Solo en Berlín
Capítulo 55
ANNA QUANGEL Y TRUDEL HERGESELL
A lo mejor fue una simple negligencia que, tras la muerte de Berta, Trudel Hergesell fuera asignada compañera de celda de Anna Quangel. Pero quizá se debió también a que, en el fondo, al comisario Laub le parecían completamente insignificantes. Las exprimía sacándoles cuanto sabían, lo que habían averiguado por sus hombres, y después estaban perdidas. Los auténticos delincuentes eran siempre los hombres, las mujeres eran una especie de acompañantes, lo que, por cierto, no impedía que fueran ejecutadas con sus maridos.
Sí, Berta había muerto, la Berta que, llena de candor, reveló a Anna la presencia de su cuñada, atrayendo por ello sobre su cabeza la furia del comisario Laub. Se había ido apagando como una vela y había fallecido en los brazos de Anna tras debilitarse poco a poco y con voz siempre queda suplicaba a su compañera de celda que no llamase a nadie. Berta, se apellidara como se apellidase y cometiera el delito que cometiese, había enmudecido de repente. Un par de veces salió un estertor de su garganta, luchó por conseguir aire, y después brotó un torrente de sangre, sangre y más sangre; los brazos aferrados a los hombros de Anna se soltaron…
Y quedó tendida muy blanca y callada, y Anna se preguntó llena de pena si no tendría algo de culpa por ese final. ¡Ojalá no hubiera mencionado a su cuñada al comisario! Después pensó en Trudel Baumann, en Trudel Hergesell, y comenzó a temblar… ¡a ella la había denunciado de verdad! Claro, claro, había disculpas de sobra. ¡Cómo habría podido intuir la desgracia que provocaría la mera mención de la novia de su hijo Otto! Pero después la cosa continuó, paso a paso, y al final la traición fue evidente: Anna había provocado la desgracia de una persona a la que quería, y quizá no solo de una.
Cuando Anna Quangel pensó que tenía que enfrentarse cara a cara con Trudel Hergesell, que tendría que repetirle las palabras con las que la había delatado, temblaba. Pero cuando recordaba a su marido, se desesperaba. Porque entonces estaba convencida de que ese hombre concienzudo, equitativo, jamás le perdonaría esa traición y que ella perdería a su único camarada antes del cercano final de su existencia.
Cómo he podido ser tan débil, se recriminaba Anna Quangel, y cuando la conducían ante Laub para ser interrogada, en sus adentros no pedía que no la martirizase, sino fuerza para no declarar nada que pudiera incriminar a otros, pese a todas las torturas. Y esa mujer baja, delgada, insistía en llevar su parte de la carga y más aún: ella, ella sola había repartido las postales —excepto una o dos—, y ella sola había ideado y dictado a su marido su contenido. Esas postales eran invención exclusivamente suya; se le ocurrió la idea tras la muerte de su hijo.
El comisario Laub, que se daba perfecta cuenta de que sus declaraciones eran mentira, de que esa mujer no era capaz de hacer lo que afirmaba… el comisario Laub podía gritar, amenazar, torturar lo que se le antojara: no firmó ninguna otra declaración, ni quitó una coma de esas declaraciones aunque él le demostrase diez veces que no podían ser verdad. Laub se había pasado de la raya y ahora se sentía impotente. Y cuando la devolvían a la celda después de un interrogatorio, notaba una sensación de alivio, como si hubiera expiado parte de su culpa y Otto estuviera un poco más satisfecho de ella. Y en su interior se fortalecía la idea de que quizá lograra salvar la vida de Otto si ella asumía toda la culpa…
Según las costumbres de la cárcel de la Gestapo, no se dieron ninguna prisa en retirar de la celda de Anna a la difunta Berta. Podía ser otra negligencia, pero también una tortura deliberada… El caso es que la muerta llevaba tres días en la celda y en el ambiente flotaba un olor repugnante y dulzón, cuando la puerta se abrió e introdujeron en ella de un empujón precisamente a aquella cuyas miradas Anna tanto temía encontrar.
Trudel Hergesell dio un paso dentro de la celda. No veía casi nada, estaba exhausta, y el miedo por Karli —que no había vuelto a recobrar el conocimiento y del que la habían separado brutalmente— la llevaba casi al desmayo. Profirió un ligero grito de horror al reconocer en la celda el repulsivo olor a putrefacción cuando vio a la muerta, tendida en el catre de madera y salpicada de manchas e hinchada.
Gimió.
—No puedo más. —Y Anna Quangel impidió que la víctima de su traición se desplomara.
—¡Trudel! —susurró al oído de la joven medio inconsciente—. Trudel, ¿podrás perdonarme? Mencioné primero tu nombre porque eras la novia de Otto. Y después él me lo sacó todo a base de torturas. Ni siquiera yo misma logro entenderlo. Trudel, no me mires así, te lo suplico. Trudel, ¿no estabas esperando un hijo? ¿También he destruido eso?
