Solo en Berlín
Capítulo 18
SE ESCRIBE LA PRIMERA POSTAL
El resto de la semana transcurrió sin acontecimientos relevantes y así llegó otro domingo, ese domingo en el que Anna Quangel esperaba mantener con Otto la conversación tan ansiosamente esperada y tan largamente demorada sobre los planes de este. Él se había levantado tarde, pero se mostraba de buen humor y tranquilo. A veces ella le lanzaba una rápida ojeada de soslayo, estimulándolo, pero parecía no darse cuenta, comía el pan masticando despacio mientras removía el café.
A Anna le costó retirar los platos. Pero esta vez no le tocaba a ella iniciar la conversación. Él le había prometido que esa conversación tendría lugar el domingo y mantendría su palabra, cualquier presión por su parte habría parecido apremiante.
Así que se levantó con un ligero suspiro y llevó las tazas y los platos a la cocina. Cuando regresó a por la cestita del pan y la cafetera, su marido, arrodillado delante de un cajón de la cómoda, rebuscaba en su interior. Anna Quangel no lograba recordar su contenido. No podía ser más que trastos viejos olvidados hacía mucho tiempo.
—¿Buscas algo concreto, Otto? —preguntó con el típico gracejo berlinés.
Él se limitó a proferir un gruñido, así que la mujer se retiró a la cocina a fregar los platos y preparar la comida. Él se negaba. ¡Otra negativa más! Estaba más convencida que nunca de que maquinaba algo y ella lo ignoraba por completo, pero tenía que saberlo.
Más tarde, cuando volvió a entrar en la sala para sentarse a su lado a pelar patatas, lo encontró sentado a la mesa despojada del mantel, el tablero estaba lleno de cuchillos de tallador y pequeñas virutas cubrían ya el suelo a su alrededor.
—Pero ¿qué estás haciendo, Otto? —preguntó estupefacta.
—Comprobar si aún sé tallar —respondió.
Ella sentía una cierta irritación. Aunque Otto no era un gran conocedor del alma humana, debía de tener una ligera idea de en qué estado se encontraba, con cuánta impaciencia esperaba cualquier comunicación suya. Y ahora había sacado el cuchillo de tallar de sus primeros años de matrimonio y se dedicaba a labrar la madera igual que entonces, cuando su eterno silencio la sumía en la desesperación. Entonces todavía no estaba tan acostumbrada a su mutismo como en la actualidad, pero hoy, precisamente hoy, habituada ya, le resultaba totalmente insoportable. ¡Tallar, cielo santo, eso era todo lo que se le ocurría a ese hombre después de tales experiencias! Si tallando en silencio durante horas pretendía recuperar su silencio tan celosamente preservado… no, eso le causaría a ella una profunda decepción. Y le había causado hondas decepciones muchas veces, pero en esta ocasión no lo sufriría tan callada.
Mientras meditaba sobre todo esto, llena de inquietud y desesperación, contemplaba con cierta curiosidad el grueso y alargado trozo de madera que él giraba, meditabundo, entre sus grandes manos, al que de vez en cuando arrancaba una viruta más grande. No, esta vez no se convertiría en un arcón para la ropa, desde luego que no.
—¿Qué estás haciendo, Otto? —preguntó a regañadientes.
Se le había ocurrido la extraña idea de que estaba tallando alguna pieza, quizá un elemento del detonador de una bomba. Pero semejante pensamiento era un disparate… ¿qué tenía que ver Otto con bombas? Además, seguro que en las bombas no se podía utilizar madera. Por eso había preguntado a regañadientes: «¿Qué estás haciendo, Otto?».
Al principio intentó contestar con un simple gruñido, pero tal vez cayese en la cuenta de que esa mañana ya se había pasado un poco con su esposa, o acaso se mostró dispuesto sin más a proporcionarle información.
