El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 86 de 89

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El buen padre

Capítulo 86

86

Gonzalo Fonseca llevaba ya dos largas horas esperando a que su mujer saliese del hotel después de consumar su infidelidad con el profesor de cocina. Cuando ya creía que se habían marchado por alguna otra puerta sin que él se hubiese dado cuenta, vio salir la moto del garaje. Pero para su sorpresa, Andrea no iba en ella. Se bajó del coche, cruzó la calle y entró en el vestíbulo del hotel. Quiso agarrarse a un clavo ardiendo y tuvo la esperanza de que solo hubiesen ido allí para comer en el restaurante, pero en el comedor no había rastro de su mujer. Al ver que unos clientes se bajaban del ascensor, entró en él y pulsó el botón de la primera de las cuatro plantas de habitaciones con la intención de revisarlas todas hasta dar con Andrea.

Se bajó y recorrió el pasillo de arriba abajo, pero no vio más que a una pareja de estadounidenses que entraban en una de las habitaciones. Cuando volvió a llamar al ascensor y las puertas se abrieron, se encontró a Andrea de frente, con el pelo todavía mojado después de salir de la ducha. La decepción en la mirada de Gonzalo era directamente proporcional a la consternación de su mujer al ver allí a su marido. Por su cabeza pasaron mil excusas, pero sabía que ninguna serviría de nada.

—Gonzalo… ¿qué haces aquí?

La joven escort Noelia Sampedro salía de la habitación en la que había prestado sus servicios a un actor cuando vio a un hombre abofetear a una mujer junto al ascensor.

—Oiga, ¿qué está haciendo? —preguntó acercándose a ellos con decisión.

Ninguno de los dos se giró hacia la chica. Andrea se limitaba a mirar con rencor a su marido, cuyos ojos seguían centelleando de ira.

—Es la primera y última vez que me pones una mano encima, Gonzalo.

A él no le hizo falta oír más para saber que su matrimonio se había acabado sin remedio. Andrea pulsó el botón y las puertas del ascensor se cerraron justo cuando Noelia llegó junto al maltratador.

—¿Cuándo aprenderéis que a una mujer no se le pega, cabrón?

Gonzalo la miró aturdido, sin saber de dónde había salido aquella chica, y se encaminó a las escaleras. Como si fuera un zombi, salió al vestíbulo, atravesó la calle y se subió al coche justo cuando una cobradora de la ORA estaba a punto de multarle. Condujo hacia su casa y, al parar en un semáforo, vio a Antonio Figueroa, que salía en su moto de una gasolinera. Y entonces lo decidió.

Lo siguió a unos veinte metros de distancia hasta Moncloa y después por la carretera de La Coruña hasta que lo vio desviarse por la carretera de El Escorial. Cuando empezó a subir el puerto, pisó el acelerador hasta ponerse a la altura del hombre que le había jodido su hasta entonces perfecta vida. El motorista, al ver que el adelantamiento se hacía interminable, fue a reprenderle por lo arriesgado de la maniobra. Cuando se giró hacia él y vio la expresión de Gonzalo Fonseca, supo que era hombre muerto. Intentó frenar al atravesar el antiguo puente del Retamar, pero no tuvo tiempo y el volantazo lo echó de la carretera. La rueda delantera de la moto se quedó clavada en el quitamiedos y el profesor de cocina voló por encima a más de cien kilómetros por hora. Se golpeó la cabeza contra una piedra y el casco se partió por la mitad. No hubo testigos.

Gonzalo volvió a casa con el veneno metido en la sangre, entró en la cocina y cogió un cuchillo de trinchar que parecía estar esperándole sobre la mesa. Al entrar en la habitación del matrimonio con el arma oculta a su espalda, vio que su esposa tenía una maleta abierta sobre la cama y estaba metiendo ropa en ella sin ningún orden.

—¿Qué estás haciendo, Andrea?

—Me largo, Gonzalo. Ya volveré a por el resto de mis cosas.

—Si te crees que voy a permitir que me dejes por ese mierda estás muy equivocada —dijo Gonzalo con rabia.

—Haré lo que me dé la gana, ¿te enteras? —escupió Andrea envalentonada—. Y si me apetece largarme con Antonio, ten por seguro que lo haré.

—Con él, lo dudo mucho.

La medio sonrisa que esbozaba Gonzalo hizo que Andrea se estremeciera. Dejó de guardar ropa para mirarle muerta de miedo.

—¿Por qué no? ¿Qué le has hecho, Gonzalo?

—Me temo que ha sufrido un pequeño accidente con la moto y te has quedado sin amante, querida.

Andrea ahogó un grito y trató de salir de la habitación, pero Gonzalo se lo impidió agarrándola con violencia del pelo.

—¿Adónde te crees que vas, zorra?

—¡Suéltame!

—No debiste traicionarme, Andrea.

