Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 42 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 42

PERSICKE, EL VIEJO CAMARADA DEL PARTIDO

 

El soplón del comisario Zott, un tal Klebs, tenía que recorrer la calle Jablonski en busca de un hombre viejo que vivía solo cuya detención tanto interesaba a la Gestapo. En el bolsillo llevaba una lista en la que se mencionaba a un camarada del Partido de confianza en cada edificio delantero y a ser posible también en cada uno de los traseros. En esa lista figuraba el nombre de Persicke.

Si en la Gestapo concedían enorme importancia a la detención de este hombre, para el soplón Klebs se trataba de un asunto rutinario. Bajo, mal pagado y mal alimentado, con las piernas torcidas, la piel sucia y los dientes con caries, Klebs recordaba a una rata, y llevaba a cabo sus negocios igual que la rata escarba en los toneles de basura. Siempre estaba dispuesto a aceptar un bocadillo, a mendigar bebida o cigarrillos y, en ese pordioseo, su voz quejumbrosa, chillona, adquiría una suave calidad sibilante, como si el desgraciado estuviera dando el último suspiro.

En casa de los Persicke le abrió el viejo. Tenía pinta de abandono, el pelo gris desgreñado, la cara hinchada, los ojos rojos y toda su persona oscilaba y se balanceaba como un barco en medio de una turbulenta tempestad.

—¿Qué quieres?

—Solo una pequeña información, para el Partido.

Porque a esos soplones les estaba terminantemente prohibido remitirse a la Gestapo en sus averiguaciones. Todas las preguntas tenían que parecer un informe carente de importancia sobre un miembro del Partido.

Pero incluso ese dato inocente del «informe para el Partido» cayó sobre el viejo Persicke como un puñetazo en el estómago. Gimiendo, se apoyó contra la jamba de la puerta. Su estúpido cerebro, nublado por las emanaciones del alcohol, recuperó por un instante una pizca de conciencia y —con ella— el miedo.

Después se incorporó.

—Pasa —invitó.

La rata lo siguió en silencio. Observaba al viejo con ojos vivos y agudos. Nada se le pasaba por alto.

La salita estaba desordenada. Sillas caídas, botellas volcadas bajo cuyos golletes se evaporaba un aguardiente hediondo. Una manta arrugada en el suelo. Un mantel arrancado bruscamente. Debajo del espejo, que exhibía una telaraña de rajas producidas por un golpe, un montón de fragmentos de cristal. Una cortina corrida y otra arrancada. Y por doquier colillas y más colillas, paquetes de tabaco a medio terminar.

Los dedos de ladrón del soplón Klebs se estremecían. Le habría encantado arramblar con el aguardiente, el tabaco, las colillas y hasta el reloj de bolsillo que asomaba por ese chaleco que colgaba de una silla. Pero ahora era un mero enviado de la Gestapo o del Partido. Así que se sentó en una silla muy buenecito y gorjeó, contento:

—¡Caramba, aquí sí que hay bebida y tabaco! ¡Qué bien vives, Persicke!

El viejo le dirigió una mirada turbia y obnubilada. Después, de golpe, empujó por encima de la mesa hacia su visitante una botella mediada de aguardiente… Klebs consiguió cogerla por los pelos antes de que volcase.

—¡Búscate algo para fumar! —murmuró Persicke acechando a su alrededor—. Por aquí tiene que haber algo. —Y con lengua pastosa añadió—: Pero no tengo fuego.

—No te preocupes, Persicke —lo tranquilizó Klebs con voz sibilante—. Ya encontraré lo que necesite. En la cocina tendrás gas y un encendedor.

Se comportaban como si se conocieran desde hacía una eternidad. Como si fueran viejos amigos. Con absoluta naturalidad caminó sobre sus piernas torcidas hasta la cocina que, con la vajilla destrozada y los muebles volcados, tenía peor aspecto que la sala. En medio de todo ese barullo encontró el encendedor de gas y prendió un cigarrillo.

Se guardó tres cajetillas empezadas. Una de ellas estaba bañada en aguardiente, pero ya se secaría. A su regreso, Klebs miró en las otras dos habitaciones, todo parecía completamente devastado y echado a perder. Klebs sospechó enseguida que el viejo estaba solo en el piso. El confidente se frotó las manos satisfecho, exhibiendo a la vez sus dientes amarillo negruzcos. A ese le sacaría algo más que un poco de aguardiente y unos cuantos cigarrillos.

El viejo Persicke continuaba sentado a la mesa en la misma silla, igual que lo había dejado Klebs. Pero el astuto soplón se dio cuenta de que entretanto el viejo debía de haberse levantado, pues ahora tenía ante él una botella de aguardiente mediada.

Así que en algún sitio tiene más. ¡Ya lo averiguaremos!