—Una cabeza —contestó—. Quiero comprobar si todavía sé tallar una cabeza. Antaño ya tallé muchas cazoletas de pipa en forma de cabeza.
Y continuó con los giros y la talla.
¡Cazoletas de pipa! Anna profirió un sonido de enfado. Acto seguido dijo muy furiosa:
—¡Cazoletas! ¡Pero, Otto, vuelve en ti! ¡El mundo se hunde y tú pensando en cazoletas de pipa! ¿Qué estás diciendo?
Él no pareció prestar mucha atención ni a su enfado ni a sus palabras.
—Esto, evidentemente, no será una cazoleta de pipa —reconoció—. Quiero averiguar si soy capaz de tallar a nuestro pequeño Otto tal como era.
La disposición de ánimo de Anna cambió en el acto. Así que pensaba en Otto, y si pensaba en Otto y quería tallar su cabeza, pensaba también en ella y deseaba darle una alegría. Se levantó de la silla y, dejando a un lado las patatas, dijo:
—Espera, Otto, te traeré las fotos para que recuerdes el aspecto real de nuestro Otto.
Su marido negó con un movimiento de cabeza.
—No quiero ver ninguna foto —le comunicó—. Quiero tallar a Otto tal como lo llevo aquí dentro. —Se dio unos golpecitos en su frente despejada y tras una pausa, añadió—: ¡Si es que puedo!
Ella volvió a conmoverse. Así que Otto también estaba dentro de él, tenía una imagen inalterable del muchacho. Ahora Anna sentía curiosidad por el aspecto que tendría esa cabeza.
—Seguro que lo consigues, Otto —lo animó.
—¡Ya veremos! —se limitó a contestar, pero su respuesta dejaba traslucir más certezas que dudas.
Con esto finalizó por el momento la conversación entre ambos. Anna tuvo que regresar a la cocina para dedicarse a la comida, y lo dejó en la mesa, mientras giraba despacio entre sus dedos el tarugo de madera de tilo, sacando con una paciencia muda y cuidadosa virutitas y más virutitas.
Pero después se quedó muy sorprendida cuando, al regresar para poner la mesa poco antes de comer, se la encontró despejada y adornada con su mantel. Quangel, desde la ventana, contemplaba la calle Jablonski, donde alborotaban los niños jugando.
—¿Qué, Otto? —le preguntó—, ¿ya has terminado de tallar?
—Por hoy sí —contestó.
Y en ese mismo momento supo que la conversación ya estaba muy próxima, que Otto, ese hombre de inconcebible perseverancia al que nada podía inducir a comportarse con precipitación, que siempre esperaba al momento correcto, se proponía algo.
Comieron en silencio. Después ella volvió a la cocina a recoger, y lo dejó sentado en su rincón del sofá, inmóvil y ensimismado.
A su regreso, media hora después, continuaba igual. Pero ahora Anna ya no quería esperar hasta que su marido se decidiera; la paciencia de él y su propia impaciencia la enervaban. ¡Seguramente a las cuatro continuaría ahí sentado, y también después de la cena!
—Bueno, Otto, ¿qué sucede? —preguntó—. ¿No va a haber hoy siesta como todos los domingos?
—Hoy no es un domingo cualquiera. Lo de «todos los domingos» se acabó para siempre. —Y tras levantarse súbitamente, abandonó la sala.
Pero ese día ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin más para emprender uno de sus misteriosos paseos de los que nunca se enteraba de nada. Corrió tras él.
—Otto… —empezó a decir.
Él estaba en la puerta del piso cuya cadena había echado momentos antes. Había levantado la mano para pedir silencio y atisbaba hacia la escalera. Después inclinó la cabeza asintiendo y, pasando junto a ella, se dirigió de nuevo al cuarto de estar. Cuando su esposa se reunió con él, ocupaba su sitio en el sofá, y se sentó a su lado.
