Solo en Berlín
Capítulo 37
EL COMISARIO ESCHERICH CAE EN DESGRACIA
En el año posterior al «suicidio» del pequeño Enno Kluge, el comisario Escherich llevó una vida relativamente tranquila, sin que la impaciencia de sus superiores lo importunara. Cuando se dio parte de ese suicidio, con lo que se puso de manifiesto que ese hombre débil se había librado de todos los interrogatorios de la Gestapo y las SS, el Obergruppenführer Prall desató una ruidosa tormenta. Pero con el tiempo se calmó, la pista se había enfriado definitivamente y había que esperar otra nueva.
Por lo demás, el llamado Duende ya no era tan importante. La terca monotonía con la que escribía postales siempre con idéntico tono, que nadie leía ni quería leer y que sumían a todo el mundo en la confusión o el miedo, lo hacía parecer ridículo y estúpido. Escherich, sin embargo, continuaba clavando con ahínco sus banderitas en el plano de Berlín. Con cierta satisfacción comprobó que al norte de la plaza Alexander se concentraban cada vez más… ¡allí debía de tener el pájaro su nido! Y después estaba esa llamativa acumulación de casi diez banderitas al sur de la plaza Nollendorf; el Duende también debía de acudir con regularidad a la zona, aunque con grandes intervalos de tiempo. Todo eso se solucionaría satisfactoriamente algún día…
¡Ya te atraparemos! ¡Nos vamos acercando a ti cada vez más, de forma inexorable!, el comisario reía frotándose las manos.
Pero después volvía a dedicarse a otros asuntos. Había casos más importantes y urgentes. Por entonces estaba de palpitante actualidad una especie de loco, un nazi convencido, como se calificaba a sí mismo, que escribía todos los días al ministro Goebbels una carta grosera y ofensiva, a menudo pornográfica. Al principio esas misivas divirtieron al ministro, después lo irritaron, al final, hecho un basilisco, exigió la cabeza de su víctima. Su vanidad había sido herida de muerte.
Bien, el comisario Escherich había tenido suerte, había podido resolver el caso Puerco, como él lo había bautizado, en tres meses. El autor de las cartas, que dicho sea de paso pertenecía al Partido, es más, era un miembro antiguo, había sido conducido ante el ministro Goebbels, con lo que Escherich podía dar carpetazo al caso. Sabía que nunca volvería a oír nada del Puerco. El ministro jamás perdonaba una ofensa.
Después vinieron otros casos… sobre todo el del hombre que remitía encíclicas del Papa y discursos radiofónicos de Thomas Mann…, auténticos y falsos, a personalidades destacadas. Un tipo hábil ese hombre, no había sido nada fácil echarle el guante. Pero al final Escherich había conseguido llevarlo a la celda de los condenados a muerte en la prisión de Plötzensee.
Y ese modesto apoderado, que se convirtió de repente en un megalómano, director general de una inexistente acería, que escribía cartas confidenciales no solo a los directores de otras factorías reales sino también al Führer, para comunicar detalles sobre el alarmante estado de la industria armamentística alemana que, a menudo, no podían ser inventados. Bueno, ese pájaro fue fácil de atrapar; el círculo de personas que poseían informaciones similares al autor de las cartas era relativamente reducido.
Sí, el comisario Escherich había cosechado algunos éxitos significativos; entre sus colegas corrían ya rumores de que pronto ascendería saltándose el escalafón. Había sido un año muy provechoso el período transcurrido desde el suicidio del pequeño Kluge; el comisario Escherich estaba satisfecho.
Pero los tiempos cambiaron cuando los superiores de Escherich volvieron a plantarse en silencio delante del plano del Duende en Berlín. Solicitaron que les explicaran el significado de las banderitas, asintieron meditabundos cuando se les señaló la concentración de tropas al norte de la plaza Alexander, y más meditabundos todavía cuando Escherich les llamó la atención sobre la interesante avanzadilla al sur de la plaza Nollendorf, tras lo cual preguntaron:
—¿Y qué pistas tiene usted, Escherich? ¿Qué planes ha tramado para capturar al Duende? ¡Porque desde la invasión de Rusia ese tipo ha redoblado su actividad! En la última semana han aparecido cinco cartas y postales, ¿verdad?
