El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 40 de 89

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El buen padre

Capítulo 40

40

Aunque haya pasado ya más de una hora desde que los guardias terminaron el registro de la celda de Gonzalo Fonseca sin encontrar nada reseñable, él sigue sentado en el catre con la mirada extraviada. Ha intentado levantarse un par de veces, pero las piernas no le responden y no lo harán hasta que decida qué hacer. Si le cuenta a Gheorghe que ha tirado su mercancía por el váter porque los guardias iban a encontrarla, solo habrá dos opciones: o el rumano le dice que tiene que pagarle las cuarenta ampollas de lo que sea que fuera ese líquido transparente y le pide una cantidad desorbitada por ellas, o lo mata allí mismo. Y algo en su fuero interno le dice que elegirá la segunda opción. Intenta despejar la cabeza para buscar una salida y solo se le ocurre una huida hacia delante que seguramente le complicará aún más la vida y que también provoque que acabe sus días abierto en canal, pero no le queda otra.

—¿Qué es lo que tú quieres, blanquito? —le pregunta uno de los colombianos sin camiseta que custodian el acceso a la celda del manco Walter Vargas.

—Necesito hablar con el señor Vargas.

—¿Hablar de qué?

—Eso es algo entre él y yo.

Los músculos del colombiano se tensan de una manera exagerada, deformando las decenas de tatuajes que pueblan su cuerpo, de tal modo que lo que antes era un planeta Marte en el pectoral izquierdo del macarra se convierte en una patata. A Gonzalo se le escapa una sonrisa inoportuna, debida probablemente a los nervios o a la tensión del momento, como cuando alguien no puede evitar descojonarse en el entierro de un primo segundo. El colombiano crispa el gesto y le empuja.

—¿Te estás riendo de mí, güevón?

—No, claro que no.

—Entonces lárgate de aquí. Aire.

—Déjale tranquilo, Fabián —dice el señor Vargas desde el interior de la celda—. El filete que me ha dado para comer era una suela de zapato,

pero estoy en deuda con él.

El macarra le suelta sin dejar de mirarle con hostilidad y Gonzalo lo sortea para encontrarse con Walter Vargas, que está preparando café ceremoniosamente con la única mano que le queda. Otro colombiano limpia la celda de su patrón procurando no molestar, pero se da cuenta de que allí sobra y se retira con discreción.

—Si exportamos algo bueno desde Colombia son ciclistas que saben cómo trepar una montaña y café.

—Y mujeres guapas.

—Las colombianas que se conocen en España son putas castigadas por la vida que huyen de la miseria que sufrimos allá. Imagínate cómo serán de hermosas las que quedan.

El señor Vargas sirve dos tazas de café con una lentitud directamente proporcional a las manos que tiene y le tiende una a Gonzalo.

—Es una lástima no tener aguapanela, que así me enseñó mi mamá a hacer el café. Pero aquí es difícil encontrarla.

—Así está bien, gracias.

—Llevo todo el día escuchando hablar de tu padre. Es un hombre corajudo. Tal vez yo haga lo mismo y mande secuestrar al juez que me condene —dice divertido mientras se acomoda con su café y con un gesto invita a Gonzalo a que se siente.

—Se ha propuesto verme libre antes de morir, y por desgracia no creo que le queden ya muchos años.

—Un propósito muy loable. ¿Crees que lo logrará?

—Estoy seguro, porque soy inocente.

—Ya me imagino. —Vargas resopla, aburrido de oír decir lo mismo a todo el que se cruza con él—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Me he metido en un problema muy serio y necesito su ayuda, señor Vargas.

Walter Vargas le mira con gesto impasible, esperando a que continúe.

—No sé si sabrá usted quién es Gheorghe.

—Un rumano con muy malas pulgas.

—El mismo. Hace unos días me presionó para que recogiera un paquete de contrabando en la cocina. Intenté negarme, pero puede imaginarse lo persuasivo que es Gheorghe.

—Ha de serlo para ocupar una buena posición aquí dentro.

—El caso es que ese paquete ha llegado esta misma tarde con el reparto del supermercado.

—¿Y dónde está? —pregunta Walter Vargas intrigado.

—Los guardias hicieron un registro en mi galería y tuve que deshacerme de él, así que lo tiré por el váter.

—¿Qué contenía ese paquete?

—Unas ampollas con un líquido, pero no sé exactamente qué era. Algo muy valioso para Gheorghe, sin duda.

—Vaya… no has mentido al decir que estabas metido en un problema muy serio, muchacho. Pero te lo repito: ¿qué puedo hacer por ti?

—Necesito su protección.

—Cuando digo que estoy en deuda contigo por lo del filete me refiero a que podría conseguirte un poquito de coca para que te dieras una fiesta o, si me caes bien, incluso una botella de ron, pero no voy a iniciar una guerra con los rumanos por ayudarte. Lo siento, hijo.

Walter Vargas da por zanjada la conversación y le hace una seña a Fabián, que entra en la celda y coge a Gonzalo del brazo.

—Largo de aquí, marica.

—Se lo pagaré —le dice Gonzalo a Vargas a la desesperada, mientras Fabián lo arrastra hacia el exterior.

—No creo que dispongas de dinero para pagarme semejante protección. Si lo tuvieras, yo en tu lugar saldaría mi cuenta pendiente con el rumano.

—No tengo dinero, pero puedo pagárselo de otra manera.

—¿De qué manera?

Gonzalo Fonseca le mira el muñón.

—Supongo que querrá vengarse por lo que le hicieron, ¿verdad?

—¿Qué carajo sabes tú de lo que me hicieron?

—Ya me dijo usted que una policía le había disparado, señor Vargas.

Si consigue que yo salga de aquí de una pieza, le prometo que haré más llevadera la pérdida de su mano…

Por segunda vez en unos pocos minutos, Gonzalo logra despertar la curiosidad del traficante Walter Vargas, y eso es algo que no suele ocurrir casi nunca.

—Suéltalo, Fabián…

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