Solo en Berlín
Capítulo 32
UNA VISITA A LA SEÑORITA ANNE SCHÖNLEIN
La llamada telefónica de Barkhausen comunicando que había descubierto a Enno Kluge en Berlín oeste sumió al comisario Escherich en una tremenda perplejidad.
—Sí, allá voy. ¡Enseguida! —contestó sin pensárselo dos veces.
Pero cuando estaba dispuesto para salir, volvieron a acometerle las dudas.
Sí, señor, así que ya lo tenía, al tan ardientemente deseado, al perseguido desde hacía días. Ya lo tenía, bastaría con ponerle la mano encima para tener a ese muchachote. En el curso de las pesquisas esforzadas, impacientes, solo había pensado en el instante en que lo capturaría; había ahuyentado con energía cualquier otro pensamiento sobre lo que había que hacer con él una vez que lo hubiese atrapado.
Pero el momento había llegado. Y se planteó la pregunta: ¿qué hacer en realidad con Enno? Porque él lo sabía, y ahora lo reconocía con claridad meridiana: Enno Kluge no era el autor de las postales, lo sabía con absoluta certeza. Durante la búsqueda había podido enmascararlo, había comentado incluso con su ayudante Schröder que Kluge ocultaba sin duda alguna otra fechoría.
Pues sí, alguna otra cosa puede, pero no esa, ¡él no había escrito las postales! ¡De ninguna manera! ¡Si lo detenía, si lo traía allí, a la calle Prinz-Albrecht, nadie conseguiría disuadir al Obergruppenführer de interrogar en persona a Kluge, y estaba claro que entonces todo saldría a relucir, o sea, nada de postales pero sí una declaración firmada con engaños! ¡No, imposible llevar allí a Kluge!
Pero también era imposible dejarlo suelto, aunque estuviera sometido a continua vigilancia, Prall jamás lo toleraría. Y tampoco se dejaría entretener mucho más tiempo con falsas promesas, aunque Escherich le ocultase de momento el hallazgo de Kluge. Ya en un par de ocasiones había insinuado con mucha firmeza que pensaba poner el caso Duende en otras manos, unas manos un poco más astutas. Y el comisario no podía permitirse quedar en ridículo… Además el caso le interesaba sobremanera, había cobrado importancia para él.
Escherich, sentado ante su escritorio, mira abstraído, mordiéndose su amado bigote de color arena. Un maldito callejón sin salida, se dice. ¡Me he metido en un maldito callejón sin salida! ¡Haga lo que haga, estará mal, y si me cruzo de brazos, será todavía peor! ¡Maldito callejón sin salida!
Se queda sentado, cavilando. Transcurre el tiempo y el comisario sigue sentado, cavilando. ¡Barkhausen…! ¡Al diablo con Barkhausen! ¡Que continúe allí, vigilando el edificio! ¡Le sobra tiempo para eso! ¡Y como pierda a Enno mientras tanto, le sacará las tripas! ¡Le pide quinientos marcos y que los lleve en el acto! ¡Me cago en él y en sus quinientos marcos! ¡Un Enno, cien Ennos, no valen quinientos marcos! ¡Le sacudirá bien fuerte en los morros a Barkhausen, ese perro imbécil! ¿Qué le importa Kluge a él? ¡Al que necesita es al autor de las postales!
Pero luego, mientras está sentado en silencio sin dejar de pensar, el comisario Escherich cambia de opinión en el caso Barkhausen. Se levanta y va hacia la caja. Manda que le entreguen quinientos marcos («más tarde arreglaremos la cuenta») y regresa a su despacho. Había pensado en acercarse a la calle Ansbacher en el coche oficial, acompañado por dos de sus hombres… pero ahora revoca la orden, no necesita coche ni escolta.