La primera fue una cuchillada limpia que le entró por el costado izquierdo, pero no tocó ningún órgano vital. La segunda le atravesó el bazo, la tercera le perforó un pulmón y las siguientes le hicieron un destrozo ya muy difícil de arreglar. Para acallar sus desgarradores gritos de auxilio, el asesino le cortó el cuello de lado a lado y Andrea enmudeció y cayó al suelo, donde fue desangrándose entre estertores. Gonzalo volvió a guardar la maleta en el armario con cuidado para no mancharla de sangre y miró al que había sido el amor de su vida con el convencimiento de que tenía lo que se merecía. Cuando Andrea dejó de respirar, fue al despacho a esperar la llegada de la policía.

Los dos rusos a los que el constructor Sebastián Oller había enviado para acabar con la vida de Andrea Montero aparcaron su coche frente a la casa.

Vieron luces en el piso superior y se prepararon para entrar a hacer su trabajo, pero al poner un pie en la acera, uno de ellos detuvo a su compañero y señaló con la cabeza hacia el otro extremo de la calle, por donde entraban varios Zetas con las luces de sus sirenas encendidas.

Volvieron a meterse en el coche y observaron, con sorpresa y contrariedad, cómo dos parejas de policías uniformados tiraban la puerta abajo y entraban en la vivienda.

Gonzalo Fonseca vivió su juicio como si fuera el de otra persona, convencido de que la condena que le impondrían sería ejemplarizante. Pero a medida que transcurrían los días, se dio cuenta de que, aunque las pruebas en su contra eran inapelables, por algún motivo la gente quería creer en su inocencia. A los pocos meses de estar preso, un compañero le dijo que le convenía hablar con un sicario ruso que había ingresado un par de semanas antes y con quien él compartía celda.

—¿Por qué? —preguntó Gonzalo intrigado.

—Porque es de los que les gusta largar más de la cuenta.

—¿Y?

El compañero miró a ambos lados, incómodo, temiendo estar incurriendo en el mismo error que achacaba al sicario. Finalmente suspiró.

—Al tío, por las noches, le encanta contar batallitas. Y anoche me habló sobre un trabajo por el que cobró sin tener que hacerlo.

—¿De qué me estás hablando?

—De tu mujer, coño. Dice que recibió la orden de ir contra ella.

Al principio Gonzalo no le dio ninguna credibilidad: ¿quién salvo él hubiera querido matar a Andrea? Pero cuando fue a preguntarle a su celda y el ruso le agarró con violencia del cuello, se dio cuenta de que el sicario sabía más de lo que decía.

—Necesito que declares ante el juez que te encargaron matar a mi mujer.

—¿Tú te has vuelto gilipollas?

—Por favor, es la única manera que tengo de salir de aquí.

—Si te contase algo, yo terminaría a dos metros bajo tierra. ¡Lárgate!

El ruso le dio una bofetada y Gonzalo volvió a su celda pensando en lo que podía hacer con aquella información, empezando a fantasear con recuperar su vida. No paraba de darle vueltas a que había alguien en el exterior que quiso liquidar a su mujer, pero no tenía ni idea del motivo ni de quién sería. La única posibilidad de que lo encontrasen sería logrando que reabrieran el caso y que pusieran al frente a alguien competente, pero

¿cómo conseguir eso? No fue hasta la muerte de su madre cuando tuvo clara la manera de llevar a cabo su plan.

La semana siguiente de enviudar, Ramón Fonseca envejeció diez años y empezó a rendirse, con el único deseo de volver a reunirse con su mujer.

Gonzalo sabía que le quedaba poco tiempo, así que decidió aprovecharse del amor que su padre sentía por él.

—No digas estupideces, Gonzalo —le reprochó con dureza Ramón durante una de sus visitas a la cárcel—. A ti aún te queda mucha vida por delante.

—¿Qué clase de vida, papá? Cuando salga de aquí ya habré cumplido sesenta años y no tendré donde caerme muerto. ¿Quién me dará trabajo?

—Tienes que intentar ser más positivo, hijo.

—O salgo pronto o no llegaré vivo a final de año.

A Ramón le partió el corazón oír hablar así a su único hijo. Sabía que no soportaría perderlo también a él, pero no se le ocurría cómo sacarlo de allí. Gonzalo le echó una mano.

—Tienes que conseguir que reabran el caso.

—¿De qué serviría? Ningún policía se molestaría en indagar más de lo que ya lo han hecho.

—Hay una inspectora, creo que se llama Indira Ramos. Hace poco leí que había denunciado a un compañero por colocar pruebas falsas. Según parece, es una poli incorruptible capaz de llevarse por delante a quien sea.

—¿Crees que ella me escuchará?

—Claro que sí, pero para ello debes ser implacable.

—Dime qué quieres que haga, hijo.

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