Solo en Berlín
Capítulo 69
LA DECISIÓN MÁS DURA DE ANNA QUANGEL
Anna Quangel lo pasó peor que su marido: era una mujer. Añoraba cambiar impresiones, simpatía, una pizca de ternura… y ahora siempre estaba sola, de la mañana a la noche, ocupada desenredando y devanando sacos de cordeles que llevaban a su celda. Pese a las escasas palabras y manifestaciones solidarias que su marido le había tributado, esas minucias le parecían ahora un paraíso, es más, la presencia incluso de un Otto mudo habría sido una bendición para ella.
Lloraba mucho. El duro y largo arresto en la celda de castigo le había arrebatado un poco de la fuerza que había vuelto a avivarse al ver a Otto y que tan fuerte y valiente la había hecho durante el juicio. Había pasado mucha hambre y mucho frío, también ahora, en su desnuda celda individual. Ella no podía mejorar el magro menú con guisantes crudos como su marido, no había aprendido a dividir con inteligencia el día como él, a imprimirle un ritmo cambiante que hiciera esperar todavía algo parecido a la alegría: una hora de paseo después del trabajo o la satisfacción por el cuerpo recién lavado.
Anna Quangel también había aprendido a acechar de noche por la ventana de su celda. Mas no se asomaba de vez en cuando, sino todas las noches. Y susurraba, hablaba junto a la ventana, contaba su historia, preguntaba una y otra vez por Otto, por Otto Quangel… ¿Ay, Dios mío, pero es que de verdad nadie sabía allí dónde estaba Otto, cómo se encontraba, Otto Quangel, sí, un viejo jefe de taller, pero todavía fuerte, de tal y cual aspecto, cincuenta y tres años…? ¡Tenían que saberlo!
No se daba cuenta, o no quería dársela, de que importunaba a los demás con sus preguntas eternas, su relato desmedido. Allí todos tenían sus propias preocupaciones.
—¡Oye, tú, la 76, cierra el pico de una maldita vez, que nos sabemos todo lo que cuentas!
O también:
—¡Ahí está esa otra vez a vueltas con su Otto, que si Otto por aquí, que si Otto por allá… ¿Eh?!
O con toda dureza:
—¡Como no cierres el pico de una vez, te denunciaremos! ¡Que también hay otras que quieren que les toque el turno!
Y cuando Anna Quangel, ya muy entrada la noche, se metía al fin debajo de su manta para dormirse mucho más tarde, a la mañana siguiente no lograba hacer nada a tiempo. La guardiana la regañaba y la amenazaba con un nuevo arresto. Se ponía tarde a trabajar, demasiado tarde. Tenía que apresurarse y arruinaba cualquier éxito derivado de su prisa porque creía haber oído un sonido en el corredor y se ponía a escuchar pegada a la puerta. Durante media hora, una hora. Ella, que había sido una mujer tranquila, afable, maternal, se transformó de tal modo durante su incomunicación que todos se enfadaban con ella. Como les daba mucho trabajo a las guardianas, discutía mucho con ellas, estas se mostraban antipáticas con ella; afirmaba que le daban menos comida y la peor, pero el máximo trabajo. Ya en un par de ocasiones se había acalorado tanto en estas disputas que empezó a gritar, simplemente a gritar como una loca.
Entonces ella misma se detenía asustada. Pensaba en el camino que había recorrido hasta llegar a esa desnuda celda de la muerte, pensaba en su hogar de la calle Jablonski, que nunca volvería a ver, recordaba a su hijo Otto, cómo iba creciendo, su parloteo infantil, las primeras preocupaciones escolares, la manita gris que le tocaba la cara con torpe ternura… ay, esa mano infantil que se había hecho carne en su vientre, con su sangre, hacía mucho que había retornado a la tierra, la había perdido para siempre. Pensó en las noches que Trudel había yacido a su lado en la cama, cuando, el joven cuerpo en la flor de la vida cerca del suyo, habían conversado en susurros durante horas, sobre el padre severo que dormía al otro lado, sobre su hijo Otto y sus perspectivas de futuro. Pero también Trudel se había perdido.