—Si llaman al timbre, Anna, no abras antes de que yo…
—¿Pero quién va a llamar al timbre, Otto? —preguntó con impaciencia—. ¿Quién va a venir a vernos? ¡Dime de una vez lo que tengas que decir!
—Te lo diré, Anna —contestó con desacostumbrada ternura—. Pero atosigándome solo lo complicas más.
Ella rozó brevemente la mano de ese hombre al que siempre le costaba contar lo que sucedía en su interior.
—No te atosigaré, Otto —lo tranquilizó—. Tómate el tiempo que necesites.
Sin embargo, comenzó a hablar inmediatamente durante casi cinco minutos seguidos, con frases lentas, a trompicones, muy meditadas, y después de cada una cerraba con fuerza su boca de labios finos, como si hubiera finalizado. Mientras hablaba, dirigía la vista hacia algo situado en la estancia a un lado y detrás de Anna.
Mientras su marido hablaba, Anna Quangel mantuvo los ojos clavados en su rostro y casi se sintió agradecida de que no la mirase, tan difícil le resultaba ocultar la decepción que se iba apoderando de ella cada vez con más fuerza. ¡Dios mío, lo que había maquinado ese hombre! Se había imaginado grandes hazañas (y también se había asustado de ellas), un atentado contra el Führer, o al menos una lucha activa contra los mandamases y el Partido.
¿Y qué pretendía hacer él? Nada, una ridiculez, algo muy en su estilo, algo tranquilo, inusual, que preservase su tranquilidad. Quería escribir postales. Postales con soflamas contra el Führer y el Partido, contra la guerra, para instruir a sus conciudadanos, eso era todo. Y esas postales no deseaba enviarlas a personas concretas o pegarlas en las paredes a modo de carteles, qué va, quería depositarlas en las escaleras de edificios muy transitados, dejarlas allí abandonadas a su suerte, quedando completamente al arbitrio del que las recogiera ser pisoteadas o rotas en el acto… Todo en ella se indignaba contra esa guerra segura desde la oscuridad. ¡Anhelaba actividad, hacer algo cuyos frutos se vieran!
Después de haber terminado de hablar, Quangel no parecía esperar contestación alguna de su mujer, que luchando consigo misma permanecía sentada en silencio en su rincón del sofá. ¿No sería mejor que ella le dijese algo?
El hombre se levantó y se acercó a la puerta de entrada a escuchar. Cuando volvió, retiró el mantel de la mesa, lo dobló y lo colgó con mucho cuidado del respaldo de la silla. Después se acercó al viejo secreter de caoba, sacó el manojo de llaves del bolsillo y lo abrió.
Mientras rebuscaba en el mueble, Anna se decidió.
—¿No es una nimiedad lo que pretendes, Otto? —inquirió con tono vacilante.
Él se detuvo en su búsqueda y, todavía agachado, giró la cabeza hacia su mujer.
—Sea poco o mucho, Anna —repuso—, como nos pillen, nos costará la cabeza…
Latía una convicción tan espantosa en esas palabras, en la oscura, insondable mirada de pájaro que el hombre le dedicó durante ese minuto, que Anna se estremeció. Y durante un instante se imaginó claramente el patio gris y pétreo de la cárcel, la guillotina levantada, a la luz grisácea del alba su acero carecía de brillantez, era una amenaza muda.
Anna Quangel notó que temblaba. Después volvió a mirar brevemente a Otto. Quizá tuviera razón, fuera poco o mucho, nadie podía arriesgar más que la vida. Cada uno según sus fuerzas y su disposición, lo importante era oponerse.
Quangel la miraba en silencio, como si contemplase la lucha que se libraba en su interior. Luego su mirada se aclaró, retiró las manos del secreter, se levantó y dijo, casi sonriendo:
—Pero no nos pillarán tan fácilmente. Si ellos son listos, nosotros también podemos serlo. Listos y precavidos. Precavidos, Anna, siempre en guardia… cuanto más tiempo luchemos, mayores efectos provocaremos. Una muerte prematura no sirve de nada. Nosotros deseamos vivir, llegar a presenciar su caída. ¡Entonces diremos que nosotros también participamos, Anna!
