El buen padre
Capítulo 54
54
Desde que supo que su mujer y el amante de esta le habían desvalijado la caja de seguridad del banco, Salvatore Fusco se olvidó del resto de sus negocios e inversiones y puso a todos sus hombres a buscar sin descanso a Juan Carlos Solozábal. Cientos de italianos llegados en algún momento desde Calabria y afincados en toda España peinaron las zonas donde operaban, pero llevaba ya doce días secuestrado por Ramón Fonseca y no lograron dar con ninguna pista que los condujese hasta el abogado.
—¡No me creo que se lo haya tragado la tierra, joder! —El mafioso da un manotazo con rabia y tira cuanto hay sobre la mesa cuando le comunican que siguen sin encontrar sus joyas, su dinero y sus documentos.
—Ni la policía lo ha encontrado, don Salvatore —dice Adriano.
—¡Me importa una mierda la policía! —grita Fusco, al borde del colapso—. ¡Ellos no conocen las calles como nosotros!
—Si el viejo cumple su palabra —dice con tranquilidad Luca, el sobrino de don Salvatore—, mañana mismo el abogado estará muerto y el problema habrá desaparecido para siempre.
—Eres un estúpido, Luca —responde don Salvatore mirándolo con desprecio—. No sabes lo que implicaría eso, ¿verdad?
Don Salvatore les explica a su sobrino y a Adriano que, con independencia del valor de las joyas o de la cantidad de dinero desaparecida, si los documentos que había en esa caja de seguridad llegasen a hacerse públicos, los tres irían a la cárcel, donde sus vidas no valdrían una mierda: hay tantos enemigos deseando acabar con ellos que no sabrían ni quién habría dado la orden.
—No se preocupe, don Salvatore —interviene Adriano—. Yo resolveré el problema.
Don Salvatore sabe que la manera que tiene Adriano de resolver los problemas es de todo menos discreta, pero a esas alturas no le queda mejor opción que dejar la solución en sus manos. Confía plenamente en él, y eso que Adriano, al contrario que la mayoría de los miembros de la
’Ndrangheta, no tiene ningún familiar en la mafia calabresa.
Lo conoció en un reformatorio cerca de Catanzaro, cuando Salvatore tenía diecisiete años y Adriano apenas doce. Pero por muy pequeño y flaco que fuera aquel mocoso, enseguida demostró que tenía más cojones que ninguno de los que había internados allí, casi todos hijos de mafiosos. Por muchos golpes que se llevara de los vigilantes del centro, Adriano jamás delató a nadie. El día que perdió varios dientes y estuvo a punto de quedarse sin un ojo por no denunciar a quien había robado un sobre con dinero de la cocina del centro, Salvatore supo que haría bien teniéndolo de su lado y le juró que algún día le buscaría. Quince años después, el mafioso había escalado dentro de la organización y tuvo la oportunidad de formar su propia familia. Entonces cumplió su promesa.
A pesar de que Adriano ni siquiera había nacido en Calabria, el nuevo capo de la ’Ndrangheta insistió hasta que los uomini d’onore lo aceptaron como miembro. Fue el propio Salvatore quien presidió la ceremonia que lo convertiría en integrante con plenos derechos de una de las mafias más violentas y peligrosas del mundo. Lo primero que hizo fue mostrarle una bala y una cápsula de cianuro.
—De ahora en adelante, no te juzgarán los hombres, sino tú mismo. Si te equivocas y cometes una falta grave, deberás admitirla con honor y elegir tu camino. Aquí hay una píldora de cianuro y una bala. O te envenenas o coges la pistola y te disparas. De todas las balas del cargador, la última debe ser para ti. ¿Cumplirás, Adriano?
—Sí, don Salvatore.
Con aire ceremonial, el capo le puso en la mano los dos pequeños objetos.
—Si alguien te pregunta de quién eres hijo, deberás responder que tu padre es el Sol y tu madre la Luna.
—Así lo haré, don Salvatore.
—Ahora lee este juramento.
Le entregó un papel, que Adriano leyó en voz alta, solemne:
—Bajo la luz de las estrellas y el esplendor de la luna, formo la santa cadena. En el nombre de Garibaldi, de Mazzini y Lamarmora, con palabras de humildad, formo la santa sociedad. Juro renegar de todo mi pasado hasta la séptima generación para salvaguardar el honor de mis sabios hermanos.
Salvatore y los demás jefes lo abrazaron con orgullo y le dieron la bienvenida a una gran familia que opera en más de cincuenta países y que se dedica al narcotráfico, al blanqueo de capitales, a la prostitución, a la
trata de seres humanos, a la estafa, a los secuestros, a los asesinatos por encargo, al fraude y, en definitiva, a todo lo que huele a muerte y podredumbre. Aunque Adriano jamás había necesitado la protección de nadie, todo aquel que desde ese momento se metiera con él, tendría que temer el desquite de la mafia calabresa, la temida ’Ndrangheta.
—¿Cómo piensas sonsacarle a ese viejo dónde tiene secuestrado al abogado? —le pregunta Salvatore a Adriano cuando decide dejarlo todo en sus manos.
—De la única forma posible, don Salvatore —responde Adriano con frialdad—. Aunque necesitaré ayuda.
—Pide lo que sea.
—Debo quedarme a solas con él.
Salvatore frunce el ceño, consciente de que lo que solicita Adriano es casi imposible, pero necesita actuar o la documentación robada podría llegar a las manos equivocadas y sería el final.
—Llamaré a alguno de los políticos con los que tenemos negocios —
dice al fin el mafioso—. Ellos estarán tan interesados como nosotros en que esto no salga a la luz.
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