Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 57 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 57

EL OTRO COMPAÑERO DE CELDA DE OTTO QUANGEL

 

Cuando Otto Quangel fue conducido por un guardia a su nueva celda en la prisión preventiva, un hombre alto se levantó de la mesa ante la que leía y se situó debajo de la ventana de la celda, en la postura reglamentaria, con las manos pegadas a la costura del pantalón. Pero el modo de ejecutar ese «saludo militar» reveló que no lo consideraba muy necesario.

El guardia también hizo enseguida una señal negativa.

—Vale, vale, maestro —contestó—. Aquí tiene a un nuevo compañero de celda.

—Bien —dijo el hombre, que con su traje oscuro, camisa deportiva y corbata a Otto Quangel le parecía más un «caballero» que un compañero de celda—. Bien. Me llamo Reichhardt, soy músico. Acusado de actividades comunistas. ¿Y usted?

Quangel notó una mano fría y firme en la suya.

—Quangel —contestó vacilante—. Soy carpintero. Me acusan de alta traición contra mi país.

—¡Oiga! —llamó Reichhardt, el músico, al guardia, que se disponía a cerrar la puerta—. A partir de hoy, nuevamente dos raciones, ¿vale?

—Está bien, maestro —contestó el guardia—. Ya me he dado cuenta.

La puerta se cerró.

Los dos se escudriñaron mutuamente unos instantes. Quangel desconfiaba, casi echaba de menos a su perro Karlitos en el sótano de la Gestapo. Ahora tener que convivir con ese caballero tan fino, un auténtico maestro… lo incomodaba.

El «caballero» sonrió con los ojos.

—Compórtese como si estuviera solo, si así lo prefiere —dijo después—. Yo no lo molestaré. Leo mucho, juego solo al ajedrez. Hago gimnasia para mantener el cuerpo sano. A veces canturreo entre dientes, pero en voz muy baja; está prohibido, claro está. ¿Le molesta eso?

—No, no me molesta —contestó Quangel, y casi en contra de su voluntad añadió —: Vengo del búnker de la Gestapo, me he pasado allí tres semanas encerrado con un loco que estaba siempre desnudo y fingía ser un perro. No es fácil que me moleste algo.

—Bien —respondió el maestro Reichhardt—. Ciertamente habría sido mejor que le gustara un poco la música. Es la única manera de procurarse algo de armonía aquí, entre estos muros.

—No entiendo nada —contestó Otto Quangel y añadió—: Comparado con el lugar del que vengo, esto es una maravilla, ¿no le parece?

El caballero había vuelto a sentarse a la mesa con su libro. Respondió con tono amable:

—Yo también pasé un tiempo ahí abajo, donde ha estado usted. Sí, esto es un poco mejor. Al menos no te golpean. Los guardias son torpes en su mayoría, pero no están muy embrutecidos. No obstante, la cárcel sigue siendo la cárcel, usted ya lo sabe. Existen ciertos consuelos. Por ejemplo, puedo leer, fumar, encargar mi propia comida, utilizar mis propios trajes y mi ropa de cama. Pero yo soy un caso especial, y una reclusión más relajada no deja de ser reclusión. Lo importante es olvidar las rejas.

—¿Y ha llegado a eso?

—Quizá. Casi siempre. Bueno, no siempre. Sin duda no siempre. Cuando pienso en mi familia, por ejemplo, no.

—Yo solo tengo una mujer —le informó Quangel—. ¿Esta cárcel tiene también sección de mujeres?

—Sí, pero aquí nunca las vemos.

—Claro. —Otto respiró hondo—. También han encerrado a mi mujer. Ojalá la hayan traído aquí hoy. —Y añadió—: Es demasiado blanda para lo que tuvo que aguantar en los sótanos.

—Ojalá esté también aquí —deseó amablemente el caballero—. El pastor nos lo dirá. A lo mejor se presenta esta tarde. Otra cosa, también puede usted buscarse un defensor, ahora que está aquí.

Tras hacer con la cabeza una amable señal de aprobación, precisó:

—Dentro de una hora traerán la comida. —A continuación se puso las gafas y empezó a leer.

