El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 77 de 89

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El buen padre

Capítulo 77

77

El constructor Sebastián Oller estaba reunido con el consejero de facciones afiladas cuando les informaron del incidente protagonizado la noche anterior por la jefa de obra. Nada más colgar el teléfono, el empresario se levantó para mirar por la ventana con el ceño fruncido, como hacía cada vez que tenía que tomar una decisión difícil.

—Ya sabes lo que hay que hacer, Sebastián —le dijo su consejero con frialdad.

—Maldita estúpida. —El empresario chasqueó la lengua contrariado

—. ¿No podía quedarse quietecita y olvidarse del tema?

—Te dije que Andrea Montero nos daría problemas desde que se negó a coger el dinero que le ofrecimos a cambio de su silencio.

Oller asintió. Él también sabía que no sería sencillo lograr que se olvidase de aquel hallazgo, pero confiaba en que dirigir el ambicioso proyecto que tenían entre manos apaciguase su ofuscación. Pero no fue así y aquella noche se había colado en la cueva a saber con qué intenciones. Lo más seguro es que hubiese fotografiado todas las pinturas y quisiese negociar con ellas. Si Oller había puesto vigilancia en aquel lugar fue precisamente porque temía que eso sucediera.

—¿Quién era el hombre que la acompañaba? —preguntó el consejero.

—El guardia no pudo identificarlo, pero por la descripción que dio, supongo que sería su marido.

—¿Qué hacemos entonces?

Sebastián Oller buscó desesperadamente alguna solución, pero solo tenía dos posibles salidas: o hacía público el descubrimiento, arriesgándose a perder los muchos millones de euros que había invertido en aquel proyecto cuando el Ministerio revocase los permisos y enviara a un equipo de arqueólogos, o acababa con el problema de raíz. Tras unos minutos de silencio, y aunque le costó un triunfo decidirse, dio la orden que su consejero sabía que daría. Ella solita se lo había buscado.

—Que se encarguen los rusos. Y que destruyan todas las pruebas que puedan haberse llevado.

La noche en que Andrea Montero sacó las fotos a las pinturas de la cueva, no pudo pegar ojo. Aún tenía la adrenalina por las nubes por la aventura que había vivido junto a su profesor de cocina, pero lo que realmente no la dejaba dormir era que cuando regresaron a la moto él la besó. Desde el primer día le pareció un hombre muy atractivo y había mucho feeling entre ambos, aunque jamás se le había pasado por la cabeza tener nada con él.

Pero esas cosas no se planean, simplemente suceden. Fueron a abrazarse porque creían que habían salido airosos de su encuentro con los guardias, sus bocas quedaron una frente a otra y ya no hubo marcha atrás.

Al día siguiente, Andrea quedó a comer con su amiga Silvia Ribot con la intención de contarle tanto lo de las pinturas como el desconcertante beso con el chef, pero después de media hora en la que Silvia le puso la cabeza como un bombo con los problemas que tenía uno de sus hijos en el colegio, se arrepintió y se limitó a decirle que le mandaría unos documentos para que los guardase por si a ella le pasaba algo. Silvia Ribot no se tomó demasiado en serio a su amiga, pero tampoco pudo preguntar mucho más porque tuvo que marcharse a toda prisa a una reunión en el colegio con la tutora del mayor de los niños.

Ese día Andrea pensó en faltar a la clase de cocina, pero por mucho que intentase olvidar lo sucedido la noche anterior, no pudo quitarse de la cabeza el sabor de los labios de su profesor. Cada mirada y cada roce que se produjo aquella tarde mientras escabechaban unas codornices les puso a ambos la piel de gallina, tanto que dar un paso más se convirtió en inevitable.

—¿Te apetece que quedemos para tomar un vino al terminar la clase?

—propuso Antonio Figueroa.

—¿Qué tal si vamos a un lugar más discreto? —respondió Andrea Montero.

La convención a la que Gonzalo Fonseca asistía en Murcia terminó un día antes de lo previsto a causa de la indisposición repentina del último de los ponentes, que se había venido arriba en la cena de la noche anterior.

Aunque muchos de los compañeros de Gonzalo decidieron quedarse y aprovechar el día libre lejos de sus familias y su rutina, él quiso volver a casa para invitar a cenar a Andrea en un buen restaurante y arreglar las pequeñas desavenencias que habían surgido entre ellos en los últimos días.

Llegó a casa con el tiempo justo para cambiarse e ir a recogerla a la escuela de cocina. Cuando estaba aparcando vio que su mujer salía riéndose acompañada por el profesor. Gonzalo lo conocía de haber hecho algún curso suelto y le caía bien, así que se dispuso a ir a saludarlo… pero algo en la actitud de Andrea y de Antonio le hizo detenerse y estuvo observándolos desde el coche, a unos metros de distancia. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando, antes de subirse a la moto, se besaron.

A Gonzalo le costó reaccionar. En un primer instante ni siquiera se lo tomó como una traición, simplemente dudó de lo que habían visto sus ojos y hasta estuvo a punto de frotárselos, como en los dibujos animados. Sin embargo, eso tampoco hizo falta porque, antes de ayudarla a abrocharse el casco, el profesor volvió a besarla y ella no se retiró para abofetearle diciéndole que no volviera a hacerlo porque era una mujer felizmente casada.

Cuando la moto giró en la esquina de la calle, Gonzalo Fonseca reaccionó y los siguió a una distancia prudencial, todavía creyendo que habría una explicación para aquello. Estuvo a punto de perderlos al llegar al paseo de la Castellana, pero un semáforo se alió con él y pudo ver que se metían en el aparcamiento de un hotel. Aparcó el coche frente a la puerta de entrada y esperó sintiendo cómo el desencanto se iba apoderando poco a poco de él.

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