Solo en Berlín
Capítulo 25
EL COMISARIO ESCHERICH TRABAJA
EN EL CASO DUENDE
—¡ ea esto! —exclamó el comisario Escherich a su ayudante Schröder L
entregándole el expediente.
—Vaya —contestó Schröder, devolviéndole los pliegos—. Así que lo ha confesado y está listo para el Tribunal del Pueblo y el verdugo. No lo habría creído. —Y añadió meditabundo—: Y alguien así camina libre por la calle.
—En efecto —dijo el comisario colocando el expediente en una carpeta y guardando esta en su cartera de cuero—. En efecto, alguien así camina libre por la calle… pero supongo que vigilado como es debido por nuestros hombres ¿no?
—Por supuesto —se apresuró a corroborar Schröder—. Yo mismo me he asegurado de eso. Los dos seguían su pista correctamente.
—Y él anda por ahí —continuó el comisario Escherich mientras se acariciaba la barba, pensativo—, anda que te anda, y nuestra gente siempre tras él. Y un buen día, hoy o dentro de una semana o dentro de medio año, nuestro pequeño y repugnante señor Kluge irá hasta su escritor de postales, hasta el hombre que le encargó: Deposítalas aquí y allá. Nos conducirá hasta él tan cierto como hay Dios. Y, ¡zas!, los atraparé, y solo entonces estarán los dos realmente listos para ir de cabeza a la trena.
—Señor comisario —repuso el ayudante Schröder—, todavía no acierto a creer del todo que Kluge haya dejado la postal. ¡Cuando se la puse en la mano me di cuenta de que no sabía nada de ella! Todo eso se lo ha inventado esa histérica, la auxiliar de la consulta.
—Pero la declaración afirma que él la depositó —adujo el comisario como de pasada—. Dicho sea de paso, le aconsejaría que no mencionase nada sobre una histérica en su informe. No quiero ideas preconcebidas, todo puramente objetivo. Si lo desea, puede preguntar al médico por la credibilidad de su auxiliar. Bah, no, será mejor que no lo haga. Porque eso implicaría otro juicio personal, dejemos que el juez de instrucción valore las distintas declaraciones. Nosotros solo trabajamos con circunstancias objetivas, ¿no es cierto, Schröder?, sin ideas preconcebidas.
—Por supuesto, señor comisario.
—Si hay una declaración, pues hay una declaración, y a ella nos atenemos. Cómo y por qué se hizo es algo que nos trae sin cuidado. No somos psicólogos, sino policías. El crimen, el delito, Schröder, solo eso nos interesa. Y si alguien confiesa haber cometido un delito, con eso nos basta. Esta es mi opinión al respecto, Schröder, ¿piensa usted de otra manera?
—Claro que no, señor comisario —respondió su ayudante. Sonó como si le aterrorizase la idea de interpretar algo de manera distinta a su superior—. Es justo lo que yo pienso. ¡Siempre contra el delito!
—Lo sabía —repuso el comisario Escherich acariciándose la barba—. Los viejos policías como nosotros siempre somos de la misma opinión. Sabe usted, Schröder, ahora en nuestra profesión trabajan muchos advenedizos, pero nosotros siempre obramos de común acuerdo, y de eso también sacamos algunas cosas buenas. En fin, Schröder —y esto es puramente oficial—, hoy espero su informe sobre la detención de Kluge y el expediente con las declaraciones de la auxiliar de la consulta y del médico. Sí, cierto, usted también llevaba consigo a un agente…
—El sargento Dubberke de esta comisaría…
—No lo conozco. Pero que redacte otro informe sobre la huida de Kluge. Breve, objetivo, nada de palabrería, y sin juicios personales, ¿entendido, señor Schröder?
—Como usted mande, señor comisario.
—Pues nada más, Schröder. Cuando haya entregado los informes, ya no tendrá que ocuparse más de este asunto, a lo sumo alguna declaración ante un juez o con nosotros, en la Gestapo… —Contempló pensativo a su subordinado—. ¿Cuánto tiempo lleva usted siendo mi ayudante, señor Schröder?
—Tres años y medio ya, señor comisario.
La mirada del «poli», que ahora se posaba en el comisario, tenía algo conmovedor.
Sin embargo, el comisario se limitó a decir:
—Sí, entonces ya va siendo hora. —Y abandonó la comisaría.