Pronunció esas palabras con ligereza, casi bromeando. Ahora, mientras rebuscaba de nuevo, la mujer se reclinó en el sofá aliviada. Le había quitado un peso de encima, ahora también ella estaba convencida de que Otto se proponía algo grande.
Su marido trasladó a la mesa su frasquito de tinta, las postales guardadas en un sobre, los gigantescos guantes blancos. Destapó el tapón del frasco, calentó el plumín con una cerilla y lo hundió en la tinta. Se oyó un suave siseo, examinó el plumín con atención y luego asintió. Acto seguido se puso con todo detenimiento los guantes, sacó una postal del sobre, la colocó delante de él y dedicó a Anna una lenta inclinación de cabeza en señal de aprobación. Ella había seguido con ojos atentos cada una de esas cuidadosas maniobras, largamente preparadas. Entonces él señaló los guantes, aduciendo:
—Es por las huellas dactilares… ya sabes.
Después tomó la pluma y dijo en voz baja, pero con énfasis:
—La primera frase de nuestra primera postal dirá: «Madre: El Führer ha matado a mi hijo…».
Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar… En ese instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con una palabra podían ser borrados para siempre, y al otro lado el Führer, el Partido, con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas partes, incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás. ¡Y ellos dos allí solos, en esa reducida habitación de la calle Jablonski!
Mira hacia el hombre. Mientras ella piensa todo eso, él ha llegado a la tercera palabra de la primera frase. Traza con infinita paciencia la «F» de Führer.
—¡Déjame escribir a mí, Otto! —le ruega—. Lo haré mucho más deprisa.
Primero él suelta un gruñido. Pero luego se lo explica.
—Tu letra —le dice—. Más tarde o más temprano nos pillarían por tu letra. Esta es una escritura caligráfica, son caracteres lapidarios… lo ves, una especie de letras de imprenta…
Vuelve a enmudecer, continúa escribiendo. Sí, así se lo había imaginado. No cree haber olvidado nada. Conocía esa escritura caligráfica por los diseños de muebles de los interioristas, nadie notará en una letra así de quién procede. Como es natural, con las manos de Otto Quangel, poco acostumbradas a escribir, sale muy basta y maciza. Pero no importa, no lo delatará. Es más bien algo bueno, porque así la postal adquiere una cualidad de cartel que llama inmediatamente la atención. El hombre prosigue su labor con paciencia.
Anna también se ha armado de paciencia. Comienza a hacerse a la idea de que será una guerra larga. Ahora se ha calmado en su interior, Otto lo ha pensado todo, Otto es de fiar, siempre, siempre. ¡Qué bien lo ha pensado! La primera postal de esa guerra tiene su origen en el hijo caído, habla de él. Un día tuvieron un hijo, el Führer lo ha asesinado y ahora escriben postales. Un nuevo período de la vida. Exteriormente nada ha cambiado. Tranquilidad en el hogar de los Quangel. Por dentro todo ha sufrido cambios radicales, ha empezado una guerra…
Saca su cesto de costura y empieza a zurcir calcetines. De vez en cuando mira a Otto, que pinta sus letras despacio, sin acelerar nunca el ritmo. Casi después de cada letra estira el brazo, coloca la postal ante sus ojos y la contempla con los ojos entornados. Luego asiente.
Por fin le enseña la primera frase terminada. Muy grande, ocupa una línea y media de la postal.
—¡No te cabrá mucho en una postal así! —comenta ella.
—¡Lo mismo da! ¡Pienso escribir todavía muchas postales como esta! —le contesta.
—Una postal de esas requiere mucho tiempo.
—Escribiré una, más adelante quizá dos cada domingo. La guerra todavía no ha terminado, los asesinatos no tienen fin.
