Solo en Berlín
Epílogo
¿ uándo se ha visto algo parecido? Más de sesenta años después de la muerte de un C
escritor alemán, uno de sus libros se convierte en un acontecimiento internacional, en el título más importante de Amazon y en líder de las listas de las obras más vendidas en veinte países. Partiendo del redescubrimiento del editor de la editorial francesa Denoël, fascinado por una antigua traducción, pasando por el entusiasmo del responsable del programa de Penguin, hasta llegar a la exitosa campaña de la pequeña y refinada editorial americana Melville House, Hans Fallada, olvidado en el extranjero hace mucho tiempo, llega de repente con su última novela a amplias capas de lectores desde Nueva York a Ámsterdam, de Londres a Tel Aviv. Su descripción de la resistencia de la gente corriente contra el régimen nazi conmueve los corazones de los lectores de hoy en todo el mundo.
El hecho de que además de los personajes singulares y relevantes de la oposición alemana contra Hitler, existiese también esta forma de resistencia en una Alemania a cuya época oscura se aplicó durante largo tiempo el veredicto internacional de gregarismo colectivo, es una conclusión, huelga decirlo, actual. A ello hay que añadir el enorme interés mundial por la metrópolis berlinesa, que, además de ser un protagonista más de la novela, figura en el título de las ediciones traducidas: Alone in Berlin. Esto no solo es un eco lejano de la novela de Christopher Isherwood Goodbye to Berlin de 1939, cuyas diferentes versiones teatrales culminaron en 1972 en la exitosa película Cabaret: la ciudad es un protagonista fascinante también en esta obra, si bien unos diez años antes, a comienzos de la década de los años treinta. Aunque la visión interna de Fallada, única en su género, sobre los primeros años de la década de los cuarenta es un fenómeno tan insólito, que merece la pena analizar con más detalle las circunstancias de la génesis de la novela y la historia del texto original.
A comienzos de septiembre de 1945 Rudolf Ditzen / Hans Fallada se traslada de
Feldberg (Mecklemburgo) a Berlín, la ciudad dividida en cuatro sectores[1]. Acaba de dejar atrás la estancia en una clínica de Neustrelitz. La labor como alcalde de Feldberg, cargo para el que lo había nombrado el Ejército Rojo a comienzos de mayo, le planteaba demasiadas exigencias. Su salud quebrantada no resistió la desconfianza de la población y las tensiones con el comandante. Él era toxicómano desde su juventud, necesitaba morfina, cocaína, alcohol, nicotina, somníferos. Tras divorciarse de Anna («Suse») Ditzen, en febrero de 1945 contrajo matrimonio con una viuda treinta años más joven, Ursula («Ulla») Losch, también morfinómana, y que en el futuro ingresaría en clínicas casi al mismo tiempo que su marido. Tras la época nacionalsocialista, en la que fue considerado un «autor indeseable», Fallada confiaba en experimentar en Berlín un nuevo renacimiento. Al principio compartió con Ulla la vivienda de esta en Schöneberg, en el sector americano; a partir de noviembre residió
en Eisenmengerweg[2] en Pankov, en la zona controlada por los soviéticos. Fallada debía la casa con jardín ubicada en el elegante barrio de Berlín Oriental a la mediación del poeta y futuro ministro de cultura Johannes R. Becher, al que había conocido en octubre.
A Becher y Fallada los unía una amistad ambivalente. Fallada alababa el
«incomparable altruismo[3]» de Becher, y este valoraba el talento de Fallada, al que consideraba un «extraordinario narrador y fabulador», aunque tampoco desdeñaba los
peligros derivados de su conflictiva personalidad[4].. Sus paralelismos biográficos acaso desempeñasen un papel en esta relación, porque también Becher procedía de una familia de juristas muy conservadora, era morfinómano y siendo joven sobrevivió a otra tentativa de suicidio doble, aunque su amada falleció. Sin embargo, el apoyo de Becher a Fallada es representativo sobre todo de su concepción políticocultural. Tras regresar en junio de 1945 de su exilio moscovita, intentaba motivar a artistas y escritores a comprometerse por una cultura nueva, dirigiéndose sobre todo a autores que no habían emigrado, pero tampoco se habían dejado atrapar por el régimen nacionalsocialista. Becher fue cofundador y primer presidente de la «Liga Cultural para la Renovación Democrática de Alemania». Fallada aprobaba este programa y ya durante las primeras semanas de estancia en Berlín manifestó interés por colaborar en la Liga Cultural y en la editorial Aufbau fundada por esta en 1945.