En la calle Prinz-Albrecht pidió inmediatamente ser recibido por Prall, su superior inmediato y Obergruppenführer de las SS. Tuvo que esperar casi una hora; no es que Prall estuviera muy ocupado en ese momento, bueno sí, estaba muy ocupado. Escherich oyó el tintineo de vasos, los taponazos al descorchar botellas, carcajadas y gritos: se trataba de una de las frecuentes reuniones de los altos jerifaltes. Vida social, francachela, alegre desenvoltura, descanso después del pesado esfuerzo de torturar a semejantes y conducirlos al patíbulo.
El comisario esperó paciente, a pesar de que ese día tenía mucho que hacer. Conocía a los jefazos en general y a este en particular. No servía de nada apremiar, aunque medio Berlín estuviera en llamas: si ese quería empinar el codo, primero lo empinaría. ¡Así eran las cosas!
Al cabo de una horita hicieron pasar por fin a Escherich. La habitación, con huellas evidentes de una bacanal, estaba en completo desorden, y el señor Prall, con la tez brillante y de un color rojo oscuro por el armañac, también ofrecía un aspecto muy desordenado. Pero dijo muy campechano:
—¡Tome, Escherich! ¡Sírvase una copa! Son los frutos de nuestra victoria sobre Francia: armañac auténtico, diez veces mejor que el coñac. ¿Diez veces? ¡Cien veces! ¿Por qué no bebe usted?
—Le pido disculpas, mi Obergruppenführer, hoy tengo bastante que hacer y me gustaría mantener la cabeza despejada. Además, ya no estoy acostumbrado a la bebida.
—¿Que no está acostumbrado? ¡Pamplinas! ¡Cabeza despejada, bobadas! ¿Para qué necesita usted una cabeza despejada? Mande a otro a hacer su trabajo y duerma a pierna suelta. ¡Salud, Escherich, por nuestro Führer!
Escherich brindó con él, pues no le quedaba otro remedio. Brindó también por segunda vez, y por tercera, mientras pensaba cuánto había cambiado ese hombre por la compañía de sus camaradas y el alcohol. En realidad Prall había sido siempre muy soportable, ni la mitad de malo que cientos de otros tipos que merodeaban con sus uniformes negros por ese edificio. Era más bien algo escéptico, un «mandado», como él decía en ocasiones, no un convencido del todo.
Sin embargo, bajo la influencia de los camaradas y el alcohol se volvió igual que ellos: imprevisible, brutal, impulsivo y dispuesto a extirpar de raíz cualquier otra opinión, aunque versase sobre el aguardiente. Si Escherich se hubiera negado en redondo a brindar, habría estado tan perdido como si hubiera dejado escapar al peor criminal. Sí, en realidad algo así habría sido aún más imperdonable, pues el hecho de que el subordinado no brindase tanto y con la frecuencia que su superior deseaba suponía casi una ofensa personal.
Así que Escherich brindó varias veces y bebió con él.
—¿Qué hay de nuevo, Escherich? —inquirió entonces Prall, procurando mantenerse lo más derecho posible en su escritorio—. ¿Qué tiene ahí?
—Un informe —explicó Escherich—. Redactado por mí sobre mi Duende. Le seguirán otro par de informes y expedientes, pero este es el más importante. Tenga, mi Obergruppenführer.
—¿Duende? —preguntó Prall, perspicaz—. Ese es el tipo de las postales. ¿Es que se le ha ocurrido algo, tal como le ordené, Escherich?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. Si mi Obergruppenführer tuviera a bien leer el expediente…
—¿Leer? Nooo, ahora no. Quizá más tarde. ¡Léamelo en voz alta, Escherich!
Pero al cabo de las tres primeras frases volvió a interrumpir la lectura.
—Echemos otro trago. ¡Salud, Escherich! ¡Heil Hitler!
—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer!
Y tras vaciar su copa, Escherich reanudó la lectura.
