El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 69 de 89

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El buen padre

Capítulo 69

69

Durante los días en los que la obra permaneció cerrada por orden del constructor Sebastián Oller, Andrea Montero procuró mantenerse al margen de las decisiones que tomasen sus jefes acerca de las pinturas rupestres, pero no lograba quitarse de la cabeza que lo que habían encontrado podía hacer historia. No la movía el ego —aunque fuera plenamente consciente de que, de hacerse público el descubrimiento, su nombre y el del conductor de la excavadora pasarían a la posteridad—, sino el sentido de la responsabilidad. Le hubiera gustado comentar lo que pasaba con Gonzalo, pero su marido había dejado de hablarle hacía una semana, cuando ella le comunicó que ese año no pensaba pasar las vacaciones de verano en la casa de sus padres en Málaga. Además, Gonzalo llevaba un par de días en una convención de su empresa en Murcia y, en la única llamada que se hacían por las noches, apenas quedaba tiempo para confidencias.

Ni siquiera lograba distraerse en las clases de cocina. El chef Antonio Figueroa se acercó a ella y miró la tentativa de suflé que estaba preparando su alumna.

—¿No sube?

—No sé qué le pasa hoy —contestó Andrea frustrada.

Al profesor de cocina le bastó con coger el ramequín y echar un vistazo dentro para descubrir el motivo.

—¿Has batido bien las claras? Si no quedan firmes y esponjosas, no sirve de nada.

—Mierda…

—¿Te pasa algo, Andrea? —le preguntó Antonio preocupado—. No es muy normal que tú cometas este tipo de errores.

Andrea no tenía claro que debiera involucrar a Antonio en aquello, pero necesitaba contárselo a alguien y últimamente se entendía con él mejor que con nadie. El chef percibió sus dudas y le facilitó las cosas.

—¿Qué te parece si te invito a un vino cuando termine la clase y hablamos?

Andrea le esperó en una bodega cercana a la escuela de cocina y, tras hacerle jurar que, pensara lo que pensase, Antonio guardaría el secreto, le

contó con todo lujo de detalles lo que habían encontrado en la cueva.

—¿No se te ocurrió sacarle una foto a ese toro? —preguntó él tras asimilar la historia.

—Debí haberlo hecho —contestó Andrea chasqueando la lengua—, pero fue todo tan rápido que ni se me pasó por la cabeza.

—Todavía estamos a tiempo.

—¿Qué?

—Podemos ir esta misma noche, colarnos en la cueva y sacar unas cuantas fotos de las pinturas.

—Hay guardias vigilando para que nadie se acerque.

—Por eso he dicho «colarnos». Seguro que tú te conoces el terreno mejor que todos ellos.

Andrea dudó. Era cierto que ella sabía mejor que nadie cómo llegar allí sin ser vista, y la idea de obtener pruebas que certificasen su hallazgo no la disgustaba en absoluto —quizá incluso fuese la manera de salvar esas pinturas de una destrucción más que segura—, pero implicar a su profesor de cocina no le hacía demasiada gracia.

—Puede que vaya, pero sola.

—Ni de coña. —Antonio negó, vehemente—. Después de saber lo que hay allí, me muero por verlo con mis propios ojos.

Antonio Figueroa aparcó la moto detrás de la caseta de piedra en la que guardaba sus aperos el único de los propietarios que se resistía a vender sus terrenos para que se construyese un campo de golf en los sembrados que su familia poseía desde hacía generaciones.

—A unos quinientos metros en aquella dirección —dijo Andrea señalando unos árboles que se adivinaban en la distancia—, está el hoyo dieciséis. Y dentro del futuro lago que bordea el green, la cueva… si todavía existe después de casi una semana, claro.

—Vayamos a comprobarlo.

—Tendremos que acercarnos a oscuras —dijo ella—. Toda esta zona ya está prácticamente despejada y la luz de una linterna se vería a varios kilómetros a la redonda.

—Podemos matarnos…

—Pisa exactamente donde yo.

