Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 11 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 11

TODAVÍA ES MIÉRCOLES

 

Al cabo de una hora, la señora Gesch aún no se había decidido a despertar al hombre menudo que yacía en su sofá. Tenía un aspecto tan deplorable, ahí tendido en su sueño extenuado, ahora las manchas de su cara empezaban a amoratarse.

Tenía adelantado el labio inferior igual que un niño triste, a veces sus párpados temblaban y su pecho se elevaba en un profundo suspiro, como si quisiera romper a llorar en pleno sueño.

Cuando terminó de preparar la comida, lo despertó y le dio de comer. Él murmuró algo parecido a un gracias. Comía como un lobo mientras la miraba, pero no refirió una palabra de lo sucedido.

Al final, ella dijo:

—Bueno, ya no puedo darle más o no quedará suficiente para Gustav. Ahora túmbese en el sofá y duerma un rato. Yo iré a hablar con su mujer…

Él volvió a murmurar algo imposible de identificar como aprobación o rechazo. Pero se dirigió obediente al sofá y un minuto después dormía como un tronco.

Cuando a última hora de la tarde la señora Gesch oyó la puerta de su vecina, se deslizó hasta allí y llamó. Eva Kluge abrió en el acto, pero situándose en la puerta de manera que impedía la entrada.

—¿Qué hay? —preguntó con hostilidad.

—Disculpe, señora Kluge —comenzó la señora Gesch— que vuelva a molestarla. Pero tengo a su marido acostao en mi casa. Esta mañana temprano lo ha traído a rastras uno de esos polis de las SS poco después de marcharse usted.

Eva Kluge mantuvo un silencio hostil, y la señora Gesch continuó:

—Lo han dejado hecho un cristo, le han sacudido por todo el cuerpo. Su marido será como sea, pero así no pue usté echarlo. ¡Al menos venga a verlo, señora Kluge!

Esta contestó inflexible:

—Yo ya no tengo marido, señora Gesch. Ya le dije que no quería oír nada más al respecto.

Y se dispuso a entrar de nuevo en su casa. Pero la señora Gesch dijo, solícita:

—No tenga tanta prisa, señora Kluge. Al fin y al cabo es su marido. Usté ha tenido hijos con él…

—¡De eso estoy la mar de orgullosa, señora Gesch, de eso sobre todo!

—También se pue ser inhumano, señora Kluge, y lo que usté va a hacer es inhumano. Ese hombre no pue salir así a la calle.

—¿Fue humano acaso lo que ha hecho él conmigo durante todos estos años? Me ha atormentado, ha arruinado mi vida y para terminar encima me ha arrebatado a mi hijo predilecto. ¿Y con alguien así tengo que ser humana solo porque las SS le hayan propinado una paliza? ¡Ni se me pasa por las mientes! ¡Ni el doble de palos cambiaría a ese!

Tras esas violentas y furiosas palabras la señora Kluge se limitó a dar con la puerta en las narices a su vecina, cortando de raíz cualquier réplica. Sencillamente era incapaz de soportar más comentarios. Porque bien podía ser que para librarse de ellos hubiera vuelto a acoger en casa a su marido, para después lamentarlo eternamente.

Sentada en una silla de la cocina, clavó los ojos en la llama azulada del gas y rememoró ese día. Palabrería, nada más que palabrería. Desde que había comunicado al jefe de la oficina que quería darse de baja en el Partido y además en el acto, no había habido más que palabrería. Por de pronto la liberaron del reparto, pero a cambio la habían interrogado sin parar; deseaban sobre todo que les dijera por qué quería abandonar el Partido. Qué motivos tenía. Ella había contestado una y otra vez:

—Eso a nadie le importa. No pienso hablar de mis motivos. ¡Y quiero hacerlo hoy mismo!

Pero cuánto más se negaba, más tozudos se mostraban ellos. Todo lo demás no parecía interesarles, solo querían averiguar el «porqué». A eso del mediodía se presentaron dos civiles con carteras y la interrogaron. Tuvo que relatar toda su vida, sus padres, sus hermanos, su matrimonio…

Al principio se había mostrado muy complaciente, contenta de librarse de las preguntas interminables sobre las razones de su abandono del Partido. Pero después, cuando tuvo que informar sobre su matrimonio, se cerró en banda. Después del matrimonio le tocaría el turno a los hijos y ella no podría hablar de su Karl sin que esos dos zorros avispados se dieran cuenta de que algo no encajaba.

No, tampoco dijo nada sobre eso. Eso también era privado. Su marido y sus hijos no le interesaban a nadie.

Pero esos tipos eran tenaces. Conocían muchos métodos. Uno metió la mano en su cartera y comenzó a leer un documento. A Eva Kluge le habría encantado saber lo que decía. La Gestapo no podía tener un documento así de ella (para entonces ya se había dado cuenta de que esos dos civiles eran policías).

Después reanudaron el interrogatorio, y entonces se puso de manifiesto que el documento debía de decir algo sobre Enno, porque ahora le preguntaron por él, por sus enfermedades, por su holgazanería, por su pasión por las apuestas y por las mujeres. Todo comenzó de una forma muy inocente, pero después de repente se percató del peligro, cerró con fuerza la boca y no dijo nada más. No, eso también era privado. Y no le importaba a nadie. Lo que ella tuviera con su marido era cosa suya. Además, estaba separada de él.

Ahí volvieron a pillarla. ¿Desde cuándo se habían separado? ¿Cuándo lo había visto por última vez? ¿Su deseo de abandonar el Partido estaba acaso relacionado con su marido?