Así se inició, sin que Fallada lo advirtiera, el devenir de su novela Solo en
Berlín[5]. A través de Otto Winzer, concejal de Instrucción Popular en Berlín Oriental, la Liga Cultural había conseguido los expedientes procesales de opositores ejecutados y buscaba autores que escribiesen sobre el tema. Fue idea de Becher dar a conocer a Fallada el proceso contra un matrimonio berlinés que, entre 1940 y 1942, había difundido en postales y cartas llamamientos a la resistencia contra el régimen nacionalsocialista, por lo que habían sido ejecutados. Heinz Willmann, secretario general de la Liga Cultural y cofundador de la editorial Aufbau, entregó a Fallada, por encargo de Becher, el expediente del proceso al matrimonio Otto y Elise Hampel. Fallada, sin embargo, rechazó la oferta: él mismo se había dejado arrastrar por el
impetuoso torrente y no quería aparecer mejor de lo que había sido[6]. Pero ante la insistencia de Becher, Willmann consiguió una nueva entrevista con Fallada en la que subrayó la singularidad del caso, que no se trataba de una actuación derivada de un compromiso político consciente, sino de la voluntad individual de dos personas
corrientes de vida retirada[7]. Becher no se había engañado con el interés psicológico de Fallada. Esta vez, este aceptó los expedientes y después de leerlos escribió un ensayo para la revista Aufbau: «Sobre la resistencia, que sí existió, de los alemanes
contra el terror de Hitler[8]», que constituye una primera aproximación al tema. En sus líneas esenciales este texto sigue el auténtico devenir de los acontecimientos, pero contiene interpretaciones propias y añadidos ficticios de personajes y episodios; también aparecen los futuros nombres de los protagonistas de la novela. En cualquier
caso, Fallada, como ya sugiere su descripción, no dispuso del expediente completo[9]. Él partió, por ejemplo, de que en el proceso, en el que se mintió tanto, también fue mentira la afirmación formulada en los fundamentos de la sentencia de que los Hampel se habían inculpado mutuamente. Pero de las peticiones de indulto que se conservan de los condenados y sus familias se desprende que esas personas profundamente desesperadas al verse en peligro de muerte confiaron realmente en conseguir de ese modo una posibilidad de salvación. Además, los padres de Elise, con una carta personal dirigida a Hitler y un regalo en efectivo de 300 marcos del Reich con motivo de su cumpleaños, intentaron lograr una revisión de la condena a
muerte de su hija, que al parecer había sido inducida por su marido[10].
Fallada describe en su ensayo lo que más le interesó del caso Hampel: «El matrimonio Quangel, dos individuos insignificantes del norte de Berlín […] acepta un buen día del año 1940 luchar contra la enorme maquinaria del Estado nazi, y sucede algo grotesco: el elefante se siente amenazado por el ratón». La frase final del texto no deja la menor duda de que escribirá una novela sobre el tema. De hecho, el 18 de octubre de 1945 la editorial Aufbau redactó un contrato con Fallada para ese proyecto que ostentó el título provisional ¡En nombre del pueblo alemán! (Alto
secreto [11] ). Como título alternativo se añadió posteriormente Solo en Berlín. Un día más tarde se firmó el contrato con la revista Neue Berliner Illustrierte para publicar la novela por entregas.