Mientras Anna Quangel pronunciaba estas palabras, Trudel Hergesell se liberó de sus brazos y retrocedió hasta la entrada de la celda. Apoyada en la puerta de hierro, miraba con la cara pálida a la anciana que la contemplaba desde la pared opuesta de la celda.
—¿Fuiste tú, madre? —preguntó—. ¿Lo hiciste tú?
Y con súbito arrebato:
—¡Ay, de verdad que no me preocupo por mí! Pero han molido a palos a Karli, y no sé si recobrará el conocimiento. A lo mejor ya ha muerto.
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Y no puedo ir con él —se lamentó—. No sé nada, y a lo mejor estaré aquí días y días sin enterarme de nada. Entonces él estará muerto y enterrado, pero en mi interior seguirá vivo. Y tampoco tendré un hijo suyo… ¡qué pobre me he vuelto de repente! Hace apenas unas semanas, antes de encontrarme a padre, lo tenía todo para ser feliz, y de hecho lo era. Pero ahora lo he perdido todo. ¡Todo! Ay, madre…
Y súbitamente añadió:
—Pero tú no tienes la culpa del aborto, madre. Lo tuve cuando aún no había sucedido nada.
De repente Trudel Hergesell cruzó la celda presurosa, tambaleándose, y ocultando su cabeza en el pecho de Anna, se quejó:
—¡Ay, madre, qué desgraciada soy! ¡Dime que Karli lo soportará con vida!
Anna Quangel la besó.
—Vivirá, Trudel, y tú también —susurró—. ¡Vosotros no habéis hecho nada malo!
Durante unos instantes se abrazaron en completo silencio. Una descansaba en el amor de la otra, sintieron renacer la esperanza.
Después Trudel sacudió la cabeza y dijo:
—No, nosotros tampoco saldremos bien parados. Han averiguado demasiadas cosas. Lo que dices es cierto: en realidad nosotros no hemos hecho nada malo. Karli guardó una maleta a otro, sin saber su contenido, y yo deposité una postal por padre. Ellos dicen que eso es alta traición y nos costará la cabeza.
—¡Seguro que lo dijo Laub, ese tipejo horrible!
—No sé cómo se llama, pero me da igual. ¡Todos ellos son iguales! Incluidos los de admisión de aquí, todos son iguales. Pero quizá sea muy bueno que sea tanto: pasar años y años en una cárcel…
—¡Su poder no durará eternamente, Trudel!
—¿Quién sabe? Y todo lo que han hecho a los judíos y a los otros pueblos… ¡sin castigo! ¿Crees de verdad en la existencia de Dios, madre?
—Sí, Trudel, creo. Otto nunca quiso permitirlo, pero ese es el único secreto que le oculté: yo todavía creo en Dios.
—Yo nunca he podido creer del todo. No obstante, sería hermoso que existiera, porque entonces sabría que Karli y yo estaremos juntos después de la muerte.
—Y lo estaréis, Trudel. Mira, Otto tampoco cree en Dios. Él asegura que con la muerte se acaba todo. Pero yo sé que después de morir estaremos juntos para siempre. ¡Lo sé, Trudel!
Trudel echó una ojeada al catre que contenía el cuerpo inmóvil y se asustó.
—Qué mal aspecto tiene esa mujer —opinó—. Cuando la miro me da miedo, con esas manchas cadavéricas y tan hinchada. No quisiera yacer así, madre.
—Ya lleva tres días ahí, Trudel, pero no se la llevan. Estaba muy guapa cuando murió, tan inmóvil, tan solemne. Ahora el alma se ha escapado del cuerpo, dejándolo convertido en un trozo de carne corrompida.
—¡Que se la lleven! ¡No puedo verla! ¡No quiero respirar más esta peste!
Y antes de que Anna Quangel pudiera impedirlo, Trudel corrió hasta la puerta. Aporreó con las manos la chapa de hierro y vociferó:
—¡Abran! ¡Abran inmediatamente! ¡Escuchadme!
Eso estaba prohibido, cualquier ruido estaba prohibido, en realidad estaba prohibido incluso hablar.
Anna Quangel se acercó deprisa a Trudel, le sujetó las manos, la apartó de la puerta y susurró asustada:
—¡No hagas eso, Trudel! ¡Está prohibido! ¡Entrarán y te pegarán!
Pero ya era demasiado tarde. La cerradura se abrió con un chasquido y un hombre altísimo de las SS irrumpió en la celda enarbolando una porra de goma.
—¿A qué vienen esos gritos, zorras? —vociferó—. ¿Acaso os creéis con derecho a dar órdenes, putas?
Las dos mujeres lo miraban aterrorizadas desde un rincón.
