El buen padre
Capítulo 27
27
Los cinco días de intensos interrogatorios empiezan a hacer mella en Ramón Fonseca. Hay muchas maneras de torturar, y no todas requieren el uso de la violencia; la privación del descanso para presionar a un detenido es casi peor que una paliza. A partir de veinticuatro horas sin dormir empiezan los primeros trastornos: malestar corporal, irritabilidad, desánimo… Más tarde surgen los deterioros neurológicos, como la falta de reflejos o las variaciones en los tiempos de reacción, y por último las alteraciones metabólicas hasta producir síntomas parecidos a los de la esquizofrenia, como delirios o alucinaciones. Ramón Fonseca se siente ebrio, pero aún con fuerzas para no revelar el sitio donde mantiene retenidos a los tres secuestrados. Como ha ocurrido siempre en los últimos días, justo cuando cierra los ojos, la puerta de la sala de interrogatorios vuelve a abrirse.
El subinspector Moreno pone frente al anciano un papel y aguarda en silencio a que le pueda la curiosidad.
—Si pretende que lea algo —dice Ramón Fonseca tras unos segundos
—, será mejor que aumente un poquito el tamaño de las letras, subinspector.
Tengo la vista cansada y juraría que la falta de sueño no me beneficia.
—Son las notas de Noelia Sampedro. Su madre nos las acaba de enviar. Si quiere, se las leo yo. —Moreno coge el papel y empieza a leer—: Análisis de la imagen, sobresaliente; Arte español contemporáneo, notable; Derecho de la Comunicación Audiovisual, sobresaliente; Fotografía, matrícula de honor…
—¿Adónde quiere ir a parar? —lo interrumpe el anciano.
—A que no me creo que sea usted tan cabrón para acabar con la vida de una chica con un futuro brillante.
Las palabras del policía incomodan a Ramón Fonseca, pero sigue tratando de mostrarse entero y firme en sus convicciones.
—Si no quiere que muera, debería buscar al asesino de mi nuera en vez de estar aquí perdiendo el tiempo.
—Dígame dónde están y le juro por mi vida que me dedicaré en cuerpo y alma a encontrar a quien lo hizo.
—No puedo confiar en usted.
Si a Iván Moreno le hubieran dado un euro cada vez que le han dicho eso, a estas alturas sería rico; alguien que nace en un barrio humilde en el que los delincuentes campan a sus anchas y decide hacerse poli debe acostumbrarse al desprecio y la desconfianza. Cuando tenía catorce años, se dejó tentar por unos chicos mayores para llevar huevos de hachís en la mochila del instituto, y en los dos años siguientes lo hizo tantas veces que pronto perdió la sensación de peligro. Pero las traiciones están a la orden del día y bastó con que un profesor presionase a unos chavales en el recreo para que confesasen quién les vendía el costo.
Una mañana de martes, un chico joven de aspecto desenfadado esperaba a Iván apoyado en un coche enfrente de su portal. Tenía previsto seguirle para ver quién le entregaba la mercancía que después él repartiría entre sus compañeros de clase, pero a pesar de su inexperiencia, Iván ya conocía el protocolo de seguridad y se fijó en él. Sabía que no era del barrio porque nunca le había visto, pero sobre todo por las Air Jordan relucientes que calzaba: nadie que hubiese nacido allí y que no se dedicase al trapicheo se las podría permitir. Al sentirse descubierto, el chico se acercó a Iván.
—Tú eres Iván, ¿verdad?
—¿Quién coño eres tú? —preguntó este a la defensiva.
—Me llamo Daniel Rubio. Soy de la UDYCO, Unidad de Drogas y Crimen Organizado.
—Una polla como una olla vas a ser tú poli.
Daniel se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó su cartera. Al abrirla y mostrar su placa, Iván se quedó de piedra, pero no por saberse en apuros, sino porque no podía imaginar que hubiera policías con esa pinta. Los únicos que solían aparecer por allí iban con uniforme y armados con rifles de asalto, o eran inspectores con aspecto rancio y muy malos humos. Nunca había visto a ninguno tan joven con unas Nike último modelo, vaqueros rotos y camiseta de Quiksilver.
—Sabemos que eres tú quien lleva hachís al instituto, Iván.
—Eso es mentira. —El chico se puso a la defensiva.
—Tenemos pruebas.
—¿Qué pruebas?
Daniel sacó un Nokia 7650 —el primero de la marca con cámara incorporada— y le enseñó varias fotografías en las que se le veía
trapicheando con unos compañeros. Iván ni siquiera se fijó en las imágenes que probaban su delito.
—Hostia puta… ¿es uno de esos teléfonos con cámara? ¿Puedo hacer una foto?
Ver cómo Iván disfrutaba sacando fotos con una sonrisa de oreja a oreja probablemente fue lo que le salvó de pasar por un reformatorio.
Daniel, que procedía de un ambiente muy parecido al suyo, enseguida se identificó con él.
—Sabemos quién te pasa el hachís, Iván. Solo necesitamos que declares contra él y tú quedarás libre de cargos.
—Olvídate —dijo devolviéndole el teléfono—. No soy un chivato.
—¿Prefieres pagar tú, que solo te llevas calderilla, a que paguen ellos, que se están forrando a tu costa?
—No me pidas eso, tío. Tú hoy te largas e igual ya no vuelves por este barrio, pero yo tendré que vivir en esta pocilga hasta que me muera.
Daniel captó en su tono una llamada de auxilio y, sin tener claro por qué, decidió echarle una mano.
—¿Qué me das a cambio de borrar estas fotos?
—No tengo pasta.