—Sí —contestó el comisario—. ¡Y esta semana ya van tres!
—En resumidas cuentas, ¿cómo va el asunto, Escherich? Considere el largo tiempo que lleva actuando ese hombre, las cosas no pueden continuar así. ¡Esto no es un registro oficial de misivas de alta traición, usted es un funcionario policial, amigo mío! Por tanto, ¿qué pistas tiene?
Asediado, el comisario se quejó con amargura de la estupidez de dos mujeres que habían visto al hombre y no lo habían retenido y que, a pesar de haberlo visto, tampoco acertaban a describirlo.
—Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero no estamos hablando de la estupidez de los testigos, sino de las pistas que ha encontrado esa mente suya tan brillante.
El comisario volvió a conducir a sus superiores ante el mapa y en susurros subrayó que las banderitas estaban por todas partes al norte de la plaza Alexander, y solo quedaba completamente libre de ellas una zona concreta, no muy grande.
—En esa zona vive mi Duende. Allí no deposita postal alguna, porque es demasiado conocido, teme que lo vea un vecino. No son más que un par de calles donde solo residen personas modestas. Ahí está.
—¿Y por qué no ha hecho nada? ¿Por qué no ha ordenado registros domiciliarios en ese par de calles? ¡Tenemos que atraparlo, Escherich! La verdad es que no acabamos de entenderlo, por lo demás es usted de gran utilidad, pero en este caso comete una estupidez detrás de otra. Hemos estado revisando los informes. Entre ellos figura esa historia de Kluge al que usted dejó marchar, pese a su confesión. Pero después no se ocupa más de él y permite que el tipo se suicide, justo cuando más lo necesitábamos. ¡Estupidez tras estupidez, Escherich!
El comisario, retorciéndose el bigote muy nervioso, se permitió llamar la atención sobre el hecho de que el tal Kluge no tenía nada que ver con el autor de las postales, pues estas habían seguido llegando tanto antes como después de su muerte.
—Creo que su confesión de que un desconocido le entregó la postal para que la depositase es muy verosímil.
—Crea usted lo que le plazca. Nosotros creemos necesario que haga algo de una vez. Nos da igual qué, pero ahora pedimos resultados. De modo que, para empezar, ordene un registro domiciliario en esas calles. Ya veremos lo que sale a relucir. Siempre saldrá algo porque ¡este asunto apesta!
El comisario Escherich vuelve a llamar la atención con toda humildad sobre el hecho de que aunque se trata de unas pocas calles, las viviendas que deberían registrarse ascienden a casi un millar.
—La población se inquietará muchísimo. La gente ya está muy nerviosa por los crecientes ataques aéreos, ¡solo falta que les demos verdaderos motivos para protestar! Pero además: ¿qué podemos esperar de un registro domiciliario? ¿Qué vamos a encontrar? Para su actividad delictiva ese hombre solo necesita una pluma, cualquier hogar la tiene, un frasquito de tinta, ídem, unas cuantas postales, ídem. No sabría qué indicaciones dar a mis hombres para estos registros, qué ordenarles buscar. A lo sumo algo negativo: el escritor de postales seguro que no dispone de aparato de radio. Nunca he encontrado en esas postales la menor alusión a que haya sacado sus noticias de la radio. A menudo está mal informado. No, no sé qué buscar en ese registro domiciliario.
—¡Mi querido, mi estimado Escherich… de veras que no acertamos a comprenderlo! Usted no hace más que poner reparos, no sabe sugerir ni una sola propuesta positiva. ¡Pero tenemos que atrapar a ese hombre, y pronto!
—Y lo atraparemos —respondió el comisario con una sonrisa—, pero ¿pronto? No puedo prometerlo. De todos modos, no creo que continúe escribiendo postales otros dos años.
Ellos suspiraron.