Pero Fallada retrasaba continuamente la escritura. Escribía relatos para Tägliche
Rundschau[12], convertido ya en un colaborador independiente; acompañaba a Becher a actos; pronunció un discurso sobre el proceso de Núremberg en el teatro nacional de Schwerin, y de enero a marzo de 1946 se sometió a una cura de desintoxicación en cuyo transcurso inició un nuevo proyecto: Der Alpckruck. Finalmente, en una carta dirigida a Kurt Wilhelm, director de la editorial Aufbau, el obsesionado escritor reveló lo que le impedía acometer el trabajo acordado. Describió su malestar y sus reparos frente a la proyectada novela, que le apetecía «cada vez menos». Primero por un argumento tan desesperanzado: «dos personas entradas en años, una lucha sin la menor posibilidad de éxito, amargura, odio, maldad, desánimo. Y segundo, por la total carencia de juventud y, en consecuencia, de perspectivas de futuro». Es verdad que él había hallado una vía para introducir de matute un asomo de juventud, pero: «Lo esencial en el caso Hampel es precisamente esa lucha solitaria de dos personas maduras, su total falta de relación con el entorno nazi, cada vez más violento. Introducir de matute supone volver a falsear el asunto. En suma, lisa y llanamente no
acaba de convencerme y se convertiría en algo muy forzado[13]».
Fallada se enfrascó en el trabajo en Pesadilla, una novela cifrada de carácter autobiográfico basada en las experiencias vividas desde abril de 1945 a julio de 1946. Siguió trabajando en ella en el hospital en el que estuvo ingresado de mayo a julio debido a una recaída nerviosa. En agosto, una vez concluida esta novela, retomó el argumento del proceso, por el que también se interesaba la productora
cinematográfica DEFA[14] El 21 de octubre comunicó a Kurt Wilhelm que iba progresando con la novela y pidió papel para realizar cinco ejemplares mecanografiados. Estimaba que abarcaría entre 600 y 800 páginas impresas. Como
título prefería ahora [15] Los Quangel o solamente Quangels..
El 30 de octubre envió a Kurt Wilhelm un resumen del argumento que había escrito para DEFA, con el fin de que este pudiera «prepararse despacio» para lo que
le esperaba[16] y el 5 de noviembre remitió a Wilhelm el «ansiado galimatías» para el
que se le había ocurrido otro título[17]. (Seguramente se trata del definitivo). El 17 de noviembre siguió la Segunda parte con el anuncio de la Tercera y la Cuarta. «Después —comentó Fallada a Wilhelm— estaré medio muerto, pero me alegro de haber escrito este libro, ¡por fin de nuevo un Fallada! Dicho sea de paso, a continuación no pretendo abordar enseguida la colosal novela (conquista de Berlín), sino que se me ha ocurrido una idea para un relato muy simpático destinado a su colección juvenil…
¡para distraerme!»[18]. En efecto, Fallada envió el final a la editorial el día 24 de
noviembre[19]. Había escrito una novela de 866 páginas mecanografiadas en apenas cuatro semanas.
Pese a su orgullo por el trabajo realizado, confesó las dificultades a la mujer de la que se había divorciado: en esta novela había resurgido «el primer auténtico Fallada desde Lobo entre lobos». Y eso «a pesar de que el argumento no me gustaba: actividades clandestinas durante la época hitleriana. Decapitación de los dos
héroes[20]». Tal vez por eso Fallada había añadido numerosos episodios que le abrieron la posibilidad de mostrar un amplio abanico de la conducta humana. Por una parte los caminos del comisario Escherich conducen al escenario de los soplones y delatores, de los jugadores y maleantes. Por otra, el mundo de los Quangel, en el que, a pesar de su hermetismo irrumpe el destino de otras personas: los Hergesell, la judía Rosenthal o el juez del Tribunal Cameral Fromm. Los personajes de esta novela viven su vida cotidiana en una de las épocas más sombrías de la historia alemana, expuestos a un ambiente de intimidación, miedo, traición, vigilancia. La forma de manejar esto constituye el tema de Fallada. Y de nuevo, igual que en Lobo entre lobos, el escenario es Berlín: sus calles y plazas, los patios traseros, las tabernas. La ciudad siempre está presente. En esta aleación característica de Fallada entre lo individual y lo urbano desarrolla el cuadro tan realista como conmovedor de la vida de la «gente corriente» en el Berlín nacionalsocialista.
En el período posterior Fallada revisó Pesadilla, atendiendo la sugerencia de Paul
Wiegler, lector de la editorial Aufbau[21], y se dedicó a corregir las pruebas para una nueva edición de Historias de críos. Pero a principios de diciembre sufrió otra recaída y fue ingresado en la clínica de enfermedades nerviosas de la Charité.
