El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 71 de 89

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El buen padre

Capítulo 71

71

La inspectora Indira Ramos y la subinspectora María Ortega esperan junto a la fuente del parque de la Bombilla, donde las ha citado el contacto de la agente Navarro que organiza partidas ilegales de póquer para millonarios.

Cuando hablaron por teléfono no parecía muy convencido de querer reunirse con ellas, pero tras mucho insistirle en que el cambio de interlocutor no ocultaba nada extraño, accedió a verlas. Ahora, cuando llevan ya más de media hora esperando, empiezan a pensar que se ha arrepentido y no aparecerá.

—¿Será ese? —pregunta María observando a un anciano con muy buena planta que pasea por el parque.

—No le veo pinta de organizar timbas ilegales —contesta Indira.

—¿Qué pinta tienen los organizadores de timbas ilegales?

—No tengo ni idea, pero me sorprendería que ese hombre estuviera metido en asuntos tan turbios.

María se fija y, en efecto, llama la atención su sonrisa franca y su cara de buena persona. Como canta Luis de la Guardia, parece tener todo lo que quiere, no necesita más. Al seguirle con la mirada, descubren a un hombre de unos cuarenta años que las mira con desconfianza desde detrás de un árbol.

—Creo que es ese.

Cuando se siente descubierto, el hombre titubea, pero decide acercarse a ellas.

—Son ustedes las policías, ¿no?

—El organizador de las partidas de póquer, supongo.

—Ojalá. Yo solo soy el encargado de la caja. Pero antes de hablar quiero saber si me pueden acusar de algo.

—Eso depende —contesta la inspectora Ramos—. ¿Alguna vez ha matado usted a alguien?

—No.

—Entonces no se preocupe. Nosotras somos de Homicidios y solo nos interesan los muertos.

El hombre no sabe si eso le tranquiliza o le pone aún más nervioso.

—¿Y…?

—No —lo interrumpe la inspectora antes de que lo pregunte—, tampoco pagamos ni un euro por la información.

—Vaya por Dios… —dice resignado—. ¿Qué quieren saber?

—¿Qué puede contarnos sobre esas partidas?

—Que se mueve una pasta gansa. Solo por sentarse a la mesa, cada jugador tiene que comprar fichas por valor de quince mil euros. Y lo normal es que las repongan un par de veces durante la noche.

—Salvo el que gana —apunta la inspectora.

—Salvo el que gana —concede el confidente—. Aunque esos son los menos. Normalmente allí pierde todo el mundo.

—¿Y entonces por qué van? —pregunta extrañada la subinspectora.

—Principalmente porque la pasta se la suda. Los hay que se aburren en casa y no tienen nada mejor que hacer, otros tienen más vicio que una garrota y la mayoría van al hotel a hacer contactos con otros millonetis como ellos.

—¿Al hotel?

—Antes alquilaban chalés, pero desde hace un tiempo las partidas se organizan en habitaciones de hoteles de lujo. Es mucho más cómodo para todos.

—Háblenos de los asistentes.

—Lo mejor de cada casa: futbolistas, políticos, empresarios, actores…

Una vez incluso fue un príncipe de no sé qué país europeo, un bigardo de más de dos metros que se dejó hasta los calzoncillos.

—¿Almudena García solía asistir a esas partidas?

—¿Quién?

—La jueza a la que secuestraron y que apareció muerta hace un par de semanas, supongo que lo habrá visto en la tele.

—Ah, sí. No se perdía una, la muy viciosa. Y esa era de las que solía ganar.

—¿Coincidía con el constructor Sebastián Oller?

Oír ese nombre hace que el confidente se ponga en tensión y mire a su alrededor, vigilante.

—Por su reacción, supongo que lo conoce —dice la inspectora.

—Ese tío es muy peligroso. Un compañero me comentó que estaba detrás de lo que le pasó a Gus.

—¿Quién es Gus?

—Gustavo Burgos. Un crupier que solía trabajar en las partidas y que un día apareció muerto en un descampado. Le dieron una paliza de cojones y le arrancaron los pezones con unos alicates, los muy cabrones. Dicen que intentó chantajear a ese tío, a Oller, y él ordenó que lo quitaran de la circulación.

—Supongo que de eso no tiene pruebas, ¿verdad?

—Pues va a ser que no.

—Todavía no nos ha contestado a la pregunta —insiste la inspectora Ramos—. ¿Sabe si la jueza y él coincidieron en alguna partida?

—En un huevo de ellas. Solían salir a la terraza a fumar juntos y se tiraban bastante rato hablando. A saber qué tramarían.

El vínculo que encontró el oficial Óscar Jimeno entre Almudena García y Sebastián Oller al fin se ha confirmado, pero no cuentan más que con la palabra de un confidente que se niega en redondo a prestar una declaración oficial y mucho menos a testificar en contra del empresario en un posible juicio. Las policías necesitan encontrar algo más, y se les agota el tiempo para rescatar a Noelia Sampedro, la última de las secuestradas que aún queda con vida.

Después de llamar por teléfono a los inspectores que llevaron el caso del crupier asesinado para que les confirmen lo dicho por el confidente, van a visitar a la madre del tal Gustavo Burgos, una mujer castigada por la vida que vive en un humilde piso de protección oficial en el distrito de Villaverde.

—Mi hijo no iba por buen camino, no señor —les dice a las policías con la pena dibujada en la mirada—. Desde que dejó de trabajar en el casino estaba metido en asuntos muy feos. Me dijo que se haría rico, y ya ven ustedes cómo terminó el desgraciado.

—¿Cómo tenía planeado ganar dinero? —pregunta la subinspectora Ortega.

—A saber, pero sea lo que sea, no le salió bien.

—¿Cuándo fue la última vez que le vio?

—Unos días antes de que lo encontrasen muerto vino a verme. Parecía muy contento, pero no me contó el motivo.

—¿No hizo o dijo algo extraño?

—No. Comió, se acostó un rato en su antigua habitación y se marchó.

Las policías le piden permiso para echar un vistazo a esa habitación y la señora se lo concede. Aunque en la pared sigue habiendo varios pósteres de Naranjito, de Hombres G y de Sabrina con un pecho al aire durante su actuación en la Nochevieja de 1987, ahora el cuarto se ha convertido en un trastero donde va a parar todo lo que a la señora le da cosa tirar a la basura.

A la inspectora Ramos le basta con echar una ojeada a la librería para descubrir unas pequeñas marcas en el polvo producidas al haber sacado un álbum de cromos de fútbol de la temporada 1990-1991.

Entre las páginas acartonadas por el pegamento de los cromos encuentra un sobre, y dentro una copia de las fotos con las que Gustavo Burgos intentó chantajear a la jueza Almudena García y en las que aparece, entre otros, junto al empresario y constructor Sebastián Oller.

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