Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 9 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 9

CONVERSACIÓN NOCTURNA EN CASA DE LOS QUANGEL

 

Apenas ha abierto Quangel la puerta del dormitorio, Anna, su mujer, le dice asustada:

—¡No enciendas la luz, papá! Trudel está durmiendo en tu cama. Te he hecho la cama en el sofá del salón.

—Está bien, Anna —contesta Quangel, asombrado por la novedad de que Trudel tenga que dormir en su cama como sea. Siempre se ha acostado en el sofá.

Pero no vuelve a decir nada hasta que, ya desnudo, yace en el sofá debajo de la manta.

—¿Quieres dormir, Anna, o te apetece conversar? —pregunta.

Ella vacila un instante, después contesta desde la alcoba por la puerta abierta:

—Estoy tan cansada y rota, Otto…

Así que continúa enfadada conmigo, ¿por qué?, se pregunta Otto Quangel, pero dice imperturbable:

—Entonces duerme, Anna. Buenas noches.

Y desde la cama de ella llega esta respuesta:

—Buenas noches, Otto.

También Trudel susurra bajito:

—Buenas noches, padre.

—Buenas noches, Trudel —contesta y se tumba de lado deseando dormirse lo antes posible, porque está muy cansado. Demasiado, por lo visto. Al igual que el que está excesivamente hambriento, el sueño huye de él. Ha transcurrido un día largo con incesantes acontecimientos, un día como no ha habido otro en la vida de Otto.

Pero no un día como habría deseado. Aparte de que todos los sucesos han sido desagradables, excepto el relevo de su cargo en el Frente del Trabajo. Quangel odia todo ese alboroto, esa obligación de hablar con un sinfín de personas que en conjunto se le antojan insoportables. Y piensa en la carta oficial que le ha entregado la señora Kluge, en el espía Barkhausen que ha intentado engañarlo tan torpemente, en el pasillo de la fábrica de uniformes con los carteles ondeando en la corriente de aire contra los que Trudel apoyó la cabeza. Piensa en el carpintero encubierto Dollfuss, ese eterno fumador de cigarrillos, las medallas y condecoraciones vuelven a tintinear sobre el pecho del orador vestido de pardo, ahora lo aferra, surgiendo de la oscuridad, la mano pequeña y firme de Fromm, el consejero retirado del Tribunal Cameral, empujándolo hacia la escalera. Ahí está el joven Persicke con sus botas relucientes encima de la ropa, palideciendo cada vez más, y en el suelo se oye la respiración ronca y los gemidos de los dos borrachos ensangrentados.

Vuelve a incorporarse, ha estado a punto de dormirse. Pero otra cosa lo perturba ese día, algo que ha oído con toda exactitud y ha vuelto a olvidar. Se sienta en el sofá y escucha largo rato con extrema atención. Es verdad, no ha oído mal. En tono imperioso llama:

—¡Anna!

La contestación es quejumbrosa, poco propia del estilo de su mujer:

—¿Por qué vuelves a molestarme, Otto? ¿Es que no voy a poder descansar? ¡Ya te he dicho que no me apetece hablar!

—¿Por qué tengo que dormir en el sofá si Trudel está durmiendo contigo en tu cama? —prosigue—. ¿Entonces mi cama sigue libre?

Durante un momento enfrente reina un profundo silencio, después la mujer contesta casi suplicante:

—Papá, Trudel está durmiendo en tu cama, de veras. Yo estoy acostada sola, además me duele todo el cuerpo…

Él la interrumpe:

—No me mientas, Anna. En vuestro cuarto se oyen tres respiraciones, lo he oído perfectamente. ¿Quién está durmiendo en mi cama?

Silencio, un largo silencio. Luego la mujer responde con voz firme:

—No preguntes tanto. Ojos que no ven, corazón que no siente. Es mejor que te calles, Otto.

Y él, inflexible:

—Aquí mando yo. En esta casa no hay secretos para mí. Porque soy el responsable de todo, por eso. ¿Quién está durmiendo en mi cama?

Largo silencio, muy largo. Después una voz vieja y profunda de mujer dice:

—Yo, señor Quangel, la señora Rosenthal. Su mujer y usted no tendrán ningún problema por mi culpa. Voy a vestirme. Enseguida regresaré arriba.

—Ahora no puede subir a su casa, señora Rosenthal. Están allí los Persicke y un par de tipos más. Quédese acostada en mi cama. Y mañana a primera hora, muy temprano, a las seis o las siete, vaya a ver al antiguo juez Fromm y llame a su puerta, en el entresuelo. Él la ayudará, me lo ha dicho.

—Muchas gracias, señor Quangel.

—Déselas al consejero, no a mí. Yo me limito a echarla de mi casa. Bien, y ahora te llega el turno a ti, Trudel…

—¿Yo también tengo que marcharme, padre?

—Sí. Esta ha sido la última visita que nos haces, y sabes de sobra por qué. Es posible que Anna vaya a visitarte alguna vez, aunque no lo creo. En cuanto recobre el juicio y yo haya hablado con ella como es debido…

La mujer replica casi a gritos:

—No pienso tolerar eso, entonces me iré también yo. ¡Y puedes quedarte solo en tu casa! No piensas más que en tu tranquilidad…

—¡Así es! —La interrumpe él con dureza—. La inseguridad no me gusta, y sobre todo no quiero verme arrastrado por las historias inciertas de otros. Si tengo que jugarme la cabeza, no pienso hacerlo por cualquier descuido ajeno, sino por propia voluntad. No digo que vaya a hacerlo. Pero si lo hago, lo haré exclusivamente contigo, con nadie más, aunque sea una chica tan amable como Trudel o una anciana desamparada como usted, señora Rosenthal. No afirmo que lo que hago esté bien. Pero no puedo comportarme de otra manera. Soy así y no quiero ser de otro modo. Bueno, y ahora deseo dormir.

Dicho esto, Otto Quangel vuelve a tumbarse. En el dormitorio todavía cuchichean en voz baja, pero no le molesta. Sabe que se cumplirá su voluntad. Mañana temprano su casa volverá a estar impoluta, y Anna también cederá. Ninguna historia clandestina más. Y él, solo. Él, solo. ¡Solamente él!

Se queda dormido, y quien pudiera verlo dormir en ese instante contemplaría su sonrisa, una sonrisa furiosa en esa cara de pájaro dura, seca, una sonrisa furiosa, combativa, pero no malvada.