El profesor de cocina asintió y siguió a la jefa de obra por un terreno inestable en la oscuridad más absoluta. Al subir una pequeña colina, Andrea

detuvo a su acompañante con un brazo y ambos se pusieron en cuclillas.

—Ahí está, a unos cincuenta metros en línea recta.

—Yo no veo a nadie vigilando.

Acababa de decirlo cuando un guardia de seguridad que estaba dentro de un coche aparcado junto al socavón abierto por la excavadora se encendió un cigarrillo y su presencia se reveló con un fogonazo. Su compañero, que debía de haber estado orinando junto al vehículo, abrió la puerta del copiloto y se sentó a su lado.

—Tenemos que rodear el coche —susurró Andrea.

Ambos se acercaron con sigilo y se agacharon al llegar a la parte trasera del vehículo, dentro del cual los dos guardias veían una serie en una tablet. El profesor de cocina aguzó el oído y no pudo contener una sonrisa al oír a Tony Soprano hablar con su tío Junior:

«¿Te acuerdas de la historia que me contaste sobre el padre toro hablando con su hijo, tío Junior? Desde lo alto de una colina miran a un grupo de vacas y el hijo mira al padre y le dice: “¿Por qué no bajamos corriendo y nos follamos a una?”. ¿Te acuerdas de lo que el padre contesta?

El padre contesta: “¿Por qué no bajamos andando y nos las follamos a todas?”».

Era una escena tan magistral y tan apropiada para aquel momento que a Antonio incluso le fastidió que, mientras los dos guardias se reían a carcajadas, Andrea le hiciera una seña para que la siguiese hasta el borde del agujero.

—Ahora hay que tener cuidado —le susurró ella—. Una vez abajo, podremos encender las linternas.

Como ya no estaba la excavadora tuvieron que descender por la pared de roca y a punto estuvieron de despeñarse cuando un saliente se desprendió y fue a caer al fondo de la cueva causando un gran estruendo.

Andrea y Antonio contuvieron la respiración apoyados contra la pared, temiendo que los guardias lo hubiesen oído, pero debían de estar muy metidos en la serie y no reaccionaron. Cuando al fin Andrea entró en la galería, encendió la linterna de su móvil.

—Sígueme…

Nada más internarse en el pasadizo, Andrea supo que la decisión sobre el destino de aquel lugar estaba tomada al ver que en las paredes de la cueva habían hecho una serie de agujeros para meter cartuchos de dinamita.

—Cabrones —dijo Andrea con rabia—. Van a volarlo todo.

—¿Dónde está el toro? —preguntó Antonio excitado.

—Por aquí.

Al llegar a las pinturas, Antonio Figueroa se quedó extasiado. Nunca en su vida había contemplado nada tan hermoso. Se acercó al gran toro y lo rozó con la yema de los dedos con delicadeza, procurando no dañar algo que seguramente tenía las horas contadas.

—No me creo que esos cabrones vayan a destruir esto.

—No si yo puedo impedirlo. Aparta, por favor.

Él se apartó y Andrea sacó un sinfín de fotografías y vídeos de cada rincón de aquella cueva. Al cabo de media hora, decidieron que era el momento de marcharse. Al subir por la pared del socavón, una linterna los deslumbró.

—¿Qué hacen aquí? Esto es una propiedad privada.

—Soy yo, Joaquín —respondió Andrea aparentando calma.

—¿Andrea? —preguntó desconcertado el guardia de seguridad.

—¿Puedes apartarme esa luz de la cara, por favor?

—Tenemos orden de no dejar acercarse a nadie —dijo el guardia bajando la linterna.

—Lo sé, pero he querido enseñarle esto a mi amigo antes de que lo vuelen.

—¿Qué hay ahí abajo? —preguntó el guardia con curiosidad.

—Un simple río subterráneo. Lo mejor es no molestar a nadie por esto,

¿no te parece?

Andrea y Antonio se despidieron y se marcharon quitándole importancia a lo que ellos denominaron «una pequeña travesura». Con lo que no contaban era con que el compañero de Joaquín, durante las largas horas que les quedaban para el cambio de turno, le convenció de que lo mejor para ahorrarse problemas era informar a sus superiores.

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