—¿Que por qué? Porque el tiempo trabaja en su contra. Vean las banderitas, otras cien más, y el caso estará mucho más claro para nosotros. Mi Duende es un tipo condenadamente tenaz y frío, pero también ha tenido una suerte de la leche. Porque no basta con tener sangre fría, hace falta tener también una pizca de suerte, y hasta ahora la ha tenido hasta extremos casi inconcebibles. Sin embargo, esto es igual que cuando se juega a las cartas, caballeros, durante un rato las cartas pueden favorecer a un jugador, pero después de repente se termina la suerte. Entonces el juego estará en contra del Duende y nosotros tendremos todos los triunfos en la mano.
—¡Una teoría muy bonita e interesante, Escherich! Una teoría criminalista de lo más sutil, lo entendemos. Pero a nosotros la teoría no nos interesa, y de sus palabras solo deducimos que es posible que tengamos que esperar dos años más hasta que usted se decida a actuar. Nosotros no estamos de acuerdo, de manera que le proponemos que vuelva a analizar a fondo el caso y nos plantee, digamos que dentro de una semana, sus propuestas. Entonces veremos si es usted o no la persona adecuada para resolverlo. ¡Heil Hitler, Escherich!
Pero el Obergruppenführer Prall, que hasta entonces se había visto obligado a mantener la boca cerrada debido a la presencia de superiores de más alto rango, irrumpió de nuevo en el despacho de Escherich.
—¡Es usted un idiota, un tarugo! ¿Cree que voy a permitir que un inepto como usted siga deshonrando mi departamento? ¡Tiene usted una semana! —Agitó los puños, enfurecido—. ¡Que el cielo le ayude como no se le ocurra nada en dicho plazo! ¡Lo hundiré!
Etcétera, etcétera, etcétera. El comisario Escherich dejó de escucharlo.
En el plazo de gracia de una semana que le quedaba, el comisario Escherich se ocupó del caso Duende desentendiéndose por completo de él. En una ocasión había permitido que sus superiores le hicieran abandonar la táctica de esperar que él consideraba correcta, y enseguida todo se le fue de las manos, por eso había tenido que recurrir al tal Enno Kluge.
No es que Enno Kluge le causara muchos remordimientos de conciencia. Un llorica lastimoso y cobarde, era totalmente irrelevante que viviera o no. Pero ese pequeño canalla había causado multitud de problemas al comisario Escherich y le había costado cierto esfuerzo cerrar la boca que se había abierto una vez. Sí, aquella noche que no le gustaba recordar, el comisario había estado muy nervioso… y si había algo que odiaba ese hombre alto, insulso, anodino, era precisamente el nerviosismo.
No, no permitiría que nadie, ni siquiera superiores de altísimo rango, le arrebataran su perseverante paciencia… ¿Qué le podía suceder? Necesitaban a su Escherich, en muchos asuntos él era para ellos sencillamente insustituible. Despotricarían, se enfurecerían, pero al final harían lo único correcto: esperar con paciencia. No, Escherich no tenía ninguna propuesta que hacer…
Fue una reunión memorable. Pero en esta ocasión no se desarrolló en el despacho de Escherich, sino en la sala de reuniones y fue presidida por uno de los jefazos. Como es natural, no solo se abordó el caso Duende, también se discutieron numerosas cuestiones de otros departamentos. Hubo reproches, gritos, burlas despectivas. Y después se pasó al caso siguiente.
—Comisario Escherich, ¿quiere usted exponernos lo que tenga que decir sobre el caso del escritor de postales?
El comisario emitió un breve informe sobre lo sucedido y averiguado hasta entonces. Su exposición fue excelente, breve, precisa, no exenta de gracia, mientras se acariciaba el bigote con aire meditabundo.
Después llegó la pregunta del presidente:
—¿Y qué propuestas plantea para resolver ese caso que colea desde hace dos años? ¡Dos años, comisario Escherich!
—Solo puedo recomendar continuar esperando con paciencia, no hay otro remedio. Pero quizá se podría poner el caso en manos del comisario Zott para su revisión.
Durante un instante reinó un silencio sepulcral.
Después estallaron aquí y allá unas carcajadas burlonas. Una voz gritó:
—¡Pedazo de vago!
Y otra:
—¡Primero la cagas y luego se lo endosas a otros!
