El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 34 de 89

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El buen padre

Capítulo 34

34

La inspectora Ramos y la subinspectora Ortega aguardan en la sala de espera de un exclusivo club privado del barrio de Salamanca. En la pared, mezcladas con diferentes trofeos de todo tipo de deportes elitistas, hay fotos de los socios más importantes que han pasado por allí desde que se inauguró hace treinta años: políticos, empresarios, actores, futbolistas y algún que otro laureado escritor. Por lo visto, todo el que pida una botella de vino en el restaurante del club sin preguntar antes el precio es bienvenido. A través de la ventana observan a un grupo de socios que charlan animadamente en el jardín mientras beben y picotean de las bandejas que va pasando un batallón de camareros perfectamente uniformados.

—¿Qué hemos hecho mal? —pregunta la subinspectora con un deje de amargura—. Yo hoy he tenido que comer un puto sándwich de atún de una gasolinera.

—La de policía no es una buena carrera si te gustan los lujos, María —

responde la inspectora—. Pero para tu consuelo te diré que muchas de esas personas son bastante más infelices que tú.

—¿Cómo lo sabes?

—Mi ex es socio de un bufete de abogados y solíamos movernos por estos ambientes. Ellos normalmente están hasta el cuello de deudas y ellas de barbitúricos para soportar a su lado a hombres por quienes no sienten más que asco y de los que no se pueden separar aunque les traten como a trapos y sepan que les ponen los cuernos.

—Lo mismo les pasa a muchas pobres y encima no llegan a fin de mes. Además, no serán todos así.

—Basta con observarlos un rato para calarlos. Fíjate en aquellos.

La subinspectora sigue la mirada de Indira y ve a tres hombres charlando. Por los movimientos de uno de ellos, parece estar explicando a sus amigos su nuevo swing de golf, que seguramente le haya costado alrededor de veinte clases a más de sesenta euros cada una.

—¿Qué les pasa? —pregunta María sin comprender.

—Te aseguro que no terminarán en casa ayudando a sus hijos a hacer los deberes, sino con aquellas.

A unos metros de ellos, tres preciosas chicas que suman más o menos la mitad de años que cualquiera de los socios, los miran rifándoselos.

Cuando al fin se ponen de acuerdo, se acercan a ellos con una sonrisa dibujada en la cara. Los hombres se crecen pensando que es su atractivo masculino el que las ha atraído en lugar de sus cuentas corrientes y entran al trapo como tres adolescentes.

—Capullos…

La puerta de la sala de espera se abre y entra una elegante mujer de unos cuarenta años con un impecable traje de chaqueta de tweed negro. A pesar de la seguridad que muestra al presentarse como la encargada del club, no se la ve demasiado cómoda en presencia de las policías.

—¿Quieren tomar algo? ¿Un refresco, tal vez una copa de vino?

—Estamos bien así, gracias. Nos gustaría saber por qué nos ha llamado, señorita Ribot.

—Llámenme Silvia, por favor. ¿Nos sentamos?

Las tres mujeres se sientan alrededor de una mesa de caoba imponente.

Después de preguntar si les molesta que fume, Silvia Ribot se enciende un cigarrillo sin esperar la respuesta. Mira hacia la puerta, nerviosa, pero la inspectora no sabe si es porque puedan pillarla fumando o por lo que tiene que contar. Su duda queda resuelta de inmediato.

—Antes de hablar, quiero saber si se respetará mi anonimato.

—Depende de lo que nos cuente —responde la inspectora con cautela.

—En realidad no es nada, o al menos nada de lo que pueda aportar alguna prueba. Es una especie de… corazonada.

—Usted díganos lo que sea y lo hablamos después, ¿de acuerdo?

Silvia se arma de valor y cede.

—He visto en televisión que han reabierto el caso de Andrea Montero.

—Según me han comentado mis ayudantes, eran ustedes amigas —

dice la inspectora Ramos.

—Éramos del mismo barrio. —Silvia asiente y da una prolongada calada a su cigarrillo—. Yo fui quien le presentó a Gonzalo Fonseca.

—¿De qué le conocía?

—Estuve saliendo con él durante un tiempo antes que Andrea. Nada serio.

—¿Cree que él la mató?

—Me paso el día rodeada de hombres y sé que no debería poner la mano en el fuego por ninguno de ellos, pero Gonzalo no era mal tío. Ni siquiera me creo lo que dijo esa chica en el juicio, lo de que él la había abofeteado en el ascensor de un hotel. Andrea nunca me comentó que a Gonzalo se le fuera la mano.

—¿Se querían? —pregunta la subinspectora Ortega.

—Yo juraría que sí. Quizá ya no estuvieran tan enamorados como al principio, pero esas cosas pasan.

—¿Por qué nos ha llamado entonces, Silvia? —La inspectora se impacienta.

—Por esos chalés que estaba construyendo en Toledo, unos en un campo de golf igual a otro que hay no sé dónde. No paraba de hablar de aquello.

—¿Y? —Esto ha conseguido intrigar a la inspectora.

—Una semana antes de que muriera pasó algo.

—¿Algo como qué?

—No tengo ni idea, pero Andrea cambió. Era muy alegre y empezó a estar nerviosa y asustada, incluso llegó a decirme que temía por su vida.

Las dos policías sienten la excitación de saber que han encontrado un hilo del que tirar cuando ya empezaban a desesperarse.

—¿Nunca le dijo qué la asustaba tanto?

—Sé que tenía que ver con su trabajo, pero no llegó a contármelo. En una comida me dijo que iba a mandarme algo para que se lo guardase, unos documentos creo, pero no me la tomé muy en serio. Esa misma noche, murió.

A Silvia Ribot se le humedecen los ojos y se le hace un nudo en la garganta.

—¿Y no se le ocurrió decirles esto a los investigadores que llevaban el caso?

—Tuve miedo.

—¿Miedo de qué, joder? —pregunta la inspectora Ramos, irritada—.

¿Y si resulta que Gonzalo Fonseca es inocente? ¿Le iba a dejar pasarse toda su vida encerrado solo porque no le apetecía ir a declarar?

—Fue Andrea quien me consiguió este trabajo, ¿sabe?

—¿Qué quiere decir con eso?

—Lo hizo a través de su jefe, el dueño de la constructora donde trabajaba… que es uno de los socios más importantes de este club. Temí

que si decía algo me despidieran, y soy madre soltera de dos hijos.

La inspectora Ramos quiere decirle que debería tener más claras sus prioridades y que un trabajo, por muy bien pagado que esté, no justifica que se callase algo así. Pero sabe que ya no hay remedio y se traga la rabia.

—¿Cómo se llama ese constructor? —pregunta al fin.

—Sebastián… Sebastián Oller.

La subinspectora Ortega lo apunta en su libreta y en ese momento suena la alarma de su móvil. La apaga y mira a su jefa con gravedad.

—Es la hora. Ya se ha cumplido el plazo dado por Ramón Fonseca…

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