El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 18 de 89

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El buen padre

Capítulo 18

18

El primo de la estudiante Noelia Sampedro quiso enseñarle el código morse cuando entró en el ejército y ella acababa de cumplir quince años. Según decía, algún día podría salvarle la vida. Noelia estaba segura de que, al igual que las raíces cuadradas, era un conocimiento inútil para la vida cotidiana. Pero estar a solas con su primo no era algo que pudiera desperdiciar, llevaba deseándolo demasiado tiempo. La primera vez que se masturbó, hacía entonces tres años, lo hizo pensando en él. Sintió placer y culpa a partes iguales, ya que solo había pasado una semana desde que su padre pinchó la rueda de su camión a pocos kilómetros de Soria y un coche se lo llevó por delante. El conductor se dio a la fuga y jamás pudieron detenerlo.

—El código morse —dijo Javi nada más entrar en su habitación, mientras cogía un libro de la estantería y se sentaba en la cama— es un sistema que permite escribir un mensaje a alguien que perfectamente puede estar en la otra punta del mundo.

—O sea, como el WhatsApp.

—Sí, bueno… —Javi titubeó sintiéndose estúpido—, pero si estás encerrada en un lugar sin móvil, lo mejor es el morse. Cada letra del código…

—Javi —lo interrumpió Noelia, mirándolo a los ojos—, ¿yo te parezco guapa?

—Claro que sí.

Javi trató de continuar con su explicación, pero Noelia le quitó el libro de las manos, se le acercó e intentó besarle. Él se retiró, aturdido.

—¿Qué estás haciendo, Noe?

—Quiero acostarme contigo.

—¿Te has vuelto loca? —Javi se levantó de la cama de un salto—.

Eres mi prima, joder. Y además solo tienes quince años.

—Muchas de mis amigas follan desde los catorce.

Javi la miró descolocado. Noelia era aparentemente la niña perfecta: guapa, con clase, buena estudiante y, sobre todo, muy educada. Hasta ese

momento a su primo ni se le había pasado por la cabeza que conociera el verbo «follar».

—Déjate de tonterías. Como te decía, el morse…

—Entonces se lo pediré a tu amigo Pablo —volvió a interrumpirlo ella.

Eso le descolocó todavía más; una cosa es que él no estuviera dispuesto a tener nada con su prima y otra muy distinta empujarla a los brazos del mayor macarra de todo Cercedilla, un pequeño pueblo situado en la sierra de Guadarrama, a unos sesenta kilómetros de Madrid.

—¿Se puede saber a qué viene esto, tía?

—Prefiero perder la virginidad con alguien que me guste y al que quiero antes que con cualquier gilipollas del insti, nada más —respondió Noelia con tranquilidad.

Javi la miró de arriba abajo, probablemente por primera vez como a una chica y no como a un familiar. Ella advirtió las dudas de su primo y aprovechó su oportunidad. Se desabrochó lentamente la blusa y Javi no pudo evitar mirar con deseo los duros pezones que se marcaban debajo de un sujetador deportivo.

—Noelia… —dijo él, empezando a perder la batalla—, yo creo que lo mejor es que lo dejemos aquí y nos olvidemos.

Ella le cogió una mano y la llevó hacia uno de sus pechos. Él dejó de resistirse y una repentina e incontrolable erección surgió de entre sus piernas. Noelia le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones. Unos calzoncillos verdes, de los que se pone alguien que no espera que ese día se los vea nadie, aparecieron frente a ella con una mancha de humedad.

Cuando se decidió a tocarla con la yema del dedo índice, descubrió que era un líquido suave y resbaladizo, de la misma textura que el que a ella le empapaba cuando pensaba en él.

—Eso es normal, no te creas que ya me he corrido —se justificó, como si el inexperto realmente fuese él.

—Espero que no. —Ella rio y llevó los dedos a la goma de la prenda, dispuesta a retirarla—. ¿Puedo?

Javi asintió. Noelia le bajó los calzoncillos y se encontró frente una polla mucho más grande y oscura de lo que había imaginado. La miró en silencio unos segundos, disfrutando de un momento con el que llevaba años fantaseando.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —preguntó Javi, inseguro.

—Al contrario —respondió Noelia.

La cogió con una mano y se la llevó directa a la boca, como había visto hacer a las actrices de los vídeos porno que mandaban sus amigas por WhatsApp. Después de intentar darle placer con más ganas que destreza, se quitó los pantalones y las bragas de una vez y se subió a horcajadas sobre su primo.

Entonces descubrió que, gracias a su cuerpo, podría conseguir cuanto deseara de los hombres. Y también de muchas mujeres.

