Solo en Berlín
Capítulo 24
EL INTERROGATORIO
Si a pesar de su firme convicción de que Enno Kluge no era ni el autor ni el difusor de las postales, si a pesar de eso el ayudante dejó entrever en su comunicación telefónica con el comisario Escherich que Kluge era el difusor de esos panfletos, lo hizo porque un subordinado astuto jamás debe anticiparse a las opiniones de su superior. Contra Kluge existía una denuncia en firme de la señorita Kiesow, la auxiliar de la consulta, y el señor comisario debía averiguar en persona si esta estaba fundada o no.
Si tenía fundamento, el ayudante sería un hombre capaz y podría contar con el favor del comisario. Pero si era infundada, el comisario sería más inteligente que el ayudante, y esta mayor inteligencia de un superior suele ser más provechosa para el subordinado que cualquier otra capacidad.
—¿Y bien? —dijo el alto y gris Escherich entrando a grandes zancadas en la comisaría—. ¿Y bien, colega Schröder? ¿Dónde está su presa?
—En la última celda a la izquierda, señor comisario.
—¿Ha confesado el Duende?
—¿Quién? ¿El Duende? ¡Ah, ya entiendo! No, señor comisario, como es natural, después de nuestra conversación telefónica he ordenado que lo apresasen inmediatamente.
—Bien hecho —alabó Escherich—. ¿Y qué sabe él de las postales?
—Le he obligado a leer en voz alta la postal hallada —contestó su ayudante con cautela—. El principio, quiero decir.
—¿Impresión?
—No quisiera anticiparme, señor comisario —contestó cauteloso el ayudante.
—¡No sea tan temeroso, colega Schröder! ¿Impresión?
—Me parece improbable que sea el autor de esa postal.
—¿Por qué?
—No es muy listo. Además está terriblemente asustado.
El comisario Escherich se acarició su bigote color arena con expresión de descontento.
—No muy listo. Terriblemente asustado —repitió—. Bueno, mi Duende es listo y seguro que no está asustado. ¿Y por qué cree haber dado con el autor? ¡Informe de una vez!
El ayudante Schröder obedeció. Sobre todo repitió mucho las acusaciones de la auxiliar de la consulta y recalcó también el intento de fuga.
—No pude hacer otra cosa, señor comisario. De acuerdo con las órdenes dadas, me vi obligado a detenerlo.
—Correcto, colega Schröder. Ha actuado muy bien. Yo no lo habría hecho mejor.
Ese informe había fortalecido un poco el ánimo de Escherich. Sonaba mejor que «no muy listo» y «terriblemente asustado». A lo mejor era un repartidor de postales, a pesar de que hasta entonces el comisario había supuesto sin duda alguna que el Duende no tenía cómplices.
—¿Ha revisado ya sus papeles?
—Aquí están. Confirman en general todo lo que cuenta. Tengo la impresión, señor comisario, de que es uno de esos holgazanes con miedo al frente, sin ganas de trabajar, y también apuesta a los caballos, llevaba encima un gran fajo de periódicos de carreras y cuentas. Y además, bastantes cartas habituales de un determinado tipo de mujeres, es uno de esos pájaros… ¿me entiende, señor comisario? Sin embargo, frisa ya la cincuentena.
—Excelente, excelente —aprobó el comisario, aunque no se lo parecía.
Ni el autor de las postales ni un eventual repartidor podía tener mucho que ver con mujeres. Para él no había duda. Su esperanza, que acababa de reanimarse, comenzó a debilitarse de nuevo. Pero después Escherich pensó en su feje, el Obergruppenführer Prall, y en los superiores de mayor rango todavía hasta llegar a Himmler. Si no aparecía ninguna pista, le amargarían la vida en los tiempos venideros. Pero contaba con una pista, al menos con acusaciones sólidas y una conducta sospechosa. Se podía seguir esa pista, aunque en lo más recóndito de su ser no lo considerase del todo acertado. Se ganaba tiempo para seguir esperando con paciencia. No causaría daño a nadie. ¡Al fin y al cabo qué importaba semejante pieza!
Escherich se levantó.
—Iré a las celdas del fondo, Schröder. Deme la nueva postal y espere aquí.
El comisario caminó sin hacer ruido, sosteniendo con fuerza las llaves en la mano para que no tintineasen. Con sumo cuidado descorrió la tapa de la mirilla y escudriñó la celda.
