Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 65 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 65

EL JUICIO: LOS DEFENSORES

 

El defensor de Anna Quangel, el preocupado hombre gris entrado en años al que en los momentos de ensimismamiento tanto le gustaba hurgarse la nariz y que tenía un aspecto inequívocamente judío (pero al que no se le pudo «demostrar» nada porque sus documentos eran «arios de pura cepa»), ese hombre que había sido nombrado defensor de oficio de la mujer, se levantó para pronunciar su alegato.

Manifestó que lamentaba mucho verse obligado a hablar en ausencia de su defendida. Sin duda alguna sus invectivas contra instituciones del Partido tan acreditadas como las SA y las SS habían sido lamentables…

Interrupción a gritos del fiscal:

—¡Criminales!

Desde luego, por supuesto que coincidía con la fiscalía, esas invectivas eran sin duda criminales. No obstante, el caso del hermano de su cliente demostraba que ella no se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales. El caso Ulrich Heffke, que seguro recordaba el Alto Tribunal, había demostrado que por las venas de la familia Heffke circulaba el espíritu de la locura religiosa. Sin pretender anticiparse al dictamen del perito médico, él se aventuraba a pronosticar que se trataba de esquizofrenia, y dado que la esquizofrenia formaba parte de las enfermedades hereditarias…

Aquí el defensor gris fue interrumpido por segunda vez por el fiscal, que pidió al tribunal que amonestase al letrado por sus divagaciones.

El presidente Feisler exhortó al abogado a no divagar.

El abogado argumentó que no divagaba.

Claro que no divagaba. Se trataba de alta traición, no de esquizofrenia y locura.

Nueva objeción del letrado: Si el fiscal tenía derecho a probar la inferioridad moral de su cliente, él tenía derecho a hablar de esquizofrenia. Solicitaba una decisión del tribunal.

El tribunal se retiró a deliberar sobre la solicitud del defensor. A continuación el presidente Feisler hizo saber:

—Ni en la instrucción de la causa ni en el juicio de hoy se ha evidenciado indicio alguno de perturbación mental en Anna Quangel. El caso de su hermano Ulrich Heffke no puede invocarse como prueba, dado que todavía no existe dictamen forense sobre el testigo Heffke. Es muy posible que Ulrich Heffke sea un peligroso simulador que solo ha querido prestar ayuda a su hermana. Se recomienda a la defensa que se atenga a los delitos de alta traición hechos públicos en el juicio de hoy…

Mirada triunfal del fiscal pinscher al preocupado abogado.

Que el letrado le devuelve con tristeza.

—Dado que el Alto Tribunal me prohíbe abordar el estado mental de mi cliente —prosiguió el abogado de Anna Quangel—, me saltaré todos los puntos que apuntan a que tiene sus facultades mentales perturbadas: injuriar a su propio esposo tras la muerte del hijo, su conducta a menudo extraña, casi enajenada…

El fiscal pinscher empieza a ladrar.

—¡Mi más enérgica protesta por el modo en que el defensor de la acusada elude la prohibición del tribunal! Se salta los puntos para destacarlos con mucho más vigor. ¡Solicito un pronunciamiento del tribunal!

El tribunal se retira nuevamente y en su reaparición el presidente Feisler comunica, enfadadísimo, que condena al abogado a una multa de quinientos marcos por contravenir una decisión del tribunal. Si el caso se repite, amenaza con retirarle el uso de la palabra.

El abogado gris inclina la cabeza. Parece preocupado, como si le agobiase pensar cómo va a reunir esos 500 marcos. Comienza su discurso por tercera vez. Se esfuerza por describir la juventud de Anna Quangel, sus años de sirvienta, después el matrimonio al lado de un hombre que es un frío fanático, toda una vida de mujer:

—Solo trabajo, preocupaciones, renuncia, sometimiento a un hombre duro. Y ese hombre comienza de repente a escribir postales cuyo contenido entraña alta traición. Se ha probado claramente en este juicio que fue el hombre quien concibió esta idea, no la mujer. Todas las afirmaciones contrarias de mi cliente en el sumario han de interpretarse como una abnegación fallida…

El abogado continúa:

—¿Qué podía hacer Anna Quangel contra la voluntad criminal de su esposo? ¿Qué? Llevaba a sus espaldas una vida de servidumbre, solo había aprendido a obedecer, jamás había opuesto resistencia. Ella era una criatura de su marido, estaba sujeta a él…

El fiscal permanece sentado, aguzando las orejas.

—¡Alto Tribunal! El hecho, o mejor dicho la complicidad en el hecho, de una mujer así no puede valorarse plenamente. Al igual que no se puede castigar a un perro que por orden de su amo caza liebres en coto ajeno, tampoco se puede responsabilizar plenamente a esta mujer por su complicidad subsidiaria. Ella — también por este motivo— tiene la protección del artículo 51 párrafo 2.º…

El fiscal interrumpe otra vez: ladra que el abogado ha vuelto a infringir la prohibición del tribunal.

El defensor protesta.

El fiscal lee en voz alta de una libreta:

—Según el taquigrama la defensa ha dicho lo siguiente: «Ella —también por este motivo— tiene la protección del artículo 51, párrafo 2.º». Las palabras «también por este motivo» se refieren con claridad meridiana a la enfermedad mental de la familia Heffke aseverada por la defensa. ¡Solicito una decisión del tribunal!

El presidente Feisler pregunta al defensor a qué aludían las palabras «también por este motivo».

