El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 23 de 89

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El buen padre

Capítulo 23

23

Los lujosos chalés —todavía a medio construir— están desperdigados entre los hoyos del exclusivo campo de golf, réplica exacta del Augusta National de Georgia, donde anualmente se celebra el Masters de Augusta, el primero de los cuatro grandes torneos masculinos de golf. No falta ni un detalle, ni siquiera el célebre Magnolia Lane, un impresionante acceso donde sesenta y un magnolios dan la bienvenida a los jugadores. La avenida desemboca en la casa club, un imponente edificio colonial que media docena de obreros están pintando de un blanco inmaculado.

—¿Qué leches es esto? —pregunta la subinspectora Ortega mirando deslumbrada a su alrededor.

—Una urbanización para gente de mucha pasta —responde la inspectora Ramos tan impresionada como su ayudante.

—¿Cuánto costará una casa aquí?

—Las más baratas salieron a la venta por un millón de euros…

El hombre que ha respondido se acerca con lentitud a las policías debido a su obesidad mórbida y parece perder doscientas calorías al recorrer los cinco metros que le separa de ellas. Su movimiento llega acompañado de un ruido extraño, como si le estuvieran llamando y tuviera el móvil en modo vibración, pero en realidad lo provocan las diversas fricciones que produce su cuerpo al desplazarse. Hace una pausa antes de continuar, recuperando el resuello.

—… aunque siento decirles que de esas no queda ninguna. Ni de esas, ni de las de dos millones. Y de las de tres, creo que solo nos quedan cuatro.

Soy Germán Pardo, gerente del campo de golf, ¿en qué puedo ayudarlas?

—Soy la inspectora Ramos y ella es la subinspectora Ortega —

responde Indira al tiempo que ambas le muestran sus placas con un gesto mecánico—. ¿De verdad aquí una casa cuesta tres millones de euros?

—Yo diría que son algo más que casas, inspectora. Son villas con la mejor calidad del mercado y los últimos avances en domótica. Y eso por no hablar del entorno: cada una de las treinta y seis villas Premium tendrá vistas exclusivas al green de cada hoyo del campo. El resto estarán situadas a lo largo de la calle.

—¿Cuántos chalés se han construido aquí?

—Unos ciento veinte.

—A una media de dos, suman doscientos cuarenta millones de euros.

No es mal negocio, no.

—Para mantener un campo como el que estamos construyendo hace falta una enorme inversión.

—¿Qué tiene de especial este campo? —pregunta la subinspectora Ortega.

—No sé si han oído hablar del Augusta National Golf Club. Supongo que sí —se contesta a sí mismo el gerente, temiendo una respuesta negativa

—. Pues cuando este campo se termine, será una réplica exacta del que hay en Estados Unidos, con la salvedad de los chalés, por supuesto, que son imprescindibles para hacer viable el proyecto. Cualquiera que sueñe con jugar una ronda en Augusta, donde únicamente pueden hacerlo sus trescientos socios, además de los clasificados para el torneo anual, ahora solo tendrá que venir aquí.

—O sea, que esto es como un Eurodisney, ¿no? La imitación europea del original.

A Germán Pardo le repatea la visión tan simplista de las policías ante algo tan grandioso como ese club y fuerza una sonrisa, deseando librarse de ese par de catetas cuanto antes.

—Más o menos, sí. No me han dicho qué las trae por aquí.

—Andrea Montero. Si no estamos equivocadas, fue la primera jefa de obra de este proyecto.

Al gerente le cambia la cara. Hablar de ese tema no le hace ninguna gracia.

—Andrea Montero murió hace un año, inspectora. Su marido la asesinó.

—¿Conoció usted a Gonzalo Fonseca?

—Lo vi un par de veces, pero apenas crucé unas palabras con él.

Parecía un hombre completamente normal.

—¿Qué puede decirnos de Andrea?

—Nada, salvo que era una trabajadora excelente y que estaba tan ilusionada con este proyecto como el resto de nosotros.

—¿Tuvo algún problema con alguien?

—En absoluto, inspectora. A Andrea se la respetaba y siempre se tenían muy en cuenta sus opiniones. Todos sentimos mucho lo que le pasó.

De regreso a Madrid, la subinspectora Ortega tiene que parar con el coche en cuatro gasolineras distintas, hasta que la inspectora Ramos encuentra una con un baño lo bastante limpio para orinar en él.

—Ir contigo de viaje tiene que ser un espectáculo, jefa.

—No me gusta viajar.

—Pues deberías hacer un plan de choque y marcharte quince días a la India. Si no la palmas del susto, te quedas inmunizada para siempre.

Indira no se siente cómoda hablando de sus rarezas y guarda silencio hasta que María aparca en la puerta de una escuela de cocina del barrio de Salamanca.

—Joder, qué poderío… —comenta la subinspectora mientras esperan a que les abran la puerta—. Aquí, como mínimo, cocinarán ostras.

—Las ostras no se cocinan, María.

La directora de la escuela —una elegante mujer en la cincuentena que parece saber más de inversiones en bolsa que de pucheros— atiende a las policías con amabilidad. Asegura que todos allí sintieron mucho la muerte de Andrea, a la que describe como una mujer encantadora y con talento para la cocina, igual que su marido.

—¿Gonzalo Fonseca también venía aquí? —pregunta sorprendida la inspectora.

—Solo asistía a algunos cursos sueltos, no era un habitual. Jamás me creí que pudiera hacerle eso a la pobre muchacha.

La directora presenta a las agentes al grupo de compañeros de Andrea, que casualmente se encuentra allí. Lo integran cinco mujeres y tres hombres que hablan de la fallecida con cariño. El único que falta es el profesor que tenían por aquel entonces.

—¿Le despidieron?

—No —responde la directora, afligida—. Por desgracia también falleció muy poquitos días después de morir Andrea.

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