El detenido, sentado en una banqueta y con la cabeza apoyada en las manos, dirigía sus ojos hacia la puerta. Parecía que el hombre miraba directamente los ojos acechantes del comisario. Pero la expresión del rostro de Kluge revelaba que no veía nada. El hombre no se había sobresaltado cuando habían movido la puerta, su rostro tampoco denotaba tensión, como siempre le sucede al que se siente observado.
Miraba ensimismado, sumido en sus pensamientos, más bien absorto, lleno de presentimientos sombríos.
El comisario, emplazado junto a la mirilla, lo supo entonces con certeza: ese no era ni el Duende ni un cómplice. Era un simple error, dijeran lo que dijesen las acusaciones y por sospechoso que hubiera sido su comportamiento.
Pero Escherich, al recordar a sus superiores, se mordió el bigote y meditó cómo alargar mucho ese asunto hasta que se descubriese que era un error. Además, no podía quedar en ridículo.
Abrió la celda de golpe y entró. El detenido dio un respingo al oír el tintineo de la cerradura, miró confundido al que entraba y después intentó levantarse.
Pero Escherich con una presión lo obligó a volver a la banqueta.
—No se levante, señor Kluge, no se levante. A nuestra edad ya empieza a pesarnos el trasero.
Rio, y el tal Kluge esbozó otra sonrisa por pura cortesía, una sonrisa un tanto lastimosa.
El comisario abrió la cama de la pared y se sentó encima.
—Bien, señor Kluge —comenzó escudriñando el rostro pálido de mentón débil, curiosa boca roja de labios gruesos y ojos claros que parpadeaban sin cesar—. Bien, señor Kluge, ahora cuénteme qué es lo que oprime su corazón. Soy el comisario Escherich de la Gestapo. —Y cuando la mención de esta palabra provocó un sobresalto en su interlocutor, añadió con suavidad—: No debe tener miedo. No nos comemos a los niños pequeños. Y usted no es más que un niño pequeño, ya me doy cuenta…
El interés que despertaron estas palabras hizo que los ojos de Kluge volvieran a llenarse de lágrimas, su rostro se contrajo, los músculos de los carrillos trabajaban espasmódicamente.
—Vamos, vamos —agregó Escherich colocando su mano sobre la del hombrecillo —. No será tan grave la cosa, digo yo. ¿O sí?
—¡Todo se ha ido al garete! —exclamó Enno Kluge, desesperado—. ¡Estoy perdido! No tengo volante de baja médica, y tendría que estar trabajando. Pero estoy aquí retenido, y ellos me enviarán al campo de concentración, aprisita, ¡y no aguantaré allí ni siquiera quince días!
—Vamos, vamos —repitió el comisario como si hablara con un niño—. Lo de su fábrica ya se arreglará. Cuando detenemos a alguien y resulta que es un hombre como es debido, nos encargamos también de que su detención no le cause el menor perjuicio. Porque usted, señor Kluge, es un hombre como es debido… ¿verdad?
La cara del detenido se contorsionó de nuevo, después Kluge optó por hacer una confesión parcial a ese hombre tan simpático.
—Ellos creen que no trabajo lo suficiente.
—Y usted, señor Kluge ¿qué opina? ¿Cree que trabaja lo suficiente o no?
Kluge reflexionó unos instantes.
—Enfermo con mucha frecuencia —explicó al fin con voz quejumbrosa—. Pero ellos se limitan a decir que ahora no es momento de enfermar.
—Pero ¿no estará siempre enfermo? Cuando no está enfermo y trabaja… ¿trabaja bastante? ¿Qué piensa al respecto, señor Kluge?
El aludido se decidió a contestar.
—¡Ay, señor comisario, me persiguen tanto las mujeres! —se lamentó.
Sus palabras sonaron tan lastimeras como vanidosas.
El comisario sacudió la cabeza, compasivo, como si eso fuera realmente malo.
—Eso no es bueno, señor Kluge —comentó—. A nuestra edad no nos gusta dejar escapar nada, ¿verdad?
Kluge lo miró con una leve sonrisa, contento de haber hallado comprensión en él.
—Claro —añadió el comisario—. ¿Y cómo andan las finanzas?
—A veces apuesto algo —reconoció Kluge—. No mucho, ni grandes cantidades, señor comisario. Nunca más de cinco marcos, cuando un pronóstico es completamente seguro. ¡Se lo juro, señor comisario!
—¿Y con qué paga todo eso, señor Kluge, las mujeres, las apuestas, si no trabaja usted mucho?