Y después pensaba en el trabajo común con Otto, en la lucha que habían librado ambos durante más de dos años en completo silencio. Le venían a la memoria los domingos, cuando se sentaban juntos en la salita junto a la mesa, ella en la esquina del sofá, zurciendo calcetines, y él en su silla, con sus útiles de escribir ante sí, formulando juntos frases, entregándose unidos a ensoñaciones del gran éxito que obtendrían. ¡Perdido, acabado, todo perdido, todo acabado! Sola en la celda, ante ella ya solo la cercana muerte segura, sin una palabra de Otto, quizá sin volver a ver su rostro nunca más… sola para morir, sola en la tumba…
Durante horas recorre la celda arriba y abajo, no lo soporta. Ha olvidado su trabajo, los ovillos de cordel continúan anudados y desordenados en el suelo, los aparta de un empujón con el pie, impaciente… y cuando la guardiana abre la celda por la noche no hay nada hecho. Le dirige palabras duras, pero Anna no las escucha, que hagan con ella lo que quieran, que la ejecuten deprisa… ¡tanto mejor!
—Recordad lo que os digo —advierte la vigilante a sus colegas—. Esa está a punto de perder la cabeza, tened siempre preparada una camisa de fuerza. Y mirad con frecuencia dentro de su celda, que es muy capaz de ahorcarse en pleno día, esa se va a ahorcar en menos que canta un gallo, y después los problemas serán para nosotras.
Pero la guardiana no tiene razón: Anna Quangel no piensa en ahorcarse. Lo que la mantiene viva, lo que hace que incluso esa existencia abyecta le parezca digna de vivirse es pensar en Otto. Ella no puede marcharse de aquí, tiene que esperar, a lo mejor recibe una noticia de él, a lo mejor hasta le permiten volver a verlo una vez más antes de morir.
Y entonces, un día cualquiera de esos días tristes, la suerte parece sonreírle. Una guardiana abre de pronto la puerta de la celda:
—Acompáñeme, Quangel. Tiene visita.
¿Visita? ¿Quién va a visitarme aquí? Si no tengo a nadie que pueda venir a verme. ¡Será Otto! ¡Tiene que ser Otto! ¡Siento que es Otto!
Lanza una mirada a la guardiana, le encantaría preguntarle por su visitante, pero discute continuamente con ella, no puede preguntarle a esa mujer. La sigue, todo su cuerpo temblando, no ve nada, no sabe adónde van, ya no recuerda que morirá pronto… solo sabe que va a ver a Otto, la única persona del mundo que…
La guardiana entrega la prisionera 76 a un sargento primero, la conducen a una habitación dividida en dos mitades por una reja, al otro lado de la reja hay un hombre.
Toda la alegría de Anna Quangel se esfuma al ver a ese hombre. No es Otto, es solo el viejo juez del Tribunal Cameral Fromm. Ahí está el hombrecillo, mirándola con sus ojos azules rodeados por una coronita de arrugas.
—Quería saber cómo se encuentra, señora Quangel —dice.
El vigilante, situado junto a la reja, contempla meditabundo a ambos. Después se vuelve, aburrido, y se encamina hacia la ventana.
—¡Deprisa! —susurra el juez tendiéndole algo a través de la reja.
Ella, instintivamente, lo coge.
—¡Guárdeselo! —susurra el anciano.
Anna oculta el rollito blanco.
Una carta de Otto, piensa, y su corazón vuelve a latir con más libertad. La desilusión ha quedado superada.
El funcionario se ha vuelto de nuevo y los mira desde la ventana.
Al fin Anna encuentra unas palabras. En lugar de saludar al juez del Tribunal Cameral, le hace la única pregunta del mundo que todavía le interesa:
—¿Ha visto a Otto, señor juez?
El anciano caballero mece de un lado a otro su inteligente cabeza.
—En los últimos tiempos, no —contesta—. Pero he sabido por amigos que se encuentra bien, muy bien. Se conserva de maravilla.
Reflexiona, y añade tras una breve vacilación:
—Creo que puedo transmitirle saludos de su parte.
—Gracias —musita ella—. Muchas gracias.
Al decir estas palabras numerosas sensaciones diferentes la asaltan. Si no lo ha visto, tampoco puede tener una carta suya. Pero no, él habla de amigos; ¿habrá recibido una carta por mediación de esos amigos? Y las palabras: Se conserva de maravilla, le producen orgullo y felicidad… ¡Y ese saludo de su parte, ese saludo entre las celdas de hierro y piedra, esa primavera entre muros! ¡Qué maravilla, qué maravilla, la vida es maravillosa!