Pero ahora al alcoholizado Prall se le había ocurrido un juego guasón. En cuanto Escherich había leído tres o cuatro frases, le interrumpía con un «¡salud!» y Escherich, después de haber brindado también, tenía que reanudar la lectura desde el principio. Prall nunca le permitía pasar de la primera página, pues le interrumpía con otro «¡salud!». Pese a su borrachera, comprendía a la perfección el efecto que causaba en el hombre, la repugnancia que le provocaba la fuerte bebida, hasta el punto de que diez veces tuvo ganas de dejar el expediente y marcharse (¡vete a tomar por culo!), pero no se atrevía a hacerlo porque el otro era su superior, y tenía que agachar la cabeza y no dejar que se le notase el enfado…
—¡Salud, Escherich!
—¡Gracias, mi Obergruppenführer! ¡Salud!
—Bien, ¡siga leyendo, Escherich! O mejor no, vuelva a empezar por el principio. Hay un pasaje que no termino de entender. Siempre he sido lento de entendederas…
Y Escherich leía. Sí, ahora lo atormentaban igual que dos horas antes había atormentado él al débil Kluge, y al igual que este, también a él lo corroía el deseo de salir por la puerta. Sin embargo, tenía que leer, leer y beber, beber y leer, mientras eso agradara al otro. Ya sentía que se le nublaba la cabeza… ¡Adiós a su estupendo trabajo! ¡Maldita disciplina!
—¡Salud, Escherich!
—¡Salud, mi Obergruppenführer!
—Vamos, lea desde el principio.
De repente ese juego aburrió a Prall y dijo con tono grosero:
—¡Bah, olvide esa estúpida lectura! Ya ve que estoy borracho, ¿cómo voy a entender todo eso? Quiere pavonearse con su brillante informe, ¿verdad? ¡Le seguirán otros, pero no tan importantes como el de Escherich, el gran criminalista! ¡Lo que hay que oír! Termine de una vez: ¿ha atrapado al autor de las postales?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. Pero…
—Entonces ¿por qué viene a verme? ¿Por qué me roba mi valioso tiempo y se ventila mi excelente armañac? —Ahora eran ya auténticos gritos—. ¿Es que se ha vuelto loco, señor mío? Pero con usted voy a hablar ahora en un tono muy diferente. He sido demasiado indulgente, le he permitido ser demasiado descarado, ¿entendido?
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer. —Y rápidamente, antes de que se iniciaran las voces, Escherich balbuceó—: Pero he atrapado a alguien que ha repartido las postales. Eso creo al menos.
La noticia apaciguó un poco a Prall. Tras clavar la mirada en el comisario, ordenó:
—¡Haga pasar a ese hombre! Me va a decir quién le dio las postales. ¡Le apretaré las tuercas… tengo el ánimo preciso para ello!
Escherich vaciló un instante. Habría podido aducir que el hombre aún no estaba en la calle Prinz-Albrecht, que lo mandaría traer… y ahora de verdad, de la calle o de su domicilio, con ayuda de sus espías. O esperaría tranquilamente lejos a que el Obergruppenführer hubiera dormido la mona. Entonces seguro que lo habría olvidado todo.
Pero como Escherich era Escherich, es decir, un investigador pertinaz, valiente en lugar de cobarde, su valor lo indujo a decir (y que pasara lo que tuviera que pasar):
—¡He vuelto a poner al hombre en libertad, mi Obergruppenführer!
¡Voces… no, cielo santo, era un griterío bestial! Prall, el en otras ocasiones bien educado alto dirigente, perdió la compostura hasta el punto de agarrar por el pecho a su comisario y zarandearlo de acá para allá mientras gritaba:
—¿En libertad? ¿En libertad? ¿Sabes lo que voy a hacer contigo, cerdo? ¡Te voy a empapelar, te voy a meter preso! Te colgaré una lámpara de mil watios delante de tu bigote que parece mierda de perro, y cuando te quedes dormido mandaré que te despierten a golpes, puerco…
Continuó así durante un buen rato. Escherich, que se dejaba zarandear e insultar, mantuvo un completo silencio. A lo mejor ahora estaba muy bien que hubiera tomado alcohol. Aturdido por el armañac, percibía todo lo que estaba sucediendo con cierta confusión, como si fuera más bien un sueño.
¡Grita lo que te apetezca!, pensaba. Cuanto más grites, antes te quedarás ronco. Sigue así, cántale las cuarenta al viejo Escherich.
Y en efecto, después de haber gritado hasta enronquecer, Prall soltó a su subordinado. Se sirvió otra copa de armañac, observó furioso a Escherich y graznó:
—¡Y ahora haga el favor de contarme por qué ha cometido tamaña estupidez!