El abogado explica que se referían a argumentos que desarrollará en el curso ulterior de su defensa.

El fiscal grita que nadie alude en su alegato a algo que no ha sido dicho todavía. La alusión solo puede versar sobre algo conocido, nunca sobre lo desconocido. Las palabras del señor defensor eran una excusa absurda.

El defensor protestó contra la imputación injuriosa de haber utilizado una excusa absurda. Por lo demás en una alocución uno podía referirse perfectamente a algo que se expondría más tarde, era una figura retórica conocida para crear expectación por lo que vendría después. Así por ejemplo, Marco Tulio Cicerón, en su famosa Tercera filípica…

Anna Quangel había caído en el olvido; ahora Otto Quangel miraba a uno y otro, boquiabierto.

Se había iniciado una acalorada disputa. Llovían citas en latín y griego clásico.

Finalmente el tribunal optó por retirarse, y cuando reapareció, y para sorpresa generalizada (pues la disputa erudita había hecho olvidar el motivo de la misma a la mayoría), el presidente Feisler anunció que al abogado de la acusada se le había retirado el uso de la palabra por infracción reiterada de una decisión del tribunal. La defensa oficial de Anna Quangel se delegaba en el asesor Lüdecke, casualmente presente.

El defensor gris hizo una reverencia y abandonó la sala, más preocupado que nunca.

El asesor Lüdecke «casualmente presente» se levantó y habló. No tenía mucha experiencia y tampoco había escuchado bien, se sentía intimidado por el tribunal, además por entonces es taba muy enamorado y era incapaz de ningún pensamiento razonable. Habló durante tres minutos, pidió la aplicación de circunstancias atenuantes (suponiendo que el Alto Tribunal no fuera de otra opinión, en cuyo caso rogaba se considerase su ruego no formulado) y volvió a sentarse, muy colorado y confundido.

Se le concedió la palabra al defensor de Otto Quangel.

Este se levantó, muy rubio y altanero. Hasta entonces no había intervenido en el juicio ni había tomado una sola nota, la mesa ante él estaba vacía. Durante las horas que había durado el juicio se había dedicado a frotar suavemente entre sí las uñas rosadas y muy cuidadas de sus dedos y a contemplarlas una y otra vez con atención.

Pero ahora habló con la toga entreabierta y una mano dentro del bolsillo del pantalón, mientras con la otra hacía gestos pausados. Este defensor no podía soportar a su cliente, le parecía antipático, limitado, increíblemente feo y casi repugnante. Y por desgracia Quangel había hecho todo para acrecentar más todavía esa aversión de su defensor al negar cualquier información al abogado, a pesar de las acuciantes recomendaciones del maestro Reichhardt: él no necesitaba ningún abogado.

Así que ahora tomó la palabra el doctor Stark, el abogado. Su habla nasal y monótona estaba en franca oposición a las brutales palabras que utilizaba.

—Seguramente todos los que nos hemos reunido en esta sala —decía— rara vez habremos presenciado una imagen tan abismal de la depravación humana como la que se ha exhibido hoy aquí. Traición a la patria, alta traición, prostitución, alcahuetería, aborto, avaricia… ¿existe acaso un delito humano que mi cliente no haya cometido o en el que no haya participado? Alto Tribunal, caballeros, me veo incapacitado para defender a semejante criminal. En un caso así me despojo de la toga del defensor, yo mismo, el defensor, he de convertirme en fiscal, y alzo mi voz con una exhortación: que la justicia siga su curso con la máxima severidad. Modificando una conocida frase solo puedo decir: ¡Fiat justitia, pereat mundus! ¡No hay atenuantes para este criminal que no merece el calificativo de humano!

Tras esta perorata, el defensor hizo una reverencia para sorpresa de todos y volvió a tomar asiento, estirando con cuidado los pantalones por encima de las rodillas. Tras lanzar una mirada inquisitiva a sus uñas, comenzó a frotárselas con suavidad.

Después de unos momentos de desconcierto, el presidente preguntó al acusado si tenía algo que decir en su favor, pero le exigía la mayor brevedad posible.

Otto Quangel se sujetó los pantalones.

—No tengo nada que decir en mi favor —comunicó—. Pero quisiera dar mis más sinceras gracias a mi abogado por su defensa. Al fin he comprendido lo que es un iletrado.

Quangel se sentó en medio del tumulto provocado por los demás. El abogado dejó de pulirse las uñas, se levantó y anunció con indolencia que renunciaba a cualquier acción contra su cliente, pues este acababa de demostrar una vez más que era un delincuente incorregible.

Ese fue el instante en que Quangel rio, por primera vez desde su detención —no, desde tiempos inmemoriales—; fue la suya una risa alegre y despreocupada. La comicidad de que esa chusma de criminales pretendiera tildarlo en serio de delincuente se apoderó repentinamente de él.

El presidente riñó duramente al acusado por su alegría inconveniente. Barajó la posibilidad de proceder contra Quangel con penas más duras todavía, pero entonces cayó en la cuenta de que ya había impuesto al acusado todos los castigos posibles, que solo le quedaba expulsarlo de la sala, y consideró el escaso efecto que causaría pronunciar la sentencia en ausencia de los dos acusados. Así que se contentó con mostrarse clemente.

El tribunal se retiró para dictar sentencia.

Pausa prolongada.

La mayoría salió a fumarse un cigarrillo, como en el teatro.