El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 88 de 89

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El buen padre

Capítulo 88

88

Admitir que se tiene una adicción es difícil para cualquiera, y más para un policía que persigue desde hace años a quienes venden la droga que ahora está acabando con él. El agente Daniel Rubio se daba alguna fiesta de vez en cuando, pero desde que fue inhabilitado por la denuncia de la inspectora Ramos, todo ha ido de mal en peor: empezó bebiendo para intentar atajar su frustración, después pasó de fumar un porro de vez en cuando a hacerlo a todas horas, tratando infructuosamente de evadirse de la realidad, más tarde le dio por la coca, lo que aumentó su rabia y sus ansias de venganza, y por último, cuando asumió que su carrera había terminado para siempre, probó la heroína por primera vez y descubrió que era lo único que le aliviaba.

El subinspector Moreno pulsa el timbre. A la tercera vez sin respuesta pega la oreja a la puerta esperando oír a su amigo moverse en el interior. Él no lo sabe, pero hace ya dos horas que el expolicía se marchó de su piso. Prueba llamándole al móvil y salta el contestador. Iván no es de los que suele tener presentimientos, pero esta vez es distinto, hasta nota que se le acelera el pulso cuando piensa que ha tardado demasiado en presentarse allí para obligarlo a aceptar su ayuda.

El camello al que Daniel suele llamar ha sido detenido en una redada en Vallecas. Cuando se entera, maldice a sus excompañeros por hacer bien su trabajo. Por una parte, le da rabia comprobar que no era tan imprescindible en su unidad y que los camellos siguen cayendo a pesar de que él no esté.

Por la otra, le hace darse de bruces con la realidad y comprender que su enganche ha dejado de ser una posibilidad remota. Antes de dejar su casa había decidido darse un último chute y empezar a salir de ese infierno, incluso se había pasado un par de horas buscando en internet la mejor clínica de desintoxicación. El problema es que tenía que ir a comprar ese chute en persona. Aunque alguien que lleva toda la vida moviéndose por esos ambientes sabe bien dónde buscar.

El telefonillo del portal ha sido arrancado de cuajo, al igual que la cerradura de una puerta de metal que ha debido de conocer tiempos

mejores. Según le contaron la primera vez que fue a hacer una redada allí, en ese edificio tenía un piso un importante banquero donde solía alojar a jóvenes modelos y actrices que ahora protagonizan series de televisión.

Pero todo aquel glamour quedó atrás cuando la crisis económica obligó a despedir al portero y acto seguido entraron unos traficantes en el tercero. El inmueble, que antes era la envidia del vecindario por los relieves de su fachada y las barandillas de hierro forjado, se convirtió de la noche a la mañana en el punto negro de un barrio que llevaba mucho tiempo tratando de mantener a raya la delincuencia.

En cuanto entra en el portal, Daniel ve a un yonqui sentado en las escaleras con la cabeza entre las piernas. Ha dejado atrás la primera (y cada vez más breve) sensación placentera del chute para sumergirse en un letargo que solo se le pasará cuando el cuerpo le exija una nueva dosis. Daniel mira hacia arriba y se da cuenta de que allí al infierno se sube, no se baja.

Atraviesa un pasillo lleno de basura y llama con los nudillos a la puerta del narcopiso. Al vigía le basta con mirarle a los ojos para saber que, aunque no lo haya visto en su vida, será un buen cliente. Le hacen pasar a una sucia habitación donde varios yonquis más esperan la mercancía que un camello acaba de traer oculta en la suela de sus zapatos. Como si estuvieran en la cola de la pescadería, uno de ellos le pregunta a otro que qué tal es allí el género.

—Eso depende de quien lo corte. Si lo pilla la Ana, se tira más el rollo.

Alguien se fija en Daniel, ve la posibilidad de cambiar información por una micra de heroína y sale a hurtadillas de la habitación. A los pocos minutos, entran dos traficantes con muy mala pinta y echan a todos los yonquis de allí. A todos, menos a uno.

—¿Nos conocemos?

Daniel le mira y siente que su vida llega a su fin. Claro que lo conoce.

No solo lo detuvo hace tres o cuatro años, sino que le pegó una patada en los riñones cuando ya le tenía esposado en el suelo porque el camello no dejaba de amenazarle. Ya estaba acostumbrado al mal perder de los delincuentes y su mirada de odio no le quitó el sueño ni una sola noche.

Claro que entonces no sabía que algún día estaría a su merced, desarmado y sin ningún compañero que fuera a cubrirle las espaldas.

—No.

—¿No? ¿Estás seguro de que tú no eres poli?

—Creo que te confundes, amigo.

El otro traficante le da un puñetazo, le quita la cartera y se la tiende a su compañero. Este la abre y rebusca en ella hasta encontrar una foto en la que aparece junto al subinspector Iván Moreno, ambos vestidos de uniforme.

—Te equivocas en dos cosas, agente Rubio —dice con una sonrisa vengativa—: Yo nunca me confundo, y ni mucho menos soy tu amigo.

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