Quangel lo miró unos instantes, pero el caballero no deseaba seguir hablando, prefería concentrarse en la lectura.

¡Qué rara es esta gente finolis!, pensó. Aún tengo un montón de preguntas que hacerle. Pero si no quiere, me parece bien. No quiero parecer su perro, que no lo deja en paz.

Y se dispuso a hacerse la cama, un tanto ofendido.

Era una celda limpia y luminosa. Tampoco era muy pequeña, permitía dar tres pasos y medio de ida y otros tantos de vuelta. La ventana estaba entreabierta, el aire era bueno. Allí olía bien; según pudo comprobar Quangel más tarde, el buen olor procedía del jabón y de la ropa del señor Reichhardt. Tras el ambiente asfixiante y hediondo de los sótanos de la Gestapo, Quangel se sintió trasladado a un lugar luminoso y alegre.

Después de hacerse la cama, se sentó encima y miró a su compañero de celda. El «señor» leía. Pasaba en rápida sucesión hoja tras hoja. Quangel, que no recordaba haber leído un libro desde su época escolar, se preguntó asombrado: ¿Qué leerá? ¿No tendrá nada que pensar, aquí, en este lugar? ¡Yo no podría estar ahí sentado, leyendo tan tranquilo! No puedo dejar de pensar en Anna, en cómo ha sucedido todo y cómo continuará y si seguiré portándome como es debido. Dice que puedo buscarme un abogado. Pero un abogado cuesta un dineral, y ¿de qué puede servirme a mí, que estoy condenado a muerte? ¡Si lo he confesado todo! Con un señor tan fino todo es diferente. Me di cuenta nada más entrar, el guardia se dirigió a él llamándolo maestro. Ese no habrá cometido muchos delitos… bien puede leer. Sin parar…

El maestro Reichhardt solo interrumpió dos veces su lectura matinal. En una de ellas informó sin levantar la vista:

—En el armarito hay cigarrillos y cerillas, ¿le apetece fumar?

—No fumo —contestó Quangel—. Sería tirar el dinero. —Pero su interlocutor ya estaba leyendo de nuevo.

En la otra ocasión, Quangel, subido al taburete, se esforzaba por atisbar el patio, desde el que resonaba el arrastrar regular de muchos pies.

—¡Es mejor que no lo haga, señor Quangel! —le advirtió el maestro Reichhardt —. Es la hora de patio. Algunos funcionarios se fijan en las ventanas por las que se asoma alguien. Este va a parar luego a la celda de castigo a pan y agua. Por la noche casi siempre podrá mirar por la ventana.

Después llegó la comida. Quangel, que estaba acostumbrado a la bazofia cocida con descuido del búnker de la Gestapo, vio asombrado que consistía en dos grandes cuencos de sopa y dos platos con carne, patatas y judías verdes. Pero con mayor asombro aún vio cómo su compañero de celda ponía un poco de agua en el lavabo, se lavaba las manos con sumo cuidado y se las secaba. El maestro Reichhardt echó agua limpia en el lavabo y dijo muy educado:

—¡Cuando guste, señor Quangel! —Y este, obediente, se lavó las manos a pesar de no haber tocado nada sucio.

Después tomaron, casi en silencio, una comida en opinión de Quangel inusitadamente buena.

Transcurrieron tres días hasta que el jefe de taller comprendió que esa comida no era la que habitualmente ofrecía el Tribunal del Pueblo a los presos preventivos, sino la comida privada del maestro Reichhardt que este compartía, sin demasiadas alharacas, con su compañero de celda. También estaba dispuesto a compartir con Quangel todo lo demás: su tabaco, su jabón, sus libros; el otro no tenía más que pedirlo.

Pasaron unos días más hasta que Otto Quangel superó su desconfianza por el maestro Reichhardt, que le había acometido de repente ante tantas muestras de amabilidad. En Quangel había arraigado la idea de que quien gozaba de tan desmesurados privilegios debía de ser un espía del Tribunal del Pueblo. Quien manifestaba tales deferencias tenía que querer algo del otro. ¡Ten cuidado, Quangel!

