El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 19 de 89

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El buen padre

Capítulo 19

19

El patio es un lugar peligroso para un recluso, y peor aún si se trata de alguien con pinta de jugar al pádel todos los fines de semana y de haber vivido desde niño en un chalé con piscina. Allí dentro, tener un origen acomodado es casi peor que ser pederasta.

Nada más sacar el paquete de tabaco, varios presos rodean a Gonzalo Fonseca. El primer día accedió a repartir cigarrillos para no tener problemas con ellos y ahora no consigue quitárselos de encima. Adonay, un gitano con más tatuajes que seso que cumple condena por haber matado accidentalmente a una anciana al darle un tirón desde una moto robada, le pasa un brazo por los hombros, protector.

—¡A tomar por culo todos, hombre ya! —dice para espantar a los demás gorrones—. ¿No veis que vais a dejar al puto payo sin tabaco, joder?

¡Venga, aire!

Los presos se dispersan entre protestas y Adonay sonríe a Gonzalo, mostrando un hueco enorme donde debería haber dos paletas.

—Ea, ya te dejan tranquilo, puto payo. A mí sí que me darás un par de cigarritos por el favor, ¿no?

—No deberías llamarme «puto payo» si después vas a pedirme tabaco, Adonay.

—Lo digo con cariño. Tírate el rollo y dame lo que te queda del paquete, anda. Hoy tengo un mono que me cago patas abajo.

—¿Y el paquete que te regalé ayer?

—Se ha convertido en humo, y nunca mejor dicho.

Adonay se ríe con su propio chiste. Gonzalo también sonreiría si no supiera que así aumentará todavía más la presión sobre él.

—Lo siento, pero tengo que utilizar el peculio en cosas que necesito y hoy no puedo comprar más tabaco.

—Venga, put… —corrige—: Payo. ¿Tú sabes lo que te harían todos estos desgraciados si yo no te protegiera?

—¿Me estás coaccionando?

—No tengo ni puta idea de lo que es eso, pero si me das el tabaco, vale.

—¿No me dijiste que tu familia te mandaba pasta todos los meses?

—Ya te digo, pero tengo otros vicios. Además, estoy ahorrando para ponerme los piños cuando me suelten.

Gonzalo sabe que no le va a dejar en paz hasta que consiga lo que quiere, así que, tras encenderse un cigarrillo, le regala el medio paquete que le queda.

—Cojonudo, puto payo.

Mientras pasean alrededor del campo de futbito, Gonzalo se fija en un hombre que lleva una venda cubriéndole un muñón donde debía haber una mano derecha. Está hablando con el grupo de colombianos que dominan la zona norte del patio y que parecen mostrarle un respeto reverencial.

—¿Quién es ese?

—Un tal Walter Vargas —responde el gitano a la vez que se enciende su tercer cigarrillo con la colilla del anterior—, un payo poni chungo que te cagas. Lo trajeron ayer.

—¿Qué le ha pasado en la mano?

—Si tienes huevos, ve y pregúntaselo tú.

En los casi doce meses que lleva encerrado, Gonzalo ha aprendido a evitar los conflictos. Pero por mucho que trate de mantener un perfil bajo, es difícil estar tranquilo cuando se vive rodeado de gente cuyo mayor don es causar problemas. Cuando entra del patio suele encerrarse en la biblioteca hasta la hora de la cena, alejado de las timbas que se forman en la galería y que por lo general terminan en pelea. Pero ni siquiera en el sitio menos frecuentado de la cárcel puede ocultarse durante demasiado tiempo.

Gheorghe, el rumano que controla el tráfico de drogas allí dentro, se sienta frente a él y le cierra el libro de derecho que está leyendo.

—Te vas a quedar ciego con tanta letra.

Gonzalo le mira en tensión, guardando silencio. El rumano trata de mostrar su lado más amable con una amplia sonrisa, pero su boca salpicada de dientes de oro consigue cualquier cosa menos tranquilizar.

—Tengo que pedirte un favor, amigo.

—¿Qué clase de favor?

—Necesito que recojas algo y que lo lleves a mi celda.

—A mí esas cosas no me gustan. Mejor búscate a otro.

—Si hubiera otro no te lo pediría a ti, cretinule. —La simpatía de Gheorghe desaparece de un plumazo—. Tú trabajas en la cocina, ¿no?

Gonzalo aguanta callado. Gheorghe le agarra la cara con tal violencia que le deja marcados los dedos en las mejillas.

—Te he hecho una puta pregunta, joder.

—Sí, trabajo en la cocina —responde Gonzalo con esfuerzo.

—No tendrás ningún problema, amigo. —El rumano lo suelta y vuelve a relajar el gesto—. Uno de los repartidores te dará un paquete, te lo escondes en los calzoncillos y después me lo entregas.

—¿Qué contiene ese paquete?

—Lo único que necesitas saber es que, si trabajas para mí, aquí dentro nadie te molestará.

—¿Y si no?

—Si no… seré yo quien te moleste.

El rumano suelta una risotada y Gonzalo comprende que no tiene escapatoria. Antes de que pueda responder, un funcionario entra en la biblioteca.

—Fonseca, tienes visita.

—Te avisaré cuando esté listo —le dice Gheorghe sonriente, y luego le observa mientras sale de la biblioteca con el funcionario.

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