El buen padre
Capítulo 42
42
La noche que decidieron que se fugarían juntos, Juan Carlos Solozábal y Gianna Gallo hicieron el amor como si no hubiera un mañana, seguramente porque ninguno de los dos podía quitarse de la cabeza que tal vez no lo hubiese: si Salvatore Fusco se enteraba de lo que pretendían, no se conformaría con enviar a Adriano para matarlos. Gianna apoyó la cabeza en el pecho de su amante y sintió que el corazón le iba a mil por hora, y no solo por la intensa sesión de sexo que acababan de tener. De pronto, temió que él se arrepintiera, que el convencimiento con que le había dicho que estaba dispuesto a todo por ella fuera producto de la excitación y se hubiera evaporado nada más tener el orgasmo. Son cosas que pasan.
—¿En qué piensas? —preguntó Gianna mirándole con inseguridad.
—En nada —respondió Juan Carlos sonriendo—. Solo me recupero.
—¿Seguro que me quieres, Juan Carlos?
—¿A qué viene eso, Gianna?
—Mi vida es demasiado complicada y…
—Para eso estoy yo aquí, para «descomplicártela» —la interrumpió él.
—¿De verdad estás dispuesto a dejarlo todo por mí?
—Claro que sí.
—Pero ya no podrás ser abogado, y tendrás que marcharte de tu país y…
—Para, por favor —volvió a cortarla con suavidad—. Ya he pensado en todo eso y lo único que me importa es estar contigo.
Gianna le sonrió, más aliviada de lo que había estado nunca, más aún que cuando Salvatore se dio cuenta de que se había duchado fuera de casa con un gel que no era el suyo y ella logró convencerle de que se lo habían dado en el gimnasio para que lo probara, cuando en realidad era el único que había encontrado en el baño de su amante.
«Hueles a puta barata. No vuelvas a usarlo», fue lo único que le dijo su marido. Aquel mismo día, Gianna compró una botella de su gel habitual y lo dejó en casa de Juan Carlos, una especie de paso previo a dejar el cepillo de dientes.
—¿Adónde iremos? —preguntó Gianna cuando pudo controlar sus temores.
—Lejos, a la otra punta del mundo. Si queremos sobrevivir, debemos desaparecer del mapa para siempre.
—¿Qué tal Australia o Nueva Zelanda? Más lejos no se puede ir.
—Tal vez, pero para eso necesitaremos dinero, mucho dinero. Entre unas cosas y otras, yo creo que podría reunir unos cuarenta mil euros, pero con eso no vamos a ninguna parte. No nos llegaría ni para vivir seis meses.
—Yo tengo joyas.
Juan Carlos la miró, esperando que continuase. Y ella continuó:
—Muchas joyas.
—¿Valiosas?
—Las que tengo en casa podrían valer unos ciento cincuenta mil euros… pero las de la caja de seguridad del banco pasan de los dos millones. Y eso sin contar el dinero que guarda Salvatore.
Juan Carlos sintió cómo se le encogía el estómago. Robarle los ahorros a un mafioso del calibre de Salvatore Fusco era la mayor estupidez que podría cometer un hombre, tal vez solo superada por robarle a su esposa.
Cualquiera de las dos cosas ya lo condenaría a una muerte segura, así que sumarlas tampoco empeoraría demasiado las cosas.
—¿Tú tienes acceso a esa caja de seguridad?
Juan Carlos estaba deshaciéndose de la documentación acumulada en su despacho en los últimos cinco años cuando el anciano Fonseca llamó a la puerta.
—Adelante, Ramón. Le estaba esperando.
El hombre miró con desconfianza el desorden, materializado en las dos grandes bolsas de basura llenas de papeles que había junto a la entrada.
—¿Te marchas a algún sitio, muchacho?
—No —mintió Juan Carlos—. Pero de vez en cuando conviene hacer limpieza o al final los papeles te comen vivo. Siéntese, por favor.
Juan Carlos cogió el expediente de Gonzalo Fonseca y fingió consultarlo, pero en realidad ya se lo sabía de memoria y solo reunía fuerzas para explicarle al anciano por qué le había llamado. Tras unos segundos de silencio, respiró hondo y se lanzó.
—Verá, Ramón… ya le he dicho varias veces que yo poco puedo hacer para ayudar a su hijo. Las pruebas contra él son prácticamente irrefutables.
—Son pruebas falsas. —El anciano resopló, cansado de repetir lo mismo una y otra vez.
—Quizá, pero me veo incapaz de demostrarlo. He intentado encontrar algo de donde tirar, pero reconozco que he fracasado.
—¿Qué estás queriendo decirme, Juan Carlos?
—Que lo mejor es que yo dé un paso a un lado y deje mi sitio a alguien que aporte una visión nueva, que sepa darle otro enfoque a todo esto.
—No puedes abandonarnos ahora —dijo Ramón Fonseca apretando los dientes—. El juicio ya ha empezado.
—Ya le he pasado una copia del expediente a un compañero y…
—¡No puedes abandonarnos, maldita sea! —lo interrumpió el anciano, enfurecido.
—Tranquilícese, por favor.
Lejos de tranquilizarse, Ramón Fonseca rodeó la mesa como si no tuviese ochenta y cuatro años, le agarró con violencia de la pechera y lo empujó contra la pared. El título enmarcado que acreditaba la licenciatura en Derecho de Juan Carlos Solozábal cayó al suelo y el cristal se hizo añicos.
—¡Te juro que como nos dejes en la estacada, te mato! —gritó Fonseca, desquiciado.
—¡Suélteme, joder! —explotó el abogado—. ¡¿Cuándo cojones va a asumir que su hijo mató a su nuera?!
Juan Carlos se sacudió de encima a Ramón Fonseca, que le dirigió la mirada más amenazante que el abogado había recibido en su vida.
—Bastardo… —escupió el viejo.
—Salga de mi despacho, por favor —dijo el abogado estirándose la ropa—. Hoy mismo le llamará el nuevo letrado de su hijo.
—Si condenan a Gonzalo —dijo el anciano clavándole la mirada—, te haré responsable de ello.
Ramón Fonseca no añadió nada más y salió del despacho hecho una furia. Teniendo en cuenta que Juan Carlos Solozábal estaba a punto de robarle a su esposa y parte de su dinero a un capo de la ’Ndrangheta, la mafia calabresa, no se tomó demasiado en serio la amenaza de un buen padre que solo pretende a la desesperada ayudar a su hijo… aunque muchas veces ese sea el clásico cabo suelto que puede arruinar un plan.
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