El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 60 de 89

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El buen padre

Capítulo 60

60

Noelia Sampedro continuaba esperando una explicación de Álvaro Artero frente a las taquillas de la pista de patinaje, con la cartera del cliente en una mano y en la otra el recorte de periódico donde se daba la noticia del atropello de su padre, ocurrido hacía ya casi diez años en una carretera de Soria.

—¡Respóndeme, joder! —La chica perdió los nervios ante el mutismo del hombre.

Los visitantes del Palacio de Hielo —en su mayoría padres y madres que habían ido con sus hijos a pasar la tarde— primero la censuraron a ella con la mirada por alzar la voz y luego a su acompañante, al darse cuenta de la diferencia de edad e intuir que no eran precisamente familia. Álvaro Artero titubeó, muy apurado.

—No es lo que parece, Noelia.

—Yo no sé qué coño parece, Álvaro —dijo ella conteniendo la voz—, pero necesito que me expliques qué hacía esto en tu cartera.

—Yo… —respondió, tratando de improvisar, agobiado— quería saber quién eras antes de contratarte y… encontré esa noticia.

—Y una puta mierda. Este recorte lleva años en tu cartera. Solo hay que ver su estado.

—Lo siento, pero ahora no puedo decirte más.

Álvaro Artero recuperó su cartera, se quitó a toda prisa los patines y salió de allí con los zapatos en la mano, sin pararse a responder a la batería de preguntas que le hacía Noelia. Ella lo hubiera seguido hasta la calle si no fuera porque un vigilante le impidió salir con los patines.

Todavía se quedó allí quince minutos leyendo el recorte de periódico e intentando encontrarle una explicación a todo aquello. La sacó de su ensimismamiento el sonido de su móvil. Contestó mecánicamente, aún muy aturdida y sin mirar quién la llamaba.

—¿Noelia? —preguntó Arancha al otro lado de la línea.

—Sí…

—Hoy es tu día de suerte. Acaba de llamar Guillermo Torres, tu primer cliente. Está en Madrid y quiere otra cita contigo. ¿Te mando a casa la ropa

que desea que te pongas esta noche?

Noelia llevaba esperando aquella llamada desde el día siguiente de conocerlo, pero justo estaba en un momento de su vida en el que era capaz de rechazar unos Manolo Blahnik, un vestido de Yves Saint Laurent y ganar más de tres mil euros por pasar una agradable noche con el millonario.

—Lo siento, Arancha, pero hoy no puedo.

—¿Cómo dices? —preguntó esta desconcertada.

—Que hoy no puedo quedar con nadie. Me ha surgido algo importante.

Discúlpame.

Noelia colgó sin hacer caso de las protestas de Arancha, cogió un Cabify hasta la plaza de Castilla y allí un autobús que la llevó a Cercedilla.

Cuando llegó a casa, su madre ya estaba preparándose para acostarse y se llevó un susto de muerte al verla entrar.

—¿Qué pasa, Noelia? ¿Qué haces aquí?

—No pasa nada, mamá… —respondió ella, tratando infructuosamente de tranquilizarla—. Solo me apetecía venir a verte y… he venido.

—¿Pretendes engañarme a mí, que te he parido? —preguntó la madre con incredulidad—. Ya estás contándome qué te pasa.

Noelia prometió que se lo diría, pero antes necesitaba comer algo. Su madre le sirvió unas migas que había hecho por la mañana, un revuelto de huevos y setas de la sierra de Guadarrama, y de postre, cuajada casera.

Habría disfrutado como nunca de la buena mano de su madre en la cocina de no haber sido porque no lograba quitarse de la cabeza aquel recorte de periódico.

—¿Y bien? —atacó inquisitiva la madre en cuanto Noelia terminó el postre.

—¿Qué sabes de la muerte de papá?

—¿A qué viene eso ahora, Noelia? —preguntó a su vez su madre, a la defensiva.

—Jamás detuvieron a nadie, ¿verdad?

—Sabes muy bien que no. Lo atropellaron cuando se bajó a cambiar la rueda del camión y el conductor se dio a la fuga. ¿Por qué sacas ahora ese tema?

—Porque… creo que sé quién lo hizo.

—¿Qué tontería estás diciendo?

Noelia le contó —evitando decirle el motivo por el que pasaba la tarde con un hombre que le doblaba la edad— lo que había encontrado en aquella

cartera. La madre trató de asimilarlo y, como hizo su propia hija durante todo el trayecto en autobús, dar con una explicación medianamente lógica.

—Que tuviera ese recorte no significa por fuerza que lo atropellase él.

—¿Quién guarda recortes de periódico de un accidente ocurrido hace diez años si no tiene nada que ver, mamá? Ni siquiera yo lo conservo, joder.

La madre frunció el ceño, sabiendo que su hija tenía razón.

—¿Dónde conociste a ese hombre?

—En el campus —improvisó Noelia—. Se acercó un día a charlar conmigo y nos hicimos amigos. ¿Qué crees que debemos hacer?

—Denunciarlo.

Madre e hija se acercaron al puesto de la Guardia Civil, donde Noelia repitió lo que minutos antes le había contado a su madre. Aunque no tenían demasiadas esperanzas en que las tomaran en serio, un joven agente le formuló todo tipo de preguntas y se dio cuenta de que el relato de la chica tenía mucho sentido. Mientras la madre rellenaba unos documentos con otro guardia civil, el que las había atendido observaba a Noelia con curiosidad.

Ella se incomodó al notarlo.

—¿Pasa algo?

—No te acuerdas de mí, ¿verdad?

—¿Debería?

Noelia se fijó en él y, por primera vez en la media hora que llevaba allí, vio a la persona que había tras el uniforme.

—¿Pablo? —Él asintió con timidez y ella sonrió, contenta de volver a ver al primer amante que tuvo después de su primo Javi—. Joder, perdóname. No te había reconocido.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo Pablo sin darle importancia—.

Aparte de lo de tu padre, ¿cómo te va?

—Muy bien, ¿y a ti? Veo que decidiste no hacerte mecánico.

—Ya ves las vueltas que da la vida. A los veinte años era yo el que causaba los problemas en el pueblo y ahora soy quien los resuelve.

Noelia se rio, lo último que esperaba hacer después de la mierda de día que llevaba desde que se le ocurrió abrir aquella taquilla y fisgar en la cartera de Álvaro Artero.

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