A lo mejor Escherich no solo ha cambiado de opinión en lo que respecta a Barkhausen, a lo mejor también se le ha ocurrido algo sobre el caso Enno Kluge. Sea como fuere, saca del bolsillo del pantalón su revólver oficial, la pipa, y lo sustituye por una pistola ligera procedente de una incautación efectuada hace poco. Ya la ha probado, ese chisme pequeño se adapta de maravilla a la mano y dispara bien.
Bueno, en marcha. En el umbral de su despacho, el comisario se detiene, se vuelve de nuevo. Ocurre algo extraño: sin quererlo, hace un movimiento de saludo, de despedida a esa habitación. Adiós… un sentimiento oscuro, un presentimiento, de esos que casi lo avergüenzan, de que ya no volverá a ver ese cuarto tal como la abandona ahora. Hasta entonces el comisario Escherich era un funcionario que cazaba personas igual que otros venden sellos: con método, con laboriosidad, de acuerdo con las ordenanzas.
Pero cuando hoy o incluso mañana temprano regrese a ese despacho, acaso ya no sea el mismo. Tendrá algo que reprocharse, algo que no podrá olvidar. Algo que quizá solo él sepa, pero tanto peor: lo sabrá y nunca podrá liberarse contándolo.
Así que Escherich saluda a su despacho y se marcha avergonzado por ese saludo de despedida. Ya veremos, se dice para tranquilizarse. Puede que todo suceda de otra manera. Primero he de hablar con Kluge…
También utiliza el metro y cuando llega a la calle Ansbacher está anocheciendo.
—¡Menudo plantón me ha dado! —gruñe Barkhausen al verlo, enfurecido—. ¡Todo el día sin comer! ¿Ha traído mi dinero, señor comisario?
—¡Cierra el pico! —grita el comisario, y Barkhausen acierta al considerarlo una respuesta afirmativa. Su corazón comienza a latir más ligero: ¡dinero a la vista!
—¿Dónde vive Kluge? —le pregunta el comisario.
—¡Ni idea! —contesta Barkhausen, ofendido, para anticiparse a posibles reproches—. No puedo entrar en el edificio y preguntar por él, conociéndome de antes como me conoce. Nooo, pero seguramente vivirá en el edificio trasero, eso lo averiguará usted mismo, señor comisario. Yo he cumplido con mi trabajo, ahora quisiera mi dinero.
Escherich, sin hacerle caso, pregunta a Barkhausen por qué Enno vive ahora en el oeste, y cómo ha descubierto su paradero.
Barkhausen le informa del asunto con detalle y el comisario toma notas sobre la señora Hete Häberle, la tienda de animales, la escena nocturna de rodillas: esta vez el comisario lo apunta todo. Como es natural, el informe de Barkhausen no es exhaustivo, pero tampoco se le puede reprochar. Nadie puede exigirle a un hombre que reconozca su propio fracaso. Porque si Barkhausen refiere cómo llegó a obtener el dinero de la Häberle, también tendría que contar cómo lo perdió. Y seguramente tendría que hablar asimismo de los dos mil marcos del ala que ahora van camino de Múnich. ¡Nooo, nadie puede exigirle eso!
Si Escherich hubiera estado más en forma, le habrían llamado la atención algunas incongruencias del informe de su soplón. Pero el comisario continúa muy ocupado en su fuero interno con otras cosas, lo que más le gustaría sería despedir a Barkhausen. Pero todavía lo necesita un rato, así que le ordena:
—Espere aquí. —Y entra en el edificio.
Pero no se dirige enseguida al edificio trasero, sino que se detiene en la portería del edificio principal y pide informes. Después, acompañado por el portero, entra en el inmueble trasero y comienza a ascender despacio por las escaleras hasta el cuarto piso.
