Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 34 de 82

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Solo en Berlín

Tercera Parte

La suerte le da la espalda

a los Quangel

Capítulo 34

TRUDEL HERGESELL

 

Los Hergesell viajaron en tren desde Erkner a Berlín. Trudel Baumann había perdido su apellido, el amor tenaz de Karl había vencido, se habían casado, y en esos momentos, corría el funesto año de 1942, Trudel se encontraba en su quinto mes de embarazo.

Con la boda ambos habían renunciado asimismo a su trabajo en la fábrica de uniformes; tras la dolorosa experiencia con Grigoleit y Bebé ya nunca volvieron a sentirse a gusto en ella. Él trabajaba ahora en una fábrica química en Erkner, mientras que Trudel se ganaba unos marcos adicionales como modista a domicilio. La pareja recordaba la época de su actividad ilegal con ligera vergüenza. Ambos eran conscientes de que habían fracasado; pero ahora sabían que no eran aptos para una actividad clandestina, que exigía un postergamiento total del propio yo. Ahora solo vivían para disfrutar de la felicidad doméstica y de la alegría anticipada por el hijo que esperaban.

Cuando abandonaron Berlín y se trasladaron a Erkner, pensaron que allí, lejos del Partido y de sus exigencias, lograrían vivir en paz. Al igual que muchos habitantes de la gran ciudad, profesaban la errónea creencia de que los soplones solo eran tan malos en Berlín, que en el campo, en una ciudad pequeña, seguía reinando la decencia. Y como muchos habitantes de la gran ciudad habían comprobado que precisamente las denuncias, las escuchas y el espionaje eran diez veces peores en una población pequeña que en la gran ciudad. En una ciudad pequeña nunca podías perderte entre la masa, todos eran claramente visibles, tus circunstancias personales se conocían con gran rapidez, evitar conversaciones con los vecinos era casi imposible, y ya en un par de ocasiones habían experimentado con pesar hasta qué punto podían tergiversarse tales conversaciones.

Puesto que ninguno de los dos estaba afiliado al NSDAP, ambos participaban en todas las colectas con la menor aportación posible y tendían a vivir exclusivamente para sí mismos; como ambos preferían leer a acudir a mítines, Hergesell, con sus largos cabellos oscuros siempre alborotados y sus ardientes ojos negros parecía un verdadero socialista y pacifista (en opinión de los miembros del Partido nazi), y Trudel había dicho en cierta ocasión en un minuto de irreflexión que los judíos eran dignos de lástima… no tardaron en ser considerados políticamente sospechosos, hasta el punto de que vigilaban cada uno de sus pasos e informaban de todas y cada una de sus palabras.

Los Hergesell sufrían en el ambiente en que se veían obligados a vivir en Erkner. Pero se persuadieron de que no debían preocuparse por eso, de que no podría pasarles nada, pues no luchaban contra el Estado. «Los pensamientos son libres», decían, pero habrían tenido que saber que en ese Estado ni siquiera los pensamientos eran libres.

Así que se refugiaban cada vez más en su felicidad amorosa. Eran dos amantes que, en medio de una inundación, a merced de las olas, entre los edificios desplomándose y el ganado ahogándose, se aferran el uno al otro creyendo que su unión, su amor, los librará de la catástrofe general. Aún no habían comprendido que en esa Alemania en guerra la vida privada había dejado de existir. Que ningún repliegue te libraba de pertenecer a la comunidad de los alemanes y tenías que sufrir el destino de los demás alemanes, al igual que las bombas cada vez más numerosas caían al azar tanto sobre los justos como sobre los pecadores.

Los Hergesell se separaron en la plaza Alexander. La mujer tenía que entregar un pequeño encargo de costura en la calle Kleine Alexander, mientras que el marido deseaba examinar un carrito infantil cuya venta había visto anunciada. Acordaron reencontrarse en la estación hacia el mediodía, y cada uno se fue por su camino. Trudel Hergesell, a la que el embarazo, tras las molestias iniciales, había infundido ahora, en el quinto mes, un sentimiento de confianza en sí misma y una felicidad desconocida hasta entonces, llegó deprisa a la calle Kleine Alexander y entró en el portal.