—Pero usted no tiene buen aspecto, señora Quangel —dice el viejo juez.
—¿De veras? —responde un poco asombrada, ausente—. Pues estoy bien. Muy bien. Dígaselo a Otto. ¡Dígaselo, por favor! No se olvide de saludarlo de mi parte. Porque lo verá, ¿no?
—Creo que sí —responde vacilante.
¡Es tan meticuloso el menudo y probo caballero! La más mínima insinceridad con esta moribunda le repugna. ¡Ella no adivina qué artimañas ha tenido que emplear, qué intrigas maquinar, para obtener ese permiso de visita! Para el mundo Anna Quangel está muerta… ¿acaso se puede visitar a los muertos?
Pero no se atreve a comunicarle que no volverá a ver en esta vida a Otto Quangel, que no sabe nada de él, que acaba de mentirle al transmitirle sus saludos para infundir un poco de valor a esa mujer completamente vencida. Y es que a veces es preciso mentir a los moribundos.
—¡Ah! —exclama de pronto muy animada, y… ¡fíjate!… sus pálidas mejillas hundidas se sonrojan—. Cuando lo vea, dígale a Otto que pienso en él cada día, cada hora, y tengo la seguridad de que volveré a verlo antes de morir…
El vigilante, desconcertado, mira un instante a la mujer entrada en años que habla igual que una joven enamorada. ¡La paja vieja es la que más arde!, piensa antes de regresar junto a la ventana.
Anna no se ha dado cuenta de esto, y continúa, febril:
—Y dígale también a Otto que tengo una celda muy bonita para mí sola. Que estoy bien. Pienso siempre en él, y así soy feliz. Sé que nada podrá separarnos nunca, ni muros, ni rejas. Estoy a su lado, todas las horas, de día y de noche. ¡Dígaselo!
Miente, ¡oh, cómo miente!, para decirle solo cosas buenas a su Otto. Quiere darle paz, esa paz que ella no ha disfrutado ni un instante desde que está en esa casa.
El juez del Tribunal Cameral echa una ojeada de reojo al vigilante que mira por la ventana, y susurra:
—No pierda lo que le he dado. —Porque la señora Quangel parece como si se hubiera olvidado del mundo entero.
—No, no perderé nada, señor juez. —Y de repente, añade en voz baja—: ¿Qué es?
—Veneno, su marido también lo tiene —responde él, bajando aún más la voz.
Ella asiente con la cabeza.
El funcionario junto a la ventana se vuelve.
—Aquí solo se puede hablar en voz alta —dice en tono de advertencia—, de lo contrario se acabó la conversación. De todos modos —consulta su reloj— el tiempo de visita finaliza dentro de minuto y medio.
—Sí —dice la mujer pensativa—. Sí. —Y de repente sabe cómo debe decirlo. Pregunta—: ¿Cree usted que Otto se irá pronto de viaje… antes de su gran viaje? ¿Lo cree?
Su rostro expresa ahora una inquietud tan dolorosa que incluso el obtuso funcionario se da cuenta de que se refiere a cosas muy distintas a lo que dice. Por un momento quiere intervenir, pero después mira a esa mujer de edad y a ese caballero de perilla blanca, que según el volante de visita es juez del Tribunal Cameral… y el funcionario sufre un arrebato de magnanimidad y vuelve a mirar por la ventana.
—Bueno, es difícil de precisar —contesta el consejero, cauteloso—. Ahora se ha puesto muy difícil viajar. —Y muy deprisa, musita—: Espere usted al último minuto, a lo mejor puede verlo antes. ¿De acuerdo?
Ella asiente dos veces.
—Sí —contesta en voz alta—. Seguro que es lo mejor.
A continuación ambos se quedan mudos, de repente perciben que ya no tienen nada que decirse. Es el fin. Se acabó.
—Bueno, creo que debo irme —observa el viejo juez.
—Sí —responde ella en voz muy baja—, creo que ya es hora.