Tras aquel primer encuentro, Noelia y su primo estuvieron viéndose en sesión de mañana y tarde hasta que Javi se incorporó al ejército. Fueron dos semanas en las que ambos aprendieron en un cursillo intensivo buena parte de lo que a esa edad puede saberse sobre sexo. El problema es que, cuando uno prueba algo así, está deseando repetirlo.

A la semana de abstinencia, y a pesar de que había prometido no acercarse al amigo de su primo, Noelia no encontró a nadie mejor con quien seguir practicando y se hizo la encontradiza con él a la salida del gimnasio municipal, donde Pablo pasaba las tardes convencido de que allí se preparaba mejor para la vida que en la biblioteca, que estaba a escasos cincuenta metros de distancia.

—Hola, Pablo.

Él la miró con indiferencia, intentando disimular lo que le impresionaba estar ante la que ya era la chica más guapa del pueblo. El vestido que había elegido Noelia aquella tarde, de elastán blanco y pegado al cuerpo, no dejaba demasiado a la imaginación. Todavía no había pasado un mes desde que había perdido la virginidad, pero ya nada quedaba en ella de la niña inocente que soñaba con que su príncipe azul se la llevaría por la ventana de su habitación a lomos de un helicóptero del ejército.

Dos chicos con unas palas de pádel pasaron por su lado y se dieron un codazo con complicidad mirando descaradamente a Noelia.

—¿Vosotros qué coño miráis? —les increpó Pablo.

—A tu amiga se le ha olvidado ponerse bragas —respondió divertido el más alto.

El otro ahogó una risa y Pablo tiró su mochila al suelo, dispuesto a partirse la cara con ellos. Pero Noelia, que aquella tarde tenía claro su objetivo y no era precisamente que tres paletos con las hormonas revolucionadas se peleasen por ella, lo detuvo en seco.

—Déjalos, Pablo. Son unos niñatos de mierda.

—¡Gilipollas!

Los chicos se alejaron haciéndoles una peineta y se metieron en un coche. Pablo continuó mirándolos como un perro de presa hasta que desaparecieron calle abajo. Al volverse, vio que Noelia lo miraba sonriente.

—¿Y tú de qué te ríes? —preguntó a la defensiva.

—Me gusta que me defiendas así.

—Lo hago por tu primo Javi, que somos colegas de toda la vida.

—¿Solo por él?

Cuando se miraron a los ojos, Pablo se dio cuenta de que estaba en desventaja. Por muy buena opinión que tuviera de sí mismo, sabía que Noelia muy pronto sería inalcanzable para alguien que no tenía más aspiraciones en la vida que trabajar en el taller mecánico de su padre.

—¿Tú no tienes bragas que ponerte o qué?

—Con este vestido se marcan y queda muy choni.

—Pero ¿cuántos años tienes, niña?

—El mes que viene cumplo dieciséis.

Pablo volvió a mirarla, aturdido. No parecía ni de lejos una niña de quince años; él tenía varias primas de esa edad y todavía eran unas crías. Ni siquiera su hermana, con diecisiete, estaba tan desarrollada como Noelia.

—Bueno, ¿qué? ¿No me invitas a una cerveza?

—A ti no te servirían una cerveza en ningún bar.

—¿Quién ha hablado de ir a un bar?

El despacho del padre de Pablo estaba situado sobre el taller y, en contra de lo que esperaba Noelia cuando le dijo que allí nadie les molestaría, estaba limpio como una patena y decorado con cierto gusto. Él tiró su mochila sobre un sofá de cuero negro y sacó dos cervezas de una neverita de Bridgestone. Después de una charla intrascendente en la que Noelia se hizo la experta en cerveza cuando en realidad era la primera vez que la probaba y además le pareció asquerosa, le puso la mano en el paquete, que enseguida cobró vida bajo los pantalones del chándal Kappa.

—¿No vas demasiado rápido?

—¿Para qué esperar?

Noelia se deshizo de las zapatillas, se quitó el vestido blanco por la cabeza y se quedó completamente desnuda frente a él. Pablo la miró de arriba abajo con deseo. Por un momento pensó en decirle que se vistiera y

que le llamase cuando hubiera cumplido los dieciocho, pero las palabras desaparecieron en algún punto entre su cerebro y su boca.

—Cómemelo —dijo Noelia subiéndose en el sofá y poniéndole un pie sobre el hombro, mostrándole abierto su sexo ya húmedo.

Pablo dudó. Siempre llevaba la iniciativa en sus escarceos sexuales, pero tampoco logró materializar las protestas y hundió la cabeza entre las piernas de la chica.

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