Un hombre subía por las escaleras por delante de ella. Solo lo veía de espaldas, pero lo reconoció en el acto por la postura característica de su cabeza, por la nuca rígida, la figura alta, los hombros erguidos: era Otto Quangel, el padre de su antiguo prometido, el hombre al que en su día había revelado el secreto de su organización clandestina.

Se detuvo sin darse cuenta. Era obvio que Quangel aún no se había percatado de su presencia. Subía las escaleras sin prisa, pero sin pausa. Ella lo siguió desde un piso más abajo, siempre dispuesta a detenerse inmediatamente en cuanto Quangel llamase a una de las numerosas puertas de ese edificio de oficinas.

Pero en lugar de llamar, ella lo vio detenerse junto a uno de los ventanales de la escalera, sacar una postal del bolsillo y depositarla en la repisa de la ventana. Al hacerlo, su mirada se encontró con la de la observadora. Pero a Quangel no se le notó si la había reconocido o no, y bajó por la escalera sin mirarla cuando pasó a su lado.

Cuando llegó un poco más abajo, la joven corrió hacia la ventana y recogió la postal. Solo leyó las primeras palabras: «¿Acaso no habéis comprendido todavía que el Führer os mentía ignominiosamente cuando dijo que Rusia se preparaba para invadir Alemania?».

Echó a correr detrás de Quangel.

Lo alcanzó cuando salía del edificio, se apresuró a ponerse a su lado y preguntó:

—¿No me has reconocido hace un momento, padre? ¡Soy yo, Trudel, la Trudel de Otto!

El hombre giró la cabeza y a ella le pareció que jamás había tenido la impronta dura y furiosa de un pájaro como en ese instante. Durante un momento creyó que se negaba a reconocerla, pero después esbozó una leve inclinación de cabeza y dijo:

—Tienes buen aspecto, muchacha.

—Sí —reconoció, con los ojos resplandecientes—. Además, no me había sentido nunca tan fuerte y tan feliz. Espero un hijo. Me he casado. ¿No te enfadas, padre?

—¿Por qué iba a enfadarme contigo? ¿Por casarte? No seas tonta, Trudel, eres joven y Otto lleva casi dos años muerto. No, ni siquiera Anna te reprocharía haberte casado, y eso que ella sigue pensando día tras día en su pequeño Otto.

—¿Qué tal está?

—Como siempre, Trudel, como siempre. Nosotros, los viejos, ya cambiamos poco.

—¡Sí! —replicó, deteniéndose—. ¡Sí! —Su rostro adoptó una expresión muy seria—. Sí, han cambiado muchas cosas en vosotros. ¿Te acuerdas de la vez que estuvimos en aquel pasillo de la fábrica de uniformes, debajo de los carteles de las ejecuciones? Entonces me previniste…

—No sé de qué me hablas, Trudel. Los viejos olvidan muchas cosas.

—Hoy soy yo la que te previene, padre —prosiguió en voz baja con tono muy insistente—. He visto cómo dejabas la postal en la escalera de ese edificio, esa terrible postal que ahora llevo en mi bolso.

Él la miraba de hito en hito con sus ojos fríos, que ahora parecían brillar enfadados.

—Padre, se trata de tu cabeza —susurró—. Al igual que yo, pueden haberte observado otros. ¿Sabe madre lo que estás haciendo? ¿Lo haces a menudo?

Quangel guardó silencio durante tanto rato que ella pensaba que no quería contestarle. Pero de pronto dijo:

—Ya sabes, Trudel, que no hago nada sin mi mujer.

—¡Oh! —exclamó la joven y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me lo temía. También has comprometido a madre.