—No quiero pasta, y tampoco que te chives de nadie, pero tienes que jurarme que vas a dejar esta puta mierda y seguir estudiando. Todavía no tienes antecedentes y estás a tiempo de salir limpio de esto.
—Estudiar se me da como el culo.
—Pues tienes que empezar a pensar cómo ganarte la vida, tío, porque si sigues así, del reformatorio irás directo a la cárcel.
A Iván no solo le sorprendió que un poli vistiese como Daniel, sino también que le ayudase desinteresadamente. La única manera que se le ocurrió de agradecerle lo que había hecho fue siguiendo sus pasos. Cuando salió de la academia de policía y se presentó frente a él con su uniforme recién estrenado, Daniel sonrió, satisfecho por lo que había logrado.
—Te sienta de puta madre.
—¿Tú crees? —preguntó Iván mirándose con desconfianza—. Si parezco un pintamonas. ¿Qué hay que hacer para ir de paisano?
—Buscar un destino que te lo permita.
Daniel le habló de las bondades de la UDYCO, pero Iván le dijo que a él le tiraban más los homicidios. Durante seis años, los dos amigos siguieron caminos diferentes: mientras que Iván disfrutaba cada vez más de
la profesión que había elegido y se presentó a todas las oposiciones posibles hasta llegar a subinspector, Daniel pagaba el llevar tantos años rodeado de miseria y de chavales que tiraban su vida por la borda trabajando para camellos a los que era casi imposible detener. La frustración le llevó a luchar contra ellos por su cuenta, y no siempre de manera legal. Iván intentó advertirle, pero Daniel tenía claro que utilizar únicamente sus armas de policía le dejaba en desventaja. Y lo peor era que, sin darse cuenta, empezaba a ser adicto a algunas de las sustancias que perseguía.
Por aquel entonces, la extravagante inspectora Indira Ramos estaba formando su equipo e Iván ya tenía la experiencia suficiente para pertenecer a él. A pesar de las rarezas de su nueva jefa, los primeros meses fueron más o menos bien, pero un día encontraron ejecutado a un hombre en un narcopiso del barrio de Lavapiés y quiso el destino que los caminos de Daniel e Indira se cruzasen. La inspectora Ramos enseguida tuvo claro que el culpable era un camello que solía operar en el barrio, pero no consiguieron reunir las pruebas necesarias contra él. Daniel, harto de que ese delincuente llevase años escapando de la justicia, decidió manipular la escena del crimen. El problema es que Indira Ramos se dio cuenta y, aunque en el fondo le dolió hacerlo, desoyó las súplicas del subinspector Moreno y lo denunció. Daniel, el poli que logró encauzar la vida de Iván y que se convirtió en su mejor amigo, fue suspendido de empleo y sueldo, juzgado y finalmente inhabilitado.
—¿Alguna vez se ha planteado que lo hiciera? —Iván mira a Ramón Fonseca tras volver de sus recuerdos.
Esa es la pregunta que más veces se ha hecho Ramón en los últimos meses, seguramente en toda su vida.
—No soy estúpido, subinspector. Sé muy bien que los seres queridos de muchos asesinos son los últimos en enterarse de sus tendencias homicidas, pero le aseguro que Gonzalo no es así.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo le crie y jamás mostró ningún tipo de reacción violenta.
—Eso no prueba nada. Tal vez todo fue producto de un arrebato, puede que perdiera los nervios en una discusión y simplemente tuviera ese cuchillo a mano. Nadie dice que no se arrepintiera nada más hacerlo.
—En ese caso, se habría suicidado justo después de acabar con la vida de la mujer a la que amaba.
—Eso no es tan sencillo como parece.
—Seguramente no, y es cierto que quizá no hubiera reunido el valor suficiente, pero habría admitido lo que hizo y le parecería justo su castigo.
Gonzalo nos miró a los ojos a su madre y a mí y nos juró que era inocente.
Y me digan lo que me digan, yo le creo.
Moreno decide dejar de insistir en una batalla perdida de antemano.
—¿A qué iglesia donó el dinero que supuestamente le quitó a Noelia Sampedro?
—Ya les dije que no lo recuerdo.
—Eso ya no me vale, señor Fonseca. Haga memoria.
—Solo me acuerdo de que estaba cerca de la calle Serrano.
El subinspector Moreno apunta el dato sin darle demasiada credibilidad.
—Lamento decirle que no consta que la jueza Almudena García comprase ningún piso en efectivo en Valencia.
—¿Han comprobado si lo puso a nombre de su hijo?
Al policía le repatea que tenga que ser justo ese viejo quien guíe las investigaciones, pero reconoce que tiene sentido.
—¿Cómo ha previsto que mueran?
—Si eso llegase a suceder, le aseguro que no sufrirán.
—Debe darnos más días, señor Fonseca. Comprobar todos estos datos no se hace de la noche a la mañana.
—Lo siento, pero ya no puedo pararlo. Han perdido demasiado tiempo y habrán de atenerse a las consecuencias.
Tras recorrer tres o cuatro iglesias sin éxito, el subinspector Moreno entra en la parroquia del Santísimo Cristo de la Salud, situada en la calle Ayala, casi esquina con Serrano. Un viejo sacerdote que sale del confesonario le confirma que, en efecto, días atrás alguien dejó un sobre con veinte mil euros y que ya se lo había comunicado a las autoridades. Después de hacer una llamada y comprobar que es cierto, se pasa por el Registro de la Propiedad y certifica que, hace solo unas semanas, el hijo de la jueza Almudena García compró un piso en Valencia, muy cerca de la playa de la Malvarrosa. Le costará más verificar que el abogado estuviese preparando su huida del país, pero visto lo visto, no duda de que sea cierto.
OceanofPDF.com