El portero no ha podido confirmarle que Enno Kluge se encuentre en el edificio. El portero solo está para los señores del edificio exterior, no para la gente del bloque interior. Pero como es natural, por el mero hecho de estar encargado del reparto de las cartillas de racionamiento conoce a todos los que viven allí. A algunos bien, a otros no tanto. Por ejemplo, a la señorita Anna Schönlein del cuarto, de la que se sospecha que recibe a algún hombre que otro. El portero no puede verla ni en pintura, todas las noches pernocta en su casa una chusma de lo más variopinta, y el vecino de abajo, un funcionario de Correos que vive en el tercero, afirma sin ningún género de duda que ella también escucha por la noche emisoras extranjeras. Solo que el funcionario no puede confirmarlo, aunque piensa seguir esmerándose en aguzar los oídos. Sí, el portero ya había querido hablar en alguna ocasión con el jefe de bloque sobre la tal Schönlein, según le comentaba en ese momento al señor comisario. Este debía preguntar primero en casa de la Schönlein, y solo si resultaba que el hombre no estaba allí, podrían indagar en los demás pisos. Porque en general en el edificio trasero vivían personas decentes.
—Aquí es —susurra el portero.
—Quédese aquí, para que se le vea por la mirilla —le indica en voz muy baja el comisario—. Diga cualquier cosa sobre el motivo de su venida, que es para pedir el maldito pienso para la Asistencia Social Nacionalsocialista o para la Organización de Ayuda Invernal.
—Eso está hecho —contesta el portero tocando el timbre.
Durante un momento no sucede nada, el portero llama por segunda y por tercera vez. Pero la vivienda permanece en completo silencio.
—¿No está en casa? —susurra el comisario.
—No lo sé —responde el portero—. Hoy todavía no he visto por la calle a la señora Schönlein.
Y llama al timbre por cuarta vez.
De repente se abre la puerta, ninguno de los dos ha oído el menor ruido procedente de la vivienda. Ante ellos aparece una mujer alta y delgada. Lleva unos pantalones de deporte deformados y descoloridos, y un jersey amarillo canario con botones rojos. Tiene un rostro flaco de líneas marcadas y con manchas rojas, de esas que con tanta frecuencia ostenta el rostro de los tuberculosos. Sus ojos brillan como si tuviera fiebre.
—¿Qué desean? —pregunta sin revelar el menor temor cuando el comisario se sitúa tan cerca de la puerta que impide que se cierre.
—Desearía charlar un ratito con usted, señorita Schönlein. Soy el comisario Escherich de la Gestapo.
Ni el menor sobresalto; la mujer continúa mirándolo con sus ojos brillantes. Después dice deprisa:
—Venga conmigo. —Y lo precede al interior de la vivienda.
—Usted quédese aquí, en la puerta —susurra el comisario al portero—. Y si alguien quiere entrar o salir, avíseme.
La habitación a la que conducen al comisario está algo descuidada y polvorienta. Viejísimos muebles afelpados con columnas y bolas de los tiempos de Maricastaña. Cortinas de terciopelo. Un caballete con el cuadro de un hombre barbudo, una gran fotografía coloreada. En el aire flota olor a cigarrillos, el cenicero contiene un par de colillas.
—¿Qué desea? —vuelve a preguntar la señorita Schönlein.
Se ha quedado quieta junto a la mesa, sin invitar al comisario a tomar asiento.
A pesar de todo el comisario se sienta, saca del bolsillo una cajetilla de cigarrillos y señala el cuadro.
—¿Quién es? —inquiere.
—Mi padre —contesta la mujer. Y pregunta a su vez—: ¿Qué desea?
—Me gustaría preguntarle varias cosas, señorita Schönlein —dice el comisario ofreciéndole un cigarrillo—. Pero siéntese, por favor, y acepte un pitillo.
—No fumo —responde la mujer.
—Uno, dos, tres, cuatro. —Escherich cuenta las colillas del cenicero—. Y humo de tabaco en la habitación. ¿Tiene usted visita, señorita Schönlein?
Ella lo miró sin asomo de temor.
—Nunca reconozco que fumo —responde—, porque el médico me ha prohibido el tabaco por mis pulmones.
—¿Así que no tiene usted visita?
—Pues no, no tengo visita.
—Voy a echar una rápida ojeada a su casa —explica el comisario levantándose—. No, por favor, no se moleste. Ya encontraré el camino.
