El buen padre
Capítulo 26
26
Gustavo Burgos, excrupier del casino de Torrelodones que entonces se ganaba la vida trabajando en timbas privadas de póquer, se levantó de su asiento a las diez en punto, cuando el tren dejó atrás la estación de Lavapiés. El corazón volvía a latirle con fuerza, exactamente igual que la noche anterior a esa misma hora. La idea era abordar a la jueza Almudena García en cuanto se subiera en Sol, guardarse el dinero y hacer transbordo en Callao hasta Alonso Martínez, donde cogería otro metro que le llevaría hasta Ventas. Y de ahí, a preparar la maleta y a disfrutar de unas merecidas vacaciones. Pero todos los planes se fueron al traste cuando, por segunda vez consecutiva, la jueza no cumplió su palabra. El crupier sacó su móvil y marcó sumamente irritado, pero esta vez saltó el buzón de voz. Tal era su indignación que olvidó ser precavido e hizo los transbordos sin comprobar si alguien le seguía.
Los dos hombres caminaban a unos metros de él, tan cerca que podían oírle despotricar, totalmente fuera de sí.
—Me cago en su puta madre… Esa jueza no sabe con quién se la está jugando, joder… Le voy a hundir su puta vida…
Cuando supieron que ya no habría más cambios de tren y que el destino final era Ventas, uno de los hombres llamó por teléfono. El crupier caminó hacia la calle Roma, giró a la derecha por la de Cardenal Belluga y, al llegar a la esquina de la de Francisco Navacerrada, un coche se detuvo a su lado con un frenazo. En apenas cinco segundos, los dos hombres se le acercaron por la espalda, lo inmovilizaron con una pistola táser y lo metieron en el coche. La resistencia del crupier fue inútil ante sicarios acostumbrados a someter incluso a otros como ellos.
Lo llevaron a una nave industrial de las afueras de Madrid y lo ataron a una silla de metal. Uno de los dos tipos que habían estado siguiéndole se sentó frente a él y le escuchó llorar y suplicar por su vida.
—Tú ya estás muerto —le dijo con frialdad en un inquietante acento de algún país del Este—. Solo te queda decidir cómo quieres que suceda, si rápido o lento. Nosotros no tenemos prisa.
—No me hagan daño, por favor… —rogó entre sollozos.
—Ahora tienes que decirnos dónde están las copias de las fotos.
—No sé de qué fotos me hablan.
El violento puñetazo le reventó el globo ocular izquierdo. Una lágrima mezclada con sangre rodó por su mejilla, pero no era solo producto del dolor, sino también de la rabia y la frustración al comprender que había tenido al alcance de la mano la vida con la que siempre soñó y se le había escapado entre los dedos.
—Como iba diciendo —prosiguió el sicario—, queremos las fotos.
Todas. Si nos dices dónde están y comprobamos que no nos engañas, será rápido. Pero si intentas jugar con nosotros… —Chasqueó la lengua—, entonces nosotros también jugaremos contigo.
El cadáver de Gustavo Burgos fue encontrado tres días después en un descampado de Villaverde. Había sido torturado y mutilado salvajemente antes de que lo ejecutasen con un tiro en la nuca. Nunca se descubrió el motivo de su asesinato, pero los investigadores coincidieron en que, fuera lo que fuese lo que trataban de conseguir de él, lo lograron con creces.
La jueza Almudena García sintió una punzada en el estómago al leer la noticia en el periódico. No estaba orgullosa de haber permitido que mataran a un hombre, y menos de manera tan cruel, pero fue él quien decidió meterse en algo para lo que no estaba preparado. Los días que siguieron al asesinato estuvo nerviosa y preocupada, convencida de que en algún momento la detendrían y su vida quedaría hecha añicos. Pero no pasó nada.
A la semana, coincidió en el juzgado con el inspector que llevaba el caso, quien le confirmó que la muerte de Gustavo Burgos había sido archivada por falta de pruebas. Uno de tantos ajustes de cuentas que suceden a diario en el mundo del hampa. Solo entonces pudo centrarse y ocuparse del caso que estaba juzgando.
Todo indicaba que Gonzalo Fonseca era culpable de haber matado a su mujer con un cuchillo de trinchar, pero algo no terminaba de cuadrarle. La experiencia le decía que, si alguien parece culpable, normalmente lo es, pero el problema es que aquel hombre no lo parecía. Releyó por enésima vez el informe policial y, a pesar de las huellas en el arma homicida y de las manchas de sangre del acusado, seguía sin verlo claro; tenían el cómo, el quién y el dónde, pero les faltaba lo más importante: ¿por qué?
Todos los testigos que pasaron por aquel juzgado aseguraron que Gonzalo Fonseca y Andrea Montero eran una pareja perfecta. Ninguno, ni
siquiera entre los más cercanos a la mujer asesinada, declaró que tuviera algún problema con su marido… hasta que apareció aquella testigo sorpresa que afirmó haber coincidido con la pareja en un hotel y presenciado una agresión por parte del marido la misma noche del asesinato. La jueza cogió con pinzas la oportuna declaración de la chica, sobre todo porque no había pruebas que confirmasen su versión —las grabaciones habían sido borradas hacía meses y en ningún documento constaba el paso de Andrea Montero o de Gonzalo Fonseca por aquel hotel—, pero tras hablar durante dos horas a solas con ella, se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada que ganar.
El único problema era que, cuando le preguntó al acusado, su respuesta la desconcertó todavía más:
—Yo no digo que no viese a una pareja discutir, pero le aseguro que no éramos nosotros. ¿Para qué íbamos a ir a ese hotel cuando nuestra casa está a menos de un kilómetro de distancia?
Las dudas de la jueza fueron en aumento a medida que iban pasando los testigos por el estrado y, un juicio que debía ser rápido por la contundencia de las pruebas presentadas por la fiscalía, empezaba a alargarse más de la cuenta.
También el estrés crecía en ella por llevar varias semanas sin asistir a aquellas partidas de póquer que hacían que se sintiera tan bien. Una noche no pudo aguantar más y se presentó en el hotel.
—No la esperábamos hoy, señora.
—¿Puedo sentarme a jugar un rato?
El organizador le dijo que sí y, tras pasarle un detector para evitar las filtraciones que había denunciado un jugador de manera anónima, se sentó a jugar con el actor nominado, con una cantante de ópera, con un financiero chino, con dos hombres de negocios a los que no conocía de nada y con Sebastián Oller. Cuando salió a la terraza a fumar un cigarrillo, el empresario se le acercó.
—Hace una noche fantástica, ¿verdad?
—Me gustaría que me entrasen mejores cartas, sinceramente —
respondió la jueza.
—¿A quién no? Pero para atraer a la suerte hay que alimentarla, y usted se ha saltado unas cuantas partidas…
—He estado muy ocupada.
—Lo sé. Me gusta saber lo que hacen mis amigos.
La jueza le miró, tratando de descifrar si sus palabras tenían un doble sentido. Él le mantuvo la mirada y ella comprendió que sí.
—¿Pasa algo?
—Me temo que es hora de que me devuelva el favor… —respondió Sebastián Oller.
OceanofPDF.com