Pero ¿qué podía querer de él ese hombre? En el caso de Quangel todo estaba claro: ante el juez instructor del Tribunal del Pueblo había ratificado con serenidad y sin demasiadas palabras las declaraciones que ya había prestado ante los comisarios Escherich y Laub. Había contado todo como realmente había sucedido, y si los expedientes aún no habían sido cursados para la querella y fijar la fecha de la vista, solo se debía a que Anna, con una tenacidad sin par, insistía en que todo había sido obra suya y su marido un mero instrumento en sus manos. Pero todo eso no era motivo suficiente para regalar a Quangel cigarrillos caros y comida abundante y limpia. El asunto estaba claro, en su caso no había nada que espiar.

Quangel no superó su desconfianza por el maestro Reichhardt hasta una noche que su compañero de celda, el caballero superior y elegante, le confesó entre susurros que también a él lo acometía a menudo un miedo espantoso a la muerte, ya fuera en la guillotina o en la horca; solía pensar en ello a veces horas enteras. El maestro Reichhardt confesó asimismo que muchas veces solo pasaba de manera mecánica las páginas de su libro: sus ojos no veían las letras impresas de color negro, sino el patio de cemento de color gris de una prisión, una horca con una soga que se balanceaba suavemente al viento y que convertía en cinco minutos a un hombre sano y fuerte en el horrendo cadáver de alguien que había estirado la pata.

Pero más horripilante que ese final al que cada día de su existencia lo acercaba inevitablemente (según su firme convicción), más pavoroso le resultaba al maestro Reichhardt pensar en su familia. Quangel supo que Reichhardt tenía tres hijos de su mujer, dos niños y una niña, el mayor de once años y el menor de apenas cuatro. Reichhardt sentía muchas veces miedo, un miedo atroz, pánico, a que sus perseguidores no se contentasen con asesinar al padre, sino que su venganza se extendiera también a la mujer inocente y a los hijos, que los condujeran a un campo de concentración donde los torturarían lentamente hasta morir.

Estas preocupaciones no solo hicieron desvanecerse la desconfianza de Quangel, sino que en comparación con su compañero de celda se sintió un hombre privilegiado. Él solo tenía que preocuparse de Anna, y aunque las declaraciones de esta eran absurdas e insensatas, le demostraban que su esposa había recuperado el valor y la fuerza. Un día morirían juntos, pero la muerte era más fácil cuando sucedía en común, por no dejar a nadie en el mundo por quien tuvieran que temer en la hora de su muerte. Los tormentos que debía sufrir Reichhardt por su mujer y sus tres hijos eran incomparablemente mayores. Lo acompañarían hasta su último suspiro, el viejo jefe de taller lo comprendía de sobra.

Quangel nunca sabría con detalle qué delito había cometido el maestro Reichhardt para considerar la muerte tan segura. Le parecía que su compañero de celda no había tenido una oposición muy activa a la dictadura de Hitler, no había conspirado, ni pegado carteles, ni preparado atentados, sino que más bien había vivido de acuerdo con sus convicciones. Él había rehuido todas las tentaciones nacionalsocialistas, nunca había contribuido a sus colectas con palabras, actuaciones o dinero, pero a menudo había alzado su voz de advertencia. Había dicho con claridad que el camino que recorría el pueblo alemán bajo ese régimen era infausto; en suma, había manifestado a todos, tanto dentro como fuera del país, todo aquello que Quangel, con mano torpe, había resumido en pocas frases en las postales. Porque hasta muy avanzada la guerra, hasta los últimos años, sus conciertos habían llevado al maestro Reichhardt al extranjero.

Requirió mucho tiempo que el carpintero Quangel se formara una imagen relativamente nítida del tipo de trabajo que el maestro Reichhardt había desempeñado fuera, en el mundo… y esa imagen nunca fue del todo clara, y en lo más íntimo de su fuero interno nunca consideró trabajo la actividad de Reichhardt.

Cuando al principio oyó que Reichhardt era músico, pensó en los músicos que tocaban para acompañar el baile en los cafés, y sonrió compasivo y despectivo porque un hombre fuerte de miembros sanos tuviera que realizar un trabajo así. Eso, al igual que la lectura, era algo superfluo que únicamente ocupaba a la gente fina que no desarrollaba un trabajo sensato.