Se limitó a negar con la cabeza. Pero pensaba, horrorizada, que seguramente tomarían declaración a Enno, ¡y a ese flojo le sacarían todo en media hora! Y entonces quedaría desnuda y su deshonra, que antes solo conocía ella, a la vista de todos. Entonces quién sabe lo que escribirían sobre ella, y en el Partido cotillearían sin parar de la madre que había parido a un hijo semejante.

—¡Privado! ¡Eso es completamente privado!

La cartera, que sumida en sus pensamientos ha observado el temblor y la oscilación de la llamita azul del gas, se sobresalta. Antes ha cometido una grave equivocación, bastaba con darle a Enno dinero para unas semanas y recomendarle que se escondiera en casa de una de sus amiguitas.

Llama al timbre de la señora Gesch.

—Oiga, señora Gesch, lo he pensado mejor, me gustaría hablar con mi marido.

Ahora que la otra cumple su voluntad, la señora Gesch se enfada.

—Pues tendría que haberlo pensao antes. Su marido se ha marchado ya, hará cosa de veinte minutos. ¡Llega usté demasiado tarde!

—¿Y adónde ha ido?

—¿Cómo voy a saberlo? ¡Usté lo ha echado! ¡Seguramente a casa de alguna de sus mujeres!

—¿Y no sabrá usted cuál? Por favor, dígamelo, señora Gesch. De veras, es muy importante…

—¡Sí, de repente! —Y la señora Gesch añade a regañadientes—: Dijo algo de una tal Tutti…

—¿Tutti? —inquiere—. Eso debe de significar Trude, Gertrud… ¿No sabe usted el apellido?

—¡Ni él mismo lo sabía! Ni siquiera sabía bien dónde vive, solo pensaba que la encontraría. Pero en el estao en que se encuentra su marido…

—A lo mejor regresa —opina Eva Kluge meditabunda—. Si es así, mándemelo a casa. De todos modos, muchas gracias, señora Gesch. Y buenas noches.

Pero la señora Gesch, en lugar de devolverle el saludo, cierra la puerta de un portazo. Todavía no ha olvidado que la otra le dio con ella en las narices hace un rato. Y no está nada claro que vaya a mandarle al hombre si reaparece por allí. Una mujer así tiene que reflexionar en el momento oportuno, después a veces es demasiado tarde.

La señora Kluge ha regresado a su cocina. Es extraño: a pesar de que la conversación que acaba de mantener con la señora Gesch no ha dado resultado, se siente aliviada. Los acontecimientos deben seguir su curso. Ella ha hecho lo que ha podido, mantenerse limpia. Ha renunciado tanto al padre como al hijo, los extirpará de su corazón. Ha solicitado darse de baja en el Partido. Ahora que suceda lo que tenga que suceder. No puede cambiarlo, ni siquiera lo peor la asusta, después de todo lo que ha sufrido.

Tampoco la atemorizó demasiado que los dos hombres de paisano que la interrogaban pasaran de las preguntas inútiles a las amenazas. ¿Sabía que el abandono del Partido podía costarle su puesto en Correos? ¡Y muchas cosas más: si abandonaba el Partido negándose a exponer los motivos, sería políticamente dudosa y los campos de concentración eran para gente así! Había oído hablar de ellos, ¿no? Allí las personas políticamente dudosas se convertían enseguida en dignas de confianza, vamos, que se volvían dignas de confianza para siempre. ¡Ella ya entendía!

La señora Kluge no sintió el menor temor. Se atuvo a que lo privado era privado, y ella no hablaba de asuntos privados. Al final la dejaron ir. No, por el momento su salida del Partido no ha sido aceptada, ya tendrá noticias al respecto. Pero está suspendida cautelarmente del servicio de Correos. Aunque debe mantenerse a disposición en su domicilio…

Mientras Eva Kluge coloca por fin sobre la llama del gas la cazuela de sopa que ha olvidado mientras tanto, decide súbitamente que tampoco obedecerá en ese punto. No piensa pasarse toda la eternidad metida en casa sin hacer nada, esperando las vejaciones de esos señores. No, mañana temprano tomará el tren de las seis a Ruppin, para visitar a su hermana. Allí puede vivir sin comunicarlo dos o tres semanas, ellos le darán de comer. Tienen vacas y cerdos y sembrados de patatas. Ella trabajará, en el establo y en el campo. Eso le hará bien, mejor que ese eterno reparto del correo: ¡siempre a la carrera!

Desde que ha decidido irse al pueblo sus movimientos se han animado. Saca una maleta y empieza a hacerla. Durante un instante se pregunta si debe decir a la señora Gesch que se va de viaje, pues el destino no tiene por qué comunicárselo. Pero decide que no, prefiere no decir nada. Todo lo que haga a continuación, lo hará completamente sola. No quiere mezclar en eso a nadie más. Tampoco se lo contará a su hermana ni a su cuñado. Ahora vivirá más sola que nunca. Hasta entonces siempre había habido alguien de quien cuidar: sus padres, su marido, sus hijos. Ahora está sola. De momento le parece muy probable que esa soledad le guste. A lo mejor, si está completamente sola, todavía consigue algo, ahora que por fin dispone de tiempo para sí misma, que no es preciso olvidarse de una misma por los demás.

Esa noche, cuya soledad tanto asusta a la señora Rosenthal, la cartera Kluge vuelve a sonreír en sueños por primera vez. Sueña que está en un enorme sembrado de patatas, azada en mano. Hasta donde alcanza la vista solo se ven patatas y en medio, ella sola: tiene que cavar para limpiar el sembrado. Sonríe, levanta la azada, al golpear una piedra resuena un crujido metálico, un tallo de armuelle cae al suelo, pero continúa cavando y cavando.