—Madre perdió a su hijo. Ella aún no lo ha superado… no lo olvides, Trudel.

Las mejillas de la joven se tiñeron de rojo, como si le hubiera hecho un reproche.

—Creo que Otto no estaría de acuerdo si viera a su madre metida en algo así — murmuró Trudel.

—Cada cual sigue su camino, Trudel. —Contestó Otto Quangel con tono gélido —. Tú, el tuyo, nosotros, el nuestro. Sí, nosotros seguimos nuestro camino. —Echó de golpe la cabeza hacia atrás y luego hacia delante, fue como si el pájaro asestara un picotazo—. Y ahora tenemos que separarnos. Que te vaya bien, Trudel, con tu hijito. Saludaré a madre de tu parte… quizá.

Y ya se había ido.

Después regresó.

—Esa postal no la guardes en el bolso, ¿comprendes? —le recomendó—. Déjala en cualquier sitio, como he hecho yo. Y a tu marido no le cuentes una palabra, ¿me lo prometes, Trudel?

Esta asintió con suavidad, limitándose a mirarlo asustada.

—Y después nos olvidarás. Olvidarás todo sobre los Quangel; si vuelves a verme alguna vez, no me conoces, ¿entendido?

Nuevo asentimiento de cabeza.

—Entonces, que te vaya bien —repitió, y esta vez se marchó de verdad, con la de cosas que ella habría querido decirle.

Cuando Trudel dejó la postal de Otto Quangel, sintió todos los miedos que experimenta un delincuente que teme ser sorprendido y optó por no seguir leyéndola. Destino trágico también el de esa postal de Otto Quangel, hallada por una persona amiga, mas tampoco esta surtió efecto. También fue escrita en vano, también a su destinataria le asaltó el deseo de librarse de ella lo antes posible.

Cuando Trudel depositó la postal justo en la misma repisa de la ventana donde la había dejado Quangel (a ella ni se le habría pasado por la cabeza elegir otro sitio), subió deprisa los últimos peldaños y llamó al timbre del bufete de un abogado para cuya secretaria estaba haciendo un vestido… con una tela robada en Francia y enviada a la secretaria por un amigo suyo que estaba en el Servicio de Seguridad del Führer.

Mientras se lo probaba, Trudel sintió escalofríos y de repente se le nubló la vista. Tuvo que echarse en el despacho del abogado —este había salido a una cita— y más tarde tomarse un café, muy bueno y auténtico (robado en Holanda por otro amigo de las SS).

Pero mientras todo el personal del bufete le prestaba ayuda con amabilidad —su estado era difícil de pasar por alto, porque llevaba toda la carga «delante»—, Trudel Hergesell pensaba: Tiene razón, nunca debo decirle nada de esto a Karl. Ojalá no sea perjudicial para el bebé, esto me ha alterado muchísimo. ¡Ay, padre, no debería hacer algo así! ¿Es que no piensa en el peligro y en el miedo al que expone a la gente con eso? ¡Bastante dura es ya la vida!

Cuando volvió a bajar por la escalera, la postal había desaparecido. Soltó un suspiro de alivio, pero ese alivio no perduró. No podía evitarlo, tenía que pensar en su posible descubridor, en si esa persona se habría llevado el mismo susto que ella, en qué haría con la postal. Todos sus pensamientos giraban en torno a ese asunto.

Trudel no regresó a la plaza Alexander con la misma presteza que a la ida. En realidad pretendía hacer unos recados, pero no se sintió capaz. Se sentó muy quieta en la sala de espera, confiando en que Karl llegase pronto. Cuando estuviera allí, se le pasaría el susto que tenía metido en el cuerpo… aunque no le dijera nada. Su mera presencia lo lograría…

Sonrió y cerró los ojos.

¡El bueno de Karl!, pensó ella. ¡Mi único…!

Y se quedó dormida.