Probablemente el 22 de diciembre escribió desde allí a Kurt Wilhelm[22], solicitando, en lo referente a posibles cambios en la novela, una entrevista que Wilhelm, que hasta
entonces ignoraba el nuevo ingreso hospitalario de Fallada, aceptó en el acto[23].
El último día del año Wilhelm escribió a Fallada diciéndole que entretanto habían llegado informes críticos sobre la novela que él —«debido a nuestro contacto estrecho y personal»— no quería ocultarle. Y prosigue: «Aunque de manera reiterada se traspasan los límites de la crítica objetiva a novelas contemporáneas, de vez en cuando se mencionan inexactitudes fundadas que deberían ser corregidas en una revisión definitiva; en el curso de la lectura seguro que usted mismo llegará a idéntica conclusión. Quizá sea muy bueno “podar” algún que otro pasaje de la novela antes de su impresión, pues no hay que ayudar innecesariamente a los críticos de los periódicos y revistas de todas las tendencias a hacer una crítica barata, seguro que
usted también compartirá esta opinión[24]».
En enero de 1947 Fallada y su mujer, que también había estado ingresada en la Charité, regresaron a su vivienda durante unos días, pero el 10 de ese mismo mes ambos fueron ingresados en el hospital de Pankov. Wilhelm, que desconocía esa tragedia, escribió varias cartas a Fallada para reclamar la entrega de las correcciones de Historias de críos y confirmar que había logrado organizar un suministro entrega
de carbón para Fallada[25]. Ya no obtuvo respuesta: Fallada falleció el 5 de febrero de un paro cardíaco.
En el archivo de la editorial Aufbau se encuentra el ejemplar completo mecanografiado de la novela dispuesto para la imprenta, que debe ser uno de los
cinco ejemplares mencionados por Fallada[26]. Contiene correcciones a mano y tachaduras del lector Paul Wiegler, al que las primeras ediciones mencionan como
responsable de la edición[27]. Wiegler, antiguo director del departamento de narrativa de la editorial Ullstein, era uno de los cofundadores de la editorial Aufbau y de la revista Sinn und Form. Fallada se lo había reencontrado en octubre de 1945 y a través de él conoció a Becher.
Wiegler tuvo a la vista los informes que Wilhelm, el director de la editorial, había enviado y comentado a Fallada el 31 de diciembre de 1946. En su última carta a Fallada, escrita el 27 de enero, Wilhelm le preguntaba si había leído los informes. Ignoramos la posible respuesta. Aunque Fallada llegase a conocerlos, no es probable que reaccionase, pues pasó la mayor parte del tiempo en el hospital y en ese breve intervalo tuvo que luchar con su quebrantada salud y la de su mujer.
Los informes[28] están redactados como «comentarios a la novela de Fallada»
resumidos, registrados por el nombre[29] además hay una lista de comentarios críticos sobre pasajes aislados. No se sabe quién encargó estos informes, ni por qué. Cabe la posibilidad de que fueran ordenados por la redacción de la Neue Berliner Illustrierte, pues remiten a las condiciones específicas de la novela por entregas. Probablemente no desempeñaron papel alguno en el imprimátur que en aquella época concedía la
Administración militar soviética (SMAD) a todos los libros de la editorial Aufbau[30].
Todas las opiniones son negativas. Se arguye que a la novela le falta la clase media, que solo hay personajes en blanco y negro, que la familia Persicke está completamente exagerada, que era un error que en ella no apareciera una sola persona decente, que en la novela no había personas vivas, pero sí demasiadas casualidades e inverosimilitudes, que la realidad alemana era demasiado sombría; en suma —según el veredicto más negativo— se trataba de «una novela de un chulo de putas con ribetes políticos. Nadie desea haber tenido que ver con eso en Alemania».