—¡Pero es que a mí me pagan las mujeres, señor comisario! —informó Kluge, un poco ofendido por tanta incomprensión, y con una sonrisa de vanidad añadió—: ¡Por lo capaz que soy!
En ese momento el comisario Escherich archivó definitivamente la acusación de que el tal Enno Kluge tuviese algo que ver con la redacción o distribución de las postales. El tal Kluge era sencillamente incapaz de algo así, le faltaban cualidades para ello. Pero tenía que interrogarlo sobre el asunto, porque debía redactar un informe sobre ese interrogatorio, para los jefes, para que se calmasen por el momento, un informe que siguiera manteniendo bajo sospecha a Kluge, que justificase las medidas contra él…
Así que sacó la postal del bolsillo, la colocó delante de Kluge y dijo con absoluta indiferencia:
—¿Conoce esta postal, señor Kluge?
—Sí —contestó Enno Kluge sin pensar, pero, sobresaltándose, se corrigió—. Es decir, no, por supuesto. La he tenido que leer antes en voz alta, o sea, el principio. ¡Pero no sé nada más de la postal! ¡Se lo juro por lo más sagrado, señor comisario!
—¡Ya, ya! —repuso Escherich dubitativo—. En fin, señor Kluge, ahora que hemos aclarado un asunto tan importante como su trabajo y el campo de concentración, y que sabe que acudiré en persona a ver a sus jefes para arreglar el asunto, supongo que llegaremos a un acuerdo en un asunto tan baladí como esta postal.
—No tengo nada que ver con ello, señor comisario, nada en absoluto.
—Yo no voy tan lejos como mi colega, señor Kluge —continuó el comisario con indiferencia ante semejantes protestas de inocencia—, yo no voy tan lejos como él, que lo considera el autor de las postales y está empeñado en llevarlo a todo trance ante el Tribunal del Pueblo… y entonces, despídase de su cabeza, señor Kluge.
El hombrecillo tembló y su cara adoptó un tono ceniciento.
—No —prosiguió el comisario tranquilizador volviendo a depositar su mano sobre la del otro—. No, no lo considero el autor de esas postales. Pero teniendo en cuenta que la postal estaba en el pasillo de la consulta, donde usted pasó un tiempo sospechosamente largo, amén de su agitación y su huida… De todo ello hay testigos fiables… No, señor Kluge, es mejor que me cuente la verdad. No me gustaría que usted mismo se abocase a la desgracia.
—La postal tuvieron que introducirla desde fuera, señor comisario. ¡Yo no tengo nada que ver, es la pura verdad, señor comisario!
—Por el lugar donde cayó es imposible que la echasen desde fuera. Y cinco minutos antes no estaba allí, eso lo jurará la auxiliar del médico. Pero en el ínterin usted estuvo en el lavabo. ¿O afirma que alguien más salió de la sala de espera para ir al retrete?
—No, creo que no, señor comisario. No, seguro que no. Si se trata de cinco minutos, seguro que no. Porque yo llevaba ya un buen rato deseando fumar, y por eso presté mucha atención por si alguien iba al lavabo.
—¡Eso es! —exclamó el comisario, al parecer muy satisfecho—. Usted mismo lo acaba de decir: solo usted, únicamente usted, puede haber dejado la postal en ese lugar.
Kluge lo miraba con los ojos muy abiertos, aterrado.
—Así que después de haberlo confesado…
—¡Yo no he confesado nada, nada en absoluto! ¡Solo he dicho que en los últimos cinco minutos nadie fue al baño antes que yo! —Kluge casi gritaba.
—¡Vamos, vamos! —dijo el comisario sacudiendo la cabeza con tono de desaprobación—. No pretenderá usted retractarse de su reciente confesión, es usted un hombre demasiado sensato para eso. Me obligaría a incluir también su retractación en el expediente, y eso nunca queda bien.
Kluge lo miraba desesperado.
—Pero si no he confesado nada… —musitó con un hilo de voz.
—Ya nos pondremos de acuerdo sobre ese particular —comentó Escherich tranquilizador—. Ahora, para empezar, contésteme: ¿Quién le entregó la postal para que la colocase allí? ¿Un conocido, un amigo, o se lo pidió alguien en la calle dándole unos marcos a cambio?
—¡No, no! —volvió a gritar Kluge—. No he tenido la postal en las manos, ni siquiera la vi hasta que me la entregó su colega.
—Pero, señor Kluge, si acaba de confesar que dejó la postal en el pasillo usted mismo…
—¡No he confesado nada! ¡Yo nunca he dicho eso!
