El buen padre
Capítulo 38
38
El equipo de la inspectora Ramos ve por televisión la retirada del cadáver de la jueza Almudena García, hallado en la imprenta abandonada de un polígono industrial de Getafe. Aunque todos sabían que en una semana era prácticamente imposible encontrar a otro sospechoso del asesinato de Andrea Montero —si es que al final resulta que no fue Gonzalo Fonseca—, mantenían la esperanza de poder rescatar a los secuestrados con vida. Pero empieza a cundir el desánimo y es inevitable pensar que los tres cadáveres terminarán desfilando por delante de sus narices.
—¿Al final quién ha ganado la porra? —pregunta el oficial Óscar Jimeno.
—El subcomisario Peláez —responde la agente Lucía Navarro.
—Joder, menuda chorra —protesta Jimeno—. Le ascienden hace nada y encima se lleva cien euros, con lo bien que me hubieran venido a mí.
—Yo en tu lugar no hablaría de eso delante de la jefa, Jimeno. Te puede mandar a tu casa de una patada en el culo.
En ese momento entra la inspectora, oliendo a limpio tras haberse lavado las manos con ímpetu por tercera vez en el día.
—¿Qué están diciendo en la tele?
—Nos ponen un poquito a caldo —responde resignado el subinspector Iván Moreno—. Básicamente dicen que nos tocamos los huevos durante la investigación del asesinato de la mujer de Fonseca y que nos los hemos tocado ahora durante el de la jueza.
—Ni caso. —Apaga la tele con el mando—. ¿Novedades?
—Los geos están rastreando las naves abandonadas del polígono por si el abogado y la estudiante también estuvieran allí, pero no tiene pinta.
—No, no la tiene… ¿Habéis averiguado algo de ellos?
—Todavía no se sabe de dónde sacó el dinero la jueza para comprar ese piso en Valencia y tampoco cómo podía la estudiante llevar encima veinte mil euros en efectivo cuando la secuestraron —responde la agente Navarro—. Su madre está convencida de que debe de haber un error.
—¿Y lo de que el abogado estuviera preparando su huida del país?
—Nada.
—Hay que ponerse las pilas, Lucía. Pásate por la universidad donde estudia la chica, por los juzgados de donde era titular la jueza y habla con todo aquel que conozca al abogado. Necesitamos descubrir el origen de ese dinero y, en caso de ser cierto que los sobornaron para lograr condenar a Gonzalo Fonseca, saber quién lo hizo.
—Sí, jefa.
—¿Ramón Fonseca sigue sin hablar?
—Ni una palabra —contesta el subinspector Moreno negando con la cabeza—. Y ahora que se ha hecho tan famoso, tenemos menos margen de maniobra. Ya ni siquiera se le puede interrogar durante tantas horas sin que se nos echen encima las asociaciones de derechos humanos.
—Tampoco estaba dando resultado. ¿Has sabido algo de su vida?
—Nada que no supiésemos ya: su mujer murió hace poco y solo tiene un hijo. No sé por dónde podríamos meterle mano.
—Joder… Tenemos que centrarnos en Sebastián Oller.
—¿Y ese quién coño es?
La inspectora les habla de su visita junto a la subinspectora Ortega al exclusivo club del barrio de Salamanca y de su conversación con Silvia Ribot, íntima amiga de la víctima. Según les contó, Andrea estaba muy nerviosa por algo ocurrido en el trabajo, pero no supo decirles de qué se trataba.
—¿No estuvisteis ya visitando las obras?
—Sí —responde Ortega—, pero aquello parecía una balsa de aceite, así que seguramente no nos contaron toda la verdad.
—Hay que diseccionar la vida de ese constructor. ¿Jimeno?
Para sorpresa de todo el equipo, esta vez el oficial Jimeno se ha adelantado y ya ha encontrado en internet y en los archivos policiales la información que necesita.
—Sebastián Oller, empresario madrileño de sesenta y dos años, casado y con tres hijos, dos chicos y una chica. Los tres trabajan en diferentes empresas del holding familiar. Oller tiene restaurantes, salas de fiesta, un rentable negocio de importación y exportación… pero su principal ocupación es la construcción. Ha tenido diversos problemas con la ley por obras ilegales y algún supuesto soborno, pero hasta el momento ha conseguido librarse de la cárcel.
—Quizá por poco tiempo —comenta la subinspectora Ortega.
—Quizá —asiente Ramos—. ¿Qué más?
—Tiene casa en Madrid, en Baqueira, en Ibiza y un yate en el que suele pasar el verano… —Jimeno suspira con envidia—. Mal no vive, no.
—Necesitamos descubrir qué coño pasó en la obra de Toledo —dice la inspectora, pensativa—. Estoy segura de que todo tiene que ver con ese campo de golf.
—¿Volvemos a pasarnos por allí? —pregunta la subinspectora Ortega.
—Antes tenemos que saber qué buscamos. Llama al ayuntamiento a ver si cuentan con todos los permisos.
—¿En el ayuntamiento trabajarán por la tarde?
—Cuando no trabajan es por la mañana —responde el subinspector Moreno—. Por la tarde ni irán.
La broma del policía sirve para rebajar la tensión, hasta consigue arrancarle una sonrisa a la jefa. La agente Navarro decide aprovechar la coyuntura.
—Jefa, ¿no deberías pedir unas dietas para el equipo? En estas dos semanas comiendo de menú me estoy arruinando.
—Hoy invito yo.
Todos se lo agradecen, sorprendidos. En los años que lleva destinada en esa comisaría, nadie recuerda que Indira Ramos haya invitado ni a un mísero café. Considerando que la calle está tomada por periodistas a la espera de obtener alguna declaración de los investigadores, deciden por unanimidad pedir comida a un restaurante chino cercano. Hacer una comida de empresa en esas circunstancias podría verse como una celebración de la muerte de la jueza Almudena García.
El repartidor chino les lleva rollitos de primavera para parar un tren, arroz tres delicias, pollo con setas y bambú y un sinfín de delicias orientales más. El subinspector Moreno es el único que se da cuenta de que la inspectora Ramos finge comer con los demás, pero en realidad no prueba bocado. Sonríe divertido: él mismo duda de la higiene de algunos restaurantes chinos, así que no quiere ni pensar en lo que le pasará por la cabeza a su escrupulosa jefa.
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