El buen padre
Capítulo 9
9
El anciano Ramón Fonseca recorre la Gran Vía madrileña mirándolo todo con curiosidad. Es la primera vez que pasea por ella a pesar de que hace ya un año que se trasladó a Madrid desde Málaga, cuando detuvieron a su hijo Gonzalo por haber acuchillado a su nuera hasta matarla. Pero la mayor parte del tiempo lo ha pasado dejando que su carácter se agrie un poco más cada día en los alrededores de los juzgados de la plaza de Castilla, muy cerca de donde una vez por semana coge el autobús que le lleva al Centro Penitenciario Madrid II, en Alcalá de Henares. Todo le suena de haberlo visto por televisión, pero quería verlo en persona antes de quitarse de en medio para siempre. Lo que no se imaginaba es que en la famosa Gran Vía habría tanto trasiego de gente.
«¿Adónde coño irán?»
Se detiene a ver el espectáculo de unos chicos a los que rodean medio centenar de personas. Practican esa lucha brasileña tan extraña en la que no se tocan un pelo, la capoeira. Supone que, cuando haya que luchar de verdad, no se andarán con tantos remilgos. Dos chicos y una preciosa chica con sus mochilas de libros al hombro se colocan a su lado. El menos agraciado de los dos observa a uno de los luchadores, que da brincos y lanza patadas al aire a una velocidad endiablada.
—Ese sordomudo es un poco excesivo, ¿no?
La chica le mira sorprendida y estalla en carcajadas. El otro chico, el guapo, sonríe por compromiso, tratando infructuosamente de entender el chiste. Si ella es lista, no dudará sobre con cuál de los dos quedarse.
—Perdonad —les interrumpe el anciano—, ¿podríais decirme dónde queda el Congreso de los Diputados, por favor?
—Siga un poquito más por la Gran Vía hasta llegar al hotel de Las Letras —responde la chica con amabilidad, señalándole el camino—, ahí tire a la derecha hasta la calle Alcalá, la cruza, siga hasta la Carrera de San Jerónimo y a la izquierda lo encuentra. No tiene pérdida.
—Muchas gracias.
Ramón deja a los brasileños haciendo piruetas mitad en el aire y mitad en el suelo y sigue las indicaciones de la chica. El Congreso es algo menos
imponente de lo que se imaginaba, pero los leones de la entrada, Daoiz y Velarde —llamados así en honor a los héroes del levantamiento del 2 de Mayo—, son verdaderamente majestuosos. A unos metros hay varias reporteras junto a sus respectivos cámaras, ellas memorizando el texto que dirán en la siguiente conexión en directo y ellos trasteando con el móvil. El anciano se acerca a una periodista que le suena de haberla visto en la tele y aguarda a que termine de ensayar. La reportera se incomoda ante la mirada de resentimiento del viejo y le hace una seña con disimulo a su cámara.
—¿Necesita algo, jefe?
—Las noticias empiezan a las tres, ¿verdad?
—De toda la vida… —El cámara mira su reloj—. Exactamente dentro de quince minutos.
—Gracias.
Ramón Fonseca toma un pincho de tortilla y un vaso de vino frente a la tele de un bar cercano al Congreso. El informativo arranca con las fotos de tres personas. Son un hombre y dos mujeres con sus respectivos nombres, ocupaciones y edades debajo de cada una de sus caras: Juan Carlos Solozábal, abogado, cuarenta años; Almudena García, jueza, cincuenta y nueve años; Noelia Sampedro, estudiante, veintidós años.
«La Policía sigue sin hallar pistas sobre los tres desaparecidos, aunque su documentación y sus teléfonos móviles se han encontrado en una bolsa en el aparcamiento del hotel donde fue raptada la más joven de los tres, lo que confirmaría que los secuestros son obra de una misma persona».
Ya en el plató, el presentador mira a su compañera.
«—¿Qué novedades tenemos?
»—Prácticamente ninguna, y eso es lo que tiene desconcertados a los investigadores. Se trata de una jueza, un abogado y una estudiante desaparecidos entre el sábado y el domingo por la noche en circunstancias similares. La policía está estudiando si los dos primeros trabajaron en algún caso en común, pero lo que es una incógnita es la chica.
»—Estaremos muy atentos en las próximas horas. Un nuevo caso de corrupción ha sacudido a la clase política…»
Ramón Fonseca paga su consumición y vuelve a la calle. Pasa junto a la reportera y el cámara, que ya están recogiendo para marcharse, y se acerca a unos policías —un hombre y una mujer— que charlan junto a la entrada del Congreso.
—Disculpen que les interrumpa, agentes.
—Buenas tardes, caballero —dice ella con amabilidad—. ¿En qué podemos ayudarle?
—Quiero entregarme.
—¿Entregarse? —pregunta el policía sin tomárselo demasiado en serio
—. ¿Y qué se supone que ha hecho?
—Esas tres personas de las que hablan en las noticias…
—¿Sí?
—… las he secuestrado yo.
—No debería bromear con eso, señor —dice la policía frunciendo el ceño.
—No bromeo. Aquí tienen las fotografías que prueban lo que digo.
Ramón Fonseca saca del bolsillo de su chaqueta tres fotos en las que aparecen los secuestrados drogados y tumbados en los catres de tres celdas diferentes. Los policías se miran, perplejos.
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