Recorre deprisa las otras dos habitaciones, repletas de sofás, aparadores, armarios, sillones y columnas. En una ocasión se detiene y escucha sonriente, con la cara vuelta hacia un armario. Después regresa con la señorita Schönlein. Ella permanece en la misma posición en que la ha dejado, de pie junto a la mesa.
—Me han comunicado —dice el policía volviendo a sentarse que recibe usted muchas visitas, visitas que casi siempre permanecen en su casa un par de noches, pero que nunca se comunican oficialmente. ¿Conoce usted la normativa sobre el registro obligatorio de personas?
—Mis visitantes son casi siempre sobrinos y sobrinas que nunca permanecen conmigo más de dos noches a lo sumo. Creo que la obligación de registro comienza con la cuarta pernocta.
—Debe de tener usted una familia muy numerosa, señorita Schönlein —le advierte el comisario pensativo—. Casi todas las noches pernoctan aquí una, dos, y a veces hasta tres personas.
—Eso es una tremenda exageración. Dicho sea de paso, tengo en efecto una familia muy numerosa. Seis hermanos, todos casados con muchos hijos.
—¡Y muy dignos y ancianos caballeros y damas entre sus sobrinos y sobrinas!
—Sus padres, como es natural, también me visitan de vez en cuando.
—Una familia muy extensa y aficionada a viajar… Por cierto, desearía preguntarle otra cosa: ¿dónde tiene usted su aparato de radio, señorita Schönlein? No he visto ninguno.
—No poseo aparato de radio —contesta ella apretando los labios.
—Seguro que sí —replica el comisario—. ¡Seguro! Igual que usted nunca reconocerá que fuma cigarrillos. Pero la música de la radio no es mala para los pulmones.
—Pero sí para las convicciones políticas —dice ella con un ligero tono burlón—. No, no tengo aparato de radio. Si han oído música procedente de mi casa, se trata de un gramófono portátil que está a su espalda, encima de un estante.
—Y que habla en lenguas extranjeras —añade el comisario.
—Tengo muchos discos de baile extranjeros. No considero ningún delito ponérselos ocasionalmente a mis visitantes ni siquiera ahora, en tiempo de guerra.
—¿A sus sobrinos y sobrinas? No, eso realmente no sería delito.
Él se levanta con las manos en los bolsillos. De repente abandona el sarcasmo y dice con voz brutal:
—¿Qué cree usted que pasará si yo me la llevo ahora mismo, señorita Schönlein, y emplazo aquí, en su vivienda, a un policía secreto? Él recibiría a sus visitantes y examinaría con más atención la documentación de sus sobrinos y sobrinas. ¡A lo mejor alguno de ellos trae un aparato de radio! ¿Qué le parece?
—Creo que usted tenía de antemano el propósito de detenerme —contesta impávida la señorita Schönlein—. Así que sobra cualquier cosa que diga. ¡Vámonos! Me permitirá ponerme rápidamente un vestido en lugar de estos pantalones de deporte, ¿no?
—¡Un momento, señorita Schönlein! —Advierte el comisario mientras ella se aleja.
Ella se detiene y, con la mano en el picaporte, se vuelve hacia el hombre.
—¡Un momento! Desde luego, me parece muy bien que antes de nuestra marcha libere usted al caballero que está dentro de su ropero. Ya antes, cuando he andado por su dormitorio, me ha parecido que sufría una grave escasez de aire. Seguramente el armario contiene demasiado polvo antipolillas…
En ese momento las manchas rojas del rostro de la mujer desaparecen, lo mira de hito en hito, blanca como la tiza.
Él menea la cabeza.
—¡Criaturas! ¡Criaturas! —exclama con sarcástica desaprobación—. ¡Qué fácil nos lo ponéis! ¿Y pretendéis ser conspiradores? ¿Pretendéis combatir a este Estado con vuestros manejos infantiles? ¡Solo os perjudicáis a vosotros mismos!