—No —repuso Escherich, acariciándose la barba para ocultar una sonrisa. Le divertía sobremanera hacer bailar un poco a ese perro cobarde y quejumbroso. Le quedaría un expediente primoroso con una poderosa sospecha… para los superiores —. No —repitió—. Usted no lo ha dicho de esa manera. Usted se ha limitado a confesar que allí no estuvo nadie salvo usted, lo cual es muy significativo.
Enno lo miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Entonces comentó con repentino cabreo:
—Eso tampoco lo he dicho. Porque también pueden haber ido al lavabo otras personas, no solo las de la sala de espera.
Volvió a sentarse. La excitación anterior y las falsas acusaciones le habían hecho levantarse de un salto.
—Pero ya no voy a declarar ni una palabra más. Exijo un abogado. Y tampoco firmaré la declaración.
—Vamos, vamos —lo apaciguó Escherich—. ¿Acaso le he pedido que la firme, señor Kluge? ¿He tomado siquiera una nota de lo que usted ha declarado? Estamos aquí sentados como dos viejos amigos, lo que hablamos no le interesa a nadie.
Se levantó y abrió de par en par la puerta de la celda.
—¿Lo ve? En el pasillo no hay nadie escuchando. ¿Y me sigue causando usted tantos problemas por una ridícula postal? Sepa que no le concedo ningún valor a dicha postal. ¡El que la ha escrito es un imbécil! Pero como la auxiliar de la consulta y mi colega han armado tanto ruido, he de tratar de esclarecer el asunto. No sea gallina, señor Kluge, dígame sencillamente: Me la entregó un hombre en la avenida Frankfurter, diciendo que quería gastarle una pequeña broma al médico. Y le pagó diez marcos por ello. Usted llevaba un billete nuevo de diez marcos en el bolsillo, lo he visto. Vea, si me cuenta eso, es usted mi hombre. No me traerá problemas y podré marcharme a casa tranquilo.
—¿Y yo? ¿Adónde iré yo? ¡A la cárcel de Plötzensee! ¡Y me habré jugado la cabeza! ¡Nooo, señor comisario, no pienso declarar eso jamás!
—Y usted, ¿adónde irá cuando yo me marche a casa? También a casa, hombre, ¿es que no lo ha comprendido todavía? ¡Es usted libre, de un modo u otro lo dejaré marchar…!
—¿De verdad, señor comisario, de verdad de la buena? ¿Puedo irme sin declarar, sin firmar nada?
—Claro que puede irse, caramba. En este preciso instante. Pero antes, reflexione un poco… —dijo dando unos toquecitos en el hombro a Kluge, quien, muy alterado, se había levantado de un salto y se giraba ya hacia la puerta—. Oiga, yo arreglaré lo de su fábrica, le haré ese favor. Se lo he prometido y yo cumplo mi palabra. Pero ahora piense un poco en mí, señor Kluge. Piense en los grandes problemas que me causará mi colega si lo dejo marchar. Irá con el cuento a mis superiores y eso me causaría serias dificultades. Sería realmente decente por su parte, señor Kluge, que me firmara lo del hombre en la avenida Frankfurter, eso no supondría riesgo alguno para usted. ¡Porque ese hombre jamás será hallado! ¿Qué me dice, señor Kluge?
La verdad es que Enno Kluge nunca en su vida había afrontado una persuasión tan insistente y suave. Dudaba. La libertad atraía y además, si no se enfrentaba a ese hombre, en la fábrica se solucionaría todo. Tenía un miedo atroz a enfrentarse a ese hombre. Porque en ese caso el poli seguiría trabajando en el caso, y un buen día le haría confesar incluso el robo en casa de la Rosenthal. Entonces Enno Kluge estaría perdido, porque el Persicke de las SS…
La verdad es que bien podía hacerle ese favor al comisario… ¿qué importaba? Era una postal ridícula, un asunto político, con el que jamás había tenido nada que ver y que no entendía. Y era cierto, jamás encontrarían al hombre de la avenida Frankfurter porque sencillamente no existía. Sí, le haría el favor al comisario y firmaría.
Pero entonces su cautela innata, su pusilanimidad, volvió a prevenirlo.
—Claro —dijo—, y en cuanto haya firmado, no me dejará libre.
—¡Vamos, vamos! —exclamó el comisario Escherich viendo ya el juego prácticamente ganado—. ¿Por esa postal inmunda y pudiendo hacerme usted un favor? Señor Kluge, como comisario y como hombre le doy a usted mi palabra de honor de que en cuanto haya firmado la declaración, quedará en libertad.
