El buen padre
Capítulo 22
22
Aquel jueves se presentaba movido para el abogado Juan Carlos Solozábal.
A primera hora fue a visitar a Gonzalo Fonseca a la cárcel de Alcalá de Henares, donde permanecía detenido a la espera de juicio por el asesinato de Andrea Montero. Y a media mañana ya estaba en la de Soto del Real con el cuñado de Salvatore Fusco, en prisión preventiva por haber matado a un inmigrante sudanés y haber dejado tuerto a otro. Ni con uno ni con otro tenía puestas demasiadas esperanzas de lograr una condena absolutoria.
Aunque si bien el presunto uxoricida tenía en su contra las pruebas halladas en la escena del crimen, su buena actitud, la ausencia de antecedentes y su empeño en jurar su inocencia hacían que tanto el abogado como los padres del acusado albergaran alguna esperanza, por remota que fuera.
Otra cosa era el tal Vincenzo Gallo. A sus treinta y cuatro años, aquel angelito ya había sido detenido en más de veinte ocasiones acusado de tráfico de drogas, agresión, amenazas, atraco, posesión de armas, extorsión o pertenencia a grupo criminal, la mitad de las veces en Italia y la otra mitad en España, donde residía desde hacía seis años. Y por si fuera poco, la pelea había quedado grabada: es cierto que los sudaneses parecían haber empezado la trifulca, pero el italiano enseguida sacó una navaja y no vaciló en usarla; primero atacó al más joven y, con el ojo de este colgando del filo, se la clavó a su amigo en el corazón. A diferencia del resto de detenidos en su misma situación, Vincenzo no trataba de justificar su acción alegando defensa propia, sino que, muy al contrario, alardeaba sonriente de lo que había hecho.
—Esos orangutanes se lo pensarán dos veces antes de volver a acercarse a mí.
—No sé si es usted consciente, señor Gallo —le advirtió Juan Carlos Solozábal armándose de paciencia—, pero si no cambia de actitud, es muy probable que en los próximos veinte años todo el que se le acerque lo haga por la espalda.
—¡A la mierda, abogado! —El detenido dio un puñetazo en la mesa y se levantó, agresivo.
—Tranquilo. —El letrado trató de calmarle y detuvo con un gesto a los guardias, que ya se dirigían hacia ellos—. No pasa nada.
—Dígale a su cliente que esté tranquilito o le devolveremos a su celda, abogado —dijo uno de ellos.
El detenido pareció entenderlo porque volvió a sentarse, aunque seguía mirando a su abogado con animadversión.
—Lo único que estoy tratando de explicarle es que, si sigue por ese camino, me resultará imposible ayudarle. Y le aseguro que, en este momento, soy el único que puede hacerlo. Bien, ahora cuénteme exactamente su versión de los hechos.
—Esos orangutanes me faltaron al respeto —dijo Vincenzo Gallo—.
Me llamaron espagueti.
—En primer lugar, estaría bien que dejase de llamarlos orangutanes.
La siguiente media hora transcurrió en los mismos términos, un tira y afloja agotador para el abogado. Al salir de la cárcel, decidió renunciar a su defensa mientras todavía estuviera a tiempo y así se lo comunicó por teléfono a Luca, el sobrino de Fusco. Pero al llegar a su despacho, una mujer lo estaba esperando.
Era de esas mujeres que hacen que los hombres se vuelvan a mirarlas por la calle. Sin embargo, en lugar de sentirse halagada por ello, parecía avergonzarse de su belleza: su pelo, largo y negro, estaba recogido en una coleta, y contrastaba con una piel blanca, solo mancillada por un moratón amarillento alrededor del ojo izquierdo. El traje de chaqueta que vestía, aunque de calidad indudable, cumplía la sola función de ocultar la perfección de su cuerpo, y sus manos, muñecas y cuello carecían de cualquier adorno que resaltara sus facciones. Solamente unos discretos pendientes de brillantes se rebelaban contra la ausencia de feminidad que trataba de transmitir. Pero Juan Carlos no necesitaba más para sentir que estaba ante una de las mujeres más bellas que había visto en su vida.
Cuando supo que su nombre era Gianna, que era la esposa de don Salvatore y la única hermana del infausto Vincenzo Gallo, se dio cuenta de que no disimulaba su belleza por vergüenza, sino por miedo. Miedo de despertar en su marido el deseo y de tener que volver a entregarse a él, a la persona que más repugnancia le causaba en este mundo. La delicadeza de sus movimientos al tomar asiento la situaron en las antípodas del hombre al que el abogado acababa de conocer en prisión.
—¿Cuál de los dos es el hijo adoptado? —preguntó Juan Carlos mientras le servía un café.
Ella sonrió, dejando al descubierto la única imperfección que podía adivinarse a simple vista: un colmillo ligeramente montado que, lejos de estropear su belleza, la dotaba de cierta humanidad y la hacía aún más atractiva.
—Vincenzo no ha tenido una vida fácil —respondió Gianna—.
Nuestro padre murió cuando éramos pequeños y él tuvo que sacarnos adelante a mi madre, a mi abuela y a mí. Eso le endureció.
—Una cosa es ser duro y otra un… —Juan Carlos buscó las palabras, tratando de no ofenderla, pero no supo cómo llamarle «hijo de puta» de una manera más suave y se limitó a suspirar—. ¿Ha visto usted el vídeo de la pelea?
—Sí.
—Con esas pruebas no puedo hacer demasiado por él. Y menos si se empeña en no demostrar el mínimo arrepentimiento.
—Sé que no lo parece, pero en el fondo Vincenzo tiene buen corazón.
Juan Carlos la miró con incredulidad.
—Dele otra oportunidad y se lo demostrará. Hablaré con él y haré que lo trate con el respeto que usted merece.
—No se trata de mí, sino…
—Por favor… —lo interrumpió Gianna—. Solo nos tiene a nosotros dos. Ayúdenos.
Ante la mirada suplicante de la mujer, Juan Carlos fue incapaz de negarse.
—Está bien, pero debería concienciarse de que su hermano pasará muchos años en la cárcel. No solo está la grabación, sino que hay varias decenas de testigos de la pelea que seguramente estén deseando declarar.
—Usted haga lo que pueda para que salga cuanto antes. No le pido más.
Juan Carlos asintió y ella le sonrió mirándole a los ojos con agradecimiento. Ninguno de los dos se dio cuenta de que, en ese preciso momento, habían empezado a cavarse su propia tumba.
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