El Obergruppenführer Prall dio un tremendo puñetazo en la mesa:
—¡Te voy a hundir, carroña!
—Les ruego absoluto silencio.
La voz del presidente sonó ligeramente asqueada. Todos callaron.
—Caballeros, hemos presenciado aquí una conducta que casi cabe equiparar a la deserción. Una huida cobarde ante las dificultades que todo combate conlleva de forma inevitable. Lo lamento. Escherich, queda usted dispensado de seguir participando en esta reunión. Espere mis órdenes en su despacho.
El comisario, completamente lívido (porque no esperaba una medida por el estilo), hizo una inclinación. Después se dirigió hacia la puerta, allí entrechocó los tacones y gritó con el brazo estirado:
—¡Heil Hitler!
Nadie le prestó atención. El comisario se fue a su despacho.
Las órdenes prometidas se presentaron primero bajo la figura de dos hombres de las SS que lo miraron sombríos, uno de los cuales advirtió con tono amenazador:
—¡No se le ocurra tocar nada más aquí! ¿Entendido?
Escherich giró la cabeza despacio hacia el hombre que le hablaba de ese modo. Era un tono nuevo. No es que Escherich no lo conociera, pero jamás lo habían empleado con él. Un simple miembro de las SS, el tipo ese… las cosas debían de estar muy negras para Escherich si adoptaba ese tono con el comisario.
Un rostro brutal, nariz aplastada, mentón muy desarrollado, tendencia a actos de brutalidad, inteligencia escasamente desarrollada, peligroso en estado de embriaguez, resumió Escherich. ¿Qué había dicho el pez gordo arriba? ¿Deserción? Qué ridiculez. ¡El comisario Escherich, desertor! Típico de esos individuos, siempre con palabras grandilocuentes en los labios que después se quedaban en nada.
Entraron el Obergruppenführer Prall y Zott.
¡Me lo figuraba, han aceptado mi propuesta! Lo más razonable que podían hacer, aunque creo que ni siquiera esa astuta mente privilegiada podrá deducir algo nuevo del material existente.
Escherich se dispone a saludar con amabilidad a Zott para demostrarle que no se siente ofendido porque le hayan confiado el caso, pero se siente brutalmente apartado a un lado por los dos miembros de las SS, y el de cara de homicida grita:
—¡Se presentan los miembros de las SS Dobat y Jacoby con un detenido!
¿Detenido…? ¿Seré yo?, se pregunta Escherich asombrado.
Y en voz alta:
—Mi Obergruppenführer, me permito decir que…
—¡Haz que ese canalla cierre el pico! —grita, iracundo, Prall, que seguramente también se ha llevado una buena reprimenda.
El SS Dobat golpea en la boca a Escherich con el puño cerrado. Este siente un dolor espantoso, un sabor a sangre en la boca, repugnante y cálido. Después se inclina hacia delante y escupe unos dientes sobre la alfombra.
Y mientras hace todo eso de manera completamente mecánica, ni siquiera nota auténtico dolor, piensa: Tengo que aclarar esto de inmediato. Claro que estoy dispuesto a todo. Registros domiciliarios por todo Berlín. Espías en cada edificio donde vivan varios abogados y médicos. Haré todo lo que queráis, pero a mí no podéis sacudirme sin más un puñetazo en la boca, ¡a mí, un comisario de la Brigada de Investigación Criminal condecorado con la Cruz al Mérito Militar!
Mientras se rompe la cabeza e intenta liberarse mecánicamente de las manos de los hombres de las SS, disponiéndose a hablar una y otra vez —aunque el labio superior partido y la boca sangrante se lo impiden—, el Obergruppenführer Prall ha saltado ante él y, agarrándolo con las dos manos por la pechera, vocifera:
—¡Vaya, por fin te tenemos a punto, listillo arrogante! Te creías la mar de astuto cuando me presentabas tus sagaces informes de mierda, ¿eh? ¿Crees acaso que no me daba cuenta de lo estúpido que me considerabas, y de lo inteligentísimo que te creías tú? ¡Pues ya te tenemos, y ahora te vamos a machacar, te vas a enterar de lo que vale un peine!