Este, en lugar de pegarles, bajó la porra y murmuró:
—¡Esto apesta como un depósito funerario! ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
Era un chico muy joven, su cara había palidecido.
—Tres días —contestó Anna—. Ay, sea bueno y procure que saquen a la muerta de la celda. La verdad es que el aire es irrespirable.
El hombre de las SS murmuró algo y salió de la celda. Pero en lugar de cerrar la puerta, la entornó.
Las dos mujeres se deslizaron sigilosas hasta la puerta, la abrieron un poco más y por la rendija respiraron, aliviadas, el aire del pasillo, un olor mezcla de desinfectante y letrina.
Después volvieron a apartarse, porque el joven de las SS venía por el pasillo.
—¡Bien! —dijo empuñando una nota—. Agarradla deprisita. Tú, vieja, cógela por las piernas, y tú, joven, por la cabeza. ¡Vamos…! Supongo que podréis cargar con ese esqueleto, ¿no?
Pese a su rudeza, su tono era casi bondadoso, y también ayudó a transportarla.
Después de recorrer un largo pasillo, traspasaron una puerta enrejada de hierro, su acompañante mostró la nota al centinela y a continuación bajaron numerosos escalones de piedra. El ambiente se humedeció, había una luz eléctrica tétrica.
—Aquí es —anunció el de las SS abriendo una puerta—. Este es el depósito de cadáveres. Colocadla en este catre. Pero desnudadla. La ropa escasea. Todo se aprovecha.
Rio, pero su risa sonó forzada.
Las mujeres profirieron un grito de horror. Porque ese verdadero depósito de cadáveres estaba lleno de hombres y mujeres muertos, todos desnudos como habían venido al mundo. Allí yacían, con los rostros destrozados a golpes, cardenales sanguinolentos, miembros retorcidos, cubiertos de costras de sangre y suciedad. Nadie se había tomado la molestia de cerrarles los ojos, que miraban yertos, y algunos parecían parpadear con malicia, como si mostrasen curiosidad y se alegraran al ver aumentar su número.
Y mientras Anna y Trudel, con manos temblorosas, se esforzaban por liberar cuanto antes a la difunta Berta de sus ropas, no podían evitar lanzar continuas miradas hacia atrás al montón de muertos: a esa madre cuyo pecho colgante se había secado para siempre, a un anciano que seguro que había esperado morir tranquilamente en su cama después de una vida de trabajo incesante, a aquella chica de labios blancos que había sido creada para dar y recibir amor, al joven con la nariz rota y el cuerpo bien proporcionado que parecía de marfil amarillento.
En esa sala reinaba el silencio, las ropas de Berta, la muerta, crujían levemente bajo las manos de ambas mujeres. Entonces zumbaba una mosca y todo volvía a sumirse en el silencio.
El hombre de las SS, con las manos en los bolsillos, observaba el trabajo de las mujeres. Bostezó, encendió un cigarrillo y dijo:
—Sí, sí, así es la vida.
Y de nuevo se hizo el silencio.
Después, cuando Anna Quangel ató las ropas en un hatillo, ordenó:
—Bueno, vámonos.
Pero Trudel Hergesell, apoyando su mano sobre la manga negra, rogó:
—¡Por favor, por favor, permítame echar un vistazo. Mi marido… a lo mejor también está aquí abajo!
Durante un instante el joven bajó los ojos hacia ella. De repente dijo:
—¡Pero chica, chica! ¿Qué haces aquí? —Meneaba despacio la cabeza de un lado a otro—. Tengo una hermana en el pueblo que debe de ser de tu edad. —Volvió a mirarla—. Anda, echa un vistazo. Pero date prisa.
Ella caminó, sigilosa, entre los muertos. Contempló todos esos rostros extinguidos. Algunos estaban tan deformados por las heridas que eran irreconocibles, pero el color del pelo o una marca en el cuerpo le revelaba que no era Karl Hergesell.
Regresó muy pálida.
—No, no está aquí. Todavía no.
El guardia rehuyó su mirada.
—Entonces, vámonos —ordenó, dejando que le precedieran.
Pero ese día, mientras montó guardia en el corredor, abrió una y otra vez la puerta para que respiraran mejor dentro de la celda. También les llevó ropa limpia para la cama de la muerta, lo que en ese infierno despiadado constituyó una enorme muestra de compasión.
Ese día el comisario Laub no tuvo mucho éxito al interrogar a las dos mujeres. Se habían consolado la una a la otra y se habían granjeado un poco de simpatía, aunque procediera de un miembro de las SS. Se sentían fuertes.
Pero después vinieron muchos otros días, y ese hombre nunca volvió a estar de guardia en su corredor. Seguramente lo relevaron por inepto, porque aún era demasiado humano para prestar servicio allí.