El buen padre
Capítulo 31
31
La inspectora Ramos no ha podido pegar ojo tras la sesión con su psicólogo, sin tener claro que esté preparada para empezar a relacionarse: solo de pensar en mantener un contacto íntimo con alguien, se pone enferma. Hasta las seis de la mañana no pudo descansar, así que ya son casi las diez y todavía no ha salido de casa. Se prepara un té en su aséptica cocina repasando los hombres que han pasado por su vida cuando llaman a la puerta. Al ver por la mirilla que es el subinspector Moreno, se tensa.
—¿Qué haces aquí? —pregunta inquisitiva al abrir.
Si Moreno fuese sincero, le diría que, desde que le salvó la vida, empezó a mirarla de una manera distinta, que no sabe si es simple agradecimiento o algo más lo que le hace pensar en ella a todas horas y que, aunque lo que tiene que decirle bien podría decírselo por teléfono, no ha querido perder la oportunidad de hacerlo en persona. Pero no se le da demasiado bien ser tan franco y directo, y menos en ese tipo de asuntos.
—Me ha extrañado no verte en la comisaría y quería asegurarme de que todo iba bien.
—Vuelvo a repetirte que solo cumplía con mi obligación. No es necesario que cuides de mí.
—Esto no tiene nada que ver con lo que pasó en casa de Walter Vargas.
—Entonces ¿con qué?
—¿Puedo pasar?
A Indira no le queda más remedio que dejarle entrar, no sin antes pedirle que se quite los zapatos y que no toque absolutamente nada. Moreno mira alrededor sorprendido. No esperaba encontrarse algo digno de una revista de decoración, pero tampoco con que en el salón solo hubiera un sofá, un aparador y una mesa de plástico con su silla a juego.
—Bonita casa, muy acogedora —comenta sarcástico.
—¿Qué pasa? —le pregunta ella sin variar el gesto.
—Que empiezo a pensar que el viejo tiene razón y Gonzalo Fonseca no mató a su mujer.
—¿Y eso?
—La jueza compró un piso a nombre de su hijo en Valencia y la chica sí que llevaba encima un sobre con veinte mil euros cuando la secuestró. El cura de una iglesia de la calle Ayala lo ha confirmado.
—¿Y el abogado?
—Me está costando más comprobar que quisiera salir del país, pero ya no tengo duda de que el viejo dice la verdad.
La inspectora se rasca la mejilla, pensativa.
—¿Qué piensas tú? —pregunta Moreno, sinceramente interesado en su opinión.
—No lo sé —responde ella resoplando—. Por una parte, me parece un padre desesperado que no acepta que su hijo sea un monstruo, pero por la otra tengo una sensación muy extraña, como si se nos escapase algo. Y lo que acabas de decirme no hace sino acrecentarla.
—Pero no tenemos nada.
—No, no lo tenemos.
Indira e Iván se miran a los ojos, como si de pronto hubiese desaparecido de su memoria lo que sucedió con Daniel hace ya siete meses.
Ambos se dan cuenta de que es la primera vez que están a solas y, sobre todo, de que no se sacan los ojos aunque se encuentren en la misma habitación.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dice él al fin.
—No.
—¿Tú eres así de… —prosigue buscando la palabra, sin hacer caso de su negativa— pulcra desde siempre?
La inspectora Ramos desea contarle su historia, decirle que tuvo una vida casi normal en la que no pasaba de tener cierta predilección por la limpieza y el orden, pero que un día tomó una mala decisión y todo se jodió. Quiere contarle que desde aquel día sus rarezas, que hasta entonces solo la convertían en alguien peculiar, pasaron a provocarle una profunda angustia que la llevó a rechazar cualquier contacto físico y a perder todo lo bueno que tenía en la vida. Le gustaría contárselo, pero no lo hace.
—Volvamos a comisaría. Hoy se cumple el plazo dado por Ramón Fonseca y deberíamos estar allí con el resto del equipo.
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