—¿Y si no la firmo?
—También quedará libre, por supuesto.
Enno Kluge se decidió.
—De acuerdo, señor comisario, firmaré para evitarle contrariedades, y también para hacerle un favor. Pero ¿no se olvidará de lo de mi fábrica?
—Quedará resuelto hoy mismo, señor Kluge. ¡Hoy mismo! Mañana déjese caer por allí, y olvídese de esas ridículas bajas médicas. Por no ir a trabajar de vez en cuando, digamos una vez por semana, nadie volverá a decirle ni una palabra después de que yo haya hablado con ellos. ¿Le parece bien, señor Kluge?
—¡Claro que sí! Le estoy muy agradecido, señor comisario.
En el curso de la conversación habían vuelto a acceder por la galería de las celdas a la habitación donde se sentaba su ayudante Schröder esperando con impaciencia el resultado del interrogatorio, y resignándose de antemano a su destino si le venía impuesto. Al entrar los dos, se levantó de un salto.
—Bueno, Schröder —dijo sonriente el comisario señalando con la cabeza a Kluge, que estaba a su lado, pequeño y temeroso porque ese poli volvía a dedicarle una mirada aterradora—. Aquí tiene a nuestro amigo. Me acaba de confesar que dejó la postal en el pasillo de la consulta, se la entregó un hombre en la avenida Frankfurter…
Del pecho del ayudante salió un sonido similar a un gemido.
—¡Truenos! —exclamó—. Pero él no puede…
—Y ahora —prosiguió impávido el comisario—, ahora redactaremos los dos aquí un breve informe, y luego el señor Kluge se irá a casa. Está libre. ¿Es cierto, señor Kluge, o no lo es?
—Sí —contestó Kluge, pero muy bajito, porque la presencia del poli reavivaba siempre sus dudas y temores.
El ayudante estaba allí con cara de pasmo. El tal Kluge no había colocado la postal, qué va, de eso estaba seguro. Y ahora el tipo estaba dispuesto a firmar lo contrario.
¡Menudo zorro estaba hecho el tal Escherich! ¿Cómo lo habría conseguido? Schröder —no sin envidia— reconoció que Escherich era muy superior a él. ¡Y después, tras semejante confesión, dejar de nuevo libre a ese tipo! ¡No entendía nada, no adivinaba nada! En fin, que por listo que se creyera, siempre había personas más listas aún.
—Escuche, colega —dijo Escherich, que ya había disfrutado bastante del desconcierto de su ayudante—, ¿podría usted ir en mi lugar a la Jefatura ahora mismo?
—A sus órdenes, señor comisario.
—Ya sabe que tengo allí ese caso… ¿cómo se llamaba?… ah, sí, el caso del Duende. ¿Lo recordará usted, verdad?
Los ojos de ambos se cruzaron y se entendieron.
—Bien, señor Schröder, irá en mi lugar a Jefatura y le dirá a mi colega Linke…, pero siéntese usted, señor Kluge, y disculpe, solo quiero decirle unas palabras a mi colega.
Se encaminó hacia la puerta en compañía de su ayudante.
—Solicite allí dos agentes —susurró—. Que vengan inmediatamente hombres expertos en tareas de vigilancia. Kluge debe ser vigilado sin interrupción desde que salga de la comisaría. Quiero un informe telefónico a mí y a la Gestapo de todas sus acciones cada dos o tres horas, según sea posible. Palabra clave: Duende. Enseñe el hombre a los dos agentes y que se releven. Regrese cuando ambos agentes estén dispuestos. Entonces permitiré que la liebrecilla inicie su carrera.
—Se hará como usted dice, comisario. ¡Heil Hitler!
La puerta se cerró, el policía se había ido. El comisario, sentándose al lado de Enno Kluge, dijo:
—¡Ya nos hemos librado de él! ¿No le cae muy bien, verdad señor Kluge?
—No tan bien como usted, señor comisario.
—¿Ha visto la cara que ha puesto cuando oyó que le dejo en libertad? ¡Menuda rabia le estará corroyendo las entrañas! Por eso lo he enviado fuera, no me hace ninguna falta para nuestro informe. Habría estado interrumpiéndonos continuamente. No pienso llamar a una mecanógrafa, prefiero escribir de mi puño y letra ese par de líneas. Porque tan solo es un acuerdo entre nosotros, para guardarme un poco las espaldas ante mis superiores por su liberación.