—Ante todo me gustaría mencionar —contestó Escherich en voz baja— que ese hombre está siendo vigilado continuamente por dos de nuestros mejores hombres de Jefatura. Creo que antes o después irá a ver a su cliente, el autor de las postales. Ahora niega conocerlo. El conocido gran desconocido.
—Yo ya le habría sacado el nombre a la fuerza. Vigílalo… espero que no se les ocurra perderlo.
—Esos, no. Son los hombres más eficaces de la plaza Alexander.
—¡Bueno, bueno! —Prall volvía a animarse a ojos vistas—. Ya sabe que a mí no me gustan esas arbitrariedades. Preferiría tener a ese tipo en mis manos.
Eso querrías tú, pensaba Escherich. Y en media hora averiguarías que no tiene nada que ver con las postales, y empezarías a azuzarme de nuevo…
Sin embargo, en voz alta añadió:
—Es un pobre hombrecillo atemorizado, mi Obergruppenführer. Para decirlo con sinceridad: es un cobarde del carajo. Si le aprieta las tuercas, soltará mentira tras mentira, le dirá lo que usted desee, y nosotros correríamos detrás de mil mentiras. De este modo nos conducirá sin rodeos hasta el autor de las postales.
El Obergruppenführer rio.
—¡Bien, bien, es usted un zorro viejo, vamos, echemos otro trago!
Bebieron.
El Obergruppenführer miró, inquisitivo, al comisario. Era evidente que su estallido de rabia le había sentado bien, devolviéndole en parte la sobriedad.
Tras una breve reflexión dijo:
—De ese expediente de ahí, ya sabe…
—A sus órdenes, mi Obergruppenführer.
—… de ese expediente me hará un par de copias. Guárdese de nuevo su inteligente chapuza. —Ambos sonrieron irónicos—. Si la deja aquí, igual termina todavía en el armañac…
Escherich volvió a guardar el expediente en la carpeta y esta en la cartera.
Entretanto su superior había rebuscado en un cajón del escritorio y regresaba con la mano a la espalda.
—Oiga, Escherich, ¿tiene ya la Cruz al Mérito Militar?
—No, mi Obergruppenführer.
—¡Un error, Escherich! ¡Aquí la tiene! —Y extendió por sorpresa la mano oculta hasta entonces, descubriendo la cruz sobre la palma.
El comisario se sentía tan abrumado que solo acertaba a tartamudear palabras sueltas.
—Pero, mi Obergruppenführer. No la merezco… no encuentro palabras…
Durante la bronca de cinco minutos antes esperaba de todo, incluso unos días con sus noches en el búnker se le habrían antojado posibles, pero que inmediatamente después le fuese concedida la Cruz al Mérito Militar…
—… En cualquier caso, gracias, siempre a sus órdenes…
El Obergruppenführer se regocijaba con la sorpresa del condecorado.
—En fin, Escherich —añadió—, ya sabe que yo no soy así. Al fin y al cabo usted es un funcionario muy eficiente. Solo hay que hacerlo sudar un poco de vez en cuando, o se me duerme como un lirón. Venga, tomemos otra. ¡Salud, Escherich, por su cruz!
—¡Salud, mi Obergruppenführer! ¡Y reciba mi más rendida gratitud!
El Obergruppenführer comenzó su charla.
—Lo cierto es que la cruz no iba destinada a usted, Escherich. En realidad debía recibirla su colega, Rusch, por un asunto muy vidrioso con una vieja judía. Pero usted ha llegado antes.
Siguió parloteando un rato y después encendió la luz roja encima de su puerta, que significaba «Entrevista importante. No molesten», y se tumbó a dormir en un sofá.
Cuando Escherich, con la Cruz al Mérito todavía en la mano, entró en su oficina, su sustituto, sentado al aparato, decía:
—¿Cómo dice? ¿Caso Duende? ¿No será un error? ¡Aquí no hay ningún caso Duende!
—¡Deme eso! —ordenó Escherich alargando la mano hacia el auricular—. Y esfúmese a toda prisa. —Y hablando por el teléfono—: ¡Sí, aquí el comisario Escherich! ¿Qué hay del Duende? ¿Quieren dar parte?