Es imposible hacerlo desistir. Ha tomado una decisión y actuará de acuerdo con ella. Nada puede anularlo, nadie apartará a Otto Quangel de su camino.
Dice:
—La segunda frase: «Madre: el Führer también asesinará a tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los hogares de la Tierra…».
—«Madre: el Führer también asesinará a tus hijos» —repite ella.
Piensa en la integrante de la junta directiva de la Organización de Mujeres, la del pelo blanco con la Cruz de la Madre, que le dijo que no había que tener un solo hijo, sino muchos. Había tenido en la punta de la lengua la fulminante respuesta: «¿Para que me rompan el corazón pedazo a pedazo, verdad? Pues no, prefiero perderlo todo de una vez». Sin embargo, reprimió esa respuesta y ahora es Otto el que la da: «Madre: el Führer también asesinará a tus hijos».
Luego asiente.
—Escribe eso. —Y tras una breve reflexión, añade—: Habría que colocar esta postal en los lugares adonde acuden mujeres.
Quangel reflexiona, luego sacude la cabeza.
—No. Con las mujeres que se llevan un susto nunca se sabe cómo reaccionarán. Un hombre se meterá deprisa en el bolsillo la postal, en la escalera. Más tarde la leerá detenidamente. Además, todos los hombres son hijos de una madre.
Se calla y comienza de nuevo a escribir. Transcurre la tarde, no piensan en la merienda. Al final, ya de noche, concluye la postal. Otto se levanta. Vuelve a examinarla.
—Bueno —dice—. Hecho. El próximo domingo, la segunda.
Ella asiente.
—¿Cuándo la llevarás? —le susurra.
El hombre la mira.
—Mañana por la mañana.
—Déjame estar presente la primera vez —le ruega.
—No —contesta sacudiendo la cabeza—. La primera vez precisamente, no. Primero he de comprobar cómo va todo.
—¡Que sí! —insiste Anna—. ¡Es mi postal! ¡Es la postal de una madre!
—De acuerdo —acepta por fin—. Ven conmigo. Pero solo hasta el edificio. Dentro quiero estar solo.
—Me parece bien.
Después guardan con cuidado la postal dentro de un libro, ponen a buen recaudo los objetos de escribir, meten los guantes en su chaqueta.
Cenan, apenas hablan. Pero no se dan cuenta de lo callados que están, Anna tampoco. Ambos están cansados, como si acabaran de realizar un trabajo duro o un largo viaje.
—Voy a acostarme enseguida —dice él, levantándose de la mesa.
—Pues yo voy a recoger la cocina. Después también iré. Dios mío, qué cansada estoy, y eso que todavía no hemos hecho nada.
Él la mira esbozando una media sonrisa, después se va deprisa al dormitorio y comienza a desnudarse.
Más tarde, cuando ambos están acostados en la oscuridad, ninguno puede conciliar el sueño. Cambian de postura, escuchan la respiración del otro, y al final empiezan a hablar. A oscuras se habla mejor.
—¿Qué crees que pasará con nuestras postales? —pregunta Anna.
—Al principio todos se llevarán un susto cuando las vean tiradas y lean las primeras palabras. Porque en la actualidad todos tienen miedo.
—Sí —asiente su mujer—. Todos…
Pero ella los exceptúa a ambos, a los Quangel. Casi todos tienen miedo, piensa. Nosotros, no.