La mujer sigue mirándolo de hito en hito. Tiene la boca firmemente cerrada, los ojos brillan febriles, la mano continúa encima del picaporte.
—Bueno, tiene usted suerte, señorita Schönlein —continúa el comisario siempre con tono de ligera y despectiva superioridad—, puesto que hoy por hoy usted carece de interés para mí. Hoy solo me interesa el caballero que está dentro de su ropero. Puede que en mi despacho, cuando analice más detenidamente su caso, me sienta obligado a dar parte de usted a la instancia competente. Puede, digo, aún no lo sé. A lo mejor entonces su caso me parece demasiado anodino… sobre todo teniendo en cuenta su afección pulmonar…
De pronto ella estalla:
—¡No os pido clemencia! ¡Odio vuestra compasión! ¡Mi caso no es anodino! ¡Sí, he ofrecido alojamiento con regularidad a perseguidos políticos! ¡He escuchado emisoras extranjeras! ¡Ahora ya lo sabe! ¡Ahora ya no puede ser indulgente conmigo… pese a mis pulmones!
—¡Pero, chica —replica burlón el policía, mirando casi con compasión a esa extraña solterona de pantalones deportivos y jersey amarillo de botones rojos—, a usted no solo le fallan los pulmones, sino también los nervios! Media hora de interrogatorio con nosotros y se asombraría del vociferante, lastimoso montón de basura que es su cuerpo. Es muy desagradable descubrirlo en uno mismo, algunos no superan nunca esa humillación de la dignidad personal y después se ahorcan.
Tras mirarla de nuevo, asiente, pensativo.
—¡Y que una persona así se considere un conspirador…! —dice con desprecio.
Ella se sobresalta como si la hubiera alcanzado un latigazo, pero no contesta.
—Pero con nuestra amena conversación nos estamos olvidando de su visitante del ropero —añade el policía—. ¡Venga usted, señorita Schönlein! Si no lo liberamos rápidamente, morirá.
Y la verdad es que cuando Escherich lo saca del armario, Enno Kluge estaba a punto de asfixiarse. El comisario tumba al hombrecillo en un diván y mueve un par de veces sus brazos arriba y abajo para ventilar sus pulmones.
—Y ahora —dice el comisario mirando a la mujer que permanece callada en la habitación—, y ahora, señorita Schönlein, déjeme un cuarto de hora a solas con el señor Kluge. Métase en la cocina, es la habitación menos propicia para escuchar.
—¡Yo nunca escucho!
—No, y tampoco fuma cigarrillos, y solo entretiene a sobrinos y sobrinas con música de discos. No, será mejor que se meta en la cocina. Si la necesito, la llamaré.
Él hace otro gesto de asentimiento y se cerciora de que se ha ido de verdad a la cocina. Después se gira hacia el señor Kluge que, sentado en el sofá, mira fija y temerosamente al comisario con sus ojos incoloros. Las lágrimas empiezan a correr por su cara.
—Vamos, vamos, señor Kluge —dice el comisario tranquilizador—. ¿Tanto se alegra de volver a ver al viejo comisario Escherich? ¿Así que me ha echado de menos? Para ser sincero, yo también lo he echado de menos a usted, y me alegro de haberlo encontrado. ¡Ya no nos separaremos así como así, querido señor Kluge!
Las lágrimas de Enno corren a raudales. Solloza a toda prisa.
—¡Ay, señor comisario, pero usted me prometió solemnemente que me dejaría en libertad!
—¿Y acaso no lo hice? —pregunta el comisario asombrado—. Pero eso no excluye que vuelva a detenerlo siempre que lo eche de menos. A lo mejor tengo una nueva declaración que firmar, ¿comprende, señor Kluge? Y usted como buen amigo mío no me negará ese pequeño favor, ¿eh?
Enno se estremece bajo la mirada de esos ojos sardónicos y despiadados. Sabe que esos ojos le sonsacarán todo, que se lo contará todo al momento y entonces estará perdido para siempre, de una manera u otra…