—A sus órdenes, mi comisario. Le comunico que desgraciadamente hemos perdido al hombre, pues…
—¿Que han hecho qué? —Escherich estuvo a punto de sufrir un estallido de ira como el que había padecido un cuarto de hora antes su superior, pero se controló—. ¿Cómo ha podido suceder? Lo tenía por un hombre eficaz y están siguiendo a un pobre hombrecillo.
—Sí, eso es lo que usted dice, comisario, pero es ágil como una comadreja y de repente ha desaparecido entre el gentío de la estación de metro de la plaza Alexander. Ha debido de darse cuenta de que lo seguíamos.
—¡Lo que faltaba! —se quejó Escherich—. ¡Se ha dado cuenta! ¡Habéis echado a perder mi película, idiotas! Ahora ya no puedo enviaros a vosotros, porque os conoce. Y los nuevos no lo conocen a él —reflexionó—. Regresad a Jefatura lo más deprisa posible. Cada uno de vosotros dos se llevará un relevo. Y uno se apostará lo más cerca posible de su vivienda, pero muy a cubierto, ¿entendido? ¡Que no se os vuelva a escapar! Vuestra única tarea es enseñar a Kluge a vuestros sustitutos, a continuación os esfumáis. El otro irá a la fábrica donde trabaja y se presentará en Dirección. ¡Espere un momento, gran héroe, primero tengo que darle las señas de su casa! —Las buscó y se las comunicó—. ¡Bien, ahora deprisa a sus puestos! Ah, el relevo puede ir solo a la fábrica, pero mañana por la mañana. Ellos le indicarán quién es Kluge. Yo los avisaré. Dentro de una hora llegaré a su domicilio.
Sin embargo, tuvo tanto que dictar y telefonear que no llegó a la vivienda de Eva Kluge hasta mucho tiempo después. Al no ver a sus hombres, llamó al timbre, pero en vano. Así que tuvo que recurrir a la vecina, la señora Gesch.
—¿Kluge? ¿Se refiere a él? Nooo, ya no vive aquí. Aquí solo vive su mujer, que hace mucho que no lo deja entrar en casa. Pero ha salío de viaje. ¿Que dónde vive? ¿Cómo quié que lo sepa, señor? Ese vive siempre a salto de mata, siempre con mujeres. Al menos eso es lo que he oído decir, pero yo no he dicho nada. Bastantes reproches me hizo ya la mujer por haberlo ayudao a entrar en su piso en cierta ocasión.
—Escuche, señora Gesch —dijo Escherich, que había entrado en el pasillo de la vivienda cuando ella se disponía a darle con la puerta en las narices—. Ahora cuénteme absolutamente todo lo que sepa de los Kluge.
—¿Cómo voy a hacer eso, señor mío? Además, ¿cómo se le ocurre meterse por las buenas en mi casa…?
—Porque soy el comisario Escherich de la Gestapo, si quiere ver mi placa…
—¡Noo, nooo! —Rechazó la mujer que, asustada, había retrocedido hasta la pared de la cocina—. ¡No quiero ver ni oír nada! ¡Y de los Kluge ya l’he contado to lo que sé!
—En fin, señora Gesch, yo que usted me lo pensaría mejor, porque si no quiere contarme nada aquí, me vería obligado a invitarla a la calle Prinz-Albrecht, sede de la Gestapo, para interrogarla como es debido. Le garantizo que no le haría ninguna gracia. Aquí solo charlaríamos cómodamente un ratito, sin anotar nada…
—Sí, claro, claro, señor comisario, pero es que no tengo nada más que contar, en serio. No sé nada de esa gente.
—Como desee, señora Gesch. Prepárese, tengo abajo a dos agentes, puede venirse ahora mismo. Y déjele a su marido… porque tiene marido, ¿verdad? ¡Claro que lo tiene! Bueno, pues déjele a su marido una nota: «Estoy en la Gestapo. Regreso indeterminado». Vamos, señora Gesch, escriba la nota.
La mujer palideció, sus miembros temblaban, los dientes le castañeteaban.
—Pero, señor, por favor, no será capaz de hacer algo así —suplicó.
—Por supuesto que lo haré —respondió él con fingida aspereza— si continúa negándome una información obvia. Así que sea razonable, siéntese y cuénteme todo lo que sepa de los Kluge. ¿Cómo es la mujer?