—Los que la encuentren —él repite lo que ha pensado cien veces—, tendrán miedo de haber sido observados en la escalera. Se guardarán deprisa la postal y saldrán pitando. O la dejarán nuevamente y escurrirán el bulto, y llegará el siguiente…
—Así será —dice Anna, viendo ante ella la escalera, cualquiera de esas escaleras berlinesas mal iluminadas, y todo el que tenga en la mano una postal de esa índole se sentirá de pronto un criminal. Porque en realidad todos piensan lo mismo que el autor de la postal y, sin embargo, no pueden pensarlo, porque ese pensamiento se castiga con la muerte…
—Algunos —prosigue Quangel—, entregarán inmediatamente la postal al vigilante del bloque o a la policía: ¡hay que deshacerse de ella cuanto antes! Pero eso tampoco importa, sean miembros del Partido o no, sean dirigentes políticos o policías, todos leerán la postal, y surtirá efecto en ellos. Aunque solo sea tomar conciencia de que todavía queda oposición, de que no todos siguen a ese Führer…
—No —contesta ella—. Todos, no. Nosotros, no.
—Y serán más, Anna. Gracias a nosotros aumentarán. A lo mejor sugerimos a otros la idea de escribir postales, igual que hago yo. Al final docenas, centenares, se sentarán a escribir. Inundaremos Berlín de postales, entorpeceremos el funcionamiento de las máquinas, derribaremos al Führer, pondremos fin a la guerra…
Se detiene, sorprendido por sus propias palabras, por esos sueños que tan tarde visitan su frío corazón.
Y Anna Quangel, entusiasmada por esa visión, exclama:
—¡Y nosotros habremos sido los primeros! ¡Nadie lo sabrá, excepto nosotros!
Su marido dice de pronto con tono desapasionado:
—A lo mejor muchos piensan igual que nosotros, deben de haber caído millares de hombres. A lo mejor ya existen escritores de postales. ¡Pero eso da igual, Anna! ¿Qué nos importa? ¡Nosotros nos encargaremos de eso!
—Sí —contesta la mujer.
Y él, cautivado de nuevo por las perspectivas de la empresa iniciada:
—Y movilizaremos a la policía, a la Gestapo, a las SS, a las SA. Por todas partes se hablará del misterioso escritor de postales y ellos buscarán, sospecharán, observarán, harán registros domiciliarios… ¡en vano! ¡Nosotros seguiremos escribiendo, cada vez más!
—A lo mejor hasta se las enseñan al propio Führer y las leerá, nosotros lo acusamos. ¡Se pondrá hecho una furia! Según dicen, siempre se enfurece en cuanto algo no sale de acuerdo con su voluntad. ¡Ordenará que nos encuentren, y ellos no nos encontrarán! Tendrá que seguir leyendo nuestras denuncias.
Los dos callan, deslumbrados por semejante perspectiva. ¿Qué eran momentos antes? Unos desconocidos; ellos pululaban también en el enorme y oscuro hervidero de gente. Ahora los dos están completamente solos, separados, realzados ante los demás, imposible que los confundan con el resto. A su alrededor se percibe un frío glacial de lo solos que están.
Y Quangel se ve en el taller, como siempre con el mismo trajín, animoso y animando, la cabeza atenta, girándola a intervalos para pasar de máquina en máquina. Para ellos será siempre el viejo y estúpido Quangel, un hombre poseído por el trabajo y una sucia avaricia. Pero en su cabeza alberga ideas que no tienen ninguno de ellos. Todos ellos se morirían de miedo si los asaltaran semejantes pensamientos. Pero él, el viejo imbécil de Quangel, los tiene. Está ahí engañándolos a todos.
Anna Quangel, sin embargo, piensa ahora en el camino que recorrerán juntos mañana para llevar la primera postal. Se siente un tanto descontenta consigo misma por no haber insistido en entrar con Quangel en el edificio. Se pregunta si debe pedírselo una vez más. Quizá sí. En general a su marido las súplicas no le hacen cambiar de opinión. Pero ¿y esa noche que parece estar de un humor tan inusualmente alegre? ¿Y ahora mismo?
No obstante, ha tardado demasiado en decidirse. Se da cuenta de que Quangel ya se ha dormido. Y ella se dispone también a dormirse, ya veremos si mañana tiene ocasión. Si tiene ocasión, se lo preguntará, seguro.
Y a continuación también se duerme ella.