El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 72 de 89

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El buen padre

Capítulo 72

72

Hoy no hace falta que el médico le administre flumacenilo a Ramón Fonseca para que despierte. El anciano, cuya vida parece que vaya a apagarse con un simple soplido, mantiene abierto su único ojo sano, fijo en algún punto indeterminado del techo. Aun así, no tiene pinta de estar demasiado lúcido; dada la cantidad de calmantes que lleva en el cuerpo seguramente no sabrá ni quién es. El subinspector Iván Moreno entra en la habitación y se acerca a su cama. Le mira con lástima unos segundos antes de hablar.

—Joder… le han dejado hecho polvo, jefe.

Aparte del pitido uniforme que emite el monitor que controla sus constantes vitales, un pestañeo es la única prueba de que sigue vivo.

—El médico me ha dicho que me costará comunicarme con usted —

continúa el subinspector Moreno—, pero necesito que haga un esfuerzo, porque lo que tengo que contarle seguro que le interesará. ¿Me oye?

Ramón Fonseca le mira y asiente ligeramente. Al policía no deja de sorprenderle la fortaleza de ese hombre.

—Bien. Resulta que he estado en Málaga, ¿sabe? Fui a husmear un poco en su casa para ver si encontraba alguna pista que me condujera a Noelia Sampedro, pero se ve que ha sido usted muy cuidadoso a la hora de complicarnos la vida. Se le han muerto las plantas, por cierto. El caso es que, cuando ya estaba a punto de marcharme, conocí a su vecina, la señora de la puerta de enfrente. Se acuerda de ella, ¿verdad?

El anciano vuelve a asentir.

—Perfecto, porque ella me habló de su hijo Gonzalo, de la amistad que la unía a su mujer, de cuánto los echan de menos en el bloque… y de la aventura que tuvo usted hace unos cuantos años con la que decían que era hija del cura de Ardales.

El pitido del monitor se acelera. El subinspector lo mira y sonríe, consciente de que ha logrado captar la atención del secuestrador y asesino.

—Me alegro de que eso tampoco lo haya olvidado, señor Fonseca.

Decidí ir a Ardales y, aunque por desgracia Camelia murió hace un par de

años, me enteré de que tenía una hija. En cuanto la vi, supe que debía traerla conmigo. ¿Conoce usted a Verónica?

El aumento de los pitidos del monitor multiparamétrico vuelve a confirmar que Ramón Fonseca sabe de lo que habla Moreno y que no se esperaba que la policía fuera a descubrir que no está tan solo en el mundo como pretendía hacer creer.

—Supongo que querrá que su hija siga viviendo tan tranquila cuidando de sus animalitos, ¿verdad?

El anciano le dirige una mirada de profundo desprecio. Al subinspector no le gusta utilizar a la chica de esa manera, pero el tiempo de las sutilezas ha quedado atrás. Hasta la íntegra inspectora Ramos está de acuerdo ya en servirse de cuanto tengan a mano para sacarle la información que necesitan.

—A mí tampoco me hace ni puta gracia joderle la existencia a una buena chica que no tiene culpa de que su padre sea un asesino chiflado, créame, pero no nos deja otra opción. Le juro que si Noelia Sampedro muere me ocuparé personalmente de que no solo su hijo Gonzalo se pudra en la cárcel por muy inocente que sea, sino de que a su hija también se le complique mucho la vida. Sé cómo hacerlo, palabra —añade Moreno muy convincente.

—Cabrón… —atina a decir el viejo con esfuerzo.

—Lo sé. Será mejor que no demoremos mucho más el encuentro o terminará explotándole el corazón.

El subinspector sale al pasillo y regresa acompañado de una impresionada Verónica Díaz. La chica, todavía asimilando que su madre le mintió al contarle que su padre había muerto antes de que ella naciera —

aunque ya le hayan advertido de que volverá a ser huérfana dentro de muy poco tiempo—, siente un nudo en el estómago al ver que el hombre con quien lleva fantaseando desde niña ahora no es más que un despojo humano. Ramón Fonseca esboza algo parecido a una sonrisa.

—Hola… hija.

Verónica le mira sin reaccionar. El subinspector Moreno se da cuenta y le toca el brazo con delicadeza.

—Siento presionarte así, Verónica, pero no disponemos de demasiado tiempo.

—¿Puede dejarnos solos?

—Antes tienes que conseguir que te diga dónde está encerrada Noelia.

—Déjenos solos, por favor —insiste ella.

Aunque no entraba en sus planes, el policía asiente y sale de la habitación. Puede que estando un rato a solas con Verónica el viejo se ablande y confiese al fin lo que necesitan saber. El subinspector Moreno presencia a través del cristal el encuentro entre padre e hija y mira su reloj, preocupado. Apenas quedan dos horas para que venza el plazo marcado para la tercera de las muertes programadas.

Baja a la cafetería a tomarse un café bien cargado que le haga mantenerse en alerta cuando ve a su amigo Daniel saliendo de una consulta.

En solo unas semanas su aspecto ha dado un giro radical: ya no queda rastro de aquel policía que solía trabajar con vaqueros y zapatillas último modelo.

Iván comprende que permanece instalado en el bache que estaba pasando cuando fue inhabilitado y que tiene que hacer algo para sacarle de él. Va a acercarse para ofrecerle su apoyo, pero está seguro de que lo rechazará al saber que no solo no se ha vengado de Indira por haberle denunciado, sino que su relación con ella cada día es más estrecha. Además, ahora tiene cosas más urgentes que hacer. Mientras lo observa cruzar la puerta con paso vacilante, se promete que buscará la manera de ayudarle.

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