El buen padre
Parte 2
II
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La inspectora Indira Ramos observa los títulos, las fotografías, los diplomas y los recortes de periódico que plagan la pared de detrás del escritorio del juez. Sobre la mesa y a ambos lados de ella, hay pilas de papeles de más de un metro de altura: carpetas llenas de atestados, sentencias y denuncias que se acumulan desde hace bastante tiempo. Ella sabe que puede tener muchos problemas e intenta estar atenta a lo que le dice el juez, pero el desorden reinante en ese despacho no le deja pensar en nada más. Aparte de la mezcolanza de recuerdos personales y laborales colgados de la pared, los marcos no son del mismo tamaño ni del mismo modelo, por lo que el batiburrillo de volúmenes y colores le provoca una irritación incontenible que pronto dará paso a una especie de ataque de pánico que puede llevarla a hiperventilar, a sudar copiosamente e incluso a perder la conciencia. Y por si eso fuera poco, la corbata del juez está torcida y tiene una mancha de grasa a la que sabe Dios qué hay adherida.
La inspectora Ramos intenta apartar la mirada, pero se siente como Alex DeLarge, el protagonista de La naranja mecánica, cuando le inmovilizaron la cabeza y le abrieron los párpados a la fuerza. Si le dejasen media hora, un martillo y unas alcayatas, todo quedaría arreglado, pero a ver cómo se lo dice.
—¿Está usted escuchándome, inspectora? —pregunta el juez, molesto tras mirar a su espalda y no ver nada que pueda distraer a nadie de esa manera.
—Sí, claro que sí —responde Indira intentando centrarse.
—Entonces ¿por qué no me contesta?
—¿Podría repetirme la pregunta, por favor?
—¿Por qué disparó al señor Walter Vargas? —vuelve a preguntar, armándose de paciencia.
—Porque le vi sacar una pistola y apuntar a mi compañero.
—Según la declaración del detenido, sacó la pistola para entregarla y usted le disparó sin mediar palabra.
—Eso no es cierto, señoría. Empuñó la pistola y estaba dispuesto a usarla. Si no llego a volarle la mano, ahora mismo vendríamos de un funeral
y usted estaría preguntándome por qué no hice uso de mi arma reglamentaria.
—La cuestión es joderles la vida, ¿no? —El juez la mira con la tirria que habitualmente provoca la inspectora.
—Eso lo ha dicho usted, señor.
—Ya sé que ustedes se creen por encima del bien y del mal y que los demás solo estamos aquí para tocarles los huevos —añade irritado—, pero yo tengo que hacer mi trabajo.
—Entonces hágalo. Archive el caso y déjeme volver a comisaría.
Tengo muchas cosas de las que ocuparme.
—Lárguese de una vez.
La inspectora se lo agradece con un gesto y se levanta dispuesta a marcharse, pero en lugar de darse la vuelta, una fuerza invisible y terriblemente poderosa hace que se quede de nuevo obnubilada mirando el desastroso tapiz de la pared.
—¿Pasa algo, inspectora?
Indira lucha con todas sus fuerzas por morderse la lengua, negar con la cabeza y salir del despacho, pero el malestar toma el control.
—¿Cómo coño puede tener ese desastre en la pared y quedarse tan tranquilo?
—¿Cómo dice? —pregunta el juez desconcertado, volviendo a girarse.
La inspectora rodea la mesa y descuelga varios marcos, que procede a recolocar en el otro extremo de la pared ante la mirada estupefacta del magistrado.
—¿Por qué no se compra marcos iguales y trata de mantenerlos rectos?
No creo que sea tan difícil.
—Haga el favor de salir de mi despacho.
—Lo mejor es que coloque los diplomas a un lado y…
El juez le arranca con firmeza los marcos de la mano y señala hacia la puerta, muy enfadado.
—¡Si dentro de tres segundos no está fuera de aquí, le meto un puro y le juro por mis hijos que termina de guarda jurado en un puto centro comercial!
Ya de regreso en la comisaría, la inspectora Ramos se lava una vez más las manos, eliminando por unas horas las bacterias imaginarias. Cuando va a secarse, ve una mancha blanquecina en el espejo y coge un trozo de papel
para limpiarla, pero en el último momento se arrepiente y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, consigue dejarlo como está y salir del baño. En la puerta está esperándola el subinspector Iván Moreno.
—¿Podemos hablar?
—Ahora no es buen momento —responde ella encaminándose a su despacho.
—Quiero darte las gracias.
—No tienes por qué. Me limité a hacer mi trabajo.
—Aun así, me salvaste la vida. Si puedo hacer algo por ti, solo tienes que pedírmelo.
La inspectora al fin se detiene y le mira de arriba abajo.
—No vuelvas a ponerte esos vaqueros llenos de agujeros, por favor.
Antes de que el subinspector Moreno pueda responder, el móvil de su jefa empieza a sonar. Tuerce el gesto al ver quién llama.
—Joder, el que faltaba… —Se aclara la voz y contesta, falsamente amable—: Buenas tardes, comisario.
La inspectora Ramos intenta comprender lo que trata de decirle su interlocutor, pero por su expresión no parece estar lográndolo.
—Espere, jefe, espere un momento porque no sé de qué me habla. ¿A qué secuestrador se refiere?
La inspectora se sorprende al escuchar lo que le dice el comisario al otro lado del teléfono. Después de un par de asentimientos, se despide y cuelga.
—¿Va todo bien? —pregunta Moreno con cautela.
—Avisa a María. Salimos dentro de cinco minutos.
—¿Salimos adónde?
Pero la inspectora ya se he encerrado en su despacho. En cualquier otro momento el subinspector Moreno le hubiera puesto alguna pega aludiendo a las horas extra o a una indisposición repentina, pero ahora no se siente con fuerzas.
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