Klebs se sentó en su silla con un gemido placentero, proyectó hacia el rostro de su interlocutor una nube de humo, dio un trago de la botella y preguntó con tono inocente:

—A ver, Persicke, ¿qué oprime tu corazón? ¡Suéltalo todo, colega, ábreme tu corazón! Y nada de mentiras, o te fusilarán.

El viejo tembló al escuchar las últimas palabras. No acertó a discernir en qué contexto habían sido pronunciadas. Lo único que entendió fue que se habló de fusilar.

—¡No, no! —murmuró amedrentado—. Nada de fusilar. Ya vendrá Baldur y lo arreglará todo.

Por el momento la rata de Klebs no intentó aclarar quién era Baldur, ese que lo arreglaría todo.

—Persicke, no sé si podrás volver a arreglarlo —aventuró, cauteloso, mientras lanzaba una ojeada al rostro del otro que lo miraba, eso le pareció, sombrío y enfurecido—. Pero bueno, cuando venga Baldur… —añadió conciliador.

El viejo continuaba clavándole la vista en silencio. De pronto, en uno de esos momentos de lucidez de los que disfrutan de vez en cuando los que viven en una borrachera continua, preguntó sin balbucear:

—¿Quién es usted en realidad? ¿Qué quiere de mí? ¡No lo conozco de nada!

La rata miró con mucho cuidado al que se había despejado de una forma tan repentina. En esas fases, los borrachos solían volverse pendencieros y agresivos, y Klebs no era más que un alfeñique (y además cobarde), mientras que al viejo Persicke se le notaba incluso ahora, en la etapa más degenerada, que había entregado a su Führer dos gallardos hombres de las SS y un alumno de la Napola.

Klebs, cambiando de actitud, contestó:

—Ya se lo he dicho, señor Persicke. Quizá no me ha entendido bien. Me llamo Klebs y el Partido me ha encargado hacer ciertas averiguaciones…

El puño de Persicke retumbó sobre la mesa. Las dos botellas se tambalearon… Klebs las salvó con rápido gesto.

—¡Perro! —gritó Persicke—. ¿Cómo se te ocurre decir que no he entendido? ¿Acaso te crees más listo que yo, mofeta apestosa? ¡Me sueltas en mi propia casa y en mi propia mesa que no puedo entender lo que dices, cerdo asqueroso!

—¡No, no, no, señor Persicke! —susurró tranquilizadora la rata—. No lo he dicho con esa intención. Ha sido un pequeño malentendido. Haya paz. Amistad y tranquilidad, siempre… ¡entre viejos camaradas como nosotros!

—¿Dónde está tu carné? ¿Cómo se te ocurre presentarte en mi casa sin enseñar el carné? ¡Ya sabes que el Partido lo prohíbe!

Pero en este punto Klebs no temía nada: la Gestapo le había proporcionado una documentación legal, óptima, irreprochable.

—Aquí tiene, señor Persicke, examínelo sin prisas. Todo está en regla. Estoy autorizado a solicitar información y usted debe ayudarme, si puede…

El viejo examinaba con ojos vidriosos la documentación que le mostraba. Klebs se guardó muy mucho de entregársela. Las letras se difuminaban ante sus ojos mientras daba golpecitos con dedos torpes:

—¿Este es usted?

—¡Compruébelo usted mismo, señor Persicke! Todos dicen que he salido parecidísimo en la foto. —Y vanidoso—: Solo que en persona parezco diez años más joven. No lo sé, no soy presumido. Jamás me miro al espejo.

—Guárdate eso —gruñó el antiguo tabernero—. Ahora no me apetece leer. Siéntate, bebe aguardiente, fuma, pero cállate. Necesito pensar.

La rata hizo lo que se le ordenaba mientras observaba con atención al hombre que tenía enfrente y que parecía sumido de nuevo en su embriaguez.

Sí, la lucidez había abandonado al viejo Persicke, que, tras dar un buen trago de su botella, había vuelto a caer irremisiblemente en la vorágine de la borrachera. Lo que llamaba pensar eran cavilaciones desvalidas, la búsqueda de algo que había perdido hacía mucho tiempo. Ni siquiera sabía lo que buscaba.

El viejo se encontraba en mala situación. Primero uno de sus hijos había sido enviado a Holanda, después otro a Polonia. Baldur había sido destinado a una Napola, ese granuja ambicioso había conseguido su primer objetivo: había sido elegido entre los primeros de la nación alemana, era un alumno especial del propio Führer. Seguía aprendiendo, aprendía a dominar, no precisamente a sí mismo, pero sí a todas las demás personas que no habían llegado tan lejos como él.

El padre se había quedado solo con la mujer y la hija. Siempre le había gustado demasiado empinar el codo, y de hecho el mejor cliente de su taberna antes de la quiebra había sido el mismo Persicke. Cuando los hijos se fueron, cuando faltó sobre todo la vigilancia de Baldur, Persicke empezó a beber y a emborracharse. Al principio su mujer sintió inquietud; bajita, asustadiza, llorosa en ese hogar de hombres en el que siempre había sido una criada gratuita y muy mal tratada, la invadió el miedo al preguntarse de dónde sacaría su marido el dinero para tanto aguardiente. A ello se añadió el temor a las amenazas, al maltrato del borracho… y en secreto huyó a casa de unos parientes dejando al padre a cargo de la hija.