Y de pronto —el guardián se ha dado la vuelta y los mira intimidándolos con el reloj en la mano— a la señora Quangel le da un arrebato. Aprieta el cuerpo contra la reja y susurra con la cabeza pegada a los barrotes:
—Por favor, por favor… usted quizá sea la última persona decente del mundo. ¡Por favor, señor juez, deme un beso! Cerraré los ojos, creeré que es Otto…
¡Zorra!, piensa el guardián. ¡La van a ejecutar y aún le apetece…! Y eso que es una vieja…
Pero el viejo juez contesta con voz suave y amable:
—No tenga miedo, niña, no tenga miedo…
Y sus viejos labios finos rozan con suavidad la boca seca y agrietada de la mujer.
—No tenga miedo, niña. Tiene la paz consigo…
—Lo sé —susurra ella—. Muchas gracias, señor juez.
Después vuelve a estar en su celda, los cordeles están tirados desordenadamente por el suelo y camina de un lado a otro, empujándolos impaciente con el pie hacia los rincones, como en sus días peores. Ha leído la nota, la ha comprendido. Ahora sabe que Otto y ella disponen de un arma, pueden abandonar en cualquier momento esta vida lamentable, si se torna demasiado insoportable. Ya no tiene que dejarse atormentar, ahora, en este mismo minuto, cuando todavía conserva un poso de felicidad por la visita, puede ponerle fin.
Camina, habla consigo misma, ríe, llora.
Las guardianas escuchan pegadas a la puerta.
—Ahora empieza a volverse loca de verdad —dicen—. ¿Está preparada la camisa de fuerza?
La mujer de dentro no se entera de nada de eso, libra su combate más duro. Ve de nuevo ante ella al anciano juez Fromm, estaba muy serio cuando le ha recomendado esperar hasta el último minuto, pues a lo mejor lograba volver a encontrarse con su marido.
Y ella se ha mostrado de acuerdo con él. Claro que es lo acertado, tiene que esperar, tener paciencia, a lo mejor todavía dura meses. Pero aunque sean apenas unas semanas, qué dura es la espera. Porque se conoce, volverá a desesperarse, a llorar mucho, a sumirse en la tristeza, son todos tan duros con ella, nunca una palabra amable, nunca una sonrisa. El tiempo le resultará insoportable. Solo necesita jugar un poco, con la lengua y con los dientes, aún no va en serio, solo ensaya un poco, y ya habrá sucedido. ¡Se lo han puesto fácil… se lo han puesto tan fácil!
Eso es. En algún momento será débil, lo hará, y en el instante en que lo haya hecho, en ese pequeñísimo instante entre el hecho y la muerte lo lamentará como no ha lamentado nada en su vida: se habrá privado de la posibilidad de volver a ver a Otto por haber sido cobarde y débil. Le llevarán la noticia de su muerte y él sabrá que ella lo ha abandonado, que lo ha traicionado, que ha sido cobarde. Y la despreciará, él, cuyo respeto es lo único en el mundo que tiene algún valor para ella.
No, tiene que destruir en el acto ese infortunado tubo de cristal. Mañana temprano puede ser demasiado tarde, quién sabe con qué estado de ánimo se despertará mañana.
Pero de camino hacia el cubo se detiene…
Y reanuda sus paseos. De repente ha recordado que tiene que morir y cómo. Porque ha oído en esa cárcel en sus conversaciones de la ventana que no es la horca lo que la espera, sino la guillotina. Le han descrito de buen grado cómo la atarán encima de la mesa, tumbada boca abajo mirará fijamente una cesta medio llena de serrín, sobre el cual caerá su cabeza al cabo de pocos segundos. Descubrirán su cuello, y sobre ese cuello notará el frío de la guillotina antes incluso de que esta empiece a caer. Después el zumbido se irá intensificando poco a poco, atronará en sus oídos como las trompetas del Juicio Final y después su cuerpo se habrá convertido en algo que se contrae convulso, cuyo cuello cortado expulsa gruesos chorros de sangre mientras dentro del cesto la cabeza quizá clave los ojos en el cuello que arroja sangre y aún sea capaz de ver, de sentir, de sufrir…
Así se lo contaron, y así se lo ha imaginado cientos y cientos de veces, y con ello ha soñado alguna que otra vez, ¡y un simple mordisco al tubito de cristal puede liberarla de todos esos horrores! ¿Debe olvidar eso, tiene que renunciar a esa liberación? Cuenta con la posibilidad de elegir entre una muerte fácil y una muerte dura… ¿ha de elegir la muerte dura únicamente por miedo a mostrarse débil, a morir delante de Otto?