Como es lógico, la señora Gesch fue razonable. Además, en el fondo ese hombre de la Gestapo era un señor muy amable, muy distinto de la imagen que se había formado de esos hombres. Y así, el comisario Escherich se enteró de todo lo que sabía la señora Gesch. Supo incluso del pequeño Karl, el miembro de las SS, porque lo que sabían en la tasca de la esquina, también lo sabía la señora Gesch. Le contó que a la trabajadora excartera Eva Kluge le había roto el corazón saber que ella y su antiguo preferido Karl andaban en boca de la gente.
Cuando el comisario Escherich se despidió de la Gesch, además de regalarle unos cigarrillos para su marido, había ganado para la Gestapo una espía diligente, no remunerada e impagable. Además de vigilar continuamente la vivienda de los Kluge, acecharía por todo el edificio y en las colas de los comercios y telefonearía en el acto al comisario si se enteraba de algo que pudiera serle útil.
Tras esta entrevista, el comisario Escherich retiró a sus hombres. La probabilidad de pescar a Kluge en la vivienda de su mujer era muy reducida; además, la señora Gesch vigilaba la vivienda. Después el comisario Escherich se acercó a Correos y a la oficina del Partido para recabar más informes sobre la tal señora Kluge. Nunca se sabía si eso podía ser útil.
Escherich habría podido informar en Correos y en el Partido de que creía que existía una relación entre la salida del Partido de la señora Kluge y las vilezas de su hijo en Polonia. También habría podido revelar la dirección de la señora Kluge en Ruppin, pues había anotado las señas de la carta que la señora Kluge envió a su vecina cuando mandó la llave. Pero no lo hizo; planteó abundantes preguntas, pero no proporcionó información. Es verdad que se trataba del Partido y de Correos, es decir, organismos oficiales, pero la misión de la Gestapo no consistía en ayudar a otros en sus asuntos. Era demasiado buena para eso, y en este punto al menos, Escherich compartía plenamente la vanidad generalizada de este cuerpo policial.
De esto tuvieron que enterarse por narices los directivos de la fábrica. Vestían uniforme, y por su rango y también por su sueldo, estaban sin duda mucho más arriba que el gris comisario. Pero él no cejó.
—No, caballeros, lo que hay contra Kluge es asunto exclusivo de la Gestapo. No diré una palabra al respecto. Me limito a comunicarles que tienen que permitir a Kluge ir y venir adonde le venga en gana sin el menor reparo, que no habrá más broncas ni intimidaciones y que permitirán acceso libre a su empresa al agente que envié, facilitando su trabajo en la medida de lo posible. ¿Entendido?
—¡Exijo una confirmación por escrito de estas disposiciones! —exclamó el oficial—. ¡Y hoy mismo!
—¿Hoy mismo? Es un poco tarde para eso. Quizá mañana. Kluge seguro que no volverá antes. ¡Suponiendo que vuelva! Bien, esto es todo. ¡Heil Hitler, caballeros!
—¡Maldición! —Rechinó el oficial—. ¡Estos tipos son cada vez más arrogantes! ¡Que el demonio se lleve a toda la Gestapo! Piensan que les está permitido todo porque pueden detener a cualquier alemán. Pero soy un oficial, un oficial de carrera…
—Otra cosa más… —La cabeza de Escherich reapareció por la abertura de la puerta—, ¿es posible que ese hombre guarde aquí documentos, cartas, algo de su propiedad?
—Eso debe preguntárselo a su jefe de taller. Él tiene la llave de su taquilla.
—De acuerdo —repuso Escherich, sentándose en una silla—. Entonces haga el favor de preguntárselo al jefe, teniente. Pero si no es mucho pedir, dese prisa, por favor.
Las miradas de ambos se cruzaron un instante. Los ojos del burlón e insulso Escherich y los oscuros y airados del teniente libraron un combate. Después el oficial entrechocó los talones y abandonó la estancia presuroso para pedir el informe solicitado.
—¡Qué tipo tan ridículo! —Comunicó Escherich al jefazo del Partido que de repente se afanaba en su escritorio—. Desea que a la Gestapo se la lleve el diablo. Me gustaría saber cuánto tiempo seguiríais aquí sentados si no fuera por nosotros. En última instancia, la Gestapo es el corazón del Estado. Sin nosotros, todo se desplomaría… ¡y el diablo se os llevaría a todos vosotros!