Y después de haber tranquilizado al pequeño cagueta, cogió la pluma y se puso a escribir. A veces decía en voz alta y clara lo que escribía (cuando escribía lo que decía en alto, lo que ni siquiera era del todo seguro en un comisario tan ducho como Escherich), otras se limitaba a murmurar. Kluge no lograba entender bien lo que decía.
Él veía solamente que no eran un par de líneas, sino que el informe se alargó tres o cuatro páginas. Pero por el momento lo que más le interesaba a Kluge no era eso, sino si de verdad lo pondrían en libertad. Miraba hacia la puerta. Con rápida decisión se levantó, se aproximó y la entreabrió…
—¡Kluge! —llamó el otro a sus espaldas, pero no en tono imperioso—. ¡Señor Kluge, por favor!
—¿Qué? —contestó este lanzando la vista atrás—. ¿Es que no puedo irme? — sonrió temeroso.
El comisario, con la pluma en la mano, lo miró sonriente.
—¿Así que vuelve a arrepentirse de lo que habíamos hablado, señor Kluge? ¿De lo que me había prometido? ¡De acuerdo, he escrito estos disparates para nada! — Apartó la pluma con energía—. Pero váyase, Kluge… ciertamente ahora me doy cuenta de que no es usted un hombre de palabra. Váyase de una vez, sé de sobra que no firmará. Y por mí, vale…
De ese modo el comisario consiguió que Enno Kluge firmase la declaración. Es más, Kluge ni siquiera exigió que antes se la leyera en voz alta y clara. Firmó sin sospechar nada.
—¿Puedo irme ya, señor comisario?
—Pues claro. Y muchas gracias, señor Kluge, ha actuado bien. Hasta la vista. Bueno, mejor que sea en otro lugar, aquí no. Oh, un momento, señor Kluge…
—¿Es que aún no puedo irme?
La cara de Kluge volvía a temblar.
—¡Desde luego que sí! ¿Sigue sin confiar en mí? ¡Es usted un hombre muy desconfiado, señor Kluge! Pero supongo que querrá llevarse su documentación y su dinero, ¿me equivoco? ¿Lo ve? Así que vamos a comprobar si todo sigue ahí, señor Kluge…
Y comenzaron a comparar: libreta de trabajo, cartilla militar, partida de nacimiento, libro de familia…
—¿Y para qué lleva usted consigo todos estos documentos? ¡Anda, que como se le pierdan!
… notificación policial, cuatro nóminas del salario…
—¡Pues no gana usted mucho dinero, señor Kluge! Ah, claro, ya veo, solo ha trabajado tres o cuatro días por semana. ¡Menudo holgazán está usted hecho!
… tres cartas…
—Nooo, déjelo, no me interesan nada.
… 37 marcos del Reich en billetes y 65 pfennig en monedas…
—Mire, aquí tenemos el billete de diez marcos que le dio ese hombre, será mejor que lo adjunte al expediente. Pero, espere, no quiero causarle ningún perjuicio, le daré diez marcos míos como compensación…
Y el comisario continuó así hasta que volvió a entrar su ayudante Schröder:
—Orden cumplida, señor comisario. Y debo comunicarle que el comisario Linke también querría hablarle del caso Duende.
—Bien, bien. Muchas gracias, colega. Ya hemos terminado. Adiós, señor Kluge. Schröder, muestre el camino al señor Kluge. Bueno, el señor Schröder lo acompañará por la comisaría. Adiós de nuevo, señor Kluge. No me olvidaré de lo de la fábrica, se lo aseguro. ¡Heil Hitler!
—Bueno, señor Kluge, pelillos a la mar —dijo Schröder, ya en la avenida Frankfurter, tendiéndole la mano—. Ya sabe, el trabajo es el trabajo y a veces tenemos que proceder con cierta rudeza. Pero enseguida volví a quitarle las esposas. ¿Le molesta todavía el golpe que le propinó el agente?
—No, nada. Lo comprendo… Perdone las molestias que le he ocasionado, señor comisario.
—Pues nada, lo dicho, ¡Heil Hitler, señor Kluge!
—¡Heil Hitler, señor comisario!
Y el pequeño y delgado Enno Kluge echó a andar. Caminaba por la avenida Frankfurter a trote lento entre la gente, mientras el ayudante Schröder lo seguía con la vista. En cuanto se convenció de que los dos hombres asignados salían tras sus pasos, hizo una inclinación de cabeza y regresó a la comisaría.