Durante un instante Prall, casi enloquecido por la cólera, clavó sus ojos en el hombre ensangrentado.
—Llenándome de escupitajos la alfombra con tu asquerosa sangre de perro, ¿eh? —chilló—. ¡Trágate la sangre, cerdo, o yo mismo te sacudiré un puñetazo en los morros!
Y el comisario Escherich… no, el lastimoso, aterrorizado hombrecillo Escherich, que una hora antes había sido un poderoso comisario de la Gestapo, con la frente cubierta por un sudor mortal, se esforzó por tragarse el torrente de sangre repulsivamente caliente para no manchar la alfombra, su propia alfombra, mejor dicho, ahora la alfombra del comisario Zott…
El Obergruppenführer había observado con mirada ávida el lamentable comportamiento del comisario. Luego se apartó de Escherich con un irritado «¡Bah!» y preguntó al comisario Zott:
—¿Necesita a este hombre para alguna aclaración, señor Zott?
Una ley no escrita prescribía que los policías comisionados para prestar servicio en la Gestapo se ayudaran en cualquier eventualidad, al igual que también los SS se ayudaban entre sí… a menudo en contra de los funcionarios policiales. A Escherich jamás se le habría ocurrido entregar a un colega a las SS, por culpable que fuera; más bien habría intentado ocultar ante estos incluso la mayor de las vilezas. Y ahora se vio obligado a presenciar cómo el comisario, tras una breve mirada a Escherich, decía con tono gélido:
—¿A este hombre? ¿Para una aclaración? Gracias, mi Obergruppenführer. Prefiero aclararme solo.
—Llévense a este hombre —gritó el Obergruppenführer—. ¡Y metedle un poco de prisa, chicos!
Y los dos SS, riéndole la gracia, arrastraron a Escherich a toda velocidad por el corredor, el mismo corredor al que, un año antes, había lanzado de un patada a Barkhausen. Y lo arrojaron por la escalera de piedra, y quedó tendido sangrando en el mismo lugar que Barkhausen. Lo levantaron a patadas y lo tiraron escaleras abajo hacia el búnker…
Le dolían todos sus miembros, y después, golpe a golpe, lo obligaron a quitarse el traje de paisano, a enfundarse el uniforme a rayas, el desvergonzado reparto franco de sus propiedades entre los hombres de las SS. Y continuos golpes, empujones, amenazas…
¡Oh, claro que sí!, el comisario Escherich había visto todo eso muchas veces a lo largo de los últimos años, y no le había parecido asombroso o reprobable, porque lo sufrían los delincuentes. Ocurría así con razón. Pero al comisario de investigación criminal Escherich no le cabía en la cabeza que él figurase ahora entre esos delincuentes sin derechos, no señor. No había delinquido. Solo había propuesto traspasar un caso en el que tampoco ninguno de sus superiores había conseguido avanzar una propuesta útil. ¡Eso había que aclararlo, tenían que volver a por él enseguida! Si no podían arreglárselas sin él… Hasta entonces tenía que guardar la compostura, no mostrar el menor temor, ni siquiera debía dejar que se notasen sus dolores.
En ese momento trajeron a otro al búnker. Un carterista de tres al cuarto, según se supo enseguida, que había tenido la desgracia de intentar robar a la esposa de un alto dirigente de las SA y había sido sorprendido.
Ya llegaban, por el camino se habían ocupado de él, una criatura llorosa que apestaba a sus excrementos y que arrastrándose de rodillas no dejaba de rodear las piernas de los hombres de las SS, suplicando por la santísima Virgen que no le hicieran nada. Que se apiadasen de él, que Jesucristo se lo recompensaría.
Los hombres de las SS se divertían golpeando con las rodillas al desgraciado suplicante que rodeaba sus piernas y el carterista se retorcía entre alaridos por el suelo… hasta que volvía a atisbar los rostros duros, creía descubrir un atisbo de piedad y reanudaba sus súplicas…
Y con ese gusano, con ese cobarde que apestaba a mierda, fue encerrado en una celda el todopoderoso comisario Escherich.