La hija, un ser inculto, que había pasado por la Asociación de Jóvenes Alemanas, de la que incluso había sido dirigente, no tuvo la menor intención de limpiar la mugre del viejo y encima permitir que la maltratara. Gracias a sus relaciones se procuró un puesto de guardiana en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück y, con feroces pastores alemanes y chasqueando la fusta, prefirió obligar allí a ancianas que en su vida habían realizado un trabajo físico a trabajar más de lo que su cuerpo podía soportar.

El padre, que se había quedado solo, se fue hundiendo cada vez más. Se dio de baja por enfermedad en su oficina, nadie se encargaba de su comida, vivía casi exclusivamente de alcohol. Los primeros días había ido de vez en cuando a recoger el pan con sus cupones de racionamiento, pero los había perdido o se los habían robado; hacía días que Persicke no probaba bocado.

La noche pasada había estado muy enfermo, eso sí lo recordaba. Ya no sabía que se había puesto fuera de sí, hecho trizas la vajilla, volcado armarios, que, atenazado por un pánico atroz, había visto perseguidores por todas partes. Los Quangel y el viejo juez Fromm se habían presentado ante su puerta y habían llamado al timbre sin parar. Pero él no se había movido, se había guardado de abrir a sus perseguidores. Allí fuera solo estaban los mensajeros del Partido que querían que les entregara las cuentas de la caja, pues faltaban más de tres mil marcos (aunque cabía la posibilidad de que fueran seis mil, ni siquiera en los momentos de mayor lucidez acertaba a precisarlo con exactitud).

El viejo juez del Tribunal Cameral dijo fríamente:

—Dejémoslo que siga con su alboroto. No tengo el menor interés…

Su rostro siempre tan amable, por lo general levemente irónico, ofrecía un aspecto gélido. El anciano caballero había bajado por la escalera.

Y Otto Quangel, con su profunda aversión a verse mezclado en algo, también había dicho:

—¿Por qué tenemos que mezclarnos en esto? ¡Solo nos dará quebraderos de cabeza! ¡Ya lo oyes, Anna, está borracho! Pues ya se le pasará la curda.

Sin embargo, a Persicke, que al día siguiente apenas recordaba ninguno de estos acontecimientos, no se le había pasado la borrachera. Por la mañana se había sentido muy mal, le temblaban tanto los miembros que apenas acertaba a llevarse el gollete a la boca. Pero cuanto más aguardiente bebía, más disminuían el temblor y el miedo que aún lo acometían a intervalos. Ya solo lo atormentaba la vaga sensación de que había olvidado algo que debía recordar a toda costa.

Y ahora se sentaba frente a él la rata, paciente, astuta, ávida. La rata no tenía prisa, había visto su oportunidad y estaba decidida a aprovecharla. La rata Klebs no tenía prisa por entregar su informe al comisario Zott. A ese siempre le podías colar algún pretexto para justificar por qué no habías avanzado más. Se le había presentado una oportunidad única que no podía dejar escapar.

¡Y Klebs ciertamente no la dejó escapar! El viejo Persicke se sumía en una embriaguez cada vez más profunda, y balbuceaba con esfuerzo, pero hasta el informe de un balbuceante tenía su valor.

Al cabo de una hora Klebs sabía todo lo que necesitaba saber sobre los desfalcos del viejo; sabía también dónde estaban las botellas de aguardiente y el tabaco… para entonces el resto del dinero había pasado ya a su bolsillo.

Ahora la rata es ya el mejor amigo del borracho. Lo ha llevado a la cama; y cuando Persicke grita, Klebs corre a su lado y le da a beber aguardiente hasta que deja de gritar. Mientras tanto, la rata mete en dos maletas todo lo que le parece aprovechable. La hermosa ropa adamascada de la difunta señora Rosenthal cambia de dueño, una vez más con métodos no del todo legales.

Tras dar mucho de beber al viejo, Klebs coge las maletas y abandona furtivamente la vivienda.

Al abrir la puerta de entrada, aparece ante él un hombre alto y huesudo de expresión sombría que le espeta:

—¿Qué hace usted aquí, en el piso de los Persicke? ¿Qué es lo que se lleva? ¡Usted ha venido sin maletas! Vamos, conteste de una vez. ¿O prefiere acompañarme a la policía?

—Por favor, acérquese —pía, humilde, la rata—. Soy un viejo amigo y camarada del señor Persicke. Él se lo confirmará. Usted es el administrador del edificio, ¿verdad? Preste atención, señor administrador, mi amigo Persicke está muy enfermo…