El comentario de Wilhelm de que las opiniones «traspasaban con reiteración los límites de la crítica objetiva a la novela actual» se referiría tanto a tales objeciones como al listado de algunas inexactitudes históricas o lógicas. Wilhelm había entendido que a su autor no le interesaba el cuadro real «exacto», sino la impresión sensorial, transmitir el ambiente. En ese sentido, a Fallada le traía sin cuidado si la señora Häberle sabía de memoria las horas de salida del tren de Múnich, o la auxiliar de la consulta del médico, agobiada de trabajo, estaba en condiciones de vigilar la ida de Enno al aseo; si las asambleas en la fábrica finalizaban o no con un «Heil Hitler»; si Hitler fue hijo natural o no o si más bien lo fue su padre. La lista de objeciones es larga. El lector Wiegler pasa por alto muchos de estos comentarios, sobre todo en los casos en que una corrección hubiera aplanado en exceso el estilo narrativo de Fallada.
Pero donde Wiegler intervino de manera consecuente, transformando también el contenido, fue casi siempre en los aspectos políticos. En la época de creación de la novela aún funcionaban en las zonas de ocupación de Alemania las medidas de «desnazificación» decretadas por los aliados, en las que se inspeccionaban o castigaban los lazos con el régimen nacionalsocialista. Al mismo tiempo Becher, en su diseño políticocultural para la editorial Aufbau, apostaba por la idea de la
reconciliación e insistía en incluir a representantes del exilio interior[31] en el que también figuraba Fallada. En este contexto cabe imaginar que se quisiera publicar precisamente un libro suyo, que representase a personas susceptibles de servir de modelos e ideales. Personajes de la novela como Anna y Otto Quangel, que además tenían un trasfondo real, se brindaban a ello. Total, que con la novela sucedió precisamente lo que Fallada había intentado evitar. Su olfato literario había captado la realidad y los hondos conflictos humanos de la época nacionalsocialista y, con plena conciencia, no había querido representar a los Quangel como personas políticamente independientes sino como simpatizantes que abandonan esa postura. Así lo destacó en su ensayo, y la versión original de la novela responde asimismo a eso. Aquí el matrimonio Quangel coincide en que tienen que agradecer al Führer el empleo del marido como jefe de taller en una fábrica de muebles. Y según la voluntad del autor, Anna Quangel no solo tenía que haber sido una admiradora del Führer, sino también miembro de la Organización Nacionalsocialista de Mujeres y haber desempeñado en ella un cargo menor. (En los informes se critica que en 1940 la mujer no podría haber desempeñado esa función de la manera descrita). Wiegler suprimió todas las referencias a la anterior admiración de Anna a Hitler y a su cargo en la Organización de Mujeres. Esto afecta, además de a pasajes menores del texto, de manera muy grave sobre todo al capítulo 17, que muestra a una Anna Quangel inusualmente segura de sí misma y respondona. De él solo se conserva el comienzo que se suma al capítulo 18 original.
Además, Wiegler redujo al anonimato la célula de resistencia a la que pertenecía Trudel Hergesell tachando el adjetivo «comunista», tal vez por la condena inhumana de Trudel por parte de sus camaradas. Tachó pasajes en los que la cartera Eva Kluge es descrita como miembro del Partido. Siguiendo los informes, relativizó la deliberada ambigüedad del juez Fromm, que deja de ser calificado de «sangriento Fromm» o de «verdugo Fromm» para no «disminuir las simpatías por un juez antifascista» (informes).
Posiblemente las supresiones de expresiones vulgares o descripciones duras como la muerte de Escherich también obedecieron al criterio de revisión de Wiegler, que se guiaba por la corrección políticocultural. Sin embargo, desconocemos por qué cambió el nombre del chivato Barkhausen por Barkhausen.
La novela se publicó el año de la muerte de Fallada con la revisión de Wiegler [32] y a esa versión se atuvieron las ininterrumpidas ediciones nacionales y extranjeras. La edición de la novela, que presentamos aquí por primera vez en su forma original, con todas las «contravenciones» contra la corrección, la fidelidad a los hechos y las cuestiones de buen gusto, la muestra más escabrosa y cruda, pero también más
intensa, y a buen seguro eso era precisamente lo que pretendió Fallada[33]. Porque el auténtico mensaje de su novela no viene del centro de la sociedad, sino de sus márgenes: que hasta el más insignificante acto de resistencia es importante.
Almut Giesecke