Reichhardt tuvo que explicarle con todo lujo de detalles una y otra vez lo que era una orquesta y la labor que desempeñaba su director. Quangel no se cansaba de escuchar sus explicaciones.

—¿Así que usted se pone con un palito delante de su gente y ni siquiera toca usted mismo?

Sí, así era.

—Y solo por indicar cuándo tiene que empezar a tocar cada cual y cómo de alto… ¿solo por eso le pagan tanto dinero?

Sí, el maestro Reichhardt se temía que así era, que solo por eso le pagaban tanto dinero.

—Pero ¿sabe usted tocar el violín o el piano?

—Claro. Pero no lo hago, al menos ante el público. Fíjese, Quangel, es parecido a lo que le ocurre a usted: sabe cepillar, y serrar, y clavar clavos. Pero no lo hacía, se limitaba a vigilar a otros.

—Sí, para que rindieran al máximo. Pero ¿acaso su gente, gracias a su presencia, tocaba más deprisa?

—No, ciertamente no.

Silencio.

Quangel dijo de repente:

—Y solamente música… Oiga, en nuestros buenos tiempos, cuando trabajábamos, fabricábamos no solo ataúdes, sino muebles, y aparadores, y librerías, y mesas, hacíamos algo que se podía ver. Un trabajo de ebanistería de la mejor calidad, ensamblado a espiga y encolado, que aguantará cien años. Pero música solamente… cuando usted lo deje, no quedará nada de su trabajo.

—Sí, Quangel, la alegría en las personas que escuchan buena música, permanecerá.

No, en este punto nunca llegaron a ponerse totalmente de acuerdo; en Quangel quedó un ligero desprecio por la actividad de Reichhardt como director de orquesta.

Pero se dio cuenta de que el otro hombre era íntegro y sincero, que había continuado con su vida, imperturbable a las amenazas y horrores, siempre amable, siempre altruista. Otto Quangel comprendió, asombrado, que las muestras de amabilidad que Reichhardt le manifestaba no iban especialmente dedicadas a él, sino que se las habría manifestado a cualquier compañero de celda, incluido, por ejemplo, el «perro». Durante unos días tuvieron en la celda a un ladronzuelo, una criatura corrompida y embustera, y ese granuja se aprovechaba burlándose de la amabilidad del maestro; se fumaba sus cigarrillos, vendió su jabón al preso de confianza, robaba su pan. A Quangel le habría encantado moler a palos a ese individuo, oh, el viejo jefe de taller habría zurrado la badana a ese sinvergüenza. Pero el maestro no quería ni oír hablar del asunto, tomó bajo su protección al ladrón que se mofaba de su bondad tomándola por debilidad.

Cuando por fin se llevaron a ese tipo de su celda, descubrieron que, impulsado por una inconcebible maldad, había roto una foto, la única foto que el maestro Reichhardt poseía de su mujer y sus hijos. Cuando el maestro vio los trozos, afligido porque ya no se podrían juntar de nuevo, Quangel dijo enfurecido:

—Mire, maestro, a veces creo que es usted realmente flojo. Si me hubiera permitido darle un buen repaso a ese miserable, nada de esto habría sucedido.

El director de orquesta respondió con una sonrisa triste:

—¿Entonces pretendemos igualarnos a los otros, Quangel? Porque ellos creen que pueden convencernos de sus ideas a base de golpes. Nosotros, sin embargo, no creemos en el poder de la violencia, sino en la bondad, en el amor y en la justicia.

—¡Bondad y amor para ese mono malvado!

—¿Sabe usted cómo se hizo malvado? ¿Sabe usted si ahora se defiende contra la bondad y el amor exclusivamente porque tiene miedo de vivir de otra manera cuando ya no sea malo? Si hubiéramos tenido a ese chico cuatro semanas más en nuestra celda, habría comprobado usted los efectos.

—¡También hay que recurrir en ocasiones a la dureza, maestro!

—No, no hay que recurrir. Una frase así disculpa cualquier insensibilidad, Quangel.

Este, malhumorado, meneó de un lado a otro la cabeza de duro y afilado perfil de pájaro. Pero no siguió rebatiendo.