, que ya aguardan en el exterior con las puertas de la ambulancia abiertas… aunque inmediatamente después, se lava las suyas hasta casi borrarse las huellas dactilares.
OceanofPDF.com