Sacude la cabeza, no, nunca será débil. Claro que puede esperar hasta el último minuto. Quiere volver a ver a Otto. Resistió el miedo que la invadía siempre que Otto depositaba las postales, resistió el susto de la detención, soportó las torturas del comisario Laub, se sobrepuso a la muerte de Trudel… ¡así que será capaz de esperar unas semanas, unos meses! Lo ha soportado todo… y también soportará eso. Como es natural, debe guardar el veneno hasta el último minuto.
Camina arriba y abajo, arriba y abajo.
Pero la decisión que acaba de tomar no le brinda ningún alivio. De nuevo comienza la duda, la lucha consigo misma, y decide destruir el veneno ahora, inmediatamente, en el acto, pero tampoco lo hace.
Entretanto ha caído la tarde y se ha hecho de noche. Han sacado de la celda el trabajo sin hacer y le han comunicado que le quitarán el jergón durante una semana por su pereza y que pasará una semana a pan y agua. Pero apenas ha escuchado. ¿Qué le importa lo que digan?
Su sopa de la cena está sin tocar encima de la mesa, y ella sigue yendo de un lado a otro, mortalmente cansada, incapaz de ningún pensamiento lúcido más, presa de la duda: ¿Debo… no debo?
Ahora su lengua juega con el tubito de veneno en la boca, sin saber bien cómo, sin quererlo de verdad, coloca sus dientes con suavidad, con mucha suavidad sobre el cristal, los dientes muerden un poco con sumo cuidado…
Y a toda prisa se saca el cristal de la boca. Camina y ensaya, ya no sabe lo que hace… y fuera está preparada para ella la camisa de fuerza…
Entonces de pronto, ya muy entrada la noche, descubre que yace sobre su catre de madera, sobre las duras tablas, tapada con la delgada manta. Su cuerpo tiembla de frío. ¿Ha dormido? ¿Sigue allí el tubito? ¿Se lo habrá tragado? ¡Ya no lo tiene en la boca!
Se incorpora loca de miedo, se sienta… y sonríe. Ahí está… en su mano. Lo ha mantenido en el hueco de la mano durante el sueño. Sonríe, está salvada. No tendrá que morir de la otra muerte espantosa…
Y mientras está sentada aterida de frío, piensa en que a partir de ese momento tendrá que librar cada día esa terrible lucha entre voluntad y debilidad, entre cobardía y valor. Y qué incierto es el desenlace de dicha lucha…
Y a través de la duda y la desesperación oye una voz suave y bondadosa: No tenga miedo, niña, no tenga miedo…
De pronto Anna Quangel sabe: ¡Lo decidiré ahora! ¡Ahora tengo la fuerza!
Se desliza hacia la puerta, escucha fuera hacia el corredor. Los pasos de la guardiana se aproximan. Ella se sitúa en la pared de enfrente, cuando nota que la observan por la mirilla comienza a caminar despacio de un lado a otro. No tenga miedo, niña…
Solo cuando está completamente segura de que la guardiana ha reanudado la marcha, trepa a la ventana.
—¿Eres tú, 76? ¿Has tenido visita hoy? —pregunta una voz.
No responde. Jamás volverá a responder. Con una mano se agarra a la pantalla de oscurecimiento, asoma la otra fuera, con el tubito entre los dedos. Lo aprieta contra la pared de piedra, siente cómo se rompe su fino cuello. Deja caer el veneno al fondo del patio.
Cuando vuelve a estar dentro de la celda se huele los dedos: desprenden un fuerte olor a almendras amargas. Se lava las manos y se tumba en la cama. Está mortalmente cansada, tiene la impresión de haber escapado de un grave peligro. Se duerme deprisa. Duerme muy profundamente y no sueña. Se despierta reanimada.
A partir de esa noche, 76 no volvió a dar ningún motivo de crítica. Fue tranquila, alegre, trabajadora, amable.
Apenas pensaba ya en su dura muerte, solo pensaba en que tenía que hacer honor a Otto. A veces, en las horas tristes, volvía a oír la voz del viejo juez del Tribunal Cameral Fromm: No tenga miedo, niña, no tenga miedo.
No lo tuvo. Nunca más.
Lo había superado.