El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 21 de 89

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El buen padre

Capítulo 21

21

Gonzalo Fonseca llega a la sala de visitas, donde la inspectora Indira Ramos y la subinspectora María Ortega ya están esperándole. Las dos policías le observan en silencio mientras el guardia abre la puerta. La primera impresión que les causa es, como defiende su padre, la de un hombre inocente acusado injustamente.

—No tiene pinta de asesino —dice en voz baja la subinspectora.

—Tampoco Ted Bundy, y mira —replica la inspectora.

Lo que más le llama la atención a la inspectora es su pulcritud. Para alguien como ella, que ha estado a punto de sufrir un infarto siete veces desde que ha entrado en la cárcel hasta que ha llegado a la sala de visitas por el desorden y la suciedad con que se ha encontrado, supone un auténtico alivio.

—¿En qué puedo ayudarlas? —pregunta Gonzalo con desconfianza.

—Buenas tardes, señor Fonseca. Yo soy la inspectora Ramos y ella la subinspectora Ortega. Sentémonos, por favor.

Los tres toman asiento alrededor de la mesa metálica, todavía estudiándose.

—Reconozco que estoy intrigado —dice Gonzalo.

—Hemos venido a hablarle de su padre, Ramón Fonseca.

—¿Qué le ha pasado?

—Ayer confesó ser el autor del secuestro de tres personas.

Gonzalo se recuesta en la silla, asimilando la información. Por su reacción parece que de verdad no se lo esperaba.

—Entonces ¿ha sido él?

—¿No lo sabía?

—Lo sospeché cuando vi en televisión que habían desaparecido la jueza que me condenó, el abogado que me dejó tirado y la testigo que mintió en mi juicio. Pero me resistía a creer que fuera capaz de algo así.

¿Qué pide?

—Que se reabra su caso y detengamos al verdadero culpable de la muerte de su esposa —responde la subinspectora Ortega.

—¿O?

—O cada semana irá muriendo uno de los secuestrados.

—Vaya —dice Gonzalo todavía más impresionado.

—Vamos, señor Fonseca. —La inspectora le mira con suficiencia—.

¿Va a decirnos que no tenía ni idea de lo que pretendía hacer su padre?

—Desde que murió mi madre se volvió más radical con mi defensa y yo sabía que intentaría algo, pero me imaginaba que haría una huelga de hambre frente al palacio de la Moncloa o algo parecido. Le aseguro que esto me ha sorprendido tanto como a ustedes.

—¿Cree que de verdad puede convertirse en un asesino?

Gonzalo Fonseca reflexiona unos segundos antes de responder.

—Mi padre es un hombre desesperado, inspectora. Todo esto le ha afectado mucho, más incluso que a mí. Él cree en mi inocencia y la última vez que vino me juró que conseguiría sacarme de la cárcel aunque fuese lo último que hiciera en su vida.

—Debería hablar con él y decirle que termine con esta locura.

—Si ha hecho esto es porque ha sopesado todas las posibilidades, y le aseguro que yo no conseguiré que cambie de opinión.

—Si de verdad es usted buena persona, no permitirá que mueran tres inocentes —interviene de nuevo la subinspectora Ortega.

—Sobre la supuesta inocencia de esas personas habría mucho que discutir, subinspectora. Por lo pronto, han mentido sin preocuparles lo que me sucedería. Y en cuanto a dejar morir a alguien… en caso de que llegase a suceder, cosa que no deseo, sería solo culpa de la policía. En sus manos está encontrar al asesino de Andrea y acabar con todo esto.

—¿En menos de siete días?

—Han tenido más de un año y no han movido un dedo.

Las dos policías intercambian una mirada, conscientes de que por ese camino no conseguirán mucho más.

—De modo que usted no mató a su esposa, ¿no?

—No.

—¿Y cómo explica que le encontrasen en el escenario del crimen, manchado de sangre y que el arma estuviera repleta de sus huellas?

—No tengo una explicación, pero puesto que yo no lo hice, supongo que me tendieron una trampa. Debieron de drogarme con algo y prepararon el escenario para que yo pareciese culpable. El caso es que, cuando desperté, ya estaba rodeado de policías.

—¿Quién se tomaría tantas molestias, señor Fonseca?

—No lo sé.

—Échenos una mano para que podamos creerle, por favor. ¿Quién querría ver a su mujer muerta?

—No lo sé, joder. Andrea no tenía enemigos ni estaba metida en asuntos turbios. Se dedicaba a trabajar y a sus clases de cocina.

—Trabajaba en una constructora, ¿verdad?

—Acababa de empezar una nueva obra —responde él asintiendo—.

Unos chalés en un campo de golf muy exclusivo cerca de Toledo. Decía que era su mejor proyecto y estaba muy ilusionada.

Las dos policías se sorprenden al ver que a Gonzalo Fonseca se le humedecen los ojos. O es un actor consumado, o el asunto no está tan claro como parecía inicialmente.

—¿Por qué deberíamos creerle, señor Fonseca? —pregunta al fin la inspectora.

—Porque la quería. ¿Cómo coño iba a acuchillarla de esa manera cuando Andrea y yo habíamos planeado ser padres este año, inspectora?

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